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“A partir de la caída
original, el hombre está necesitado de salvación. No hay por
parte de Dios necesidad alguna de restaurar el orden destruido
por el pecado, pero sí por parte del hombre. Desde siempre en
la creencia del Antiguo Testamento y, en la doctrina
cristiana, existe la convicción de que el hombre caído no
puede redimirse a sí mismo, ya que el pecado afectó
íntimamente a su propia naturaleza. La dimensión del pecado de
origen supone un abismo infinito que es del orden del no-ser
al ser. La redención debe venir, pues, de Dios. Esta
convicción pertenece a la fe de la Iglesia y ha sido definida
dogmáticamente en la sesión VI del Concilio de Trento”. |
Pienso que
uno de los estudios mejor logrados sobre el pecado y la gracia lo
encontramos en la obra de L. F. Ladaria, Teología del pecado
original y la gracia. Madrid, BAC 1993. En este apartado, sigo muy
de cerca lo que expresa este autor en ese libro sobre el pecado.
Nunca ha
resultado fácil hablar de la condición de pecado del ser humano ni
de su relación con el mal o lo malo. ¿Qué significa mal, mal moral,
lo malo? Pues no todo el mal es pecado, pero todo pecado participa
del mal; igualmente, no todo lo malo es pecado, pero todo pecado
participa de lo malo.
No se trata solamente de investigar cuáles fueron los orígenes, sino
también de lo que sigue sucediendo hoy día en nuestras relaciones
recíprocas con Dios y los demás. Tampoco es fácil explicar cómo
todos los seres humanos compartimos una condición pecadora, no
importa de dónde vengan o a qué época pertenezcan. Hay una
dimensión personal y social del pecado, pues no pecamos como
individuos solamente, sino como miembros de la humanidad.
Es útil recordar
también que el vocablo “pecado” no siempre significa lo mismo. Su
uso es más bien análogo, pues cuando hablamos de “pecado original”,
el contenido es distinto de cuando hablamos de “pecado actual” o del
mundo de “pecado”.
El pecado es un misterio para nosotros los humanos, y por eso, en el
último análisis, podemos considerar sus causas y consecuencias, sus
implicaciones y sus matices, pero siempre quedarán aspectos
nebulosos del “Mysterium iniquitatis”.
Conviene también
recordar que un misterio, en el sentido bíblico, es una verdad
escondida que sólo podemos conocer gracias a la revelación divina.
Pero, a pesar de estar oculta, necesita ser revelada porque es
necesaria para la comprensión adecuada de la vida humana y sus
objetivos. Ninguna definición, por buenas que sean sus
insinuaciones y sus matices, podrá agotar el concepto misterioso del
pecado y del mal. De hecho, pecado y mal van tomados de la mano, de
tal manera que aun el pensamiento laico no sabe si separarlos o no,
porque el mal parece ser una parte integrante del ser humano mismo.
El misterio del mal, problema que ha preocupado a mentes gigantes a
lo largo de la historia, es uno que no tiene fácil respuesta. El
hombre bíblico pertenece a ese grupo de pensadores que se plantearon
y siguen planteándose el problema del mal y el pecado que lo
acompaña tantas veces. Veamos qué nos dice al respecto el Antiguo
Testamento.
Antiguo Testamento
En efecto, el Antiguo
Testamento no tiene un vocablo preciso para definir el pecado,
porque los términos que hallamos para describirlo señalan a
diferentes aspectos del pecado. Hata’, ’awa, pasa’ son
algunos de los términos que hallamos, e implican injusticia, romper
con Dios, no dar en el blanco. El pecado presupone una relación
inicial con Dios, y una ruptura con esa relación debido al mal uso
de la libertad humana. El pecado rompe la armonía y la paz en dicha
relación.
El pecado
es una condición opuesta a las bendiciones de Dios. De acuerdo a
Ladaria,
“El pecador es aquel
que “no escucha la voz de Dios”, el que actúa contra la alianza y
contra la paz que es consecuencia de aquélla. El pecado es así, a
la vez que ruptura con Dios, ruptura con la comunidad y destrucción
de la armonía que en ella reina. El concepto veterotestamentario de
pecado implica inevitablemente una relación con la comunidad. De
ahí que al hecho del pecado acompañen unas consecuencias que no se
limitan al pecador concreto. Al pecado sigue la culpa, aquella
situación en que el pecador se coloca y a la que inevitablemente
arrastra a otros, de modo particular, aunque no único, a los
descendientes. (Éx 20, 5; 34, 7; Núm 18, 18). Las manifestaciones
de esta idea se multiplican en el Antiguo Testamento, sobre todo en
el Pentateuco y en los libros históricos (cf. p. ej. Gén 9, 25-27;
1 Sam 2, 32-36; 2 Sam 21, 5; 1 Re 11, 9ss.39, etc.). Pero no haremos
justicia al Antiguo Testamento si no indicamos que no sólo hay
solidaridad para el mal y sus consecuencias negativas, sino también
para el bien. La bendición de Abraham es para todos los pueblos de
la tierra (cf. Gén 12, 3), la mediación de Moisés es en beneficio de
todo el pueblo (cf. P. Ej. Éx 32, 10. 14.30-32); el propio pueblo de
Israel tiene una función de mediación para todas las gentes (cf. Is
42,4; 45, 18-25; 49, 1ss; 55, 3-5)”.
