"Dando la vida por la abundante Redención"

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Capítulo VI

La siuación del mundo actual, como antesala para el auncio de la redención

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de la época actual, sobre todo de los pobres y afligidos de toda clase, son también los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.  Nada hay auténticamente humano que no halle eco en su corazón”[1


[1] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 1

 

              No quiero terminar este ensayo sobre la Teología de la redención, sin hacer referencia a la situación del mundo actual, pues la redención obrada por Cristo tiene que ser anunciada en ese mismo mundo.

Como mediación para este estudio, me parece importante reconocer la situación económica, política y cultural del mundo actual en su relación con el neoliberalismo, que es la corriente predominante hoy día.  No pretendo hacer un estudio de todas las corrientes filosóficas, artísticas, sociales, políticas, etc. que inciden en este tema.  Pero creo que el neoliberalismo en sus dimensiones económicas, políticas y culturales es el problema de fondo del mundo actual.  Si vamos a elaborar una síntesis de soteriología contemporánea, que hable al hombre y a la mujer de hoy, no podemos hacerla descontextualizados.  Por eso, casi a modo de introducción, expongo lo siguiente como mediación para la reflexión teológica.

Religión, pobreza, violencia… crisis neoliberal

            Religión, pobreza, violencia, el contexto de la crisis neoliberal... ciertamente esos son temas que encuentran un eco en el corazón cristiano y en el de todos los seres humanos de buena voluntad.  Al haber estudiado muchos temas diversos como neoliberalismo, estadísticas de la pobreza, la pobreza y su relación con la violencia, los fallos del sistema neoliberal con su consecuente exclusión de los pobres, la religión y la violencia, nos hemos dado cuenta que las religiones del mundo actual tienen un deber que cumplir ante dichas realidades.  Frecuentemente, este ambiente de religión, pobreza y violencia desemboca en la depresión psicológica de grandes sectores de la población, cuando no en horribles conflictos bélicos, donde las víctimas inocentes se multiplican impunemente, y donde los derrotados son los pobres y oprimidos de la tierra.

          No cabe ninguna duda que el tema en cuestión tiene mucho de tristeza y angustia, sobre todo, la de los pobres y afligidos.  Quiero presentar un acercamiento teológico a este tema, porque creo que el tema tiene mucho que aportar a la teología hoy día, y porque creo que la teología debe incluir muchos de estos aspectos en la dimensión reflexiva de la fe.  Naturalmente, lo hago desde una teología confesional, como teólogo católico.

            El tema obligado que debemos abordar es el neoliberalismo, el cual es el sistema predominante de mercado en el mundo actual.  Primero, quiero citar a un estudioso del tema del neoliberalismo, Hernán Javier Marturet   (Lic. en Ciencia Política, UBA) quien dice:

        “Aceptaremos que el neoliberalismo, según se desprende de innumerables trabajos de la teoría social y política, es hegemónico desde los años ochenta a escala mundial; y que se caracteriza por tres "tipos de políticas" fundamentales: la política económica se orienta hacia la oferta y hacia la expansión de mercado de bienes y capitales, la política gubernamental se orienta a reducir la importancia de la administración en aquellas áreas consideradas irrelevantes para la continuidad del desarrollo capitalista, y la política cultural se orienta hacia la crítica de los valores "posmateriales", como la autonomía y la autorrealización, y cultiva, como dice Habermas, los valores tradicionales del patriotismo, de la ética convencional, de la familia, y de la cultura popular”[1].

            De lo anterior se desprende que el neoliberalismo tiene varias vertientes:  la política, económica, cultural y hasta la moral.  El mercado reina como Dios supremo, con una autoridad irrefutable.  Lo que las sociedades teocráticas de antaño reservaban como poder único de Dios, ahora es frecuentemente suplantado por el dios-mercado.  Al mercado hay que rendirle honor y adoración. Todo se debe ajustar a sus exigencias, incluso el sistema de valores de una sociedad.

            Jesús Antonio Bejarano nos recuerda los principios básicos del liberalismo, resumiéndolos así:

 

            “El Individuo es la fuente de sus propios valores morales; el proceso de comercio e intercambio entre individuos tiene tanto propiedades de eficiencia para lograr el bienestar colectivo, como de exaltación de la libertad; el mercado es un orden espontáneo para la asignación de recursos; el intercambio entre las naciones no sólo acrecentará la riqueza mediante la división internacional del trabajo, sino que también tenderá a reducir las tensiones políticas y la guerra…”[2]

            Ese liberalismo clásico, propugnado por Adam Smith y desarrollado en el siglo XVIII, encuentra un brote, un resurgimiento, en el neoliberalismo económico y político, muy puesto de modo tras la caída del muro de Berlín en el 1989, pero que venía gestándose ya desde los años cuarenta del siglo XX por Friedrick Hayek y otros pensadores contemporáneos.  La gran esperanza que engendran el liberalismo y el neoliberalismo, sin embargo, termina en el aborto político, social y económico que hoy conocemos.  El neoliberalismo se ha convertido en la nueva fábrica de pobres en el mundo.  La gran promesa que pretendió ser la apertura al mercado global neoliberal, ha terminado en otra grande frustración para miles de desposeídos de la tierra. 

            Dice Jorge G. Castañeda,

            “En forma abrumadora, las sociedades latinoamericanas, ancestralmente desiguales y escindidas en incontables direcciones, hoy lo son más que nunca.  En algunos países –los menos- la pobreza disminuye aunque perdura la injusticia.  En otros –los más- aumenta el número de ciudadanos condenados a una existencia ingrata, inaceptable e indignante, al tiempo que se ensanchan las brechas de por sí abismales que separan a pobres de ricos, a la ciudad del campo, a negros y morenos de blancos y criollos, a hombres de mujeres y a niños del resto de la sociedad.  El empleo permanece estancado, los ingresos siguen castigados, y el gasto en educación, salud, vivienda, la niñez y el futuro no logra compensar los interminables decenios perdidos”[3].

De lo que hemos leído se deduce que el neoliberalismo, lejos de ser la gran panacea que iba a resolver los problemas económicos del mundo, ha resultado ser más bien un estorbo para resolverlos.  Tenemos algunas estadísticas que pueden ilustrar el problema.  De acuerdo al Negociado del Censo de los Estados Unidos, para el año 2002, existen los siguientes datos:

En los Estados Unidos, el porcentaje de pobreza en el 2000 era de 11.3 de la población, y subió a 11.7 en el 2001. En el 2002 subió a 12.4[4]. El total de personas que vivían por debajo de los umbrales de pobreza en el 2000 era de 31.6 millones, el cual subió en el 2001 a 32.9 millones.  Para las personas entre 18 y 64 años de edad, el nivel de pobreza en el 2000 era de 9.6 y subió a 10.1 por ciento en el 2001. Y dentro de la población estadounidense, el número de hispanos pobres subió de 7.8 millones en el 2000 a 8 millones en el 2001[5]. Estos datos se refieren sólo a los Estados Unidos de América, supuestamente, uno de los países más ricos del mundo.

De acuerdo a la organización de ayuda CARE, cada año, más de 500,000 mujeres mueren de complicaciones del embarazo y el parto, de las cuales 99% ocurren los países en desarrollo.  Casi cuatro millones de bebés mueren cada año durante su primera semana de vida, frecuentemente debido al precario cuidado prenatal y nacimientos espaciados muy seguidamente.  La diarrea mata a 2.2 millones de personas al año, casi todas niños menores de cinco años.  Se calcula en más de 40 millones el número de personas infectadas con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), con 95% de estos en los países en desarrollo.  Aproximadamente 18.5 millones de personas con VIH son mujeres y 3 millones son niños menores de 15 años.  La malaria amenaza la vida de más de dos mil millones de personas en más de 100 países, es decir, casi el 40% de la población mundial.  Cada año se detectan entre 300 a 500 millones de casos clínicos de malaria[6].

