“… Nuestra salvación se realiza mediante la venida de Cristo y su
vuelta, en su pascua, al Padre. A esto corresponden categorías
descendentes y ascendentes para expresar nuestra salvación por
Cristo. Categorías descendentes, correspondientes a lo que nos trae,
son: divinización, iluminación, redención, justificación, etc. Las
descendentes son las predominantes en la Biblia y entre los Padres,
sobre todo Griegos… Las categorías ascendentes (lo que Jesús realiza
como hombre en su vuelta), destacadas por los occidentales y
centradas en la pasión, desde la Edad Media, son: mérito,
satisfacción, sacrificio, expiación, etc”.
Como estamos en una era
de transición cultural, no todos los intentos de expresar el
misterio de la redención han sido bien logrados. Lo que presento
ahora son algunas propuestas actuales para interpretar el acto
redentor de Cristo en algunos teólogos contemporáneos, comenzando
con SS Juan Pablo II.
Juan Pablo II
El santo padre Juan
Pablo II, dio todo un ciclo de catequesis sobre la redención,
tomando primero sus fundamentos bíblicos y luego pasando a la
tradición. Aunque no se trata de un escrito teológico organizado,
sino de meditaciones dispersas, creo que expresaron un intento por
actualizar el mensaje de la redención. Merecería un estudio aparte
la catequesis de Juan Pablo II al respecto, pero aquí me limito a
presentar algunos textos más sobresalientes, según sus fechas,
dejando al lector su ulterior análisis.
Misión de Cristo: predicar la
Buena Nueva
20/04/88 “1. …Hasta ahora hemos intentado mostrar
quien es Jesucristo. Lo hemos hecho, en un primer momento, a la luz
de la Sagrada Escritura, sobre todo a la luz de los Evangelios, y,
después, en las últimas catequesis, henos examinado e ilustrado la
respuesta de fe que la Iglesia ha dado a la revelación de Jesús
mismo y al testimonio y predicación de los Apóstoles, a lo largo de
los primeros siglos, durante la elaboración de las definiciones
cristológicas de los primeros Concilios (entre los siglos IV y VII).
Jesucristo (verdadero Dios y verdadero hombre), consubstancial al
Padre (y al Espíritu Santo) en cuanto a la divinidad: consubstancial
a nosotros en cuanto a la humanidad: Hijo de Dios y nacido de María
Virgen. Este es el dogma central de la fe cristiana en el que se
expresa el misterio de Cristo. 2. También la misión de Cristo
pertenece a este misterio. El símbolo de la fe relaciona esta misión
con la verdad sobre el ser del Dios-Hombre (Theandrikos), Cristo,
cuando dice, en modo conciso, que 'por nosotros, los hombres, y por
nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre'.
Por esto, en nuestras catequesis,
intentaremos desarrollar el contenido de estas palabras del Credo,
meditando, uno tras otro, sobre los diversos aspectos de la misión
de Jesucristo”.
El fenecido pontífice Juan Pablo
II considera que la misión de Cristo está relacionada con su
misterio personal. No basta afirmar, con la historia del dogma, la
definición de la unión hipostática, sino que también es necesario
afirmar la dimensión soteriológica de dicha unión. El Hijo de Dios
se hizo hombre “por nosotros y por nuestra salvación.” Es decir, lo
ontológico en Cristo tiene un fin soteriológico. La persona eterna
del Hijo de Dios no se encarna de un modo abstracto ni ahistórico,
sino con un fin de redención.
Lo esencial de la
salvación: liberación del pecado
27/07/88“'Salvar' quiere decir: liberar del mal. Jesucristo es el
Salvador del mundo porque ha venido a liberar al hombre de ese mal
fundamental, que ha invadido la intimidad del hombre a lo largo de
toda su historia, después de la primera ruptura de a alianza con el
Creador. El mal del pecado es precisamente este mal fundamental que
aleja de la humanidad la realización del reino de Dios. Jesús de
Nazaret, que desde el principio de su misión anuncia la 'cercanía
del reino de Dios', viene como Salvador. El no sólo anuncia el reino
de Dios, sino que elimina el obstáculo esencial a su realización,
que es el pecado enraizado en el hombre según la herencia original,
y que fomenta en él los pecados personales ('fomes peccati)'”.
En esta catequesis, el papa recuerda uno de los
vocablos que ha venido a ser sinónimo de redención: liberación.
Las últimas palabras de
Cristo en la Cruz
6/11/88 “2. 'Padre perdónales, porque no saben lo
que hacen' (Lc 23, 34): según la narración de Lucas, ésta es la
primera palabra pronunciada por Jesús en la cruz. Preguntémonos
inmediatamente: ¿No es, quizá, la palabra que necesitábamos oír
pronunciar sobre nosotros? Pero en aquel ambiente, tras aquellos
acontecimientos, ante aquellos hombres reos por haber pedido su
condena y haberse ensañado tanto contra Él, ¿quién habría imaginado
que saldría de los labios de Jesús aquella palabra? Con todo, el
Evangelio nos da esta certeza: ¡Desde lo alto de la cruz resonó la
palabra, 'perdón'! 3. Veamos los aspectos fundamentales de aquel
mensaje de perdón. Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón
del Padre para los que lo han entregado a la muerte, y por tanto
también para todos nosotros. Él es signo de la sinceridad total del
perdón de Cristo y del amor del que deriva. Es un hecho nuevo en la
historia, incluso en la de la alianza. En el Antiguo Testamento
leemos muchos textos de los Salmistas que piden la venganza o el
castigo del Señor para sus enemigos: textos que en la oración
cristiana, también la litúrgica, se repiten no sin sentir la
necesidad de interpretarlos adecuándolos a la enseñanza y ejemplo de
Jesús, que amó también a los enemigos. Lo mismo puede decirse de
ciertas expresiones del Profeta Jeremías (11, 20; 20, 12; 15, 15) y
de los mártires judíos en el Libro de los Macabeos (Cfr. 2 Mac 7, 9,
14, 17, 19). Jesús cambia esa posición ante Dios y pronuncia otras
palabras muy distintas. Había recordado a quien la reprochaba su
trato frecuente con 'pecadores', que ya en el Antiguo Testamento,
según la palabra inspirada, Dios 'quiere misericordia' (Cfr. Mt 9,
13).
Jesús es la misericordia
encarnada. Su actitud en la cruz coloca un elemento nuevo de la
revelación divina. En vez de la venganza veterotestamentaria que
tanto aparece en los salmos, Jesús presenta el perdón como su obra
última. Juan Pablo dice que es un hecho nuevo en la historia,
incluso en la historia de la alianza. Desde la cruz Jesús dicta
cátedra, no de filosofía, sino de misericordia.
Fecundidad de la muerte
redentora de Cristo
(14.XII.88) “1. El Evangelista Marcos escribe que,
cuando Jesús murió, el centurión que estaba al lado viéndolo expirar
de aquella forma, dijo: 'Verdaderamente este hombre era Hijo de
Dios' (Mc 15, 39). Esto significa que en aquel momento el centurión
romano tuvo una intuición lúcida de la realidad de Cristo, una
percepción inicial de la verdad fundamental de la fe. El centurión
había escuchado los improperios e insultos que habían dirigido a
Jesús sus adversarios, y, en particular, las mofas sobre el título
de Hijo de Dios reivindicado por aquel que ahora no podía descender
de la cruz ni hacer nada para salvarse a sí mismo. Mirando al
Crucificado, quizá ya durante la agonía pero de modo más intenso y
penetrante en el momento de su muerte, y quizá, quién sabe,
encontrándose con su mirada, siente que Jesús tiene razón. Si, Jesús
es un hombre, y muere de hecho; pero en Él hay más que un hombre, es
un hombre que verdaderamente, como él mismo dijo, es Hijo de Dios.
