No
quiero terminar este ensayo sobre la Teología de la redención, sin
hacer referencia a la situación del mundo actual, pues la redención
obrada por Cristo tiene que ser anunciada en ese mismo mundo.
Como mediación para
este estudio, me parece importante reconocer la situación económica,
política y cultural del mundo actual en su relación con el
neoliberalismo, que es la corriente predominante hoy día. No
pretendo hacer un estudio de todas las corrientes filosóficas,
artísticas, sociales, políticas, etc. que inciden en este tema.
Pero creo que el neoliberalismo en sus dimensiones económicas,
políticas y culturales es el problema de fondo del mundo actual. Si
vamos a elaborar una síntesis de soteriología contemporánea, que
hable al hombre y a la mujer de hoy, no podemos hacerla
descontextualizados. Por eso, casi a modo de introducción, expongo
lo siguiente como mediación para la reflexión teológica.
Religión, pobreza,
violencia… crisis neoliberal
Religión,
pobreza, violencia, el contexto de la crisis neoliberal...
ciertamente esos son temas que encuentran un eco en el corazón
cristiano y en el de todos los seres humanos de buena voluntad. Al
haber estudiado muchos temas diversos como neoliberalismo,
estadísticas de la pobreza, la pobreza y su relación con la
violencia, los fallos del sistema neoliberal con su consecuente
exclusión de los pobres, la religión y la violencia, nos hemos dado
cuenta que las religiones del mundo actual tienen un deber que
cumplir ante dichas realidades. Frecuentemente, este ambiente de
religión, pobreza y violencia desemboca en la depresión psicológica
de grandes sectores de la población, cuando no en horribles
conflictos bélicos, donde las víctimas inocentes se multiplican
impunemente, y donde los derrotados son los pobres y oprimidos de la
tierra.
No cabe ninguna duda que el tema en cuestión tiene mucho de tristeza
y angustia, sobre todo, la de los pobres y afligidos. Quiero
presentar un acercamiento teológico a este tema, porque creo que el
tema tiene mucho que aportar a la teología hoy día, y porque creo
que la teología debe incluir muchos de estos aspectos en la
dimensión reflexiva de la fe. Naturalmente, lo hago desde una
teología confesional, como teólogo católico.
El tema
obligado que debemos abordar es el neoliberalismo, el cual es el
sistema predominante de mercado en el mundo actual. Primero, quiero
citar a un estudioso del tema del neoliberalismo, Hernán Javier
Marturet (Lic. en Ciencia Política, UBA) quien dice:
“Aceptaremos que el
neoliberalismo, según se
desprende de innumerables trabajos de la teoría social y política,
es hegemónico desde los años ochenta a escala mundial; y que se
caracteriza por tres "tipos de políticas" fundamentales: la política
económica se orienta hacia la oferta y hacia la expansión de mercado
de bienes y capitales, la política gubernamental se orienta a
reducir la importancia de la administración en aquellas áreas
consideradas irrelevantes para la continuidad del desarrollo
capitalista, y la política cultural se orienta hacia la crítica de
los valores "posmateriales", como la autonomía y la
autorrealización, y cultiva, como dice Habermas, los valores
tradicionales del patriotismo, de la ética convencional, de la
familia, y de la cultura popular”.
De lo anterior se desprende que el
neoliberalismo tiene varias vertientes: la política, económica,
cultural y hasta la moral. El mercado reina como Dios supremo, con
una autoridad irrefutable. Lo que las sociedades teocráticas de
antaño reservaban como poder único de Dios, ahora es frecuentemente
suplantado por el dios-mercado. Al mercado hay que rendirle honor y
adoración. Todo se debe ajustar a sus exigencias, incluso el sistema
de valores de una sociedad.
Jesús Antonio Bejarano nos recuerda
los principios básicos del liberalismo, resumiéndolos así:
“El Individuo es la fuente de sus
propios valores morales; el proceso de comercio e intercambio entre
individuos tiene tanto propiedades de eficiencia para lograr el
bienestar colectivo, como de exaltación de la libertad; el mercado
es un orden espontáneo para la asignación de recursos; el
intercambio entre las naciones no sólo acrecentará la riqueza
mediante la división internacional del trabajo, sino que también
tenderá a reducir las tensiones políticas y la guerra…”
Ese liberalismo clásico, propugnado
por Adam Smith y desarrollado en el siglo XVIII, encuentra un brote,
un resurgimiento, en el neoliberalismo económico y político, muy
puesto de modo tras la caída del muro de Berlín en el 1989, pero que
venía gestándose ya desde los años cuarenta del siglo XX por
Friedrick Hayek y otros pensadores contemporáneos. La gran
esperanza que engendran el liberalismo y el neoliberalismo, sin
embargo, termina en el aborto político, social y económico que hoy
conocemos. El neoliberalismo se ha convertido en la nueva fábrica
de pobres en el mundo. La gran promesa que pretendió ser la
apertura al mercado global neoliberal, ha terminado en otra grande
frustración para miles de desposeídos de la tierra.
Dice Jorge G. Castañeda,
“En forma abrumadora, las sociedades
latinoamericanas, ancestralmente desiguales y escindidas en
incontables direcciones, hoy lo son más que nunca. En algunos
países –los menos- la pobreza disminuye aunque perdura la
injusticia. En otros –los más- aumenta el número de ciudadanos
condenados a una existencia ingrata, inaceptable e indignante, al
tiempo que se ensanchan las brechas de por sí abismales que separan
a pobres de ricos, a la ciudad del campo, a negros y morenos de
blancos y criollos, a hombres de mujeres y a niños del resto de la
sociedad. El empleo permanece estancado, los ingresos siguen
castigados, y el gasto en educación, salud, vivienda, la niñez y el
futuro no logra compensar los interminables decenios perdidos”.
De lo
que hemos leído se deduce que el neoliberalismo, lejos de ser la
gran panacea que iba a resolver los problemas económicos del mundo,
ha resultado ser más bien un estorbo para resolverlos. Tenemos
algunas estadísticas que pueden ilustrar el problema. De acuerdo al
Negociado del Censo de los Estados Unidos, para el año 2002, existen
los siguientes datos:
En los Estados Unidos, el porcentaje de pobreza
en el 2000 era de 11.3 de la población, y subió a 11.7 en el 2001.
En el 2002 subió a 12.4.
El total de personas que vivían por debajo de los umbrales de
pobreza en el 2000 era de 31.6 millones, el cual subió en el 2001 a
32.9 millones. Para las personas entre 18 y 64 años de edad, el
nivel de pobreza en el 2000 era de 9.6 y subió a 10.1 por ciento en
el 2001. Y dentro de la población estadounidense, el número de
hispanos pobres subió de 7.8 millones en el 2000 a 8 millones en el
2001.
Estos datos se refieren sólo a los Estados Unidos de América,
supuestamente, uno de los países más ricos del mundo.
De acuerdo a la organización de ayuda CARE, cada
año, más de 500,000 mujeres mueren de complicaciones del embarazo y
el parto, de las cuales 99% ocurren los países en desarrollo. Casi
cuatro millones de bebés mueren cada año durante su primera semana
de vida, frecuentemente debido al precario cuidado prenatal y
nacimientos espaciados muy seguidamente. La diarrea mata a 2.2
millones de personas al año, casi todas niños menores de cinco
años. Se calcula en más de 40 millones el número de personas
infectadas con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), con 95%
de estos en los países en desarrollo. Aproximadamente 18.5 millones
de personas con VIH son mujeres y 3 millones son niños menores de 15
años. La malaria amenaza la vida de más de dos mil millones de
personas en más de 100 países, es decir, casi el 40% de la población
mundial. Cada año se detectan entre 300 a 500 millones de casos
clínicos de malaria.