Igual que éstas, podríamos citar muchas otras cifras que nos harían captar, al menos parcialmente, el grave problema de la pobreza y sus correlativos de enfermedad y hambre.  Las estadísticas son devastadoras, y nos deben hacer pensar.  Todo esto ocurre en el contexto del neoliberalismo económico, político y sociocultural, que se suponía iba a hacer desaparecer muchos de estos males.

La tendencia hacia la globalización no es un sueño del futuro, sino una realidad.  Especialmente a través de los avances tecnológicos en los viajes, las comunicaciones, el comercio internacional, el internet; vivimos en la famosa villa global.  Hay esfuerzos en el ámbito de lo político para mejorar las relaciones políticas y para preservar la paz.  Económicamente, la economía del mercado neoliberal se extiende como una red de comercio, producción, distribución y ganancias.  En el área del derecho internacional, hay varios proyectos que buscan organizar un sistema de cortes internacionales, donde las naciones particulares puedan presentar sus querellas.  Aunque estos y otros desarrollos pueden parecer un signo positivo para el nuevo milenio, que despierta un sentimiento de esperanza y progreso, también hay desafíos ocultos.

Hace varios años, el informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas indicaba que 358 familias multimillonarias poseían más dinero que casi la mitad del resto del mundo.  Tienen riquezas mayores que las del 45% de la gente y de los estados de todo el mundo.  Conocido es el hecho que un magnate de computadoras tiene más dinero que todo el tesoro del Perú.  Este tipo de cifras no son sólo estadísticas.  Presentan un problema respecto a la justa distribución de las riquezas y el uso comunitario de los bienes.  El sistema neoliberal del mercado apoya este tipo de situación.  Hace varios años, Su Santidad Juan Pablo II nos alertaba sobre el hecho que la brecha entre ricos y pobres estaba creciendo.  Ahora los datos demuestran que no era una voz de alerta exagerada.  Ya vimos arriba que, de hecho, en el país más rico del mundo, el número de personas bajo el llamado umbral de la pobreza va aumentando cada año.  ¿Qué se podrá decir de los países menos desarrollados?

Vertientes éticas

El neoliberalismo no sólo tiene vertientes económicas y políticas, sino que también tiene vertientes éticas.  La falta de sensibilidad al mundo de los pobres y sus angustias se ha revelado como una de las características de este sistema.  Los valores morales que deben dirigir la acción ética de los seres humanos han pasado a un almacén de cosas inservibles dentro del marco neoliberal.  Lo importante es la ganancia, el éxito personal a cualquier costo, incluso si se trata de ahogar la vida de los pobres.  Los pobres no son un valor para el neoliberalismo, sino que son vistos como una carga para el estado, y por lo tanto, inservibles dentro de un marco de ganancias.

De acuerdo al mismo informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas antes mencionado, 1,600 millones de personas están en peor situación hoy día que lo que estaban hace veinte años.  Ochenta y nueve países están en una peor condición económica hoy día que como estaban hace quince años.  Y aunque la economía global ha crecido, el número de pobres ha crecido también un 17%.  Otras cifras del Banco Mundial demuestran que uno de cada tres latinoamericanos es pobre y que en esos países ochenta y seis millones de personas sufren extrema pobreza.  Hace unos treinta y cinco años, los ricos del mundo tenían un ingreso treinta veces superior al más pobre 20% del mundo.  Hoy días la ecuación ha variado, naturalmente, a favor de los ricos, pues ellos hoy día tienen un ingreso estimado en sesenta y una veces superior al de los pobres.

Para los cristianos, y para todas las grandes religiones del mundo, los desafíos escondidos en la economía del mercado neoliberal no pueden ser mayores.  Teólogos, como Gustavo Gutiérrez, han señalado algunos de estos desafíos en el contexto de América Latina, donde existen, según él, estructuras de pecado que impiden el acceso de los pobres a la salud y a la educación, a una mejor calidad de vida.  Y eso es cierto.

Por ejemplo, la tecnología nos permite hoy día la posibilidad de producir más que suficiente alimento para alimentar a los pobres del mundo, y aún así sacar una ganancia.  Tenemos los medios para suscitar más pequeños negocios de familia, y la tecnología necesaria para darles a los pobres más acceso a la educación, el comercio, la comunicación y la cooperación internacional.  Tenemos los medios pero falta la voluntad política. O falta la necesaria planificación para lograrlo. 

Recuerdo hace unos años que, en un país de Sudamérica, el presidente de entonces se gloriaba de haber colocado computadoras en muchas escuelas del campo.  Pero se olvidaba que tal esfuerzo era inútil, mientras no llegara la energía eléctrica a esas comunidades.  Así, el estado gastó millones de dólares en tecnología supuestamente destinada a mejorar la educación de los pobres, que resultó ridículamente inútil, al no tener electricidad.

Al mundo de economía y política neoliberal no le interesa mejorar la condición del pobre.  Porque el pobre no deja ganancias al mercado mundial.  Los pobres no significan nada para el esquema neoliberal, porque no tienen poder adquisitivo.  En todo caso, los pobres son un estorbo, no hay por qué tomarlos en cuenta.

Reto del neoliberalismo al anuncio de la redención

Cuando Jesús habla de los pequeños en el evangelio de Mateo 25, 31-46, se refiere a los necesitados.  Son personas con rostros humanos, que hoy día se encuentran marginados en el contraste Norte – Sur.  El juicio final de la humanidad, en perspectiva cristiana, añade una dimensión ética respecto a nuestra responsabilidad para con los pobres.  La religión no puede desatender, según Mateo 25, 31-46, el grito de los pobres.  Por eso, muchos de los mensajes del Santo Padre en los últimos años, han ido en la dirección de una crítica serena pero dura contra los sistemas económicos y políticos que van matando desvergonzadamente a los pobres, sin que nadie haga nada al respecto.  Durante el año jubilar del 2000, él apeló a las grandes potencias económicas del mundo a que buscaran medios para cancelar la deuda externa de muchos países en vías de desarrollo.

Un caso que ejemplifica la complicidad del mundo neoliberal en el exterminio de miles de personas es el caso de África.  Hace algunos años los países desarrollados tenían ya las medicinas necesarias para tratar el SIDA.  No tenemos la cura aún, pero tenemos medicamentos que retrasan las consecuencias más duras de la enfermedad, con una notable mejora en la calidad de vida de los pacientes.  En África, la epidemia del SIDA está diezmando la población[7].  Se estiman en más de 10 millones los huérfanos dejados desamparados por padres y madres que han muerto por las complicaciones de la enfermedad.  Consecuentemente, hay abuelos que tienen 30 y 40 menores a su cargo, sin la posibilidad de alimentarlos ni educarlos debidamente.  Los países desarrollados tienen los medios para aliviar el sufrimiento de miles de pacientes, y para dar una oportunidad a los mismos para que puedan terminar de criar a sus hijos infantes.  Pero nos hacemos de la vista larga, y dejamos que poco a poco mueran ya millones de personas.  Pero esto es cómodo para el neoliberalismo.  Pues estos pobres enfermos son una carga para la sociedad y no aportan nada al mercado.  Así que es más fácil y conveniente dejarlos morir que hacer algo para ayudarlos.  No faltará quien diga que el neoliberalismo es el mayor asesino impune que existe hoy en el mundo.