En los libros
históricos, proféticos y sapienciales hallamos también la noción de
la responsabilidad colectiva y el castigo del pecado (Jer 32, 18;
Lam 5,7; Ez 22, 1ss; Eclo. 41, 7; Sab 3, 16; 4,3ss; 4, 3ss; 12,
10s). Jeremías y Ezequiel insisten en la responsabilidad personal,
puesto que los seres humanos tenemos una relación con Dios tanto
como miembros de un pueblo así como personas. En boca de algunos
profetas se hace referencia a la ira de Dios (Cf. Jer 2, 5-8; 3, 25;
7, 22ss; 11, 10; 14, 20; 23, 27; 44, 9ss; Ez 2, 3ss; 16, 44; Os 10,
9; 12, 4.13; Amós 2, 4; Sal 106, 6 etc.)
. De acuerdo a la narración de la protocreación y el protopecado
de Génesis 2-3, el pecado de Adán y Eva se resumen en la
autoafirmación de cara a Dios. En ese sentido, es un paradigma de
todo pecado: es modelo de todos los demás. El pecado es una
autoafirmación rebelde ante Dios, incluso contra Dios. Es la
ruptura de la relación con Dios debido al mal uso de la libertad
humana.
El pecado no aparece
como de uno solo, sino también como el de una comunidad. Les hace
abrir los ojos para ver su desnudez, que es símbolo de la existencia
desprotegida. Al sentirse desprotegidos, los seres humanos se
esconden de Dios y rehúsan reconocer su culpa: Adán acusa a Eva, y
ella acusa a la serpiente. Aquí hay otro paradigma: frecuentemente
rehusamos reconocer nuestra responsabilidad personal y la achacamos
a otro. La pérdida de la amistad con Dios trae consigo la pérdida
de todas sus bendiciones. La prole del hombre y la mujer sufrirán
también esa pérdida, y ellos, a su vez, también pecarán. De hecho,
los primeros once capítulos del Génesis son como una espiral de la
historia continua del pecado y la caída.
Hay una historia continua del pecado, una solidaridad al pecar, que
es universal y que afecta a todos los humanos.
No obstante, hallamos
en el relato algunas semillas de esperanza. Aunque la serpiente es
maldecida, el hombre y la mujer no lo son. Se anuncia incluso el
linaje de la mujer que pisará la cabeza de la serpiente. Hay
relatos de algunos justos, que permanecen fieles al Señor, como la
familia de Noé. La torre de Babel es la conclusión de una parábola
sobre la prehistoria del pecado, arraigada en la soberbia, la
autoafirmación, la desobediencia, la inmoralidad y la rebelión.
El yahvista contempla
una historia universal de pecado que involucra a toda la humanidad,
no sólo a Adán y a Eva. No determina la relación entre el primer
pecado y los siguientes, ni tampoco afirma que el mismo se transmite
por generación. Otros autores no irán tan lejos como el yahvista,
pero aún para ellos, como el elohista (Éx 32) y el deuteronomista (Deut
9), el pecado original consistió en la idolatría, la ruptura con la
alianza. En 1 Sam 8 aparece la petición de un rey como muestra del
origen del pecado, pues es un rechazo de la providencia y protección
de Yahvé. El autor sacerdotal, por su parte, conoce la universalidad
del pecado, pues afirma:
“La
tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: la tierra se llenó
de violencias. Dios miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada,
porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra”
(Gén 6, 11-12).
Toda la humanidad es
responsable por el pecado, y de modo especial, Israel (Cf. Lev 26,
27-43).
La literatura
sapiencial también habla del pecado, pero más para acentuar su
universalidad. Nadie es justo ante Dios
(Prov. 20, 9): “¿Quién
puede decir: «Purifiqué mi corazón, estoy limpio de mi pecado?»
Eclesiastés
7, 20 dice: “Cierto
es que no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca
pecar”.
En Job 4, 17 leemos:
“¿Es
justo ante Dios algún mortal?
¿Ante su Hacedor es
puro un hombre?”
Y el Salmo 51, 7
afirma: “Mira
que en culpa yo nací, pecador me concibió mi madre”.
Podemos
concluir que el Antiguo Testamento en su conjunto conoce la
universalidad del pecado, el efecto que éste tiene en las
generaciones subsiguientes, que el mismo no es querido por Dios y
que sus causas son múltiples: soberbia, desobediencia,
autoafirmación, rebeldía, idolatría. No podemos esperar que la
doctrina sobre el pecado original como subsiguientemente se
desarrollará, se encuentre ya en el Antiguo Testamento. En efecto,
es a la luz del Nuevo Testamento que podemos descubrir la dimensión
real del pecado, porque el problema del mal recibe una nueva
comprensión en el sufrimiento de Dios.