Igual que éstas, podríamos citar muchas otras
cifras que nos harían captar, al menos parcialmente, el grave
problema de la pobreza y sus correlativos de enfermedad y hambre.
Las estadísticas son devastadoras, y nos deben hacer pensar. Todo
esto ocurre en el contexto del neoliberalismo económico, político y
sociocultural, que se suponía iba a hacer desaparecer muchos de
estos males.
La tendencia hacia la
globalización no es un sueño del futuro, sino una realidad.
Especialmente a través de los avances tecnológicos en los viajes,
las comunicaciones, el comercio internacional, el internet; vivimos
en la famosa villa global. Hay esfuerzos en el ámbito de lo
político para mejorar las relaciones políticas y para preservar la
paz. Económicamente, la economía del mercado neoliberal se extiende
como una red de comercio, producción, distribución y ganancias. En
el área del derecho internacional, hay varios proyectos que buscan
organizar un sistema de cortes internacionales, donde las naciones
particulares puedan presentar sus querellas. Aunque estos y otros
desarrollos pueden parecer un signo positivo para el nuevo milenio,
que despierta un sentimiento de esperanza y progreso, también hay
desafíos ocultos.
Hace varios años, el
informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas indicaba
que 358 familias multimillonarias poseían más dinero que casi la
mitad del resto del mundo. Tienen riquezas mayores que las del 45%
de la gente y de los estados de todo el mundo. Conocido es el hecho
que un magnate de computadoras tiene más dinero que todo el tesoro
del Perú. Este tipo de cifras no son sólo estadísticas. Presentan
un problema respecto a la justa distribución de las riquezas y el
uso comunitario de los bienes. El sistema neoliberal del mercado
apoya este tipo de situación. Hace varios años, Su Santidad Juan
Pablo II nos alertaba sobre el hecho que la brecha entre ricos y
pobres estaba creciendo. Ahora los datos demuestran que no era una
voz de alerta exagerada. Ya vimos arriba que, de hecho, en el país
más rico del mundo, el número de personas bajo el llamado umbral de
la pobreza va aumentando cada año. ¿Qué se podrá decir de los
países menos desarrollados?
Vertientes éticas
El neoliberalismo no
sólo tiene vertientes económicas y políticas, sino que también tiene
vertientes éticas. La falta de sensibilidad al mundo de los pobres
y sus angustias se ha revelado como una de las características de
este sistema. Los valores morales que deben dirigir la acción ética
de los seres
humanos han
pasado a un almacén de cosas inservibles dentro del marco
neoliberal. Lo importante es la ganancia, el éxito personal a
cualquier costo, incluso si se trata de ahogar la vida de los
pobres. Los pobres no son un valor para el neoliberalismo, sino que
son vistos como una carga para el estado, y por lo tanto,
inservibles dentro de un marco de ganancias.
De acuerdo al mismo
informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas antes
mencionado, 1,600 millones de personas están en peor situación hoy
día que lo que estaban hace veinte años. Ochenta y nueve países
están en una peor condición económica hoy día que como estaban hace
quince años. Y aunque la economía global ha crecido, el número de
pobres ha crecido también un 17%. Otras cifras del Banco Mundial
demuestran que uno de cada tres latinoamericanos es pobre y que en
esos países ochenta y seis millones de personas sufren extrema
pobreza. Hace unos treinta y cinco años, los ricos del mundo tenían
un ingreso treinta veces superior al más pobre 20% del mundo. Hoy
días la ecuación ha variado, naturalmente, a favor de los ricos,
pues ellos hoy día tienen un ingreso estimado en sesenta y una veces
superior al de los pobres.
Para los cristianos, y
para todas las grandes religiones del mundo, los desafíos escondidos
en la economía del mercado neoliberal no pueden ser mayores.
Teólogos, como Gustavo Gutiérrez, han señalado algunos de estos
desafíos en el contexto de América Latina, donde existen, según él,
estructuras de pecado que impiden el acceso de los pobres a la salud
y a la educación, a una mejor calidad de vida. Y eso es cierto.
Por ejemplo, la
tecnología nos permite hoy día la posibilidad de producir más que
suficiente alimento para alimentar a los pobres del mundo, y aún así
sacar una ganancia. Tenemos los medios para suscitar más pequeños
negocios de familia, y la tecnología necesaria para darles a los
pobres más acceso a la educación, el comercio, la comunicación y la
cooperación internacional. Tenemos los medios pero falta la
voluntad política. O falta la necesaria planificación para
lograrlo.
Recuerdo hace unos años
que, en un país de Sudamérica, el presidente de entonces se gloriaba
de haber colocado computadoras en muchas escuelas del campo. Pero
se olvidaba que tal esfuerzo era inútil, mientras no llegara la
energía eléctrica a esas comunidades. Así, el estado gastó millones
de dólares en tecnología supuestamente destinada a mejorar la
educación de los pobres, que resultó ridículamente inútil, al no
tener electricidad.
Al mundo de economía y
política neoliberal no le interesa mejorar la condición del pobre.
Porque el pobre no deja ganancias al mercado mundial. Los pobres no
significan nada para el esquema neoliberal, porque no tienen poder
adquisitivo. En todo caso, los pobres son un estorbo, no hay por
qué tomarlos en cuenta.
Reto del
neoliberalismo al anuncio de la redención
Cuando Jesús habla de
los pequeños en el evangelio de Mateo 25, 31-46, se refiere a los
necesitados. Son personas con rostros humanos, que hoy día se
encuentran marginados en el contraste Norte – Sur. El juicio final
de la humanidad, en perspectiva cristiana, añade una dimensión ética
respecto a nuestra responsabilidad para con los pobres. La religión
no puede desatender, según Mateo 25, 31-46, el grito de los pobres.
Por eso, muchos de los mensajes del Santo Padre en los últimos años,
han ido en la dirección de una crítica serena pero dura contra los
sistemas económicos y políticos que van matando desvergonzadamente a
los pobres, sin que nadie haga nada al respecto. Durante el año
jubilar del 2000, él apeló a las grandes potencias económicas del
mundo a que buscaran medios para cancelar la deuda externa de muchos
países en vías de desarrollo.
Un
caso que
ejemplifica la complicidad del mundo neoliberal en el exterminio de
miles de personas es el caso de África. Hace algunos años los
países desarrollados tenían ya las medicinas necesarias para tratar
el SIDA. No tenemos la cura aún, pero tenemos medicamentos que
retrasan las consecuencias más duras de la enfermedad, con una
notable mejora en la calidad de vida de los pacientes. En África,
la epidemia del SIDA está diezmando la población.
Se estiman en más de 10 millones los huérfanos dejados desamparados
por padres y madres que han muerto por las complicaciones de la
enfermedad. Consecuentemente, hay abuelos que tienen 30 y 40
menores a su cargo, sin la posibilidad de alimentarlos ni educarlos
debidamente. Los países desarrollados tienen los medios para
aliviar el sufrimiento de miles de pacientes, y para dar una
oportunidad a los mismos para que puedan terminar de criar a sus
hijos infantes. Pero nos hacemos de la vista larga, y dejamos que
poco a poco mueran ya millones de personas. Pero esto es cómodo
para el neoliberalismo. Pues estos pobres enfermos son una carga
para la sociedad y no aportan nada al mercado.
Así que es más fácil y
conveniente dejarlos morir que hacer algo para ayudarlos. No
faltará quien diga que el neoliberalismo es el mayor asesino impune
que existe hoy en el mundo.