Al mercado neoliberal no le importa condenar a Jesús de nuevo en los hombres y mujeres sentenciados por el desempleo.  Sólo le interesa el lucro, ir allí donde más barato le salga ganar más dinero.  Es el nuevo poder de un imperio transnacional que estrangula la vida de millones de pobres en el mundo, condenados a una muerte lenta, como los miles de víctimas del SIDA que hoy mueren en el África.  Es el nuevo Pilato, revestido de un mal llamado deseo de progreso y desarrollo, que condena a miles a cargar la absurda cruz de una pobreza extrema que, como nos dice el Papa Juan Pablo II, atenta contra la dignidad de la persona humana.  Jesús es condenado nuevamente por aquellos poderes que causan la mala distribución de los bienes comunes por el afán insaciable de lucro económico.  En cierto sentido, el neoliberalismo se ha convertido en la nueva religión de los poderosos, propugnando el dios del mercado soberano, que exige como sacrificio la vida de los pobres.

Dice Jorge Castañeda,

“Somos firmes partidarios de superar las políticas neoliberales que han extraído al mercado de su condición de instrumento para elevarlo al status de una religión. Distinguimos entre la economía de mercado y la necesidad de democratizar este último, por una parte, y el neoliberalismo, por la otra. Este, una vertiente extrema de la economía de mercado, ha fracasado en su intento de generar crecimiento y desarrollo, y en particular frente al desafío de lograr una distribución más justa del ingreso y de la riqueza. Ha quedado de manifiesto hoy lo erróneo de la idea según la cual el capital es el factor determinante y casi exclusivo de los procesos económicos. Las políticas de privatización a ultranza, de rebaja sistemática de impuestos y de desregulación de los mercados laborales, tan propias de los enfoques neoliberales, han conducido en la mayoría de los casos a agravar los conflictos y tensiones sociales, profundizando el empobrecimiento de vastos sectores de la población”[8]

No cabe duda que el anuncio de la redención contextualizado en el ámbito neoliberal actual, tiene que enfrentar estos retos.  La redención prometida por Cristo es la redención integral del ser humano.  No se trata solamente de su mejoramiento económico, sino también de su crecimiento en valores humanos y espirituales.  La predicación del evangelio en ambientes cada día más pobres y empobrecidos tiene que sonar clara y fuerte.

 

Los trucos del neoliberalismo global

 

Un caso que sirve para ilustrar cómo las políticas neoliberales pretenden democratizar el proceso de la economía de mercado, mientras adoptan operativos proteccionistas, es la reunión de Cancún de 2003.  En dicha reunión la Unión Europea y los Estados Unidos rechazaron el pedido de los países en vías de desarrollo respecto a la protección de los agricultores.  Es bien sabido que la Unión Europea y los Estados Unidos subsidian la agricultura de sus respectivos países, y no están dispuestos a permitir que haya una competencia leal con los agricultores de los otros países.  ¿Por qué?  Porque sería un suicidio político para los gobernantes quitarles el subsidio a los agricultores, que entonces no podrían competir con los precios más bajos provenientes de los países en vías de desarrollo.  ¿Acaso no es una doctrina del neoliberalismo permitir que sea el mercado mismo, no el gobierno, quien dicte sus pautas?  Entonces, ¿por qué recurrir a este proteccionismo?  Eso demuestra la mala voluntad de quienes llevan la voz cantante actualmente en el mercado global.

 

“Los malos resultados de Cancún ponen en duda el objetivo de terminar las negociaciones el año próximo. El encuentro ha visto la formación de un nuevo bloque de negociación, formado por unos 20 países en desarrollo, liderados por Brasil, India y China. Algunos analistas opinan que esto hará que sea más difícil alcanzar un acuerdo. Otros temen que Estados Unidos pierda interés en la Organización Mundial de Comercio, prefiriendo seguir el camino de tratados bilaterales con sus principales socios comerciales. Los más optimistas recuerdan que las conversaciones sobre comercio del pasado se han llevado a cabo con duros momentos y en ocasiones han necesitado años para concluir”[9].

 

Según Richard Bernal, delegado de Jamaica, un grupo de países africanos, caribeños, asiáticos y latinoamericanos sentía que tenía pocas opciones sino era parar las negociaciones, informaba el 15 de septiembre de 2003 el New York Times. Estados Unidos y Europa, declaraba, no han sido suficientemente generosos a la hora de reducir sus subsidios agrícolas.

«Para nosotros los países pequeños no hay nada en esta oferta», afirmaba Bernal. Un portavoz del grupo, el ministro de asuntos exteriores de Brasil, Celso Amorim, afirmó que estas naciones han demostrado que son una nueva fuerza en la organización de comercio”[10].

Menos mal que hay personas pensantes que no se han dejado engatusar por las doctrinas excluyentes del neoliberalismo, y que reconocen sus trucos y trampas.

“Existe consenso en señalar que el neoliberalismo impone una economía de mercado tanto interna, a través de la liberalización de precios y de mercados, como externa, basada en la apertura comercial y financiera. De esto se deduce que se orienta hacia la oferta, considerando que la inversión es el motor de la economía, y defiende una política económica basada en el recorte de gastos y en la reducción de las tendencias inflacionarias. Finalmente, en las relaciones capital-trabajo, el primero se erige en el factor excluyente en la generalización de recursos y el trabajo se reorganiza alrededor de la flexibilidad del salario conforme a sus pautas, hecho que impone la necesidad de neutralizar a los carteles sindicales y la reducción de la clase obrera, como realidad político-organizativa, a mera fuerza de trabajo, como agregado de individuos”[11]

La nota sobre el encuentro de Cancún publicada por la Santa Sede en el L’Osservatore Romano del 10 de septiembre de 2003 pedía a los delegados que recordaran que «el comercio internacional se debe basar en el principio del valor inalienable de la persona humana, fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social». La Santa Sede comentaba que el libre comercio se ha de conformar de acuerdo a los principios de justicia social y que puede ser llamado verdaderamente justo cuando «permite que los países desarrollados y en vías de desarrollo se beneficien de la misma forma de la participación en el sistema de comercio global y les permite fomentar el desarrollo humano de todos y cada uno de sus ciudadanos». La nota observaba: «El desafío es crear un marco jurídico para el comercio que dé a los países en desarrollo un extra económico y la autonomía política para lograr las metas del desarrollo humano, a la vez que respete las legítimas preocupaciones con respecto a los patrones laborales, sociales y medioambientales».[12]

El Proyecto del Milenio

            En la Conferencia para el Desarrollo Financiero de Monterrey en el 2002, los líderes del mundo allí reunidos acordaron hacer los esfuerzos necesarios para que el 0.7% de sus ingresos nacionales pudieran destinarse a la ayuda internacional, especialmente en los países más pobres del mundo.  Eso representaría más o menos $200 billones de dólares al año.  Si esa cantidad se consiguiera, eso sería suficiente para colocar al mundo pobre en el camino fuera de la pobreza extrema. Pero los resultados no han sido consistentes. Sólo cinco países han cumplido con la meta: Dinamarca, Luxemburgo, Holanda, Noruega y Suecia. Y uno de los países que no ha cumplido con su promesa es la rica nación de los Estados Unidos de América, que sólo ha contribuido con el 0.15%, es decir, ni siquiera llegó a la meta acordada [13].

            Expertos como el Dr. Jeffrey Sachs están convencidos de que es posible dar fin a la pobreza extrema si los países desarrollados así lo quieren.  Y ni siquiera tienen que sufrir mucho al hacerlo, pues al mejorar el nivel de vida de los pobres en la más extrema pobreza, capacitándolos para poder valerse por sí mismos, los países desarrollados ganan, y no pierden nada.