Nuevo Testamento
El
Nuevo Testamento sigue fundamentalmente la misma dirección del
Antiguo Testamento al afirmar tanto la responsabilidad personal,
como el hecho que el pecado no sólo afecta al pecador, sino también
a los demás. La parábola de los obreros asesinos de Marcos 12,
1-12, subraya que la generación que no acepta a Jesús repite lo que
sus antepasados habían hecho con los profetas. Semejante opinión
aparece en el libro de los Hechos 7, respecto al asesinato de
Esteban, donde el autor coloca la muerte de Jesús en continuidad con
la muerte de los profetas. Hay una continuidad entre los pecados de
los padres y el de los hijos. Los escritos joánicos abundan en la
imagen del mundo, refiriéndose con ellos a la esfera pecaminosa de
la conducta humana, que describe todo lo que se opone a Cristo.
Jesús viene a quitar el “pecado del mundo” (Cf. Jn 1, 29; 1 Jn 1,
8ss, Jn 3, 16ss. Destaca la universalidad del pecado y la necesidad
de un nuevo nacimiento en Jn 3, 1ss.
Si saltáramos los
escritos paulinos, no hallaríamos casi ninguna mención del tercer
capítulo del Génesis en el resto del Nuevo Testamente, con algunas
excepciones. Jesús se refiere al Génesis 2, 24 para destacar el
significado original del matrimonio en Marcos 10, 6-8 y en Matero
19, 4-5. En Juan 8, 44 el diablo es descrito como aquel que trajo
la muerte a la humanidad desde el principio, como el padre de la
mentira, que obra en los que rechazan a Jesús.
Pero el verdadero
hamartiólogo del Nuevo Testamento es Pablo.
Las declaraciones de Pablo sobre la universalidad del pecado son muy
claras, especialmente en Rom 3, 23; 11, 32; Gál 3, 22; Ef 2, 3.
Todos hemos pecado. El mundo tiene un modo de pensar que se opone a
la cruz (1 Cor 1, 19-28; 2, 6.12).
Pero dicha solidaridad se da no sólo en pecar, sino también en la
salvación, porque la salvación también es una oferta universal.
Pablo frecuentemente se refiere al paralelo Adán-Cristo,
especialmente en Rom 5, 12-21 y en 1 Cor 15, 21-22. 45-49). Adán y
Cristo representan los dos comienzos de la humanidad: pero Adán está
abocado a la muerte, mientras que Cristo está dirigido a la
resurrección de los muertos.
La vida y la muerte dependen de dos personas que son más que meros
individuos, porque son cabezas de la humanidad, y en ellos nosotros,
de algún modo, estamos presentes. La redención en Cristo es la
respuesta amorosa de Dios a la humanidad pecadora. Nuestra
justificación por medio de la fe, por lo tanto, es gratis, basada en
la obra de Cristo, no en nuestras obras. En la simbología de Pablo,
la trasgresión de un solo hombre conduce al pecado universal, y
mediante el pecado, a la muerte. De igual manera, la obra
justificadora de un solo hombre porta consigo la salvación y la
gracia para todos. Pero esa trasgresión del solo hombre no es
simplemente un pecado concreto, sino que está de alguna manera
conectada a todos nuestros pecados, porque todos hemos pecado, y
hemos contribuido a continuar la historia del pecado y de la
muerte. La cruz es la que manifiesta que el pecado original no es
la acción de un solo hombre, sino también del pecado de toda la
humanidad.
Quisiera concluir este apartado con una observación personal. No
deberíamos ver el pecado como si éste fuera el mensaje principal del
Nuevo Testamento o de los escritos de Pablo. La salvación en Cristo
es el mensaje central. De hecho, no podemos reflexionar sobre el
misterio del pecado sin contemplar el misterio de la redención en
Cristo. En cierto sentido, Cristo, el segundo Adán, es quien
explica lo que le pasó al primer Adán y a todos nosotros. Es el
final lo que aclara el inicio, no lo contrario.
El pecado en la
tradición
No es nuestro objetivo aquí repasar toda la historia del pecado
original. Quiero señalar algunos elementos sobresalientes y,
especialmente, la controversia entre Agustín y los pelagianos. Los
padres apostólicos no desarrollaron mucho el tema en cuestión,
excepto algunas referencias al hecho que la muerte entró al mundo
mediante el pecado de Adán y Eva (Bernabé XII, 5; 1 Clemente 1,
3ss). Justino Mártir dice: “…la raza
humana que había caído desde Adán en la muerte y el error de la
serpiente, haciendo mal cada uno mediante su propia falta”.