Al mercado neoliberal no le importa condenar a
Jesús de nuevo en los hombres y mujeres sentenciados por el
desempleo. Sólo le interesa el lucro, ir allí donde más barato le
salga ganar más dinero. Es el nuevo poder de un imperio
transnacional que estrangula la vida de millones de pobres en el
mundo, condenados a una muerte lenta, como los miles de víctimas del
SIDA que hoy mueren en el África. Es el nuevo Pilato, revestido de
un mal llamado deseo de progreso y desarrollo, que condena a miles a
cargar la absurda cruz de una pobreza extrema que, como nos dice el
Papa Juan Pablo II, atenta contra la dignidad de la persona humana.
Jesús es condenado nuevamente por aquellos poderes que causan la
mala distribución de los bienes comunes por el afán insaciable de
lucro económico. En cierto sentido, el neoliberalismo se ha
convertido en la nueva religión de los poderosos, propugnando el
dios del mercado soberano, que exige como sacrificio la vida de los
pobres.
Dice Jorge Castañeda,
“Somos firmes
partidarios de superar las políticas neoliberales que han extraído
al mercado de su condición de instrumento para elevarlo al status de
una religión. Distinguimos entre la economía de mercado y la
necesidad de democratizar este último, por una parte, y el
neoliberalismo, por la otra. Este, una vertiente extrema de la
economía de mercado, ha fracasado en su intento de generar
crecimiento y desarrollo, y en particular frente al desafío de
lograr una distribución más justa del ingreso y de la riqueza. Ha
quedado de manifiesto hoy lo erróneo de la idea según la cual el
capital es el factor determinante y casi exclusivo de los procesos
económicos. Las políticas de privatización a ultranza, de rebaja
sistemática de impuestos y de desregulación de los mercados
laborales, tan propias de los enfoques neoliberales, han conducido
en la mayoría de los casos a agravar los conflictos y tensiones
sociales, profundizando el empobrecimiento de vastos sectores de la
población”
No cabe duda
que el anuncio de la redención contextualizado en el ámbito
neoliberal actual, tiene que enfrentar estos retos. La redención
prometida por Cristo es la redención integral del ser humano. No se
trata solamente de su mejoramiento económico, sino también de su
crecimiento en valores humanos y espirituales. La predicación del
evangelio en ambientes cada día más pobres y empobrecidos tiene que
sonar clara y fuerte.
Los
trucos del neoliberalismo global
Un caso que
sirve para ilustrar cómo las políticas neoliberales pretenden
democratizar el proceso de la economía de mercado, mientras adoptan
operativos proteccionistas, es la reunión de Cancún de 2003. En
dicha reunión la Unión Europea y los Estados Unidos rechazaron el
pedido de los países en vías de desarrollo respecto a la protección
de los agricultores. Es bien sabido que la Unión Europea y los
Estados Unidos subsidian la agricultura de sus respectivos países, y
no están dispuestos a permitir que haya una competencia leal con los
agricultores de los otros países. ¿Por qué? Porque sería un
suicidio político para los gobernantes quitarles el subsidio a los
agricultores, que entonces no podrían competir con los precios más
bajos provenientes de los países en vías de desarrollo. ¿Acaso no
es una doctrina del neoliberalismo permitir que sea el mercado
mismo, no el gobierno, quien dicte sus pautas? Entonces, ¿por qué
recurrir a este proteccionismo? Eso demuestra la mala voluntad de
quienes llevan la voz cantante actualmente en el mercado global.
“Los
malos resultados de Cancún ponen en duda el objetivo de terminar las
negociaciones el año próximo. El encuentro ha visto la formación de
un nuevo bloque de negociación, formado por unos 20 países en
desarrollo, liderados por Brasil, India y China. Algunos analistas
opinan que esto hará que sea más difícil alcanzar un acuerdo. Otros
temen que Estados Unidos pierda interés en la Organización Mundial
de Comercio, prefiriendo seguir el camino de tratados bilaterales
con sus principales socios comerciales. Los más optimistas recuerdan
que las conversaciones sobre comercio del pasado se han llevado a
cabo con duros momentos y en ocasiones han necesitado años para
concluir”.
Según
Richard Bernal, delegado de Jamaica, un grupo de países africanos,
caribeños, asiáticos y latinoamericanos sentía que tenía pocas
opciones sino era parar las negociaciones, informaba el 15 de
septiembre de 2003 el New York Times. Estados Unidos y Europa,
declaraba, no han sido suficientemente generosos a la hora de
reducir sus subsidios agrícolas.
«Para
nosotros los países pequeños no hay nada en esta oferta», afirmaba
Bernal. Un portavoz del grupo, el ministro de asuntos exteriores de
Brasil, Celso Amorim, afirmó que estas naciones han demostrado que
son una nueva fuerza en la organización de comercio”.
Menos mal
que hay personas pensantes que no se han dejado engatusar por las
doctrinas excluyentes del neoliberalismo, y que reconocen sus trucos
y trampas.
“Existe consenso en señalar que el
neoliberalismo impone una
economía de mercado tanto interna, a través de la liberalización de
precios y de mercados, como externa, basada en la apertura comercial
y financiera. De esto se deduce que se orienta hacia la oferta,
considerando que la inversión es el motor de la economía, y defiende
una política económica basada en el recorte de gastos y en la
reducción de las tendencias inflacionarias. Finalmente, en las
relaciones capital-trabajo, el primero se erige en el factor
excluyente en la generalización de recursos y el trabajo se
reorganiza alrededor de la flexibilidad del salario conforme a sus
pautas, hecho que impone la necesidad de neutralizar a los carteles
sindicales y la reducción de la clase obrera, como realidad
político-organizativa, a mera fuerza de trabajo, como agregado de
individuos”.
La nota sobre el encuentro de Cancún publicada por la Santa Sede en
el L’Osservatore Romano del 10 de septiembre de 2003 pedía a los
delegados que recordaran que «el comercio internacional se debe
basar en el principio del valor inalienable de la persona humana,
fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social». La
Santa Sede comentaba que el libre comercio se ha de conformar de
acuerdo a los principios de justicia social y que puede ser llamado
verdaderamente justo cuando «permite que los países desarrollados y
en vías de desarrollo se beneficien de la misma forma de la
participación en el sistema de comercio global y les permite
fomentar el desarrollo humano de todos y cada uno de sus
ciudadanos». La nota observaba: «El desafío es crear un marco
jurídico para el comercio que dé a los países en desarrollo un extra
económico y la autonomía política para lograr las metas del
desarrollo humano, a la vez que respete las legítimas preocupaciones
con respecto a los patrones laborales, sociales y medioambientales».
El Proyecto del Milenio
En la Conferencia para el Desarrollo Financiero de
Monterrey en el 2002, los líderes del mundo allí reunidos acordaron
hacer los esfuerzos necesarios para que el 0.7% de sus ingresos
nacionales pudieran destinarse a la ayuda internacional,
especialmente en los países más pobres del mundo. Eso representaría
más o menos $200 billones de dólares al año. Si esa cantidad se
consiguiera, eso sería suficiente para colocar al mundo pobre en el
camino fuera de la pobreza extrema. Pero los resultados no han sido
consistentes. Sólo cinco países han cumplido con la meta: Dinamarca,
Luxemburgo, Holanda, Noruega y Suecia. Y uno de los países que no ha
cumplido con su promesa es la rica nación de los Estados Unidos de
América, que sólo ha contribuido con el 0.15%, es decir, ni siquiera
llegó a la meta acordada
.