            A los pobres siempre los tendremos, pero no tienen que ser tan empobrecidos.  La pobreza extrema, en opinión del Dr. Jeffrey Sachs, puede ser eliminada si los países ricos hacen lo propio.  Esta iniciativa del Dr. Sachs, y de otros personajes del mundo actual, nos recuerda que el anuncio de la redención tiene que empezar por la renovación de las estructuras actuales de la sociedad que niegan dignidad a la vida humana.  El panorama de un continente como África, diezmado por las complicaciones del Sida, y abandonado por los países ricos, es una guerra frontal contra los pobres.  No ha sido una guerra declarada, y no hay bombardeos y mísiles.  Pero, igual, es un genocidio económico contra el mundo pobre.  El anuncio de la redención copiosa debe incluir una denuncia de estos males, y la búsqueda de soluciones eficaces

Violencia y religión 

Ya que hemos visto algunos aspectos de lo que significa el neoliberalismo y su relación con la pobreza y la exclusión, pasemos ahora a considerar otro tema, contemplado también en el marco de este escrito.  Es la relación entre religión y violencia.  No es de extrañarse que, en las antiguas religiones, los dioses fueran contemplados muchas veces como guerreros, conquistadores.  Entraban en luchas campales contra los agentes del mal en la creación, y al vencer, la convertían en una creación buena.  Es un elemento común en casi todas las grandes religiones del mundo que Dios es protector, salvador, redentor.  Esto ha llevado a algunos a postular teorías de índole psicológica, desde la psicología de lo profundo.  Dice J. Amando Robles:

 “Una vuelta a la tesis de Erich Fromm puede ser de gran utilidad en este punto. Nos referimos a la tesis como la necesidad de un Dios protector, las relaciones incestuosas que un concepto así evidencia, la autoridad como compensación a la inseguridad y rechazo que las relaciones incestuosas producen, la naturaleza autoritaria de las religiones basadas en estas relaciones y, como consecuencia, los mecanismos que generan de autoridad, intolerancia y exclusión. 

Según Erich Fromm, el ser humano tiene que romper los lazos incestuosos, incluso con Dios, para hacerse libre y ser plenamente humano (Fromm 1971: 108). Mientras tal cosa no ocurra, ni el ser humano se puede realizar plenamente ni el Dios así concebido es verdadero Dios, es un ídolo (Fromm 1996: 73). La ruptura-superación de lazos incestuosos implicará el silencio, como superación también de la conceptualización de Dios. Porque el verdadero nombre de Dios es el «innominado» (Fromm 1971: 150), el sin nombre (Fromm 1996: 72; 1984: 88). “Dios” no es un concepto, es un símbolo” (El arte de amar 1996: 74), una metáfora, una expresión poética (Fromm 1984: 23). De hecho para Fromm éste es el punto de llegada de la evolución que ha conocido el concepto de Dios en el monoteísmo, y que coincide con el Dios de los místicos (Fromm 1996: 72-73). A esta religión o religiones Erich Fromm las llama humanistas, y las contrapone a las otras, que llama autoritarias. (Fromm 1971: 54 y ss). La significación de tal denominación es clara. Las humanistas son expresión de libertad y realización plena, las autoritarias de inseguridad, sometimiento, imposición y violencia. 

Las religiones monoteístas, incluido el cristianismo, deben preguntarse seriamente por la relación en su seno entre religión y violencia. Muy posiblemente se descubra una relación más estrecha y, por lo tanto, “violenta”, de lo que se creía. Obviamente, como advierte el propio Erich Fromm nada impide que quienes adhieren a una religión monoteísta puedan seguir expresando su fe en Dios, con tal de que purifiquen su fe de todo elemento idolátrico. Esto implica, en término de Mariano Corbí, “utilizar el nombre de Dios como si no se utilizase”, esto es, apenas apoyándose en lo mejor de su carga simbólica sólo para expresar algo que es inexpresable”[14].

Aunque no coincido en todo con la cita de J. A. Robles, es innegable que las religiones monoteístas cargan en su historia momentos de franca violencia, diz que en nombre de Dios.  El clamor de los salmos del Antiguo Testamento consideraba una virtud romper el cráneo de los niños de los enemigos.  Las cruzadas del medioevo para el cristianismo y las violentas situaciones atribuidas al Islam contemporáneo, son todas expresiones de una violencia muchas veces justificada en nombre de Dios, que no pasa de ser más que otra excusa para expresar los bajos instintos de la violencia humana.  La violencia, dicen algunos psicólogos, forma parte de la infraestructura de la personalidad humana.

 

 

Dice Lola Comellas:

 

 

“En un tiempo en que la violencia forma parte, más que nunca, de lo cotidiano, cabe cuestionarse cuáles son los motivos que inducen al hombre a cometer todo tipo de agresiones contra sus semejantes y contra su entorno. Para entender la violencia en toda su magnitud, la psicología tranpersonal ofrece la respuesta que más se adecua a la realidad de los nuevos tiempos.

           Es creencia extendida que la violencia parte de factores económicos (alimentos, confortabilidad), políticos (proteger el territorio, detentar el poder) y sociales (cobardía, amor propio insatisfecho, miedo al cambio, etc.). Pero casi nunca se habla de que ésta se genera también (y fundamentalmente) a partir de la necesidad del ser humano de afirmarse como tal y trascender a través de la destrucción de los demás y de uno mismo, a fin de que la vida se renueve…

El mal y la agresividad son algo natural que se encuentra implícito en la naturaleza humana, pero cuando esta última es reprimida por el patriarcado, que frustra los deseos del hombre y le impone unas normas de conducta rígidas, se convierte en violencia manifestada hacia el exterior”[15].

Incluso, la ciencia que estudia el origen, expansión y desarrollo del universo se pregunta por qué, en el proceso de formación de las galaxias y sistemas astrales, hay tanta violencia.  Parece que hay una fuerza en la misma madre naturaleza que, para crear, hace uso de explosiones, choques catastróficos, vacíos y una furia de gases y materia en colisión.  La violencia parece ser un elemento de la creación misma, pero donde más se revela es en el ser humano, el único ser que, con su supuesta superior inteligencia, organiza guerras para matar a sus congéneres.

 

El paso de la religión a la violencia está también acompañado de la relación estrecha entre violencia y pobreza.  Es ser humano reacciona violentamente cuando le faltan las cosas esenciales para vivir. El hambre genera desesperación, ante la incapacidad de satisfacer las necesidades básicas.  Y no se trata sólo de las cosas materiales.  Dice José Ma. Tortosa, en “Violencia y pobreza: una relación estrecha,”

“A pesar de todo, o quizás por ello, no interesa tanto saber cuántos pobres hay, por más que sea ése un asunto que entretiene a expertos de todo el mundo. Más bien se trata de saber qué factores producen la pobreza, asunto de mayor importancia tanto intelectual como política… Entiendo por pobreza la insatisfacción grave de las necesidades humanas básicas… pero incluyendo entre las necesidades básicas no sólo las estrictamente físicas (alimentación, alojamiento, vestido)... En general, dice Susan George, "violencia es también todo aquello que impide que la gente satisfaga sus necesidades fundamentales: alimentación, vivienda, vestido, sí, pero también dignidad".

En el contexto latinoamericano, por ejemplo, cálculos del Banco Mundial señalan que, para que todos los hogares de la región obtuvieran ingresos superiores a la línea de pobreza, se requerirían recursos equivalentes al 0,7% del producto, lo cual sería equivalente a un impuesto del 2% sobre los ingresos del 20% más rico de la población", esfuerzo que sería "marginal" pero que si no se pone en práctica no es por cuestiones "naturales" o "técnicas"[16].

         Es decir, dicha pobreza se puede remediar, si hubiera la voluntad política y social para hacerle frente.  No faltan estudios, no faltan datos, no faltan estrategias para lidiar con la pobreza extrema. Pero no queremos hacerle frente, a pesar de que tenemos los medios técnicos para lograrlo.  Creo que es el peor caso de complicidad contra los pobres en la historia mundial.