Pero no es fácil decir si está hablando
sobre el mal personal, del cual cada individuo es responsable, o
sobre el mal de Adán y la serpiente, responsables de la esclavitud
de la humanidad al pecado y al error. En la homilía pascual de
Melitón de Sardes (c. 180) hallamos una conexión más explícita entre
el pecado de Adán y nuestra condición actual. Habla de Jesús, quien
nos libra de la herencia del pecado espiritual que Adán había dejado
a sus hijos: “no pureza, sino impureza, no incorrupción sino
corrupción, no honor sino deshonor, no libertad sino condena”
(Homilía Pascual 49). Más explícitamente, Ireneo de Lión se refiere
a Romanos 5, 12ss para apoyar su doctrina. Él contempla la doctrina
del pecado original en términos de la redención. Si en el primer
Adán todos hemos pecado, en el segundo Adán todos han sido
reconciliados. Esta reconciliación llega hasta Adán mismo: todo el
género humano estaba unido en el pecado de Adán; todo el género
humano está unido en la redención de Cristo. Todos nosotros,
habiendo pecado en Adán, hemos sido incapacitados para obedecer a
Dios. Pero uno solo, el único inocente, nos reconcilia a nosotros.
Sólo a través de esta reconciliación podemos ser reconciliados (Cf.
Adversus Haereses III, 19, 3; 23, 2). Pero no podemos decir que la
doctrina del pecado original fue desarrollada plenamente por Ireneo.
Otros
pensadores, como Orígenes, se desviarán hacia ideas platónicas, por
ejemplo, afirmando que el mero contacto del alma con el cuerpo hace
impura al alma. De acuerdo a él, es por eso que los niños tenían
que ser bautizados, para que esa impureza pudiera ser borrada del
alma (Homilia VIII en Lev 2-3). Tertuliano, por su parte, vincula
el pecado original con la práctica del bautismo de párvulos pues, de
acuerdo a él, todas las almas son impuras mientras están unidas a
Adán y no a Cristo (Cf De Baptismo 18, 4s; De anima 40, 1).
Entre los padres orientales también hallamos la idea
de que el pecado de Adán fue la causa de la corrupción de la
naturaleza, como ellos preferían llamarlo. Basilio insiste en la
herencia del mal que resultó del pecado de Adán. Gregorio
Nacianceno subraya la unidad de todos en Adán. Gregorio de Nisa ve
en el pecado de Adán el pecado de toda la humanidad. Cirilo de
Alejandría habla de la corrupción de la naturaleza y sobre un tipo
de pecado en el cual todos participamos.
En el
occidente, Hilario de Poitiers considera a Adán y a Cristo como
unidos a toda la humanidad. Adán erró, tanto en el sentido de falta
como en el sentido de desviarse, erró lejos del camino correcto. Al
hacerlo, nos hizo errar a todos, es decir, nos desvió lejos de
Dios. Pero Cristo nos reencaminó hacia el rumbo correcto (De
Trinitate X, 26). Para Ambrosiáster, hay una diferencia entre Adán
y Cristo, entre el pecado y la gracia: El pecado reina por un
tiempo, ad tempus, pero la gracia reinará para siempre, in
aeternum (Ambrosiáster, Ad Romanus 5, 21). Ambrosio también
interpreta el pasaje de Romanos 5, 12 como la afirmación de que en
Adán todos hemos pecado “in quo omnes peccaverunt”. La
humanidad puede ser concebida como un todo, y por eso, en Adán
estábamos presentes todos y todos perecimos. Ambrosio distingue,
sin embargo, entre los pecados que hemos heredado de Adán y los
pecados que hemos cometido personalmente. Es por eso que aun los
niños son tocados por el pecado heredado, aunque no hayan cometido
aún un pecado actual.
En todo caso, podemos
recoger al menos cuatro conclusiones de las obras de los pensadores
eclesiásticos anteriores a Agustín
1. La unidad de toda
la humanidad en Adán y en Cristo
2. La herencia
recibida de Adán, que se manifiesta en una especie de corrupción de
la naturaleza de algún modo vinculada al primer pecado.
3. La muerte, la
concupiscencia y los pecados de la “naturaleza” se distinguen del
pecado personal, aunque los pecados personales también se relacionan
con el de Adán.
4. La costumbre del
bautismo de párvulos
Pelagio y Agustín
Agustín conocía casi
toda esta tradición, aunque demostrará mucha creatividad al
desarrollar su propio concepto de pecado. La doctrina de Pelagio es
la que provoca las percepciones agudas de Agustín. Pelagio tenía un
buen objetivo en mente: quería salvar la bondad de la creación y de
la naturaleza, defender la libertad humana y subrayar la capacidad
del ser humano para hacer el bien. La gracia, en cierto sentido,
piensa Pelagio, interfiere con la libertad humana. Igualmente el
pecado. Pero él no ve ningún vínculo entre el pecado de Adán y el
pecado de toda la humanidad. Pelagio se refiere al pecado original
como “contra traducem peccati”. De acuerdo a él, los
que nacen de padres bautizados no deberían tener el pecado
original. Ya que el alma es directamente creada por Dios, sólo el
cuerpo, que viene de los padres, merece la culpa, no así el alma.