Ese modo de sufrir y morir, ese poner el espíritu en manos del
Padre, esa inmolación evidente por una causa suprema a la que ha
dedicado toda su vida, ejercen un poder misterioso sobre aquel
soldado, que quizá ha llegado al calvario tras una larga aventura
militar y espiritual, como ha insinuado algún escritor, y que en ese
sentido puede representar a cualquier pagano que busca algún
testimonio revelador de Dios. 2. El hecho es notable también porque
en aquella hora los discípulos de Jesús están desconcertados y
turbados en su fe (Cfr. Mc 14, 50; Jn 16, 32). El centurión, por el
contrario, precisamente en esa hora inaugura la serie de paganos
que, muy pronto, pedirán ser admitidos entre los discípulos de aquel
Hombre en el que, especialmente después de su resurrección,
reconocerán al Hijo de Dios, como lo testificar los Hechos de los
Apóstoles. El centurión del Calvario no espera la resurrección: le
bastan aquella muerte, aquellas palabras y aquella mirada del
moribundo, para llegar a pronunciar su acto de fe. ¿Cómo no ver en
esto el fruto de un impulso de la gracia divina, obtenido con su
Sacrificio por Cristo Salvador a aquel centurión? El centurión, por
su parte, no he dejado de poner la condición indispensable para
recibir la gracia de la fe: la objetividad, que es la primera forma
de lealtad. Él ha mirado, ha visto, ha cedido ante la realidad de
los hechos y por eso se le ha concedido creer. No ha hecho cálculos
sobre las ventajas de estar de parte del sanedrín, ni se ha dejado
intimidar por él, como Pilato (Cfr. Jn 19, 8)”.
Descendió a los infiernos
(11.I.89).
“7.
Leemos también en la Primera Carta de San Pedro: '...por eso hasta
al os muertos se ha anunciado la Buena Nueva, para que, condenados
en carne según los hombres, vivan en espíritu según Dios' (1 Ped 4,
6). También este versículo, aun no siendo de fácil interpretación,
remarca el concepto del 'descenso a los infiernos' como la última
fase de la misión del Mesías; fase 'condensada' en pocos días por
los textos que tratan de hacer una presentación accesible a quien
está habituado a razonar y a hablar en metáforas espacio)
temporales, pero inmensamente amplio en su significado real de
extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los
tiempos y lugares, también de aquellos que en los días de la muerte
y sepultura de Cristo yacían ya en el 'reino de los muertos'. La
Palabra del Evangelio y de la cruz llega a todos, incluso a los que
pertenecen a las generaciones pasadas más lejanas, porque todos los
que se salvan han sido hechos partícipes de la Redención, aun antes
de que sucediera el acontecimiento histórico del sacrificio de
Cristo en el Gólgota. La concentración de su evangelización y
redención en los días de la sepultura quiere subrayar que en el
hecho histórico de la muerte de Cristo está inserto el misterio
supra histórico de la causalidad redentora de la humanidad de
Cristo, 'instrumento' de la divinidad omnipotente. Con el ingreso
del alma de Cristo en la visión beatífica en el seno de la Trinidad,
encuentra su punto de referencia y de explicación la 'liberación de
la prisión' de los justos, que habían descendido al reino de la
muerte antes de Cristo. Por Cristo y en Cristo se abre ante ellos la
libertad definitiva de la vida del Espíritu, como participación en
la Vida de Dios (Cfr. Santo Tomás, III, q. 52, a. 6). Esta es la
'verdad' que puede deducirse de los textos bíblicos citados y que se
expresa en el artículo del Credo que habla del 'descenso a los
infiernos'. 8.
Podemos decir, por tanto, que la verdad expresada por el Símbolo de
los Apóstoles con las palabras 'descendió a los infiernos', al
tiempo que contiene una confirmación de la realidad de la muerte de
Cristo, proclama también el inicio de su glorificación. No sólo de
Él, sino de todos los que por medio de su sacrificio redentor han
madurado en la participación de su gloria en la felicidad del reino
de Dios”.
La sepultura de Cristo tiene un
valor soteriológico. Él participa de la sepultura de los seres
humanos, comparte con ellos hasta ese mismo estadio. La
glorificación del alma humana de Jesús, que la tradición identifica
con los días de su sepultura, lo lleva a proclamar el evangelio a
las almas de los justos del Antiguo Testamento, de todos los seres
humanos de buena voluntad que habían muerto antes de Cristo, pero
que aún no gozaban de la fascinante visión beatífica. Al asumir una
humanidad en todo igual a la nuestra, libre del pecado, Jesús asumió
toda su condición, incluyendo la muerte y la consecuente sepultura.
La Ascensión: misterio anunciado
(5.IV.89) “Reflexionemos sobre ello un momento. En el
Símbolo de los Apóstoles, la ascensión al cielo se asocia la
elevación del Mesías al reino del Padre: 'Subió al cielo, está
sentado a la derecha del Padre'. Esto significa la inauguración del
reino del Mesías, en el que encuentra cumplimiento la visión
profética del Libro de Daniel sobre el hijo del hombre: 'A él se le
dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas
le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y
su reino nunca será destruido jamás' (Dn 7, 13-14). El discurso de
Pentecostés, que tuvo Pedro, nos hace saber que a los ojos de los
Apóstoles, en el contexto del Nuevo Testamento, esa elevación de
Cristo a la derecha del Padre está ligada, sobre todo, con la venida
del Espíritu Santo. Las palabras de Pedro testimonian la convicción
de los Apóstoles de que sólo con la ascensión Jesús 'ha recibido el
Espíritu Santo del Padre' para derramarlo como lo había prometido.
Aquí se inserta en la
verdad de la ascensión y de la realeza de Cristo un elemento nuevo,
referido al Espíritu Santo”.
Debido a que la muerte
de Juan Pablo II ha sido tan reciente como el año 2005,
necesitaremos tiempo para poder ponderar el verdadero valor de su
enseñanza. No hay duda que su convicción respecto al misterio de la
redención era fuerte. Ya los primeros títulos de sus encíclicas y
exhortaciones indicaban su énfasis: Redemptor Hominis, Redemptoris
Missio, Redemptoris Mater, Redemptionis Donum y otros. La
perspectiva agudiza el valor de su pensamiento, y dentro de algunos
años, veremos un buen número de estudios sobre la teología y
enseñanza de este insigne maestro de nuestros tiempos.
Otras propuestas
Ante un
mundo distinto y cambiante como el nuestro, es necesario hacer una
nueva propuesta soteriológica. Se impone una nueva descripción del
acto de la redención, del modo de concebir a Cristo como revelador,
mediador y redentor. Algunos autores han trabajado en esa dirección
en los últimos años. Entre ellos se pueden contar a Sesboüé,
McIntyre, Scarafoni, Forte, Jüngel y Moltmann.
Sería posible dedicar todo un libro al estudio de lo que estos y
otros autores contemporáneos están diciendo sobre la redención.
Pero nos vamos a limitar, por razones de tiempo y espacio, a estos
autores.
Debe ser
resaltado también, desde el campo de la antropología teológica, el
jesuita Luis Felipe Ladaria, profesor de teología dogmática en la
Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y secretario general de la
Comisión Teológica Internacional. Estudioso de los diferentes
aspectos de la teología de la creación, el pecado y la gracia,
desarrolla con frescura muchos de los conceptos que hoy día se
configuran en teología.
Bernard Sesboüé: La
kénosis trinitaria
Paolo
Scarafoni presenta las categorías de Sesboüé y los modelos de John
McIntyre en sus respectivas obras sobre la salvación. Según
Scarafoni, Sesboüé usa categorías descendientes, como revelación,
redención, liberación, divinización y justificación, y también
categorías ascendientes como sacrificio, propiciación,
satisfacción, sustitución y reconciliación.
Pero
Sesboüé hace mucho más. Después de examinar todas esas categorías,
nos ayuda a repensarlas en términos de kénosis. Indica él que la
doctrina clásica de la creación afirma que Dios creó de la nada.
Pero, la nada no puede producir nada. Se usó esa imagen en la
tradición para señalar la nada como una especie de materia prima que
Dios usó para crear, y para puntualizar que antes del acto libre
creador de Dios no existía nada más. Eso, contra las doctrinas
griegas de la creación como emanación de un ser superior.
“Pero si la nada en
cuanto nada no puede producir nada, hemos de reconocer que Dios creó
y crea a partir de él mismo, a partir de lo que él mismo es. La
creación del hombre ‘a imagen y semejanza de Dios’ es la ilustración
mayor de este hecho. Entonces, el acto de creación es aquel por el
que Dios decide no ser él solo toda la realidad ante la que no hay
nada. Poner fuera de él un mundo creado es un acto de renuncia a sí
mismo. Puede tomarse la imagen local al revés y decir que Dios se
retira en cierto modo de una región de él mismo, para permitir que
exista algo distinto de él”.
Entre
creación y cruz hay una relación estrecha. La creación, que es ya
un acto de salvación, también es ya un acto de kénosis. El acto
creador de Dios supone una kénosis trinitaria. No sólo la kénosis
del Hijo, quien al encarnarse se anonada a sí mismo, sino una
kénosis de la Trinidad completa. Siguiendo a H. Urs von Balthasar
dice Sesboüé que el acto de la creación del ser humano “es ya por
parte de Dios un compromiso a la kénosis de la encarnación”.