… Frente a la mistificante teoría de la modernización, más o menos tecnocrática, se impone la presencia de hechos violentos cuya relación con la pobreza es innegable y cuya constatación es una constante en la literatura, aunque no tenga un carácter. Esta relación se da en ambas direcciones: la violencia directa produce pobreza y a la inversa.

Pongamos el caso de las migraciones internacionales. Como se ha dicho, son una de las estrategias que el Sur puede utilizar contra el Norte. Pero sin necesidad de llegar a tales niveles de explicación, parece claro que la pobreza es el factor central que interviene en la expulsión de una mano de obra que, casi por definición, busca empleo en los países ricos, donde cree que es relativamente fácil encontrar trabajo. Es sabido que ese trabajo, si existe, va a ser en aquellos puestos que los autóctonos no quieren, sea por su dureza física o por su dureza social (precariedad, tiempo parcial). Y también es sabido que esa inmigración da pábulo para el racismo preexistente, con los resultados violentos que se producen con cierta asiduidad en formas que van desde la quema de residencias hasta las agresiones físicas directas[17].

Entonces, los emigrantes, que se arriesgan a dejar su familia y su patria en busca de mejores horizontes económicos, se convierten en explotados y perseguidos.  Explotados frecuentemente por patronos que los obligan a trabajar excesivamente, bajo la amenaza de reportarlos a los ministerios de inmigración, estos emigrantes se convierte en los nuevos esclavos de la modernidad.  Cruzar la frontera sin documentos tiene el mismo resultado que tenían los millones de africanos que llegaban al Nuevo Mundo, desprotegidos de todo derecho y considerados como no-personas.

Desde otra óptica, la pobreza guarda relación con la represión policial. La percepción que el ciudadano medio tiene de ella es relativamente sencilla: los pobres son una amenaza. Desde este punto de vista, del limosneo se puede pasar con facilidad a la agresión contra la propiedad o contra las personas. Pobreza y criminalidad se consideran unidas. La respuesta inmediata es la autodefensa: se pide más ley y orden, es decir, más policía o, en la mayor parte de los casos, se recurre a la policía privada. Así sucede en EE.UU., país en el que los ciudadanos se gastan ya más en la policía privada que en la pública, y en Reino Unido, donde comienzan a proliferar casos de vigilantismo.

Llegados aquí cabe preguntarse qué es lo que hace que la pobreza se mantenga e incluso se acepte. Hay razones de funcionalidad -sirve para mantener los sistemas sociales en que se da- y estructurales -forma parte de la estructura de poder que se autorreproduce-, pero también ideológicas o culturales. De hecho, todas las sociedades producen explicaciones de la existencia de la pobreza que guardan relación directa con (o incluso forman parte de) las diferentes formas que adopta la violencia cultural”[18].

La historia es innegable.  Hay capítulos en la historia de todas las grandes religiones del mundo donde se ha utilizado la religión como pretexto para la violencia y la guerra.  Se ha llegado a hablar de la guerra santa.  Ninguna guerra es santa.  En cuanto al cristianismo se refiere, tal enseñanza es contraria a la fe.  Me atrevo a afirmar que lo mismo se puede decir del judaísmo, hinduismo, islamismo, budismo y confucianismo.  Nadie puede matar al inocente en nombre de Dios y pretender quedar impune.  Dios no acepta la muerte del inocente.  Si existe la violencia en las relaciones humanas, Dios no la quiere.  Por eso, la violencia es vista como uno de los frutos del pecado, ruptura del amor que Dios quiso desde el principio.  En el contexto del cristianismo, la violencia y la guerra están en franca contradicción con el mandamiento del amor, y con el hecho que Cristo nos ordenó amar hasta a nuestros enemigos.

La proclamación de la redención universal instituida por Cristo tiene que incluir la confrontación con estos capítulos trágicos de la historia humana.  Yahvé, redentor de Israel, quien la compró a un gran precio, es el Dios que nos llama a la solidaridad.  Cristo, Hijo Amado del Padre, enseña que es posible vivir en un mundo hermanado.  Y enseña que humanizar este mundo es parte de la tarea que tiene la Iglesia.  La Iglesia tiene que proclamar la posibilidad de la generación del amor, la alternativa de un mundo más justo y más humanizado.

“Si hay guerra es porque hay falta fe. En el Norte de Irlanda, por ejemplo, los terroristas se identifican como católicos y protestantes, pero el odio entre ellos nada tiene que ver con la fe.  Es un asunto de enemistad causada por invasiones y las reacciones al invasor, o sea, por abusos históricos. El hecho de que unos son protestantes y los otros católicos solo se utiliza como máscara.  Cuando el Santo Padre visitó a Irlanda del Norte, condenó muy fuertemente la violencia y pidió de rodillas que cesara la violencia.  A pesar de ello, siguen habiendo terroristas que se proclaman católicos.  Y no faltarán los que siguen culpando a la Iglesia por eso.  Quienes juzgan así a la Iglesia no quieren ver la enseñanza de la Iglesia sobre el terrorismo ni los esfuerzos de paz que esta siempre lleva a cabo. Insisten en presentar a los terroristas como representativos de la violencia de la Iglesia.

En Nigeria, Marzo 1998, Juan Pablo II dijo que tanto los musulmanes como los católicos están de acuerdo «en el hecho de que, en materia religiosa, no deben darse coerciones». «En especial --aclaró--, cada vez que se practican violencias en nombre de la religión tenemos que aclarar a todos que, en estas circunstancias, no nos encontramos ante la verdadera religión»[19]

            La violencia no es causada por la religión como tal, sino por los fanáticos de algunos elementos en dicha religión.  Nadie debe atribuir al islamismo, por ejemplo, el fatídico caso de las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001.  La violencia no es ni católica, ni judía, ni islámica.  Si los católicos, judíos o islámicos causan violencia, no la causan por ser católicos, judíos o islámicos… la causan por no ser buenos católicos, judíos o islámicos.  Sería injusto culpar a una religión o iglesia por los males cometidos por sus hijos. 

“… El mal es mal hágalo quien lo haga. Pero hay que distinguir entre la Iglesia, misterio de salvación y las obras de sus hijos.  Al médico lo valoramos por el bien que imparte a los pacientes que siguen sus recetas, no por los que rehúsan sus instrucciones.  A la Iglesia se la debe juzgar por los santos, y no por los pecados que resultan por no atenernos a la gracia que nos ofrece”[20].

 

Una consecuencia probable: La depresión

 

            Dentro del mundo actual, una consecuencia clara de la violencia, la pobreza y el mal uso de la religión, sin olvidar el neoliberalismo y sus corolarios, es la depresión generalizada de la sociedad.  Cierto, esta no es la única consecuencia, sino una entre tantas.  Pero para muestra sirve un botón.  Por eso, como conclusión a este estudio, me requedo en algunos aspectos de la depresión como síntoma consecuente de la combinación Religión, pobreza y violencia, en el contexto de la crisis neoliberal.  Creo que este es un problema que debe ser enfrentado pastoralmente, y que incide en la reflexión sobre la redención en nuestros días.  ¿Cómo anunciar la redención a un mundo deprimido?