Porque si el alma comete pecado, entonces significaría que Dios,
quien perdona los pecados personal, imputa el pecado de otra gente a
los párvulos. Y si el alma, creada directamente por Dios, comete
pecado, entonces Dios sería el autor del pecado.
Al
referirse a Romanos 5, 19: “Así como por la desobediencia de un solo
hombre todos nos convertimos en pecadores, así por la obediencia de
un solo hombre todos seremos justificados. Pelagio dice que este
pasaje hace referencia al mal ejemplo. Adán dio mal ejemplo, y esto
tiene una influencia extrínseca sobre los demás, lo cual los conduce
al pecado. De igual manera, la influencia de Cristo en la redención
es extrínseca, dando buen ejemplo y así conduciendo a la salvación.
De acuerdo a Agustín, Pelagio y sus seguidores insisten en que Dios
nos ha dado el poder, la voluntad y la capacidad de hecho para hacer
el bien, a pesar del poder del pecado. El pecado no debe ser un
impedimento para los humanos, porque Dios les ha dado la posibilidad
y la voluntad para rechazar el pecado siempre a través de su propio
poder. A través de Adán, dice Pelagio, la muerte entra al mundo,
pero no el pecado, porque cada individuo es responsable por su
propio pecado. Yo no soy responsable del pecado de Adán. Por ende,
los niños nacen igual que Adán antes de pecar. Los niños, aun sin
bautismo, pueden llegar a la vida eterna. Todos no mueren a causa
del pecado de Adán, ni resucitarán por el poder de Cristo.
Podríamos aceptar la opinión de aquellos que dicen que Pelagio es un
optimista extremo, que subraya tanto los poderes del ser humano que
prácticamente hace inútil la gracia.
Agustín
responde de muchas maneras, no de una sola.
Y vemos que su pensamiento evoluciona a lo largo de toda la
controversia. Por ejemplo, antes del 396 escribió De libero
arbitrio, donde afirma que los párvulos que no han pecado tendrán un
lugar intermedio entre los buenos y los impíos en el juicio final.
Pero en el 396, cuando escribió De diversis quaestionibus ad
Simplicianum, insiste en la massa peccati, por la cual la
consecuencia del pecado de Adán se extiende sobre toda la humanidad:
Una est enim ex Adam massa peccatorum et impiorum” (I 2, 19)
y “Una massa omnium veniens de traduce peccati” (I 2, 20).
Todos hemos nacido con
las consecuencias de ese pecado. En este libro el ya usa el término
“pecado original”, para distinguirlo de los pecados actuales que
cometemos a nivel personal. Alrededor del 412, en su De peccatorum
meritis et remissione, escrito explícitamente contra los pelagianos,
afirma siete principios sobre el pecado original, a los cuales
añadirá otros cinco más adelante. Los siete principios de la
doctrina de Agustín sobre el pecado original son:
1. El pecado de Adán
nos ha convertido a todos en pecadores, porque en él todos somos
uno, todos hemos pecado en él.
2. Este
pecado no se debe a nuestra propia voluntad, pero hemos heredado la
culpa de Adán.
3. El
pecado personal agrava la situación de cada individuo. A través de
una sola trasgresión (Rom 5, 15) todos somos conducidos a la condena
a menos que la gracia del Salvador nos libre.
4. El
pecado original no sólo nos separa del reino de Dios, sino que
también nos aleja de la salvación y la vida eterna.
5. El
único pecado trasmitido es el pecado de Adán, no los otros pecados
de nuestros antecesores. Esto sucede mediante la generación, no por
la imitación, como parecía sugerir Pelagio. Del mismo modo, no
podemos ser salvados y justificados imitando a Cristo si nos falta
la gracia del Espíritu Santo.
6. Este
pecado afecta aun a los niños, de tal manera que están destinados a
la condena si mueren sin bautismo.
7. Los
padres trasmiten la vida como generados, no como regenerados. Es
por eso que los niños de padres bautizados necesitan el bautismo,
porque todos necesitan lavar mediante la regeneración del bautismo
lo que han contraído por la generación natural.
En obras como De gratia
Christi et de peccato originale, De natura et origine animae, Contra
Julianum, y otras, añade cinco principios más:
1. La
generación es realizada en la concupiscencia. Para Agustín, la
herencia del pecado es tan subrayada, que a veces él tiene
dificultad para reconciliarla con la doctrina de la creación del
alma directamente por Dios. Vaciló en dar una solución completa a
este problema.
2. Agustín, sin
embargo, afirmó su doctrina sobre el pecado original no sólo para
enseñar la universalidad del pecado, sino también para defender la
universalidad de la redención en Cristo. Sólo por su interés en la
redención recoge él la cuestión del pecado. Así como sus
adversarios, a Agustín le interesa más la gracia, pero el pecado
original inevitablemente está relacionado a la gracia. Si los niños
no tienen pecado, entonces no necesitan a Cristo. Esto sería
inadmisible, y precisamente esa es la herejía pelagiana, porque sólo
la unión con Cristo puede llevarnos a la vida eterna. Como esa
unión sólo tiene lugar por el bautismo, este sacramento es necesario
para todos.