La cruz de Cristo está pensada ya en la creación inicial. Este
planteamiento puede parecer muy extraño a quienes están
acostumbrados a las categorías del pensamiento teológico
tradicional. Recordemos que esas categorías, sin embargo, fueron
elaboradas dentro de un contexto cultural, social, político y
filosófico distinto al actual. Siempre y cuando se mantenga lo
esencial en las doctrinas, sus formulaciones pueden ser plurales.
Me parece que esta formulación de Sesboüé, que reconoce un
compromiso kenótico ya en la primera creación, promete mucho futuro
en teología.
Hace unos
años, el P. Luois Bouyer publicó una trilogía sobre la trinidad. El
segundo volumen, que trataba sobre el Hijo Eterno, proponía la
teoría de que la humanidad de Cristo estaba pensada desde toda la
eternidad. En realidad no hay ningún dogma que contradiga esa
afirmación, pues no se pone en juego ni la realidad histórica de la
encarnación, ni los pronunciados de la cristología calcedoniana.
Estos planteamientos de Bernard Sesboüé pueden ayudarnos a entender
la encarnación misma como una idea ya contemplada en la primera
creación y a considerar la kénosis de la Trinidad completa en el
acto de la redención.
Una crítica
muy acertada a algunos tipos de teología trinitaria occidental es
que, al final del tratado de Dios Uno y Trino, uno tenía la
sensación de haber descrito un Dios tan inaccesible y tan alejado
del sufrimiento y del dolor, que terminaba siendo un distanciado del
mundo y del ser humano. Pero ese no es el Dios de Jesús. El Dios
que revela Jesús es un Padre pródigo, comprometido hasta con los más
pequeños detalles de su creación. Y es un Dios que sabe lo que
necesitamos y que quiere derramar sus bendiciones abundantes sobre
nosotros. No es una divinidad fría y distante, “impasible”,
“indiferente” al mundo y a la historia.
“Según la convicción de
toda la tradición cristiana Dios se nos revela tal como es. Si el
acto de creación es ya una kénosis paternal, si el envío del Hijo se
lleva a cabo a costa de una kénosis de la cruz, si el don del
Espíritu a los hombres mantiene una discreción totalmente kenótica
en el respeto a sus libertades, entonces el intercambio trinitario
que constituye la vida misma de Dios es un movimiento constante de
kénosis que permite la plena alteridad del Padre, del Hijo y del
Espíritu… Así pues, en el ser mismo de Dios se origina eso que toma
una figura trágica y dolorosa en la cruz, debido al pecado y a la
violencia de los hombres. Según el altruismo absoluto que
constituye a las personas divinas entre sí y para con nosotros, Dios
ha asumido eternamente en sí el riesgo verificado de lo trágico… No
quedarse con nada suyo: es una acertada fórmula trinitaria. Explica
a la vez el ser de las tres personas y el principio de la creación.
Dice hasta dónde puede llegar la omnipotencia divina. Ese ‘no
quedarse con nada suyo’ es el que llegó hasta el fondo de sí mismo,
asumiendo la tragedia inscrita en la libertad del hombre”.
Podríamos decir,
parafraseando a Orígenes, que la Cruz es una ‘parábola’ de Dios en
su ser trinitario. Falta ver la dramática de la relación de Jesús
con su Padre en el patíbulo de la cruz. Jesús demuestra una
conciencia filial en muchos momentos de su vida. Al contemplarse a
sí mismo, al ir adquiriendo mayor conciencia sobre su misión y su
propio ser, reconoce que Aquel de quien habla la Escritura es él.
En su conciencia humana adquirida, la misma relación filial cara a
Dios revela aspectos de la paternidad de ese Dios. Jesús revela al
Padre al predicar la bondad de la creación, al recomendar no perder
el tiempo preocupándonos por lo que hemos de comer o vestir, al
anunciar sus mensajes de misericordia y perdón como venidos de Dios
mismo. Jesús es el revelador del Padre en toda la extensión de su
vida. Pero también en el momento de mayor fracaso y abandono, en el
momento de mayor fragilidad y distancia en su relación filial con el
Padre. Para Sesboüé el silencio de Dios revela al Padre.
“Jesús es conducido al
Gólgota… un montículo de piedra agrietada, inadecuada para la
construcción y abandonada por los que allí explotaban la piedra…
Jesús es crucificado entre dos malhechores… Dios se calla y Jesús
agoniza… El silencio de Dios deja a Jesús con su soledad. Jesús ha
sido abandonado por los suyos, condenado por las autoridades de su
pueblo, entregado a la muerte por el poder romano. ¿Dónde está Dios
en todo esto? Deja obrar… ¿Cómo interpretar este silencio de
Dios?... La cuestión se complica con el grito articulado que Mateo y
Marcos ponen en labios de Jesús: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?’… La interpretación de este versículo tiene
consecuencias tremendas. Porque compromete la imagen misma de Dios”.
No debemos
pensar que la cruz, que reconocemos como símbolo de redención, haya
sido un tiempo perdido. Jesús revela al Padre también en su cruz.
Pero lo revela de un modo especial, por la vía del silencio, la
ausencia, el abandono.
“Queda por comprender
el silencio del Padre. Muchas veces ha sido interpretado como una
venganza, antes de serlo como una ausencia… Pues bien, con su
silencio el Padre acepta salvarnos hasta el fin; hace lo que hace el
mismo Jesús: Jesús se entregó por entero; el Padre lo entrega y lo
abandona totalmente en manos de los pecadores. El abandono de Jesús
es un don. El Padre es como el Hijo: el comportamiento del Hijo en
la cruz revela el del Padre… En el lecho de la cruz el Padre
engendra a su Hijo a través de su abandono mutuo y en un movimiento
común a los hombres… El silencio de Dios, al dejar que las cosas
lleguen a su término, es la revelación misma de Dios… F. X. Durwell
compara el momento de la cruz con el del nacimiento, en el que el
cuerpo del niño es expulsado del cuerpo de su madre: separación
dolorosa atestiguada en un grito <<primordial>>; separación
necesaria para la plena alteridad del hijo frente a su madre…
Evocando igualmente el misterio de los gritos de Jesús en su pasión,
E. Haulotte concluye: ‘Bajo la inscripción real, el grito de Jesús
aclama el reino de su Padre’”.
En la
comunicación humana, sabemos que las palabras son importantes. Pero
son también importantes los gestos, los movimientos de los ojos, de
las manos, de los brazos. Habla no sólo la lengua, sino toda la
corporeidad humana. Y el silencio también comunica. El silencio
habla. El silencio también habla su palabra muda, y expresa un
significado. La palabra muda del Padre ante la muerte de su Hijo en
la cruz, podría pasar por desapercibida. Pero ese silencio de Dios
es elocuente. El deja libre a su Hijo para obrar con plena libertad
humana. Libera la libertad.
¿Cómo nos
salva Jesús, según Sesboüé?
“Jesús nos salva en y
por el don que hace de sí mismo, el don de su cuerpo y de su sangre,
realizado en el banquete de la nueva alianza y en la cruz. En su
pasión, su don a los hombres se hace expresamente perdón y su don al
Padre se hace abandono. Esta conversión total de Jesús a los
hombres es entonces mediadora de la conversión de los hombres a
Dios”.
Otros teólogos hablarán del
carácter revelador del sufrimiento de la cruz.
Sesboüé habla del silencio del Padre en la cruz, como leíamos
arriba: “El silencio de Dios, al dejar que las cosas lleguen a su
término, es la revelación misma de Dios…” Es un Dios Padre que
hace lo que su Hijo hace, pues se entrega Él mismo también en su
Hijo a la humanidad con una pasión que toca la vida misma de Dios.
John McIntyre: Modelos
de la soteriología
Pastor de
la iglesia presbiteriana de Escocia, John McIntyre enseña que la
salvación consiste en la relación que hallamos entre la Cruz y el
perdón de nuestros pecados.
Citando a J.N.D. Kelly en Early Christian Doctrines, McIntyre
se asombra de que no hay una definición universalmente aceptada
sobre la redención. Por eso, él explora y propone varios modelos,
sin excluir ninguno.
El autor presta mucha
atención a lo que él llama las preposiciones soteriológicas –anti,
hyper y peri-. Son preposiciones que acompañan las fórmulas
antiguas de la proclamación de la redención: las tres significan
que algo se transmite a los beneficiarios. Por ejemplo, la
preposición anti -“El Hijo del hombre vino... para dar su
vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45 y Mateo 20, 28).