            Un elemento característico del siglo que pasó y que se ha acarreado al nuevo siglo es la depresión, en sus diversas intensidades.  En el Vaticano se celebró la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», convocada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud del 13 al 14 de noviembre de 2003.  Allí, expertos de todo el mundo se ocuparon de investigar y exponer los componentes psicológicos, filosóficos, espirituales y religiosos de la depresión, del cuidado y atención médico-espiritual del paciente deprimido y muchos otros temas relacionados.  He aquí algunos planteamientos:

 

“Todo el pensamiento de la postmodemidad desemboca en la muerte, en la llamada anticultura radical del cuarto hombre. La acedia confluye así en el «homo pavidus» postmoderno, en el hombre deprimido. El único remedio es la afirmación de la vida frente a la anticultura de la muerte. La única afirmación incontestable de la vida es la resurrección. Sólo la resurrección de Cristo y nuestra resurrección en él, fuera de cualquier invención genial religiosa sino como un hecho acaecido y que acaece, aleja de cualquier paliativo a la depresión y va a sus últimas raíces destruyéndolas por completo, pues destruye a la muerte”[21].

 

Según el Cardenal Javier Lozano Barragán, entonces, la resurrección de Cristo, como un hecho histórico y metahistórico, es la afirmación incontestable de la vida, lo que da su verdadero sentido a la vida, y le mejor base para combatir la plaga depresiva del momento actual.  En este contexto dice el psicólogo Mariano Galve, de Zaragoza (España):

 

“Partiré de una premisa: Si vamos al fondo de nuestro interior, a nuestro inconsciente, nos encontraremos con la existencia de un fuerte vínculo entre depresión y crisis espiritual.

Admitiendo esta conexión, he visto necesario analizar en profundidad tanto la depresión como la espiritualidad. Para ello, he usado el lenguaje clásico y los instrumentos de la psicología analítica kleiniana y de la psicología existencial de Winnicott.

Aunque he respetado todos los enfoques médicos he priorizado dos de sus causas: la pérdida de «objetos significativos» y el «predominio de la agresividad sobre la bondad y el amor».

He aplicado la primera causa --las pérdidas-- a la vivencia religiosa y, en la misma línea, busqué una palabra más convergente iluminadora que denominé «separatividad». Sobre ella establecí una afirmación: «El mal radical, frente de las dolencias depresivas, es de nuestra vivencia --errónea-- de que estamos separados de Dios, de nosotros mismos y de los demás»[22].

            La separatividad, palabra descriptiva de nuestra situación postmoderna, causa estragos en el ámbito personal, comunitario y espiritual.  Aunque este escrito de Galve se refiere al mundo de la psicología analítica, es innegable el paralelo que establece con la teología del pecado.  El pecador es aquel que, separado de las bendiciones de Dios por su propia culpa, se aísla también de los demás, y se aísla de sí mismo.  Es frecuente oír a los pacientes de la depresión que su estado los hace sentir como si estuvieran fuera de sí mismos, como si otra persona estuviera habitando su interior, y como si sus sentimientos fueran manipulados por fuerzas que provienen de su propio interior.  En el mundo de la teología, la conversión y el arrepentimiento, una vida de penitencia y reparación moral, son la verdadera y única salida a esta situación.  Para lograr ese proceso, el creyente tiene que salir de sí mismo, reconocer su mal personal y su responsabilidad, y poner su confianza en la misericordia encarnada de Dios. Sólo la misericordia amorosa de Dios es capaz de transformar al pecador desde su interior, llevándolo a descubrir un nuevo significado, un nuevo valor en la vida.  Y esa misericordia se ha hecho accesible a todos mediante el sacrificio redentor de Cristo.

            Sigue diciendo Galve:

“A continuación, sobre esta pérdida significativa, articulé la segunda causa de la depresión, y afirmé: «El sentimiento del daño causado por la separatividad tiene por efecto aumentar la voracidad, la compulsión y los impulsos destructivos».

En lenguaje más religioso, aunque respetando siempre la estructura de la psicología analítica y existencial, propuse un recorrido de curación: La trasgresión fragua la culpabilidad y ésta el perdón y la reparación (Winnicott). Asimismo, ésta última da origen a la aceptación de uno mismo, la solicitud por los demás, la bondad y la sensatez (Winnicott, de nuevo), que a su vez ocasiona el amor a Dios (el Evangelio)”[23].

Estas palabras de Mariano Galve arrojan mucha luz sobre el presente estudio, en cuanto describen el comportamiento de muchas personas del mundo de hoy, y sus posibles causas espirituales.  Si no fueran palabras de un experto en salud mental, podrían entenderse teológicamente: «El mal radical, frente de las dolencias depresivas, es de nuestra vivencia --errónea-- de que estamos separados de Dios, de nosotros mismos y de los demás». Es decir, en lenguaje teológico diríamos que el mal radical, el pecado, lleva a la vivencia, de que estamos separados de Dios de nosotros mismos y de los demás. 

Otra observación que quiero compartir:  Dice Galve:

“La trasgresión fragua la culpabilidad y ésta el perdón y la reparación (Winnicott). Asimismo, ésta última da origen a la aceptación de uno mismo, la solicitud por los demás, la bondad y la sensatez (Winnicott, de nuevo), que a su vez ocasiona el amor a Dios (el Evangelio)”[24].

 Esta dinámica psicológica descrita por Galve corresponde a la experiencia religiosa del ser humano ante la culpa. La culpa es incómoda, la cual molesta, es mejor achacársela a otro.  El ser humano no quiere convivir con la culpa.  Aceptar la responsabilidad personal es el primer paso para sanar la culpa, pues de ahí se suscita la necesidad del perdón.  Sólo el perdón, pedido y recibido, genera la esperanza de superar la crisis.  La persona que no perdona o que no se siente capaz de ser perdonado, queda encerrada en un círculo vicioso de culpa, tras culpa, tras culpa. 

El perdón, que es un elemento de la reconciliación, conlleva también la responsabilidad de reparación.  Sabemos, sin embargo, que la reparación humana nunca es suficiente por sí misma.  Aun después del arrepentimiento y el perdón sacramental, aún después del propósito de enmienda y la absolución, queda por hacer la reparación.  Porque el mal que hemos hecho tiene que ser remediado, en la medida de lo posible.  La reparación es parte del proceso de curación espiritual-psicológico. Además, el pecado deja huellas, cicatrices dolorosas en la memoria y en el espíritu humano.  La reparación ayuda a sanar esas huellas, remitiéndonos a lo que Galve describe como “la aceptación de uno mismo, la solicitud por los demás, la bondad y la sensatez… que a su vez ocasiona el amor a Dios…”

            Las conclusiones de la XVIII Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud sobre «La depresión» celebrada en el Vaticano del 13 al 15 de noviembre de 2003 ilustran muy bien lo que queremos explicar aquí.  Si queremos presentar un mensaje de redención a este mundo de la posmodernidad, debemos tener en cuenta estas afirmaciones.

Afirmaciones

Los participantes han formulado una serie de afirmaciones que bien podrían constituir la Carta Magna de los deprimidos.  Han afirmado:

            a.--La depresión patológica o simplemente existencial constituye una experiencia que ha acompañado al hombre desde las civilizaciones más antiguas. De ser un fenómeno esporádico se ha convertido con el paso de los años en una auténtica epidemia, sobre todo a causa de la cultura de la falta de sentido y de la muerte que en el pensamiento postmoderno se refleja en el «hombre pavidus» postmoderno[25].

            Es decir, la depresión es tan antigua como la vida humana misma, pero ha cobrado proporciones mundiales.  Por eso, en el pensamiento actual, se refleja esa depresión en la filosofía preponderante de la muerte, la falta de respeto por la vida, y el sentido del vacío de la vida.  Pero veamos algunas afirmaciones más:

            b.--La depresión no tiene sólo un aspecto médico, sino también social en cuanto se desarrolla en ausencia de referencias éticas claras y de una vida espiritual alimentada por la Palabra de Dios.
            c.--El individualismo, el desempleo, el divorcio, la inseguridad, la ausencia de una auténtica educación, la falta de transmisión del saber, de la cultura, de la moral, de la vida religiosa, y la negligencia de las normas objetivas por parte del relativismo ético debilitan y hacen frágiles a las personas por falta de arraigamiento y de estabilidad en la existencia.   

            d.--Los antivalores se desarrollan en perjuicio del hombre y rompen la armonía de una cultura haciendo que las personas sean frágiles; éstas son los productos de las ideas depresivas que llevan la semilla de la destrucción de la humanidad del hombre y la desfiguran hasta el punto de hacerle incapaz de reconocerse en lo que vive[26].