3. El bautismo de
párvulos es verdaderamente necesario para la remisión del pecado.
En aquellos niños que no han pecado personalmente, el pecado
original queda perdonado por el bautismo. Si los niños no tienen
pecado, eso significaría que no tienen necesidad de redención, y por
lo tanto, que Cristo no ha muerto por ellos. La salvación en Cristo
es necesaria para todos; por eso, tenemos que afirmar la existencia
de este pecado universal en el cual todos nos hemos convertido en
pecadores.
4. Aunque el pecado
original no es voluntario en cada persona, no podemos considerarlo
ajeno a los seres humanos, porque en Adán tenemos origen todos
nosotros.
5. Toda la humanidad,
en cuanto está fuera de Cristo, es una “massa damnata” de la
cual sólo podemos salir mediante la gracia de Cristo.
Es importante recordar
que la iglesia universal no ha adoptado todas estas doctrinas.
Algunas sí, otras no. Pero es mérito de Agustín el haber vinculado
la universalidad del pecado con la universalidad de la redención.
Su insistencia en la gracia, como reacción a la autosuficiencia
pelagiana, es un corolario de su insistencia en la necesidad de la
redención en Cristo. Otros aspectos de su enseñanza permanecen
oscuros, y muchas de sus formulaciones fueron rechazadas o ignoradas
en pronunciamientos magisteriales futuros. Pero, sin lugar a dudas,
la teología occidental le debe mucho a Agustín.
Podemos ahora ofrecer
una definición preliminar para el pecado
Peccatum est aversio a
Deo, fine ultimo, per voluntariam conversionem ad creaturas. (El
pecado es una aversión a Dios, fin último, mediante la conversión
voluntaria a las creaturas).
Pronunciamientos del magisterio
El
sínodo de Cartago del 411 condenó a Celestio, seguidor de Pelagio,
pero otro concilio en Dióspolis, en el año 415, rehabilitó a Pelagio.
Los obispos africanos convocan sínodos para Cartago y Mileve en el
416. El papa Inocencio I les envió una carta insistiendo en el
primado de la sede romana, y afirma la necesidad del bautismo de
párvulos (DS 219). En el año 418, otro concilio en Cartago afirma
la posibilidad real que tuvo Adán de no morir antes de cometer el
pecado, y el hecho que la muerte física es consecuencia del pecado (DS
222). Es también la primera vez que hallamos los términos “pecado
original” en un documento oficial de la Iglesia. También enseña la
necesidad del bautismo de párvulos para la remisión de los pecados (DS
223). El papa Zósimo en su carta “tractoria” del 418 aprobó los
cánones del concilio de Cartago del 418. Más de once siglos más
tarde, el concilio de Trento, en su decreto sobre el pecado
original, adoptará este mismo canon, añadiéndole otros elementos.
Otro
concilio importante de la antigüedad fue el Segundo Concilio
Provincial de Orange, en el año 529. Retoma la cuestión del pecado
original. En su primer canon señala que el ser humano completo,
tanto el cuerpo como el alma, ha sido negativamente afectado como
consecuencia del pecado original; pero que el libre albedrío se
mantuvo preservado. Este segundo canon señala que el pecado de Adán
lo afecto no sólo a él, sino también a sus descendientes,
trasmitiéndole a ellos no sólo la muerte física, sino también la
muerte espiritual, que es el pecado.
La
teología medieval sólo desarrolla un poco más estas doctrinas.
Pedro Lombardo parece haber identificado la concupiscencia con el
pecado original: “Quod originalis peccatum dicitur fomes peccati,
id est, concupiscentia.” (Sententiae II, dist. XXX, 8) ¿Por qué?
Porque de acuerdo a Lombardo, el pecado original es la culpa
trasmitida por los padres a los hijos “concupiscentialiter”
(por medio de la concupiscencia) (Sententiae II, dist. XXX, 7). San
Anselmo de Aosta y Canterbury sigue otra ruta. Para él, el pecado
es una ofensa contra el honor de Dios. Al pecar, Adán se hizo
culpable de este crimen. Esto le afecta a él personalmente, en
primer lugar, pero en cuanto él era cabeza de toda la humanidad, y
como todos nacimos de él, afectó también a sus hijos. Todos pecamos
cuando él pecó. (De conceptione virginale et de peccato originale,
Cf. c. 2. 7). Como consecuencia, recibimos nuestra naturaleza tal
como él la tenía después del pecado, privada de la justicia original
que se le debía. Al hacer esto, Anselmo se aleja de aquellos que
hallaban en la concupiscencia la esencia del pecado original. Los
seres humanos venimos al mundo en un estado distinto a come
debiéramos, en un estado peor, determinado por la falta de esta
gracia original, por la ausencia de la justicia debida, causada por
el pecado de Adán.