Ese POR significa en lugar de, a cambio de,
como sustituto de. La preposición hyper –“Esto es mi cuerpo
entregado por vosotros. Ahí el significado de POR
implica la actividad de alguien que de hecho, toma partido, o toma
la posición del otro. Finalmente, la preposición peri – como
en Mateo 26, 28: “Esta es la sangre de la alianza, que será
derramada por muchos para el perdón de los pecados.” En ese
caso, POR significa respecto a, o sobre.
Los matices de estas preposiciones ayudan a McIntyre a afirmar que
estas preposiciones universalizan, relacionan y contemporanizan el
acontecimiento redentor para los hombres y mujeres del tiempo de
Jesús y de todos los tiempos.
La redención, en otras
palabras, no es la memoria de un acontecimiento que tuvo lugar
cronológicamente en el pasado y que queda sepultado por el paso del
tiempo, sino que tiene un valor universal, relacional y
contemporanizador. En otras palabras, la redención es ofrecida a
todos los hombres y mujeres, sin distinción de raza, género, edad o
era. Se relaciona con todas las edades y hace que la muerte de
Cristo esté relacionada a cada persona en particular. Y hace
contemporánea la fuerza de salvación a todo hombre y mujer en
cualquier momento de la historia.
Se pregunta
McIntyre, al referirse a la universalidad de la redención,
“¿cómo es posible
que un acontecimiento, que tuvo lugar tan particularmente en el
primer siglo, pueda ser tan universalizado que esté asequible para
todo hombre y mujer en todo otro tiempo y en todo otro lugar en la
historia humana?”
Para tratar de
contestar esta pregunta, McIntyre recurre a la doctrina del Espíritu
Santo, como aquél que crea la respuesta adecuada de los hombres y
mujeres a la muerte de Cristo.
“Para elucidar la parte
que esta doctrina juega en el tema de nuestro estudio, podemos usar
la distinción entre lo objetivo/subjetivo. Podemos decir que las
preposiciones soteriológicas crean ‘la posibilidad objetiva’ de la
salvación al cumplir tres papeles: objetivamente, éstas
universalizan en el tiempo y el espacio la disponibilidad de la
salvación obrada en la muerte de Cristo; éstas relacionan esa muerte
a las necesidades de cada una y todas las creaturas de Dios a pesar
de su universalidad; y también hacen contemporáneas las
circunstancias de esa muerte tal como es descrita por los varios
modelos para los discípulos de toda generación. Pero esa
posibilidad objetiva sólo se realiza, y los hombres y mujeres
particulares se apropian de la oferta de la salvación, cuando la
‘posibilidad subjetiva’ de la salvación se hace presente en la
persona del Espíritu Santo. Él es quien crea la decisión
responsable de la fe, que es el cumplimiento de todo el proyecto de
Dios en la muerte de Cristo.”
McIntyre
tiene la virtud de ilustrar sus enseñanzas con abundantes citas
bíblicas, que el lector podrá consultar en la misma obra. Experto
en San Anselmo, McIntyre se aleja un poco de la teoría anselmiana de
la satisfacción para admitir otros modelos de interpretación de la
redención. Como muchos otros teólogos contemporáneos, McIntyre está
consciente de que estamos atravesando un período de transformación
cultural y del pensamiento cristiano que pone en evidencia también
una transformación de la mentalidad con que se hace teología. Ya no
se piensa en Dios con categorías como omnipotencia, omnisciencia,
omnipresencia, trascendencia, inmanencia, sino con categorías como
el amor, la bondad, la misericordia.
McIntyre
trata de evitar poner el problema de la salvación dentro de un marco
teórico que ya no hable al ser humano de nuestro tiempo. Por ello
insiste en que se debe reinterpretar la salvación con categorías
personalistas, evitando así caer en propuestas abstractas. Esta es
una indicación muy saludable, no sólo para la teología formal, sino
para la práctica pastoral, especialmente para el anuncio misionero.
Usa siete
modelos tomados de la Sagrada Escritura, tales como rescate,
redención, salvación, propiciación, expiación, atonement,
reconciliación y cinco modelos derivados de la tradición
afirmada, como victoria de Cristo, pena, satisfacción, ejemplo,
liberación.
De todas estas categorías y modelos, coinciden Sesboüé y McIntyre en
tres, que son bíblicas (sacrificio, propiciación y reconciliación),
y dos que son de la tradición sistematizada por San Anselmo
(satisfacción) y de la teología posterior a la Reforma
(sustitución). Además, ambos coinciden en dos categorías bíblicas:
redención y liberación.
“McIntyre ilustra bien
como la redención es un modelo usado en la Escritura, pero al mismo
tiempo subraya que está entre los más débiles e incompletos, porque
se limita a mostrar el paso de un estado negativo a uno positivo,
saliendo fuera de una situación de desventaja y hasta de esclavitud;
por eso dice que es necesario completarlo con otros modelos.
Por su parte, y
en sintonía con McIntyre, Sesboüé utiliza la palabra redención en un
sentido más amplio, como categoría dentro de la cual se reagrupan
varias expresiones de la salvación: rescate, redención, salvación y
victoria de Cristo”.
Es
importante observar, sin embargo, que tanto McIntyre como Sesboüé
apuntan a la necesidad de un equilibrio entre las diferentes
categorías y modelos. En realidad, la razón humana no tiene la
capacidad para exponer en toda su profundidad el horizonte amplio de
la redención. La tenemos que exponer por partes. Y aun cuando
todas las partes quedan expuestas, la suma total de las mismas se
queda corta. La redención es un misterio multidimensional, y no se
puede agotar todo su sentido en una sola categoría o modelo. En esto
podríamos citar a J. Galot, quien dice:
“Por el
hecho que se trata de un misterio, la reflexión teológica debe
acoger, en la misma medida, los elementos de este misterio que
parecerían estar en conflicto, y no apresurarse a excluir uno de
ellos para poder llegar a una teoría más simple y más fácilmente
coherente. Deberá, por lo tanto, esforzarse por conciliar la
gratuidad con el rescate ofrecido, el don que el Padre hace del Hijo
con la ofrenda propiciatoria que el Hijo hace al Padre. Lejos de
empobrecer el dato revelado con opciones unilaterales, se trata de
acoger todos los aspectos del misterio, buscando mostrar cómo los
conflictos son superados en una armonía superior”.
Paolo Scarafoni:
soteriología basada en el amor
Scarafoni
luego estudia la descripción del amor en la tradición cristiana,
para proponer una soteriología basada en el amor, como categoría más
cercana a nuestro tiempo y con mayor capacidad integradora. Resume
el amor en cuatro componentes: la adhesión intensa, la kénosis,
el don y la reciprocidad. Este resumen recorre la tradición
occidental sobre el amor en los teólogos más representativos, como
S. Agustín, S. Tomás de Aquino, S. Francisco de Sales, S.
Buenaventura, Ricardo de San Víctor, y S. Bernardo. Entiende que no
se puede reducir el amor a uno sólo de esos contenidos. Aclara que
dentro de esos cuatro componentes (adhesión intensa, la kénosis,
el don y la reciprocidad), hay todavía más elementos
constitutivos, por ejemplo, para la adhesión intensa, hace falta
identificación, afecto y celo. Para la kénosis, hace falta también
la justicia. Para el don, son necesarias la gratuidad y la
liberación; y para la reciprocidad, son necesarias la unión y la
fruición.
El autor
recorre varios estudios de cristología y soteriología de lengua
italiana, francesa y española, y señala que, en los escritos
recientes de soteriología, se está abandonando la interpretación
excesivamente jurídica, que ponía el énfasis en la satisfacción, la
recompensa y la sustitución. No niega la verdad contenida en esas
categorías, pero explica que los valores nuevos son la
‘personalización’ de las categorías y el acento en la dimensión
histórica, cuya sensibilidad resalta el valor de existencia
temporal. Según él, en la soteriología católica posconciliar, el
amor es una clave de lectura para el misterio de la salvación.
“Desde nuestro estudio
sobre las soteriologías contemporáneas podemos observar con
satisfacción que cuanto más expresan los autores la experiencia de
la salvación como actual, tanto más reconocen el amor en ella. El
amor, por lo tanto, es capaz de expresar la salvación real hoy día.
Y este amor se hace posible, accesible, realizable, en Jesucristo.