Expertos como el Dr. Jeffrey Sachs están convencidos de
que es posible dar fin a la pobreza extrema si los países
desarrollados así lo quieren. Y ni siquiera tienen que sufrir mucho
al hacerlo, pues al mejorar el nivel de vida de los pobres en la más
extrema pobreza, capacitándolos para poder valerse por sí mismos,
los países desarrollados ganan, y no pierden nada.
A los pobres siempre los tendremos, pero no tienen que
ser tan empobrecidos. La pobreza extrema, en opinión del Dr.
Jeffrey Sachs, puede ser eliminada si los países ricos hacen lo
propio. Esta iniciativa del Dr. Sachs, y de otros personajes del
mundo actual, nos recuerda que el anuncio de la redención tiene que
empezar por la renovación de las estructuras actuales de la sociedad
que niegan dignidad a la vida humana. El panorama de un continente
como África, diezmado por las complicaciones del Sida, y abandonado
por los países ricos, es una guerra frontal contra los pobres. No
ha sido una guerra declarada, y no hay bombardeos y mísiles. Pero,
igual, es un genocidio económico contra el mundo pobre. El anuncio
de la redención copiosa debe incluir una denuncia de estos males, y
la búsqueda de soluciones eficaces
Violencia y
religión
Ya que
hemos visto algunos aspectos de lo que significa el neoliberalismo y
su relación con la pobreza y la exclusión, pasemos ahora a
considerar otro tema, contemplado también en el marco de este
escrito. Es la relación entre religión y violencia. No es de
extrañarse que, en las antiguas religiones, los dioses fueran
contemplados muchas veces como guerreros, conquistadores. Entraban
en luchas campales contra los agentes del mal en la creación, y al
vencer, la convertían en una creación buena. Es un elemento común
en casi todas las grandes religiones del mundo que Dios es
protector, salvador, redentor. Esto ha llevado a algunos a postular
teorías de índole psicológica, desde la psicología de lo profundo.
Dice J. Amando Robles:
“Una
vuelta a la tesis de Erich Fromm puede ser de gran utilidad en este
punto. Nos referimos a la tesis como la necesidad de un Dios
protector, las relaciones incestuosas que un concepto así evidencia,
la autoridad como compensación a la inseguridad y rechazo que las
relaciones incestuosas producen, la naturaleza autoritaria de las
religiones basadas en estas relaciones y, como consecuencia, los
mecanismos que generan de autoridad, intolerancia y exclusión.
Según Erich Fromm,
el ser humano tiene que romper los lazos incestuosos, incluso con
Dios, para hacerse libre y ser plenamente humano (Fromm 1971: 108).
Mientras tal cosa no ocurra, ni el ser humano se puede realizar
plenamente ni el Dios así concebido es verdadero Dios, es un ídolo (Fromm
1996: 73). La ruptura-superación de lazos incestuosos implicará el
silencio, como superación también de la conceptualización de Dios.
Porque el verdadero nombre de Dios es el «innominado» (Fromm 1971:
150), el sin nombre (Fromm 1996: 72; 1984: 88). “Dios” no es un
concepto, es un símbolo” (El arte de amar 1996: 74), una metáfora,
una expresión poética (Fromm 1984: 23). De hecho para Fromm éste es
el punto de llegada de la evolución que ha conocido el concepto de
Dios en el monoteísmo, y que coincide con el Dios de los místicos (Fromm
1996: 72-73). A esta religión o religiones Erich Fromm las llama
humanistas, y las contrapone a las otras, que llama autoritarias. (Fromm
1971: 54 y ss). La significación de tal denominación es clara. Las
humanistas son expresión de libertad y realización plena, las
autoritarias de inseguridad, sometimiento, imposición y violencia.
Las religiones
monoteístas, incluido el cristianismo, deben preguntarse seriamente
por la relación en su seno entre religión y violencia. Muy
posiblemente se descubra una relación más estrecha y, por lo tanto,
“violenta”, de lo que se creía. Obviamente, como advierte el propio
Erich Fromm nada impide que quienes adhieren a una religión
monoteísta puedan seguir expresando su fe en Dios, con tal de que
purifiquen su fe de todo elemento idolátrico. Esto implica, en
término de Mariano Corbí, “utilizar el nombre de Dios como si no se
utilizase”, esto es, apenas apoyándose en lo mejor de su carga
simbólica sólo para expresar algo que es inexpresable”.
Aunque no
coincido en todo con la cita de J. A. Robles, es innegable que las
religiones monoteístas cargan en su historia momentos de franca
violencia, diz que en nombre de Dios. El clamor de los salmos del
Antiguo Testamento consideraba una virtud romper el cráneo de los
niños de los enemigos. Las cruzadas del medioevo para el
cristianismo y las violentas situaciones atribuidas al Islam
contemporáneo, son todas expresiones de una violencia muchas veces
justificada en nombre de Dios, que no pasa de ser más que otra
excusa para expresar los bajos instintos de la violencia humana. La
violencia, dicen algunos psicólogos, forma parte de la
infraestructura de la personalidad humana.
Dice Lola
Comellas:
“En un tiempo en que
la violencia forma parte, más que nunca, de lo cotidiano, cabe
cuestionarse cuáles son los motivos que inducen al hombre a cometer
todo tipo de agresiones contra sus semejantes y contra su entorno.
Para entender la violencia en toda su magnitud, la psicología
tranpersonal ofrece la respuesta que más se adecua a la realidad de
los nuevos tiempos.
Es
creencia extendida que la violencia parte de factores económicos
(alimentos, confortabilidad), políticos (proteger el territorio,
detentar el poder) y sociales (cobardía, amor propio insatisfecho,
miedo al cambio, etc.). Pero casi nunca se habla de que ésta se
genera también (y fundamentalmente) a partir de la necesidad del ser
humano de afirmarse como tal y trascender a través de la destrucción
de los demás y de uno mismo, a fin de que la vida se renueve…
El mal y
la agresividad son algo natural que se encuentra implícito en la
naturaleza humana, pero cuando esta última es reprimida por el
patriarcado, que frustra los deseos del hombre y le impone unas
normas de conducta rígidas, se convierte en violencia manifestada
hacia el exterior”.
Incluso, la
ciencia que estudia el origen, expansión y desarrollo del universo
se pregunta por qué, en el proceso de formación de las galaxias y
sistemas astrales, hay tanta violencia. Parece que hay una fuerza
en la misma madre naturaleza que, para crear, hace uso de
explosiones, choques catastróficos, vacíos y una furia de gases y
materia en colisión. La violencia parece ser un elemento de la
creación misma, pero donde más se revela es en el ser humano, el
único ser que, con su supuesta superior inteligencia, organiza
guerras para matar a sus congéneres.
El paso de
la religión a la violencia está también acompañado de la relación
estrecha entre violencia y pobreza. Es ser humano reacciona
violentamente cuando le faltan las cosas esenciales para vivir. El
hambre genera desesperación, ante la incapacidad de satisfacer las
necesidades básicas. Y no se trata sólo de las cosas materiales.
Dice José Ma. Tortosa, en “Violencia y pobreza: una relación
estrecha,”
“A pesar de todo, o
quizás por ello, no interesa tanto saber cuántos pobres hay, por más
que sea ése un asunto que entretiene a expertos de todo el mundo.
Más bien se trata de saber qué factores producen la pobreza, asunto
de mayor importancia tanto intelectual como política… Entiendo por
pobreza la insatisfacción grave de las necesidades humanas básicas…
pero incluyendo entre las necesidades básicas no sólo las
estrictamente físicas (alimentación, alojamiento, vestido)... En
general, dice Susan George, "violencia es también todo aquello que
impide que la gente satisfaga sus necesidades fundamentales:
alimentación, vivienda, vestido, sí, pero también dignidad".