            Cuando los valores no sirven como norte en la vida, se apodera del ser humano una inestabilidad moral.  O si la persona ha conocido otros valores cuando niño, y luego como adulto, adopta una conducta que milita en contra de esos valores, sobreviene la depresión como reacción.  La depresión, aparte del aspecto médico que involucra el metabolismo, los neurotransmisores, y el balance químico en general, involucra también la vida espiritual.  No bastan los fármacos para controlarla, aunque sí ayudan mucho.  La verdadera curación ocurre cuando se alcanza una armonía en lo personal, lo social y lo espiritual.  Cuando el ser humano descubre que Dios es su Padre, un Padre Bueno y Misericordioso, que vela por nosotros y quiere nuestro bien, cambia la perspectiva de la vida.  Luego, cuando se da cuenta que Jesús, el Hijo de Dios, hizo la entrega más completa de toda la historia para salvarnos, entiende que la Misericordia divina tiene un compromiso real con la humanidad.  Finalmente, al recordar que el Espíritu Santo es el consolador, puede experimentar el fuego que purifica toda intención y nos encamina a la verdadera liberación.  La depresión no se puede sobrellevar sin una fuerte dosis de redención.

            Otras afirmaciones importantes:

            e.--Si por una parte la presencia de determinismos psíquicos involuntarios no implica necesariamente la ausencia de una motivación ética, por otra parte se limita el espacio de la libertad. Esto tiene particular importancia para la depresión, que pone en el centro de su propia psicodinámica el sentido de culpabilidad generado por una herida narcisista: puede desencadenar una estrategia que busca meditar esa herida, alimentando el deseo de omnipotencia y el fantasma del control total.

            f.--La familia sufre cuando uno de sus componentes está enfermo de depresión. Por otra parte, la misma familia puede ser la mejor terapia para el deprimido. Escuchar, comprender, amar, valorar siempre a la persona, ayudarla a participar y a hacerle sentir que se está bien junto a ella es el camino que propone la pastoral de la Iglesia para acompañar a las personas deprimidas.
            g.--El sentido trascendente de la vida que proponen las religiones constituye el mejor antídoto contra la depresión y para una armonía física, psíquica, social y espiritual de la vida.

            h.--Para el musulmán sólo la fe en Dios y el apego a Él constituyen la única prevención y protección contra la depresión.

            i.--La religión hinduista es una especie de psicoterapia, pues tiene también la función de responder a cuestiones últimas de la vida, apoyando así el vínculo social, la cohesión y el sentido de pertenencia, así como las líneas orientadoras para la vida.

            j.--Se propone a los agentes pastorales que tiendan la mano a los enfermos deprimidos para que experimenten la ternura de Dios, integrándoles en una comunidad de fe y de vida en la que puedan sentirse acogidos, apoyados, dignos de amar y de ser amados. Esto lleva a contemplar a Cristo y a dejarse guiar por Él, haciendo una experiencia que les abre a la esperanza y a la vida.

            k.--Se pide a las instituciones públicas que aseguren condiciones de vida dignas de las personas deprimidas y que elaboren políticas a favor de la juventud, orientadas a ofrecer a los jóvenes motivos de esperanza, preservándoles del vacío existencial con sus trágicas consecuencias.
            l.--Para salir de la depresión el hombre tiene necesidad de volver a encontrar los valores y un sentido a su existencia, y la resurrección de Cristo constituye el desemboque definitivo de victoria contra la depresión.

            m.--Volver a encontrar la confianza en sí mismo y en la vida pasa a través de la pedagogía de la esperanza cristiana, una esperanza que nos abre un futuro con Dios y que nos arraiga en el deseo de encontrar nuestra felicidad con Cristo en la vida eterna, apoyándonos en la gracia del Espíritu Santo.

            n.--Para volver a crear un auténtico vínculo social a partir de un cambio completo del comportamiento de cada hombre, es necesario volver a valorar los principios de la moral, que son capaces de imprimir un profundo cambio en el espíritu del hombre deprimido para elevarle, restaurando al mismo tiempo tanto la persona como la sociedad.

            o.--El hombre que sufre tiene siempre un puesto privilegiado en la antropología bíblica y en el mensaje cristiano. El deprimido no ha sido olvidado por Dios, es más, constituye el centro de su amor compasivo. De hecho, al comenzar su misión mesiánica, Jesús afirma: «Yo he venido para los enfermos»..., entre los cuales se encuentran también los deprimidos. La vida espiritual transforma esta promesa en contenidos concretos que ofrecen al creyente un apoyo espiritual para afrontar toda enfermedad, incluida la depresión.

            p.--Los medios de comunicación son instrumentos de civilización que al proponer modelos de vida y caminos culturales respetuosos de los valores de la vida, de la familia y de la sociedad, pueden ser de gran ayuda para convertir las actitudes y tendencias individualistas y de muerte de la cultura postmoderna en comportamientos positivos, personales, altruistas y solidarios a favor de la vida”[27].

Apreciaciones

         Ante un panorama como el que hemos visto en este capítulo, es evidente que el anuncio de la redención tiene que tomar en cuenta los factores económicos, políticos, culturales y éticos que hoy afectan al ser humano en el mundo.  La antropología cristiana no puede separarse de la condición terrena que vivimos.  Hoy día, bajo el núcleo del neoliberalismo, se colocan muchas fuerzas que desfiguran al ser humano, especialmente porque lo esclavizan sutilmente, en una nueva esclavitud de corte económico y cultural que margina a poblaciones enteras de la posibilidad de mejorar su condición económica y política.  Ante un mundo de pobreza extrema, hay que proclamar el evangelio de la solidaridad internacional, del Proyecto del Milenio esbozado en Monterrey en 2002, y avivar todas las iniciativas que propendan a la esperanza en poblaciones enteras devastadas por la pobreza, la crisis del SIDA, y otros tantos males que afectan a nuestros pobres.  La redención, como concepto de liberación solidaria, puede hablar con mucho sentido al mundo de hoy.  No es una mera coincidencia que el concepto de redención en el Antiguo Testamento surge dentro de un contexto de negocio económico.  El neoliberalismo es sólo la penúltima expresión de una economía que ha acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales, y que ha sido opresora y aprovechadora de los demás.  Yahvé, Dios, rompe con un esquema opresor, y promete liberación para su pueblo.  El neoliberalismo social, político y económico no tendrá la última palabra, sino el Señor de la vida.

         Esta cadena semántica del concepto de redención puede amoldarse a la situación del mundo actual, y a los esfuerzos de todos los pueblos por terminar con la pobreza extrema. Naturalmente, no basta proclamar la esperanza del final de la pobreza como si lo económico fuera lo único importante.  La redención rebasa lo meramente económico.  Pero la redención integral tiene que incluir el aspecto económico si ha de ser un anuncio relevante para el ser humano de hoy.  Ser redimidos por Cristo de la corrupción del pecado y de la muerte es una razón más para buscar transformar la situación del mundo actual.  No podemos llegar a Dios con las manos vacías, sin tratar de transformar las estructuras del mundo actual en estructuras de justicia, de verdad, de amor y de paz.