El amor que es adhesión de Dios real, intensa hasta la muerte, en
Jesucristo, a nosotros y adhesión real, intensa, hasta el martirio,
de nosotros a Dios, en Jesucristo. Una adhesión llena de afecto, de
efusión, que es verdadera identificación y verdadera unión. Una
adhesión que lleva a la kénosis de Dios y también a la kénosis
nuestra”.
Se alegra
Scarafoni de que estas cristologías contemporáneas señalen también
la centralidad e insuperabilidad de Cristo, y la nueva visión de
Dios. El concepto de Dios como ser autoritario y jurídico, que
defiende sus propios derechos y hace pagar el precio a los hombres,
dominó por muchos años la soteriología, y todavía quedan remanentes
de tal visión. A veces, al menos en la predicación, se daba la
imagen de un Dios vengativo, cobrando lo que le debían, sediento de
sangre. Ese no es el Dios que revela Jesús en la cruz. El elemento
determinante en la visión de Dios debe ser la gratuidad de su amor,
su oferta incondicional e intensa de amor.
Scarafoni
entiende que, a medida que se va desarrollando el tema del amor
salvífico en función de la redención, la soteriología nos mostrará
el papel central del amor. Termina ofreciendo su propia síntesis o
propuesta para una soteriología basada sobre el amor.
“Otra consideración
importante para una soteriología basada sobre el amor es que la
nueva concepción de Dios amor no es separable de Jesucristo, como
lugar y manifestación personal de tal amor de Dios. En este sentido
es Dios en persona quien se nos hace vecino, accesible, haciéndose
hombre, para que podamos entrar en comunión con Él, para que podamos
acoger su amor. Una soteriología que ve el papel central del amor,
reconoce la centralidad de Cristo, precisamente porque acoge este
amor realmente en Cristo… Y el dinamismo mismo de este amor
proveniente del Padre y que está animándolo con Cristo y que produce
fruto abundante en todos los que son amados por el Padre y el Hijo
mediante su acción, es el Espíritu Santo procedente”.
A pesar de las
desviaciones que se han dado en la historia de la interpretación del
misterio de la salvación, Scarafoni concluye que, sin embargo, se
han mantenido en la historia y en la memoria cristiana las
categorías o modelos que expresan el amor, al menos algunos de sus
aspectos. Y así encuentra que la ‘revelación’ expresa la gratuidad
del don; la ‘divinización’ y la justificación expresan la comunión
con Dios; la liberación, redención, rescate y salvación expresan la
identificación con nosotros; el sacrificio, propiciación, expiación,
satisfacción y sustitución, expresan la kénosis por amor a nosotros;
y la reconciliación se expresa la unión como prenda de la
misericordia.
Bruno Forte: el
tiempo, la conciencia y los actos de conciencia
Otro autor que se ha esforzado por ofrecer una interpretación
actualizada del acontecimiento de Cristo es el obispo Bruno Forte.
“Desde
el punto de vista hermenéutico la teología de Forte está
caracterizada por una consabida asunción de la conciencia histórica,
que la sitúa en la línea de la gran tradición italiana de reflexión
sobre la historia… Con relación al acontecimiento pascual la
Trinidad es presentada como el acontecimiento eterno del Amor, en el
cual el don de la revelación se cumple en el Hijo encarnado y la
misión del Espíritu en la Iglesia…”
Forte
propone una visión de la historia muy interesante. “Historia es
‘situarse en el devenir’, ponerse y proponerse frente al ‘ya’en un
acto consciente y libre creativo del ‘todavía no’”.
Los elementos constitutivos de esta definición son el tiempo, la
conciencia y los actos de conciencia que son el ponerse y
pro-ponerse. El tiempo se entiende en sus momentos de pasado,
presente y futuro. La conciencia es la que toma cuenta de la
historia como un elemento trascendental de la misma. Lo que ocurre
en torno a mí me afecta a mí, personalmente. El ponerse implica
colocarse como un yo ante un tú, por la relación y oposición que
supone.
Es notable la
coincidencia con la filosofía personalista y la psicología
contemporánea, las cuales subrayan la relación como un elemento del
proceso de personalización. Pero el verdadero acto pleno de
conciencia ocurre cuando tomo cuenta de mi yo que se afirma
reflexivamente, y puede modificar los eventos de la historia y ser
modificados por ellos. Forte presenta el acontecimiento histórico
de la Pascua cristiana como la historia trinitaria de Dios.
“Dios Trinidad se sitúa
en el devenir en la Pascua, y lo hace realizando en la historia, en
el tiempo, las relaciones entre las personas divinas. Pascua es la
historia del Padre, pascua es historia del Hijo y pascua es historia
del Espíritu Santo. Éstos se ponen y se proponen entre sí y de
frente al mundo, como un presente (un ‘ya’), de frente al pasado y
hacia el futuro (el ‘todavía no’)”.
Para Forte,
la centralidad de Jesús de Nazaret en esta historia es fundamental.
La conciencia mesiánica de Cristo, tal vez irreflexiva en un
momento, crece como conciencia adquirida y dinámica que lo coloca en
el ámbito de la historia con la afirmación de su individualidad en
la relación ante Dios como su Padre. Jesús hablaba de Dios de un
modo nunca antes escuchado, con una intuición, libertad y autoridad
que no era común en los maestros de su tiempo. Es en la libertad de
Jesús que se revela la libertad del Dios cristiano. Dice Forte:
“Por eso,
es posible afirmar que la plena y profunda libertad del profeta
galileo nos remite a la infinita libertad del Dios trinitario. El
Dios cristiano es un Dios libre: eso significa ante todo que cada
una de las tres personas divinas es totalmente libre en sí para
darse al otro y acogerlo. La vida trinitaria de Dios es total
pobreza de sí en cada uno de los Tres, en un despojamiento que es al
mismo tiempo suprema originalidad para darse incondicionadamente al
otro y realizar así la suprema comunión. En la libertad de sí, el
Padre se da al Hijo, que en una libertad análoga acoge el don y se
da al Padre, en el Espíritu, que es como el ‘nosotros’ de la pobreza
trinitaria de Dios. Espíritu de la libertad de sí y del don al
otro. En este sentido, ‘Dios’ para los cristianos quiere decir ante
todo una historia: historia del amor pobre de sí y libre para el
otro de cada uno de los Tres, que se traduce en el devenir eterno
del darse y del acogerse. Hay un devenir de Dios en cuanto hay un
devenir en Dios: no se da un sujeto divino abstracto que deviene,
sino que en Dios los tres en su incomparable libertad, se ofrecen y
se acogen el uno al otro en la profundidad de un amor, que es
distinción y superación de lo distinto”.
Sigue Forte la línea de autores como Moltmann y Jüngel, que ponen un
acento trinitario en el drama de la cruz. La muerte en cruz es el
momento de las tinieblas para Jesús. Jesús entrega su Espíritu al
Padre, y junto con el Espíritu, se entrega a sí mismo. Pero al
entregarse totalmente confiando en el amor del Padre, sufre el dolor
intenso del abandono. El abandono provoca dolor intensísimo en el
Hijo, quien desde siempre ha estado en comunión con su Padre. Pero
también el Padre sufre y sufre el Espíritu. Es dolor del Padre
porque al abandonar a su Hijo lo entrega todo a la humanidad.
“El abandono es el
signo de la muerte, de la no-comunión: en la cruz muere el Padre
porque abandona, muere el Hijo porque es abandonado, muere el
Espíritu Santo en el silencio, entregado por Cristo… Pero
precisamente en este acontecimiento de muerte, tenemos la revelación
sub contrario del amor y de la unidad: ‘el dolor revela el amor: el
abismo del dolor revela la perfección del amor’.
El infinito amor de los dos, Padre e Hijo, revela el infinito amor
de los dos, y contiene bajo la forma contraria el futuro que viene,
y que se expresará en la Resurrección… Es precisamente el amor
revelado por el dolor el que vence la muerte, como finitud, y no
amor”.
Finalmente,
Forte enseña que Cristo es el lugar del amor en la historia. La
paradoja cristiana, según él, es la singularidad del Cristo, quien
es irrepetible y cuya historia personal, con su personalidad
característica, lo hace ser el único mediador y salvador. Pero
Jesús también tiene una contemporaneidad. Es al mismo tiempo
verdad, camino y vida, profeta, pastor y sacerdote.
Eberhard Jüngel: La
Cruz y la Trinidad
Entre los
más destacados teólogos de la tradición protestante, se encuentra
Eberhard Jüngel. Sus reflexiones sobre la relación entre la cruz y
la trinidad, al igual que su antropología, son muy interesantes.