Santo
Tomás de Aquino desarrollará una síntesis de ambas corrientes. El
pecado original, de acuerdo a Tomás, es formalmente la privación (defectus)
de la justicia original, pero materialmente es la concupiscencia (S.T.
I II, 82, 3). Es un pecado de la naturaleza, que pertenece a cada
persona en cuanto él o ella reciben la naturaleza del primer
hombre. Adán perdió la justicia original para toda la humanidad.
El pecado trasmitido es sólo el de Adán, no los pecados personales
de los padres, porque ellos engendran un nuevo ser humano no como
individuos, sino como miembros de la especie humana (ST I II, 81,
1-2). Hay muchos efectos del pecado original, pero los principios
de la naturaleza en sí misma no se pierden: el libre albedrío y la
razón. Ambos ahora están menos inclinados a la virtud, y han sido
debilitados por el pecado original, pero no han sido totalmente
destruidos (ST I II 85, 1). El pecado original ha dejado al hombre
privado del auxilio de la justicia original (ST I II 87, 7).
También distingue Tomás entre la “poena damni”, el castigo del
pecado original, que es la privación de la visión beatífica, y la
“poena sensus”, que es el castigo debido por los pecados personales
(In II Sententiae, d. 33, 2, 1-2; ST I II 87, 5; III 1, 4)
La reforma y Trento
Con el pelagianismo y
las controversias subsiguientes, la Iglesia se enfrentó ante el
problema del “optimismo a ultranza”, que negaba el poder de la
gracia. La situación cambia en el período de la Reforma. Lutero ve
a los seres humanos bajo el peso del pecado como corruptos,
necesitados de la gracia y la salvación desde lo profundo de su
ser. De hecho, después de su entrenamiento inicial en teología, la
lucha de Lutero será expresar en forma existencial la doctrina del
pecado original. Debemos recordar que durante la época de Lutero,
el pecado original había sido reducido por el escolasticismo a la
pérdida o privación de la “justicia original” (Lutero mismo lo
afirma en su comentario a Romanos 5, 14).
El pecador
es una persona concreta, que existe aquí y ahora, y el pecado es una
fuerza que lo confronta contra Dios y lo hace resistir a Dios. Es
la condición carnal de los seres humanos que puede reducirse a una
falta de fe. Sólo podemos conocer el pecado por lo que nos dice la
Palabra de Dios en la ley, porque el hombre quiere afirmarse a sí
mismo y no quiere entender la existencia como un don de Dios. El
pecado original, de acuerdo a Lutero, es el mayor pecado, que lleva
consigo la pérdida de los poderes y facultades del ser humano. Este
pecado es originalmente una falta personal de Adán, pero se hace
personal en cada uno de nosotros por la concupiscencia que
experimentamos y que se puede identificar con el pecado original
mismo. Es la inclinación al mal y la imposibilidad de hacer el bien
y, concretamente, de amar a Dios. La consecuencia del pecado
original es la corrupción total de la naturaleza humana.
Lutero no
puede aceptar la doctrina escolástica según la cual la naturaleza
humana, aunque herida por el pecado, no quedó totalmente
corrompida. Al contrario, la naturaleza humana es en sí mismo
corrupta, en cuanto busca su fundamento en sí misma y no en Dios.
Por eso, ya que el ser humano está corrompido en su relación con
Dios, toda su persona humana está en un estado negativo. Por otra
parte, de acuerdo a Lutero, el ser humano corrompido por el pecado,
no queda libre de la concupiscencia ni mediante el bautismo ni
mediante la fe. Luego, es a la misma vez justo y pecador. Dios, en
su misericordia, no toma en cuenta los pecados del ser humano,
gracias a los méritos de Cristo. Pero el ser humano, aun después de
su conversión, permanece pecador.
Los otros
reformadores se mueven más o menos dentro de esta misma
perspectiva. Pero en Melanchton, junto con la tradición agustiniana
que identificaba el pecado con la concupiscencia, hallamos la
tradición anselmiana que identifica el pecado con la privación de la
justicia original. Las consecuencias del pecado son la inclinación
al pecado, la enajenación de Dios, el reino de la pasión.
Melanchton no ve ningún problema con aceptar la transmisión
hereditaria del pecado de Adán a sus descendientes. El pecado
permanece después del bautismo, aunque no se le imputa al ser humano.
Zwingli también
defendió la no-imputación del pecado al ser humano. Calvino habla
de una corrupción de la naturaleza que no viene de la naturaleza
misma, pero que comenzó después de la creación; es una corrupción
“natural”, en el sentido de que nacimos con ella. En general, los
reformadores mantienen su doctrina dentro de la tradición
agustiniana, e insisten más en la experiencia personal de la
concupiscencia que en las nociones abstractas del escolasticismo.