         Concluyo como empecé, citando al Concilio Vaticano II.  Lo que describe el concilio es un mapa para el peregrino de hoy.  Sólo Dios, quien pensó al ser humano en el principio, podrá definir la ruta final de la humanidad.  Y esa ruta final ya está demarcada anticipadamente, en la redención obrada por Jesucristo, nuestro Redentor.

            “Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte.  La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y semejanza y lo redimió del pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su Hijo, que se hizo hombre.  El que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre...”[28]

            Ante las preguntas milenarias de la humanidad, la Iglesia tiene una sola respuesta: Cristo Redentor.  Ante la búsqueda de libertad verdadera, duradera y solidaria, propone un solo camino, el del evangelio redentor.  Ante el ardiente deseo de transformación y cambio, ofrece una solo esperanza:  la redención.


[1] Hernán Javier Marturet, Neoliberalismo y exclusión, p. 2

[2] Jesús Antonio Bejarano, “¿Qué es neoliberalismo?  Su significado en la historia de las ideas y en la economía”.  Bejarano es economista, miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia.

[3] Jorge G. Castañeda, “Después del neoliberalismo: un nuevo camino”, p. 1.

[4] Cf US Census Bureau. GCTP14-Income and Poverty in 1999:  2000, en factfinder.census.gov/servlet

[5] US Census Bureau, “Poverty: 2001 Highlights”, www.census.gov Go to Poverty 2001, Go to Poverty Statistics Last Revised: September 24, 2002.

[6] Care, Facts about health and poverty, www.careusa.org .

[7] De acuerdo a UNAIDS, organización de las Naciones Unidas que monitorea la epidemia del SIDA mundialmente, en el año 2004, hubo 2 millones de nuevas infecciones con el virus VIH  en África, además de  2.2 millones de muertes.  Actualmente, hay más de 25 millones de personas infectadas y su expectativa de vida es de 47 años.

[8] Jorge G. Castañeda.  Después del neo-liberalismo: un nuevo camino, pp 1-2.

[9] Vea “Los factores tras el fallo”, Zenit, 27 de septiembre de 2003, ZSI03092703.

[10] Ibid.

[11] Hernán Javier Marturet, Neoliberalismo y exclusión, pp. 2 y 4.

[12] Vea “Los factores tras el fallo”, Zenit, 27 de septiembre de 2003, ZSI03092703.

[13] Facts on International Aid, http://www.earthinstitute.columbia.edu/endofpoverty/oda.html

At the Monterrey Financing for Development Conference in 2002, world leaders pledged “to make concrete efforts towards the target of 0.7%” of their national income in international aid. In today’s dollars, that would amount to almost $200 billion each year.

In 2003, total aid from the 22 richest countries to the world’s developing countries was just $69 billion—a shortfall of $130 billion dollars from the 0.7% promise. On average, the world’s richest countries provided just 0.25% of their GNP in official development assistance (ODA). The United States provided just 0.15%.

The cost of supporting countries to meet the Goals would require donors to increase ODA to 0.44% of GNP by 2006 (or $135 billion) and to plan for a scale-up to 0.54% by 2015 (or $195 billion) – well within the bounds of the 0.7% promised in Monterrey. This means that of the combined rich world GNP of approximately $30 trillion dollars, on average just $150 billion a year would be enough to get the world on track to ending extreme poverty throughout the world.  

Five countries have already met or surpassed the 0.7% target: Denmark, Luxembourg, Netherlands, Norway and Sweden. Five other countries have committed themselves to a timeline to reach this target before 2015: Belgium, Finland, France, Ireland and the United Kingdom.  In May of 2005, all members of the European Union (except for those 'new' members who joined after 2002) agreed to meet the target by 2015.  This brought the number of rich countries who have already met, or have committed to meet, the 0.7% target by 2015 to seventeen. In 2003, donor aid flows varied considerably”  Vea también, Jeffrey D. Sachs, The End of Poverty: Economic Possibilities for our time.  New York,  Penguin Group 2005; y del mismo autor y otros expertos: Sachs, Jeffrey D. and Andrew Warner.  “Economic Reform and the Process of Global Integration.”  Brookings Papers on Economic Activity.  1995:1.     [Download article as PDF]; Sachs, Jeffrey D., John Luke Gallup and Andrew Mellinger.  "Geography and Economic Development," in Pleskovic, Boris and Joseph E. Stiglitz (eds.), Annual World Bank Conference on Development Economics 1998 (April), The World Bank: Washington, DC.     [Download article as PDF]; Sachs, Jeffrey D.  “Twentieth-Century Political Economy: A Brief History of Global Capitalism.”  Oxford Review of Economic Policy.  Vol. 115, No. 4.  Winter 1999.     [Download article as PDF]; Sachs, Jeffrey D.  "Globalization and Patterns of Economic Development," Review of World Economics, Vol. 136(4), Kiel Institute of World Economics, 2000.     [Download article as PDF]; Sachs, Jeffrey D., Andrew Mellinger and John Gallup.  "Climate, Coastal Proximity, and Development," in Oxford Handbook of Economic Geography, Gordon L. Clark, Maryann P. Feldman, and Meric S. Gertler (eds.), Oxford University Press, 2000.     [Download article as PDF]; Sachs, Jeffrey D., Andrew D. Mellinger and John L. Gallup.  "The Geography of Poverty and Wealth."   Scientific American.  March 2001.     [Download article as PDF]

[14] J. A.  Robles, Religión y violencia, p.  5-6. Ver también Robles, J. A. (2002), Repensar la religión. De la creencia al conocimiento, EUNA, Heredia (Costa Rica) 1ª reimpr

[15] Lola Comellas, Violencia y ritual, p. 1.  “Esta teoría, que puede resultar escandalosa a priori, se basa en principios de dualidad que parten de la escisión de un Ser Supremo, demasiado inaccesible para preocuparse de los asuntos comunes de los mortales, en otras divinidades más cercanas al hombre, adecuadas para ritos cósmicos pero no para momentos de crisis profundas (grandes desastres, guerras, etc.). Cuando finalmente, se retorna al Dios Celeste y único y aparece la ideología patriarcal, se crea en torno a ella toda una cultura asentada en la teoría de que la naturaleza humana es esencialmente buena y en ella no tienen cabida los impulsos destructores, explicándose estos como el producto de naturalezas enfermizas y perversas. De esta forma, a partir de la polaridad y otros principios engañosos introducidos por el judeocristianismo, se establece, erróneamente, la división entre Bien y Mal, sin tener en cuenta que quien fomenta el Bien está fomentando sin saberlo el Mal, puesto que ambos son inseparables, los dos polos de lo mismo que configuran la Totalidad” (p. 2).

[16] José Ma. Tortosa, “Violencia y pobreza: una relación estrecha,” en Papeles 50 (1994) 31-38.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] Esta página es obra de Las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María. www.corazones.org

[20] Ibid.

[21] Cardenal Javier Lozano Barragán, Pensamiento postmoderno y la depresión. CIUDAD DEL VATICANO, 23 noviembre 2003 (ZENIT.org). Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», que convocó dicho organismo vaticano del 13 al 14 de noviembre 2003.

[22] Mariano Galve, Depresión y crisis religiosa. 23 noviembre 2003 (ZENIT.org).

[23] Ibid.

[24] Mariano Galve, Depresión y crisis religiosa. 23 noviembre 2003 (ZENIT.org).

[25] Conclusiones de la Conferencia Internacional sobre «La depresión» Convocada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud CIUDAD DEL VATICANO, 23 de noviembre de 2003 (ZENIT.org).-

[26] Ibid.

[27] Ibid.

[28] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 41. 

Por R. P. Jorge R. Colón, C.Ss.R.

   1 de enero de 2007

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