Conoce tanto la tradición barthiana como la bultmanniana de la
teología protestante alemana del siglo XX.
Muestra una notable influencia de la teología luterana de la cruz y
su necesaria incorporación en la doctrina trinitaria.
Está convencido de que la cruz expresa el ser de Dios y que no
podemos ya pensar ontológicamente en Dios sin ver el sufrimiento de
Dios en la cruz de Jesús.
“La muerte de Jesús
representa, según Jüngel, no sólo un fenómeno humano, del mundo,
sino un fenómeno de Dios que involucra su ser. Sobre todo en la
época moderna se ha profundizado en su radicalidad, aunque con
resultados diversos, el vínculo entre la muerte de Jesús y la muerte
de Dios, el sentido trágico de la aplicación a la esencia de Dios de
la muerte, la importancia que tienen para la diferenciación de Dios,
para la determinación de Dios, la muerte, la negatividad, el hacerse
otro de sí. Se avizora en esto una sorprendente semejanza sobre
todo terminológica con la reflexión hegeliana: con la resurrección,
Dios no ha dejado la muerte detrás de sí sino en sí mismo…”
Esta reflexión se aparta de la tradicional imagen de Dios que nos
hemos acostumbrado a estudiar en los textos de teología trinitaria.
Sin embargo, la reflexión de Jüngel tiene el valor de colocar más de
cerca el misterio trinitario de Dios en la misma historia humana.
Salvando las diferencias y ajustando algunos puntos, me parece una
propuesta interesante.
“En la Cruz, según
Jüngel, se distingue entre Dios y Dios, emerge el concepto cristiano
de Dios, es corregida y superada la visión clásica de Dios. La Cruz
presupone, corresponde al ser de Dios como evento, como
autodistinción, como diferenciación de amor. En ella Dios expresa
su constitutivo ser Trinidad, su ser en sí para nosotros. La
Trinidad inmanente, revelada preponderantemente en la Cruz, es la
historia que tiene su condición de posibilidad (historicidad) en la
inmanente”.
A primera
vista, choca la afirmación de Jüngel, según la cual, la Trinidad
inmanente se revela preponderantemente en la cruz, teniendo la cruz
como una condición para existir. Parecería decir, entonces, que la
Trinidad inmanente comienza a existir a partir de la cruz. Eso,
claramente, no lo podemos admitir en la tradición católica. Ya
conocemos la controversia que causó el dicho de Karl Rahner según el
cual la Trinidad inmanente es la Trinidad económica y viceversa. Lo
que causa mayor dificultad es el “viceversa”, si se entiende que, de
no haber habido una manifestación económica de la Trinidad, no
hubiese podido existir inmanentemente.
Ello no
obstante, creo que no es a eso a lo que se refiere Jüngel en este
caso. Más bien presupone la existencia de la Trinidad inmanente,
puesto que entiende la cruz como una “expresión” constitutiva del
ser Trinitario de Dios. No dice que es ahí donde EMPIEZA la
existencia de la Trinidad, como si en un acontecimiento puntual como
la cruz naciera la Trinidad. La expresión histórica como “su ser en
sí para nosotros” presupone la Trinidad inmanente.
A. Toniolo,
luego de estudiar la teología trinitaria de Jüngel, nos ofrece la
siguiente reflexión, como un modo de comprender mejor la propuesta
de Jüngel:
“Para comprender la
diferencia puede ser útil una referencia a la teología de santo
Tomás. En las reflexiones de Tomás sobre la pasión de Cristo (S.Th.
III, qq. 46-53, particularmente q. 48 a.5) el contexto es siempre el
Dios trinitario; la Trinidad es vista sí como causa primera
inspiradora de la pasión, pero desde afuera, mientras que el precio,
el sufrimiento es del hombre Jesús. La Cruz es presentada como una
<<necesidad>> externa a la Trinidad, que permanece como causa
eficiente principal pero no como causa instrumental de la
redención. La preocupación de Tomás es por salvar la absoluta
libertad de Dios (que pertenece más al concepto metafísico de Dios)
en relación con el mundo y el pecado del hombre, a tal punto que la
Cruz es vista como el modo de redención más conveniente respecto a
la voluntad redentora de Dios. La theologia crucis moderna habla
más bien de la Cruz como máxima expresión de la voluntad redentora
de Dios”.
Para Jüngel, una
Trinidad distante de la cruz no es la Trinidad cristiana. El
sufrimiento de Dios es parte de la revelación de Dios que hizo
Jesucristo. Jüngel, a diferencia de Santo Tomás, no estaba
condicionado por un marco referencial escolástico, que distingue
entre la causa principal, la causa eficiente y la causa
instrumental. Esas categorías que presupone Santo Tomás como
necesarias para defender la absoluta libertad de Dios con respecto
al mundo y al pecado, no son primordiales en la propuesta de Jüngel.
Según él, Dios es capaz de sufrir la muerte “… de tal manera que
ésta sea un modo de su vida y no la ocasión de su colapso”.
En la pasión del
Cristo, Dios se revela también como Dios identificado con el
sufrimiento de los hombres, comprometido con la liberación del
pecado y de la muerta, estando dispuesto a “ensuciarse las manos”,
tocando la muerte misma, con todo lo degradante de una muerte
injusta y violenta. La grandeza de Dios Trinidad es que puede
“vivir” la “muerte” de un modo distinto: libre de pecado. Al vivir
la muerte Dios asegura que ésta no tendrá ya más dominio sobre el
ser humano para siempre. La muerte en la cruz es la causa de la
vida para el mundo.
Jürgen Moltmann: el
sufrimiento de Dios
Moltmann fue prisionero
de guerra entre 1945 y 1948 en Northon-Camp, Inglaterra.
Dentro del campo de concentración se encontró con algunos profesores
de teología, y allí fue que comenzó su carrera teológica.
Esta experiencia marcó mucho su convicción de que Dios es el poder
de la esperanza y que Él está presente en el sufrimiento.
Dicha convicción se hace sentir en sus escritos. Además, ha sido un
teólogo muy comprometido en el diálogo con el marxismo y ha tenido
un impacto muy grande en la teología católica. Su vivencia personal
del sufrimiento del pueblo alemán como resultado de la guerra,
matizará su modo de hacer teología.
“En El Dios
crucificado la teología de Moltmann se hace fuertemente
trinitaria, ya que él interpretó la cruz como un acontecimiento
trinitario entre el Padre y el Hijo. Desde ahí él desarrolló una
comprensión de la historia trinitaria de Dios con el mundo, en la
cual la relación recíproca entre Dios y el mundo es acentuada
progresivamente. Dios experimenta una historia con el mundo en la
cual él afecta y es afectado por el mundo, y que es también la
historia de sus propias relaciones trinitarias como una comunidad de
personas divinas que incluyen al mundo dentro de su amor”.
La cruz es un acto de
solidaridad amorosa de parte de Dios para con todos los que sufren.
Reconoce la presencia de Dios, como el Hijo encarnado de Dios, en el
abandono de la cruz y coloca la dialéctica de la cruz y resurrección
dentro de la experiencia misma de Dios.
“La cruz y la
resurrección representan la oposición entre una realidad que no
corresponde a Dios –el mundo sujeto al pecado, el sufrimiento y la
muerte- y la promesa de una realidad que no le corresponde a Él –la
nueva creación que reflejará su gloria. Pero si Dios está presente
en el desdiosamiento y abandono de la cruz, entonces está presente
en su propia contradicción. Su amor es tal que abraza la realidad
desdiosada que no le corresponde a Él, y por eso Él sufre… Si
Jesús, el Hijo divino, sufre el abandono de los olvidados por Dios,
como muestra su grito de desolación, entonces la cruz debe ser un
acontecimiento entre el Hijo encarnado y su Padre, que lo deja para
que muera. Moltmann lo interpreta como un acontecimiento del
sufrimiento divino en el cual Jesús sufre muriendo abandonado por su
Padre y el Padre sufre en dolor la muerte de su Hijo. Como tal, es
el acto de solidaridad divina con el mundo desdiosado, en el cual el
Hijo voluntariamente se entrega a sí mismo por amor al mundo, y el
Padre voluntariamente entrega a su Hijo en amor por amor al mundo.