En el contexto
latinoamericano, por ejemplo, cálculos del Banco Mundial señalan
que, para que todos los hogares de la región obtuvieran ingresos
superiores a la línea de pobreza, se requerirían recursos
equivalentes al 0,7% del producto, lo cual sería equivalente a un
impuesto del 2% sobre los ingresos del 20% más rico de la
población", esfuerzo que sería "marginal" pero que si no se pone en
práctica no es por cuestiones "naturales" o "técnicas".
Es decir,
dicha pobreza se puede remediar, si hubiera la voluntad política y
social para hacerle frente. No faltan estudios, no faltan datos, no
faltan estrategias para lidiar con la pobreza extrema. Pero no
queremos hacerle frente, a pesar de que tenemos los medios técnicos
para lograrlo. Creo que es el peor caso de complicidad contra los
pobres en la historia mundial.
… Frente a la
mistificante teoría de la modernización, más o menos tecnocrática,
se impone la presencia de hechos violentos cuya relación con la
pobreza es innegable y cuya constatación es una constante en la
literatura, aunque no tenga un carácter. Esta relación se da en
ambas direcciones: la violencia directa produce pobreza y a la
inversa.
Pongamos el caso de
las migraciones internacionales. Como se ha dicho, son una de las
estrategias que el Sur puede utilizar contra el Norte. Pero sin
necesidad de llegar a tales niveles de explicación, parece claro que
la pobreza es el factor central que interviene en la expulsión de
una mano de obra que, casi por definición, busca empleo en los
países ricos, donde cree que es relativamente fácil encontrar
trabajo. Es sabido que ese trabajo, si existe, va a ser en aquellos
puestos que los autóctonos no quieren, sea por su dureza física o
por su dureza social (precariedad, tiempo parcial). Y también es
sabido que esa inmigración da pábulo para el racismo preexistente,
con los resultados violentos que se producen con cierta asiduidad en
formas que van desde la quema de residencias hasta las agresiones
físicas directas.
Entonces, los
emigrantes, que se arriesgan a dejar su familia y su patria en busca
de mejores horizontes económicos, se convierten en explotados y
perseguidos. Explotados frecuentemente por patronos que los obligan
a trabajar excesivamente, bajo la amenaza de reportarlos a los
ministerios de inmigración, estos emigrantes se convierte en los
nuevos esclavos de la modernidad. Cruzar la frontera sin documentos
tiene el mismo resultado que tenían los millones de africanos que
llegaban al Nuevo Mundo, desprotegidos de todo derecho y
considerados como no-personas.
Desde otra óptica,
la pobreza guarda relación con la represión policial. La percepción
que el ciudadano medio tiene de ella es relativamente sencilla: los
pobres son una amenaza. Desde este punto de vista, del limosneo se
puede pasar con facilidad a la agresión contra la propiedad o contra
las personas. Pobreza y criminalidad se consideran unidas. La
respuesta inmediata es la autodefensa: se pide más ley y orden, es
decir, más policía o, en la mayor parte de los casos, se recurre a
la policía privada. Así sucede en EE.UU., país en el que los
ciudadanos se gastan ya más en la policía privada que en la pública,
y en Reino Unido, donde comienzan a proliferar casos de vigilantismo.
Llegados aquí cabe
preguntarse qué es lo que hace que la pobreza se mantenga e incluso
se acepte. Hay razones de funcionalidad -sirve para mantener los
sistemas sociales en que se da- y estructurales -forma parte de la
estructura de poder que se autorreproduce-, pero también ideológicas
o culturales. De hecho, todas las sociedades producen explicaciones
de la existencia de la pobreza que guardan relación directa con (o
incluso forman parte de) las diferentes formas que adopta la
violencia cultural”.
La historia
es innegable. Hay capítulos en la historia de todas las grandes
religiones del mundo donde se ha utilizado la religión como pretexto
para la violencia y la guerra. Se ha llegado a hablar de la guerra
santa. Ninguna guerra es santa. En cuanto al cristianismo se
refiere, tal enseñanza es contraria a la fe. Me atrevo a afirmar
que lo mismo se puede decir del judaísmo, hinduismo, islamismo,
budismo y confucianismo. Nadie puede matar al inocente en nombre de
Dios y pretender quedar impune. Dios no acepta la muerte del
inocente. Si existe la violencia en las relaciones humanas, Dios no
la quiere. Por eso, la violencia es vista como uno de los frutos
del pecado, ruptura del amor que Dios quiso desde el principio. En
el contexto del cristianismo, la violencia y la guerra están en
franca contradicción con el mandamiento del amor, y con el hecho que
Cristo nos ordenó amar hasta a nuestros enemigos.
La
proclamación de la redención universal instituida por Cristo tiene
que incluir la confrontación con estos capítulos trágicos de la
historia humana. Yahvé, redentor de Israel, quien la compró a un
gran precio, es el Dios que nos llama a la solidaridad. Cristo,
Hijo Amado del Padre, enseña que es posible vivir en un mundo
hermanado. Y enseña que humanizar este mundo es parte de la tarea
que tiene la Iglesia. La Iglesia tiene que proclamar la posibilidad
de la generación del amor, la alternativa de un mundo más justo y
más humanizado.
“Si hay guerra es porque hay falta fe. En el
Norte de Irlanda, por ejemplo, los terroristas se identifican como
católicos y protestantes, pero el odio entre ellos nada tiene que
ver con la fe. Es un asunto de enemistad causada por invasiones y
las reacciones al invasor, o sea, por abusos históricos. El hecho de
que unos son protestantes y los otros católicos solo se utiliza como
máscara. Cuando el Santo Padre visitó a Irlanda del Norte, condenó
muy fuertemente la violencia y pidió de rodillas que cesara la
violencia. A pesar de ello, siguen habiendo terroristas que se
proclaman católicos. Y no faltarán los que siguen culpando a la
Iglesia por eso. Quienes juzgan así a la Iglesia no quieren ver la
enseñanza de la Iglesia sobre el terrorismo ni los esfuerzos de paz
que esta siempre lleva a cabo. Insisten en presentar a los
terroristas como representativos de la violencia de la Iglesia.
En Nigeria, Marzo 1998, Juan Pablo II dijo que
tanto los musulmanes como los católicos están de acuerdo «en el
hecho de que, en materia religiosa, no deben darse coerciones». «En
especial --aclaró--, cada vez que se practican violencias en nombre
de la religión tenemos que aclarar a todos que, en estas
circunstancias, no nos encontramos ante la verdadera religión».
La violencia no es causada por la
religión como tal, sino por los fanáticos de algunos elementos en
dicha religión. Nadie debe atribuir al islamismo, por ejemplo, el
fatídico caso de las torres gemelas de Nueva York el 11 de
septiembre del 2001. La violencia no es ni católica, ni judía, ni
islámica. Si los católicos, judíos o islámicos causan violencia, no
la causan por ser católicos, judíos o islámicos… la causan por no
ser buenos católicos, judíos o islámicos. Sería injusto culpar a
una religión o iglesia por los males cometidos por sus hijos.
“… El mal es mal
hágalo quien lo haga. Pero hay que distinguir entre la Iglesia,
misterio de salvación y las obras de sus hijos. Al médico lo
valoramos por el bien que imparte a los pacientes que siguen sus
recetas, no por los que rehúsan sus instrucciones. A la Iglesia se
la debe juzgar por los santos, y no por los pecados que resultan por
no atenernos a la gracia que nos ofrece”.