Ya que, en el punto de su máxima separación, el Padre y el Hijo
están unidos en su amor por el mundo, el acontecimiento que los
separa es salvífico”
Esto, naturalmente,
tiene muchas consecuencias para la soteriología y para la doctrina
trinitaria. El Dios que nos salva es el Dios que sufre. En
nuestros días, donde el tema del sufrimiento se ve tan marcado por
las guerras y violencia generalizada, por la enfermedad, el hambre y
la miseria de tantos millones de pobres y enfermos en el ámbito
mundial, hay que usar la categoría “sufrimiento” con mucho respeto.
Si Dios se identifica con el sufrimiento, no lo hace desde lejos,
sino desde la desnudez y sufrimiento de la cruz
“El acontecimiento de
la cruz es lo que nos permite entender mejor el misterio de la
Trinidad. De hecho, son las tres personas divinas las que sufren en
la cruz: el Padre por la separación del Hijo; el Hijo por la
separación del Padre; y el Espíritu Santo quien es el amor mismo
traspasado por la separación. Por lo tanto, la muerte del Hijo no
es muerte de Dios, sino inicio de aquel acontecimiento divino en el
cual, desde la muerte del Hijo y desde el dolor del Padre, brota el
Espíritu de Amor que da la vida”.
No es un Dios, al estilo de los
filósofos, que es impasible, incapaz de incorporar el sufrimiento
dentro de su ser. La teología cristiana siempre ha puesto énfasis
en el sufrimiento humano verdadero de Jesús en la cruz, pero no ha
contemplado suficientemente cómo ese sufrimiento ha sido incorporado
en la vida misma de Dios. Según Moltmann, podríamos conjeturar que,
a partir de la experiencia de muerte de Cristo en la cruz, la muerte
hace parte de la experiencia misma de la Trinidad.
“El dolor de la cruz,
expresado en el abandono y la entrega, caracteriza también la
identidad de Dios. En la cruz ocurre la Trinidad; las personas
divinas se caracterizan en su relación recíproca en el pathos de
Dios”.
Abandona Moltmann la tradición teológica trinitaria,
porque tiene una visual helenística, que desarrolla un concepto
sobrenatural de Dios como perfecto, inmutable, omnipotente, en el
cual no puede caber el sufrimiento. Esa perspectiva helenística,
que distingue entre la Trinidad inmanente y la Trinidad económica,
según Moltmann, ha llevado a los teólogos a considerar las
relaciones de Dios con el mundo de manera extrínseca y a presentar
una trinidad estática. Moltmann coloca en el seno mismo de la
Trinidad el sufrimiento y la muerte. Insiste en el carácter
revelador de la cruz. Lo que sucede en el Calvario es
históricamente corroborable e identificable con la historia de Jesús
de Nazaret. Pero, como Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, en todo
igual a Dios en cuanto a esencia y dignidad, entonces Dios sufre.
Sufre en la coordenadas históricas angustiosas del Cristo,
inseparablemente unido en relación recíproca con el Padre por la
fuerza aglutinante del Espíritu Santo.
Luis F. Ladaria: Cristo
resucitado como modelo primigenio del ser humano
Luis Felipe
Ladaria, jesuita, profesor de teología dogmática en la Pontifica
Universidad Gregoriana de Roma explica que el primer gran efecto de
la remisión de los pecados por el sacrificio redentor es la
filiación divina, que era el plan originario de Dios para el ser
humano. La salvación consiste en la comunión con Cristo, la
inserción en él, y mediante ella el acceso al Padre como hijos en
Jesús.
Hay diferentes modos de expresar la nueva vida del justificado:
filiación adoptiva, comunión con Cristo, vida en el Espíritu Santo,
la inhabitación divina, amistad con Dios, etc. La filiación
divina en el Nuevo Testamento se afirma de Jesús y analógicamente
del hombre. Ésta puede ser la noción más apta para indicar que el
hombre es objeto del amor que Dios Padre eternamente tiene por el
Hijo unigénito.
Jesús demuestra una
actitud netamente filial… se entrega confiadamente a Dios Padre
durante toda su vida, pues su vida, su comida y su bebida era
realizar la voluntad del Padre. ¿Por qué este amor y adhesión tan
intensa al Padre, incluso y sobre todo en el momento de su muerte?
Dice L. F. Ladaria que esta especial relación de Jesús con Dios en
virtud de la cual es su Hijo existe ya al comienzo de su vida
pública, pero la revelación plena de esta filiación divina de Jesús
está en la resurrección.
Cristo resucitado nos revela cómo quería Dios que fuera el ser
humano desde el principio. En Cristo Dios expone para nosotros un
itinerario de vida, pues la plenitud de la vida del cristiano será
seguir al Señor crucificado-resucitado.
Es lo que enseña San Pablo,
que compara el amor eterno del Padre al Hijo con el amor tan grande
con el cual nos llama también a nosotros, para ser hijos en su
querido Hijo. Nos llama antes de la creación del mundo, “eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad”
(Ef 1, 5). Dios
Padre es quien toma la iniciativa en la obra de la creación y
también en la redención.
Por medio de su
Hijo Único, nos constituye en hijos suyos por adopción. El
fundamento de nuestra adopción filial o de nuestra filiación
adoptiva es la filiación natural de Jesús.
Esa adopción filial, sin
embargo, no es algo que nos llega sólo del Padre y del Hijo, sin
participación del Espíritu Santo. En la acción de la Trinidad ad
extra, Dios obra como un solo principio, pero sin perder lo
específico de cada persona. Por lo tanto, el Espíritu también obra
en nosotros en orden a que seamos hijos adoptivos. Sin la acción del
Espíritu vivificador en nosotros no podríamos ser hijos adoptivos.
Por su resurrección, Jesús nos comunica su Espíritu, que es también
el Espíritu del Padre. Él sondea las profundidades de nuestro ser, y
nos lleva a reconocer al Padre de Jesús como padre nuestro. Por
obra del Espíritu Santo tenemos por consiguiente un “espíritu”, una
actitud de Hijos. Los hijos de Dios, que llevan el sello del
Espíritu, viven como vivió Jesús, en una actitud filial. Y es el
Espíritu Santo quien nos capacita para que podamos decir, como
Jesús, Abbá, Padre.
La filiación divina, pues, es obra del Padre, por el Hijo en el
Espíritu Santo.
En el Nuevo
Testamento el Espíritu Santo tiene una presencia cualificada en la
vida de Jesús, especialmente en la encarnación, el bautismo y la
resurrección. Lucas pone de relieve la presencia constante del
Espíritu en la vida terrena de Jesús. Se hace presente en la
encarnación, pues por obra del Espíritu engendra María en su vientre
al salvador. Está presente cuando el Niño crece en gracia ante Dios
y ante los hombres; en el bautismo, en la oración y ayuno del
desierto, cuando Jesús expulsa los demonios, cuando predica, cuando
sana. Jesús manifiesta en sus palabras y en sus hechos que es el
hombre cuya humanidad ha sido ungida por el Espíritu. Según Hebreos,
el Espíritu es el que hace posible la entrega de Cristo hasta la
muerte en obediencia al Padre (Heb 9, 14). Pablo enseña que el
Espíritu es la fuerza divina que lo resucita de entre los muertos
(Rom 1, 4; 8, 11). Jesús, en su resurrección, se hace “espíritu
vivificante” (1 Cor 15, 45), es decir, fuente del Espíritu que como
don suyo han de recibir los creyentes. El propio Jesús, en su
resurrección y exaltación, ha recibido del Padre el Espíritu que
luego derrama sobre los hombres (Hechos 2, 33). El don del Espíritu
está relacionado con la perfecta comunión de Jesús con el Padre y su
glorificación junto a Él (Jn 17, 5).
En la
resurrección tiene lugar la plenitud de la encarnación porque la
humanidad asumida, sin dejar de ser tal, es totalmente penetrada por
la fuerza de Dios, es totalmente divinizada, entra en la gloria de
Dios como la humanidad del Hijo. La confesión de Dios no puede
separarse de la resurrección de Jesús, que tiene al Padre como
agente. En este momento se manifiesta también el Espíritu Santo
como Espíritu del Padre y Espíritu de Jesús, que este último nos da
como propio. El Espíritu nos hace capaces de vivir como hijos de
Dios, nos configura según Cristo, nos libra del dominio del pecado y
de la muerte.
Por último, el Espíritu
Santo, don del Padre y de Jesús, que es el vínculo de unión entre
las dos primeras personas, también es vínculo de unión entre todos
los hermanos de Jesús e hijos e hijas del Padre por adopción. Nos
une a todos en Jesús para que por medio de Él tengamos acceso al
Padre. Ese Espíritu, enviado por el Padre y por Jesús resucitado es
quien crea el ambiente para nuestra adopción filial por Dios.
Ladaria
también desarrolla unos principios muy actualizados de la
antropología teológica. Enseña que la creaturalidad es una
dimensión de nuestra relación con Dios que nos abraza
completamente. No hay ningún momento en la vida del ser humano en
que éste no esté frente a Dios como su creatura. Indica Ladaria
que, frente a Marción y los gnósticos, la Iglesia siempre defendió
la bondad de la creación. Entre la creación inicial y la creación
nueva debemos situar la creación continua, pues Dios no deja de
actuar. Es decir, cuando Dios realiza la primera creación y por la
redención la eleva a la capacidad de nueva creación, no se
desentiende después de ella. Dios sigue creando.
Dios ha
creado el mundo libremente y para su gloria. No tenía ninguna
obligación ni compulsión de crear. Dios no crea para
autoperfeccionarse, sino para comunicar su bondad. En la creación,
el Padre tiene la iniciativa, el Hijo es el mediador, en el Espíritu
todo ha sido hecho, pues es la causa perfeccionante. Esa creación
Dios la encomienda de manera particular al ser humano. Es una
enseñanza sólida del Antiguo Testamento que el ser humano, en nombre
de Dios y ante Dios, es responsable del mundo. Esa responsabilidad
se debe extender también a la creación inánime, pues tenemos una
responsabilidad ecológica.
Nosotros,
los humanos, en nuestra condición terrena, llevamos la imagen de
Adán, el primer hombre, y llevaremos la imagen del hombre perfecto,
el Segundo Adán, Cristo resucitado. La idea de la imagen, que en el
Antiguo Testamento se centra en la creación del hombre, en el Nuevo
se transforma en un motivo cristológico y escatológico. El Señor
resucitado es el Adán definitivo, el nuevo principio de la
humanidad. He ahí la revelación de la verdadera imagen y semejanza
de Dios. En la resurrección de Jesús se nos revela el designio
definitivo de Dios sobre nosotros: ser humano es, por tanto, pasar
de la condición de Adán a la de Cristo. La verdadera imagen y
semejanza de Dios no es la que se imprimió al primer hombre caído,
sino la que se revela en Cristo resucitado. Por eso, según Karl
Rahner, la definición del hombre es radicalmente cristocéntrica.
La
cristología desvela el sentido de la antropología, Cristo desvela la
verdadera esencia del ser humano. Cuanto más nos esforzamos por
seguir a Cristo y adoptar sus actitudes fundamentales, más nos
encontramos con nuestra propia esencia. Desde siempre se decía que
el hombre había sido hecho a imagen de Dios, pero sólo con la
aparición de Jesucristo se ve el alcance verdadero de esta
afirmación. El hombre es persona, es decir, un sujeto, dueño de sí,
libre y capaz de configurar su ser de modo creativo. La noción de
persona ha entrado en la teología y en el pensamiento en general no
a partir de la antropología, sino de la cristología y de la doctrina
trinitaria.
Estas
reflexiones de Ladaria nos ayudan a entender que la soteriología
tiene mucho que decir al hombre y a la mujer de hoy. Un hombre y
una mujer a veces desanimados y destrozados interiormente, alejados
de sí mismos, de los otros y de Dios. Pero un hombre y una mujer
llamados a la vida en Cristo, animados por el Espíritu Santo,
convocados a ser parte de la familia adoptiva del Padre.
El Señor
resucitada es el nuevo comienzo. Pero no cualquier comienzo, sino
el comienzo definitivo de la humanidad. No habrá otra historia, u
otra historia paralela. Las coordenadas de la historia humana han
sido fijadas por el triunfo de la resurrección. Además, Jesús, el
Hijo de Dios Encarnado y ahora Resucitado, se convierte en el
principio efectivo de nuestra futura resurrección. Porque él abrió
el camino, porque él nos dio la oportunidad, ahora los creyentes
podremos caminar hacia el futuro absoluto, no con temor y angustia,
sino con esperanza y valentía. Cristo resucitado es la razón que
mueve la esperanza cristiana, pues lo que él experimentó, lo hemos
de vivir también nosotros, si permanecemos fieles a su promesa. En
Cristo resucitado, Dios revela el hombre al ser humano. Y le da la
posibilidad de llegar a su culmen y máxima expresión como humano.
J P II.
Misión de Cristo:
predicar la Buena Nueva (20.IV.88). En
www.google.com
Ibid.
Lo esencial de la salvación: liberación del pecado (27.VII.88).
En
www.google.com
Ibid. Las últimas palabras de Cristo en la Cruz (6.XI.88). En
www.google.com
Para un
estudio más profundo de los diversos autores, vea A. Toniolo La
theologia crucis nel contesto della modernità. Il rapporto tra
croce e modernità nel pensiero di E: Jüngel, H.U. von Balthasar
e G. W. F. Hegel. Roma, Pontificio Seminario Lombardo 1995; P.
Scarafoni Amore salvífico. Una lettura del mistero della
salvezza. Uno studio comparativo di alcune soteriologie
cattoliche post-conciliari. Roma, Pontificia Università
Gregoriana 1998; B. Forte Gesù di Nazaret, storia di Dio, Dio
della storia. Roma 1981.
Cf. L.
F. Ladaria. Antropología Teológica. Roma, PUG, 1987; ibid.
Introducción a la antropología teológica. Navarra, Verbo
Divino 1993; ibid. Teología del pecado original y de la
gracia. Madrid, BAC 1993; ibid. El Dios vivo y
verdadero. El misterio de la Trinidad. Salamanca,
Secretariado Trinitario 1998.
Cf. P.
Scarafoni, op. cit., 40-41.
P.
Scarafoni, op. cit., 107. Una reflexión semejante se halla en
L.F. Ladaria,
El Dios vivo y verdadero. El misterio de la
Trinidad,
Salamanca, Secretariado Trinitario 1998, 315-324. Podemos
resumirlo así: El Padre da al Hijo todo lo que es y lo que
tiene: su ser divino a través de la DONACIÓN Y LA ENTREGA
y el Hijo se da de igual forma por medio de la ACEPTACIÓN Y
CORRESPONDENCIA, por tanto, el Hijo es el reflejo perfecto
de su ser y amor; además por ser fuente de la razón y la
sabiduría.
Algunos autores lo manejan de
la siguiente manera:
H.U. von
Baltasar, parte de este hecho al ver que si el Padre ofreció por
amor a su Hijo, el Hijo se identifica por cumplir su misión y
por la obediencia. W. Pannenberg señala esta relación
comparándola con el Primer Hombre: “Si por un hombre entró el
pecado, por un hombre vino la salvación”. El primer hombre hace
referencia a Adán que quiso ser igual a Dios y el segundo hombre
hace referencia a Jesús, dándole gloria a Dios y en Dios por
estar unido a él hasta las últimas consecuencias. J. Moltmann,
ve la obediencia de Jesús en la Cruz. El amor de Jesús, radica
en la obediencia y el amor de Dios, radica en la donación total.
El Hijo es el
Logos por ser la Palabra, que desde el principio ya existía (Jn.
1,1) y es la imagen de Dios, porque en el Nuevo Testamento es el
revelador del Padre, luego entonces es la imagen de Dios
invisible (2Co. 4,4; Col. 1,15). Al hacerse como nosotros y
compartiendo nuestra condición es el único mediador entre Dios y
el hombre, porque Jesús no busca su propia glorificación, sino
honrar al Padre y deja que sea éste quien lo glorifique.
Jesús, el Hijo
hecho hombre, no sólo es consubstancial al Padre, sino también
con nosotros. El Padre se dio por entero al Hijo y le entrega
todo, excepto su paternidad, que es lo que lo distingue. El
Hijo se hace en todo semejante a nosotros excepto en el pecado,
para entregarse hasta el final por sus hermanos. Por eso no es
sólo un hombre, sino el HOMBRE PERFECTO.
A.
Toniolo La theologia crucis nel contesto della modernità. Il
rapporto tra croce e modernità nel pensiero di E. Jüngel, H.U.
von Balthasar e G. W. F. Hegel. Roma, Pontificio Seminario
Lombardo 1995, 236-237.
Por
brevedad, esbozo a grandes líneas las intuiciones principales
sobre antropología teológica que aparecen en las obras de
Ladaria, especialmente en Antropología Teológica. Roma,
PUG, 1987 y en
Introducción a la
antropología teológica.
Navarra, Verbo Divino 1993.