Una
consecuencia probable: La depresión
Dentro del
mundo actual, una consecuencia clara de la violencia, la pobreza y
el mal uso de la religión, sin olvidar el neoliberalismo y sus
corolarios, es la depresión generalizada de la sociedad. Cierto,
esta no es la única consecuencia, sino una entre tantas. Pero para
muestra sirve un botón. Por eso, como conclusión a este estudio, me
requedo en algunos aspectos de la depresión como síntoma consecuente
de la combinación Religión, pobreza y violencia, en el contexto de
la crisis neoliberal. Creo que este es un problema que debe ser
enfrentado pastoralmente, y que incide en la reflexión sobre la
redención en nuestros días. ¿Cómo anunciar la redención a un mundo
deprimido?
Un elemento
característico del siglo que pasó y que se ha acarreado al nuevo
siglo es la depresión, en sus diversas intensidades. En el Vaticano
se celebró la
XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», convocada por
el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud del 13 al 14 de
noviembre de 2003. Allí, expertos de todo el mundo se ocuparon de
investigar y exponer los componentes psicológicos, filosóficos,
espirituales y religiosos de la depresión, del cuidado y atención
médico-espiritual del paciente deprimido y muchos otros temas
relacionados. He aquí algunos planteamientos:
“Todo el pensamiento
de la postmodemidad desemboca en la muerte, en la llamada
anticultura radical del cuarto hombre. La acedia confluye así en el
«homo pavidus» postmoderno, en el hombre deprimido. El único remedio
es la afirmación de la vida frente a la anticultura de la muerte. La
única afirmación incontestable de la vida es la resurrección. Sólo
la resurrección de Cristo y nuestra resurrección en él, fuera de
cualquier invención genial religiosa sino como un hecho acaecido y
que acaece, aleja de cualquier paliativo a la depresión y va a sus
últimas raíces destruyéndolas por completo, pues destruye a la
muerte”.
Según el
Cardenal Javier Lozano Barragán, entonces, la resurrección de
Cristo, como un hecho histórico y metahistórico, es la afirmación
incontestable de la vida, lo que da su verdadero sentido a la vida,
y le mejor base para combatir la plaga depresiva del momento
actual. En este contexto dice el psicólogo Mariano Galve, de
Zaragoza (España):
“Partiré de una premisa: Si vamos al fondo de nuestro interior, a
nuestro inconsciente, nos encontraremos con la existencia de un
fuerte vínculo entre depresión y crisis espiritual.
Admitiendo esta
conexión, he visto necesario analizar en profundidad tanto la
depresión como la espiritualidad. Para ello, he usado el lenguaje
clásico y los instrumentos de la psicología analítica kleiniana y de
la psicología existencial de Winnicott.
Aunque he respetado
todos los enfoques médicos he priorizado dos de sus causas: la
pérdida de «objetos significativos» y el «predominio de la
agresividad sobre la bondad y el amor».
He aplicado la
primera causa --las pérdidas-- a la vivencia religiosa y, en la
misma línea, busqué una palabra más convergente iluminadora que
denominé «separatividad». Sobre ella establecí una afirmación: «El
mal radical, frente de las dolencias depresivas, es de nuestra
vivencia --errónea-- de que estamos separados de Dios, de nosotros
mismos y de los demás».
La separatividad, palabra descriptiva de nuestra situación
postmoderna, causa estragos en el ámbito personal, comunitario y
espiritual. Aunque este escrito de Galve se refiere al mundo de la
psicología analítica, es innegable el paralelo que establece con la
teología del pecado. El pecador es aquel que, separado de las
bendiciones de Dios por su propia culpa, se aísla también de los
demás, y se aísla de sí mismo. Es frecuente oír a los pacientes de
la depresión que su estado los hace sentir como si estuvieran fuera
de sí mismos, como si otra persona estuviera habitando su interior,
y como si sus sentimientos fueran manipulados por fuerzas que
provienen de su propio interior. En el mundo de la teología, la
conversión y el arrepentimiento, una vida de penitencia y reparación
moral, son la verdadera y única salida a esta situación. Para
lograr ese proceso, el creyente tiene que salir de sí mismo,
reconocer su mal personal y su responsabilidad, y poner su confianza
en la misericordia encarnada de Dios. Sólo la misericordia amorosa
de Dios es capaz de transformar al pecador desde su interior,
llevándolo a descubrir un nuevo significado, un nuevo valor en la
vida. Y esa misericordia se ha hecho accesible a todos mediante el
sacrificio redentor de Cristo.
Sigue
diciendo Galve:
“A continuación,
sobre esta pérdida significativa, articulé la segunda causa de la
depresión, y afirmé: «El sentimiento del daño causado por la
separatividad tiene por efecto aumentar la voracidad, la compulsión
y los impulsos destructivos».
En lenguaje más
religioso, aunque respetando siempre la estructura de la psicología
analítica y existencial, propuse un recorrido de curación: La
trasgresión fragua la culpabilidad y ésta el perdón y la reparación
(Winnicott). Asimismo, ésta última da origen a la aceptación de uno
mismo, la solicitud por los demás, la bondad y la sensatez
(Winnicott, de nuevo), que a su vez ocasiona el amor a Dios (el
Evangelio)”.
Estas palabras de
Mariano Galve arrojan mucha luz sobre el presente estudio, en cuanto
describen el comportamiento de muchas personas del mundo de hoy, y
sus posibles causas espirituales. Si no fueran palabras de un
experto en salud mental, podrían entenderse teológicamente:
«El mal radical,
frente de las dolencias depresivas, es de nuestra vivencia
--errónea-- de que estamos separados de Dios, de nosotros mismos y
de los demás».
Es decir, en lenguaje teológico diríamos que el mal radical, el
pecado, lleva a la vivencia, de que estamos separados de Dios
de nosotros mismos y de los demás.
Otra observación que
quiero compartir: Dice Galve:
“La trasgresión
fragua la culpabilidad y ésta el perdón y la reparación (Winnicott).
Asimismo, ésta última da origen a la aceptación de uno mismo, la
solicitud por los demás, la bondad y la sensatez (Winnicott, de
nuevo), que a su vez ocasiona el amor a Dios (el Evangelio)”.
Esta
dinámica psicológica descrita por Galve corresponde a la experiencia
religiosa del ser humano ante la culpa. La culpa es incómoda, la
cual molesta, es mejor achacársela a otro. El ser humano no quiere
convivir con la culpa. Aceptar la responsabilidad personal es el
primer paso para sanar la culpa, pues de ahí se suscita la necesidad
del perdón. Sólo el perdón, pedido y recibido, genera la esperanza
de superar la crisis. La persona que no perdona o que no se siente
capaz de ser perdonado, queda encerrada en un círculo vicioso de
culpa, tras culpa, tras culpa.
El perdón, que es un
elemento de la reconciliación, conlleva también la responsabilidad
de reparación. Sabemos, sin embargo, que la reparación humana nunca
es suficiente por sí misma. Aun después del arrepentimiento y el
perdón sacramental, aún después del propósito de enmienda y la
absolución, queda por hacer la reparación. Porque el mal que hemos
hecho tiene que ser remediado, en la medida de lo posible. La
reparación es parte del proceso de curación espiritual-psicológico.
Además, el pecado deja huellas, cicatrices dolorosas en la memoria y
en el espíritu humano. La reparación ayuda a sanar esas huellas,
remitiéndonos a lo que Galve describe como “la aceptación de uno
mismo, la solicitud por los demás, la bondad y la sensatez… que a su
vez ocasiona el amor a Dios…”
Las
conclusiones de la XVIII Conferencia Internacional del Consejo
Pontificio para la Pastoral de la Salud sobre «La depresión»
celebrada en el Vaticano del 13 al 15 de noviembre de 2003 ilustran
muy bien lo que queremos explicar aquí. Si queremos presentar un
mensaje de redención a este mundo de la posmodernidad, debemos tener
en cuenta estas afirmaciones.
Afirmaciones
Los participantes han
formulado una serie de afirmaciones que bien podrían constituir la
Carta Magna de los deprimidos. Han afirmado:
a.--La
depresión patológica o simplemente existencial constituye una
experiencia que ha acompañado al hombre desde las civilizaciones más
antiguas. De ser un fenómeno esporádico se ha convertido con el paso
de los años en una auténtica epidemia, sobre todo a causa de la
cultura de la falta de sentido y de la muerte que en el pensamiento
postmoderno se refleja en el «hombre pavidus» postmoderno.
Es decir,
la depresión es tan antigua como la vida humana misma, pero ha
cobrado proporciones mundiales. Por eso, en el pensamiento actual,
se refleja esa depresión en la filosofía preponderante de la muerte,
la falta de respeto por la vida, y el sentido del vacío de la vida.
Pero veamos algunas afirmaciones más:
b.--La
depresión no tiene sólo un aspecto médico, sino también social en
cuanto se desarrolla en ausencia de referencias éticas claras y de
una vida espiritual alimentada por la Palabra de Dios.
c.--El individualismo, el desempleo, el divorcio, la
inseguridad, la ausencia de una auténtica educación, la falta de
transmisión del saber, de la cultura, de la moral, de la vida
religiosa, y la negligencia de las normas objetivas por parte del
relativismo ético debilitan y hacen frágiles a las personas por
falta de arraigamiento y de estabilidad en la existencia.
d.--Los
antivalores se desarrollan en perjuicio del hombre y rompen la
armonía de una cultura haciendo que las personas sean frágiles;
éstas son los productos de las ideas depresivas que llevan la
semilla de la destrucción de la humanidad del hombre y la desfiguran
hasta el punto de hacerle incapaz de reconocerse en lo que vive.
Cuando los
valores no sirven como norte en la vida, se apodera del ser humano
una inestabilidad moral. O si la persona ha conocido otros valores
cuando niño, y luego como adulto, adopta una conducta que milita en
contra de esos valores, sobreviene la depresión como reacción. La
depresión, aparte del aspecto médico que involucra el metabolismo,
los neurotransmisores, y el balance químico en general, involucra
también la vida espiritual. No bastan los fármacos para
controlarla, aunque sí ayudan mucho. La verdadera curación ocurre
cuando se alcanza una armonía en lo personal, lo social y lo
espiritual. Cuando el ser humano descubre que Dios es su Padre, un
Padre Bueno y Misericordioso, que vela por nosotros y quiere nuestro
bien, cambia la perspectiva de la vida. Luego, cuando se da cuenta
que Jesús, el Hijo de Dios, hizo la entrega más completa de toda la
historia para salvarnos, entiende que la Misericordia divina tiene
un compromiso real con la humanidad. Finalmente, al recordar que el
Espíritu Santo es el consolador, puede experimentar el fuego que
purifica toda intención y nos encamina a la verdadera liberación.
La depresión no se puede sobrellevar sin una fuerte dosis de
redención.
Otras
afirmaciones importantes:
e.--Si
por una parte la presencia de determinismos psíquicos involuntarios
no implica necesariamente la ausencia de una motivación ética, por
otra parte se limita el espacio de la libertad. Esto tiene
particular importancia para la depresión, que pone en el centro de
su propia psicodinámica el sentido de culpabilidad generado por una
herida narcisista: puede desencadenar una estrategia que busca
meditar esa herida, alimentando el deseo de omnipotencia y el
fantasma del control total.
f.--La
familia sufre cuando uno de sus componentes está enfermo de
depresión. Por otra parte, la misma familia puede ser la mejor
terapia para el deprimido. Escuchar, comprender, amar, valorar
siempre a la persona, ayudarla a participar y a hacerle sentir que
se está bien junto a ella es el camino que propone la pastoral de la
Iglesia para acompañar a las personas deprimidas.
g.--El sentido trascendente de la vida que proponen las
religiones constituye el mejor antídoto contra la depresión y para
una armonía física, psíquica, social y espiritual de la vida.
h.--Para
el musulmán sólo la fe en Dios y el apego a Él constituyen la única
prevención y protección contra la depresión.
i.--La
religión hinduista es una especie de psicoterapia, pues tiene
también la función de responder a cuestiones últimas de la vida,
apoyando así el vínculo social, la cohesión y el sentido de
pertenencia, así como las líneas orientadoras para la vida.
j.--Se
propone a los agentes pastorales que tiendan la mano a los enfermos
deprimidos para que experimenten la ternura de Dios, integrándoles
en una comunidad de fe y de vida en la que puedan sentirse acogidos,
apoyados, dignos de amar y de ser amados. Esto lleva a contemplar a
Cristo y a dejarse guiar por Él, haciendo una experiencia que les
abre a la esperanza y a la vida.
k.--Se
pide a las instituciones públicas que aseguren condiciones de vida
dignas de las personas deprimidas y que elaboren políticas a favor
de la juventud, orientadas a ofrecer a los jóvenes motivos de
esperanza, preservándoles del vacío existencial con sus trágicas
consecuencias.
l.--Para salir de la depresión el hombre tiene necesidad
de volver a encontrar los valores y un sentido a su existencia, y la
resurrección de Cristo constituye el desemboque definitivo de
victoria contra la depresión.
m.--Volver a encontrar la confianza en sí mismo y en la vida pasa a
través de la pedagogía de la esperanza cristiana, una esperanza que
nos abre un futuro con Dios y que nos arraiga en el deseo de
encontrar nuestra felicidad con Cristo en la vida eterna,
apoyándonos en la gracia del Espíritu Santo.
n.--Para
volver a crear un auténtico vínculo social a partir de un cambio
completo del comportamiento de cada hombre, es necesario volver a
valorar los principios de la moral, que son capaces de imprimir un
profundo cambio en el espíritu del hombre deprimido para elevarle,
restaurando al mismo tiempo tanto la persona como la sociedad.
o.--El
hombre que sufre tiene siempre un puesto privilegiado en la
antropología bíblica y en el mensaje cristiano. El deprimido no ha
sido olvidado por Dios, es más, constituye el centro de su amor
compasivo. De hecho, al comenzar su misión mesiánica, Jesús afirma:
«Yo he venido para los enfermos»..., entre los cuales se encuentran
también los deprimidos. La vida espiritual transforma esta promesa
en contenidos concretos que ofrecen al creyente un apoyo espiritual
para afrontar toda enfermedad, incluida la depresión.
p.--Los
medios de comunicación son instrumentos de civilización que al
proponer modelos de vida y caminos culturales respetuosos de los
valores de la vida, de la familia y de la sociedad, pueden ser de
gran ayuda para convertir las actitudes y tendencias individualistas
y de muerte de la cultura postmoderna en comportamientos positivos,
personales, altruistas y solidarios a favor de la vida”.
Apreciaciones
Ante un
panorama como el que hemos visto en este capítulo, es evidente que
el anuncio de la redención tiene que tomar en cuenta los factores
económicos, políticos, culturales y éticos que hoy afectan al ser
humano en el mundo. La antropología cristiana no puede separarse de
la condición terrena que vivimos. Hoy día, bajo el núcleo del
neoliberalismo, se colocan muchas fuerzas que desfiguran al ser
humano, especialmente porque lo esclavizan sutilmente, en una nueva
esclavitud de corte económico y cultural que margina a poblaciones
enteras de la posibilidad de mejorar su condición económica y
política. Ante un mundo de pobreza extrema, hay que proclamar el
evangelio de la solidaridad internacional, del Proyecto del Milenio
esbozado en Monterrey en 2002, y avivar todas las iniciativas que
propendan a la esperanza en poblaciones enteras devastadas por la
pobreza, la crisis del SIDA, y otros tantos males que afectan a
nuestros pobres. La redención, como concepto de liberación
solidaria, puede hablar con mucho sentido al mundo de hoy. No es
una mera coincidencia que el concepto de redención en el Antiguo
Testamento surge dentro de un contexto de negocio económico. El
neoliberalismo es sólo la penúltima expresión de una economía que ha
acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales, y que ha sido
opresora y aprovechadora de los demás. Yahvé, Dios, rompe con un
esquema opresor, y promete liberación para su pueblo. El
neoliberalismo social, político y económico no tendrá la última
palabra, sino el Señor de la vida.
Esta cadena
semántica del concepto de redención puede amoldarse a la situación
del mundo actual, y a los esfuerzos de todos los pueblos por
terminar con la pobreza extrema. Naturalmente, no basta proclamar la
esperanza del final de la pobreza como si lo económico fuera lo
único importante. La redención rebasa lo meramente económico. Pero
la redención integral tiene que incluir el aspecto económico si ha
de ser un anuncio relevante para el ser humano de hoy. Ser
redimidos por Cristo de la corrupción del pecado y de la muerte es
una razón más para buscar transformar la situación del mundo
actual. No podemos llegar a Dios con las manos vacías, sin tratar
de transformar las estructuras del mundo actual en estructuras de
justicia, de verdad, de amor y de paz.
Concluyo como
empecé, citando al Concilio Vaticano II. Lo que describe el
concilio es un mapa para el peregrino de hoy. Sólo Dios, quien
pensó al ser humano en el principio, podrá definir la ruta final de
la humanidad. Y esa ruta final ya está demarcada anticipadamente,
en la redención obrada por Jesucristo, nuestro Redentor.
“Siempre
deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su
vida, de su acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia
le recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó
al hombre a su imagen y semejanza y lo redimió del pecado, el que
puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la
Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo,
hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad
de hombre...”
Ante las
preguntas milenarias de la humanidad, la Iglesia tiene una sola
respuesta: Cristo Redentor. Ante la búsqueda de libertad verdadera,
duradera y solidaria, propone un solo camino, el del evangelio
redentor. Ante el ardiente deseo de transformación y cambio, ofrece
una solo esperanza: la redención.
Jorge G. Castañeda, “Después del
neoliberalismo: un nuevo camino”, p. 1.
Jorge G. Castañeda. Después del neo-liberalismo: un nuevo
camino, pp 1-2.
Facts on International Aid,
http://www.earthinstitute.columbia.edu/endofpoverty/oda.html
“At the Monterrey Financing for Development
Conference in 2002, world leaders pledged “to make
concrete efforts towards the target of 0.7%” of their
national income in international aid. In today’s dollars, that
would amount to almost $200 billion each year.
In 2003,
total aid from the 22 richest countries to the world’s
developing countries was just $69 billion—a
shortfall of $130 billion dollars from the 0.7%
promise. On average, the world’s richest countries provided just
0.25% of their GNP in official development assistance (ODA). The
United States provided just 0.15%.
The cost
of supporting countries to meet the Goals would require donors
to increase ODA to 0.44% of GNP by 2006
(or $135 billion) and to plan for a scale-up to
0.54% by 2015 (or $195 billion) – well within the
bounds of the 0.7% promised in Monterrey. This means that of the
combined rich world GNP of approximately $30 trillion dollars,
on average just $150 billion a year would be
enough to get the world on track to ending extreme poverty
throughout the world.
Five countries
have already met or surpassed the 0.7% target: Denmark,
Luxembourg, Netherlands, Norway and Sweden. Five other countries
have committed themselves to a timeline to reach this target
before 2015: Belgium, Finland, France, Ireland and the United
Kingdom. In May of 2005, all members of the European Union
(except for those 'new' members who joined after 2002) agreed to
meet the target by 2015. This brought the number of rich
countries who have already met, or have committed to meet, the
0.7% target by 2015 to seventeen. In 2003,
donor aid flows varied considerably” Vea también, Jeffrey D.
Sachs, The End of Poverty: Economic Possibilities for our time.
New York,
Penguin Group 2005; y del mismo autor y otros expertos:
Sachs,
Jeffrey D. and Andrew Warner.
“Economic Reform
and the Process of Global Integration.” Brookings Papers on
Economic Activity. 1995:1. [Download article as
PDF]; Sachs, Jeffrey D., John Luke Gallup and Andrew
Mellinger. "Geography and Economic Development," in Pleskovic,
Boris and Joseph E. Stiglitz (eds.), Annual World Bank
Conference on Development Economics 1998 (April), The World
Bank: Washington, DC. [Download article as
PDF]; Sachs, Jeffrey D. “Twentieth-Century Political
Economy: A Brief History of Global Capitalism.” Oxford
Review of Economic Policy. Vol. 115, No. 4. Winter
1999. [Download article as
PDF]; Sachs, Jeffrey D. "Globalization and Patterns of
Economic Development," Review of World Economics, Vol. 136(4),
Kiel Institute of World Economics, 2000. [Download article
as
PDF]; Sachs, Jeffrey D., Andrew Mellinger and John Gallup.
"Climate, Coastal Proximity, and Development," in Oxford
Handbook of Economic Geography, Gordon L. Clark, Maryann P.
Feldman, and Meric S. Gertler (eds.), Oxford University Press,
2000. [Download article as
PDF]; Sachs, Jeffrey D., Andrew D. Mellinger and John L.
Gallup. "The Geography of Poverty and Wealth." Scientific
American. March 2001. [Download article as
PDF]
J. A.
Robles, Religión y
violencia, p. 5-6. Ver también Robles, J. A. (2002),
Repensar la religión. De la creencia al conocimiento,
EUNA, Heredia (Costa Rica) 1ª reimpr
Lola Comellas, Violencia y ritual, p. 1. “Esta teoría, que
puede resultar escandalosa a priori, se basa en principios de
dualidad que parten de la escisión de un Ser Supremo, demasiado
inaccesible para preocuparse de los asuntos comunes de los
mortales, en otras divinidades más cercanas al hombre, adecuadas
para ritos cósmicos pero no para momentos de crisis profundas
(grandes desastres, guerras, etc.). Cuando finalmente, se
retorna al Dios Celeste y único y aparece la ideología
patriarcal, se crea en torno a ella toda una cultura asentada en
la teoría de que la naturaleza humana es esencialmente buena y
en ella no tienen cabida los impulsos destructores, explicándose
estos como el producto de naturalezas enfermizas y perversas. De
esta forma, a partir de la polaridad y otros principios
engañosos introducidos por el judeocristianismo, se establece,
erróneamente, la división entre Bien y Mal, sin tener en cuenta
que quien fomenta el Bien está fomentando sin saberlo el Mal,
puesto que ambos son inseparables, los dos polos de lo mismo que
configuran la Totalidad” (p. 2).
José Ma. Tortosa,
“Violencia y pobreza: una relación estrecha,” en Papeles
50 (1994) 31-38.
Esta página es obra de Las Siervas de los Corazones Traspasados
de Jesús y María.
www.corazones.org
Concilio Vaticano II,
Gaudium et Spes, 41.