Del mismo modo, atribuyen más importancia a la corrupción de la
naturaleza que al pecado de Adán, que fue su origen. Pero, aparte
de los muchos matices, la doctrina del pecado original es una de
aquellas donde hay concordancia entre la tradición de la reforma y
la católica. Por eso, no podemos entender todas las afirmaciones
del concilio de Trento como una mera confrontación contra Lutero y
los otros reformadores. De hecho, la Confesión de Augsburg afirma
“Después de la caída de
Adán, todos los hombres engendrados de acuerdo a la naturaleza nacen
con el pecado, es decir, sin temor a Dios, sin confianza en Dios, y
con la concupiscencia; y este pecado o vicio de origen es
verdaderamente un pecado que condena y conduce aún ahora a la muerte
eterna a quienes no han renacido por el bautismo y el Espíritu
Santo”.
El concilio de Trento
El concilio de Trento explícitamente trabajó el pecado original en
su quinta sesión. El decreto del 17 de junio de 1546, incluye una
introducción y seis cánones. Los primeros cuatro cánones y el
sexto, no abordan la controversia con la reforma. Sólo el quinto
canon directamente confronta a los reformadores. El canon 1 cita al
II concilio de Orange del 529, y añade que las consecuencias del
pecado original son la pérdida de la santidad y la justicia,
mediante las cuales hemos provocado la ira de Dios, y así hemos
incurrido en la pena de muerte. El pecado ha afectado todos los
poderes del alma y el cuerpo, pero hay una integridad relativa en la
naturaleza humana aun después del pecado. La naturaleza humana ha
sido afectada por el pecado original, y las facultades del ser
humano han sido debilitadas, pero no totalmente perdidas. El canon
2 también cita el II concilio de Orange, diciendo que los efectos
del pecado original transmitidos a los descendientes de Adán son la
pérdida de la justicia original y la santidad, el dolor corporal y
la muerte, aparte del pecado, que es la muerte del alma. El canon 3
afirma la absoluta necesidad de Cristo para la salvación, y más
explícitamente, para la remisión del pecado original. Las fuerzas
de la naturaleza humana y ningún otro poder serían suficientes.
Cristo es el único mediador entre Dios y los seres humanos que nos
reconcilia con Dios por su sangre.
El mérito de Cristo es aplicado a todos los seres humanos, adultos y
niños, mediante el sacramento del bautismo. El pecado original es
singular en su origen y se transmite mediante la generación y no
mediante la imitación, y existe en cada individuo como suyo propio,
no sólo imputado extrínsecamente. El canon 4 es la base y la
justificación para la práctica del bautismo de párvulos. Reclama la
tradición de los apóstoles respecto al bautismo de párvulos y la
necesidad de que los niños nacidos de padres bautizados también sean
bautizados. Esto probablemente se dirigía a algunas ideas
calvinistas sobre la salvación de los niños a través de la fe de sus
padres, y también a algunas tendencias anabaptistas del tiempo.
Pero, más explícitamente, es el canon 5 el que directamente se opone
a la doctrina de los reformadores. Afirma que la gracia conferida
por el bautismo realmente perdona el “reato” del pecado original,
queriendo decir que elimina todo lo que es propia y verdaderamente
pecado, y que éste es cancelado, y no sólo no-imputado, o eliminado
sólo exteriormente, mientras mantiene su raíz. La concupiscencia
permanece en el bautizado para la lucha (ad agonem). Pero no puede
dañar a quienes no consienten a ella y se oponen mediante la gracia
de Cristo. Aunque parece que Pablo llama pecado a la concupiscencia
(como en Rom 6, 12 ss; 7, 7. 14-20), la Iglesia Católica nunca
entendió la concupiscencia en los renacidos como propiamente
pecado. Pero la ha llamado pecado porque deriva del pecado e
inclina al mismo. La concupiscencia causa una inclinación al
pecado, debilita el libre albedrío, pero no lo destruye
completamente. Con el auxilio de la gracia, el bautizado puede
combatir contra esta inclinación y derrotarla en muchas ocasiones.
El justificado no permanece propia y estrictamente en el pecado.
Pero el estado del ser humano antes de la justificación es
verdaderamente pecado. Esta condición de pecado en la cual nace el
ser humano es previa a cualquier acto de su propia voluntad; y
deriva de un pecado original originante, que el concilio identifica
con el pecado de Adán, cabeza del género humano, del cual todos
descendemos.
El concilio
no dice cómo el pecado de Adán se hace pecado propio en cada
individuo; ni especifica qué es lo que los niños que no han pecado
personalmente verdaderamente heredan del pecado de Adán. El
concilio no quería definir la esencia del pecado original, para no
involucrarse en la discusión entre las diferentes escuelas. Señala
a los efectos del pecado original. Por eso, muchas preguntas
quedaron sin contestar.
Trento
permanece fiel a la tradición, que comienza con Pablo y que
considera la doctrina del pecado original como subordinada a la
redención en Cristo, cuya redención también toca a todos los seres
humanos. El canon 6 simplemente indica que todo lo que el concilio
enseña sobre el pecado original, no se puede aplicar a la Virgen
Madre de Dios, María Santísima.
Las únicas
otras controversias intracatólicas respecto al pecado original
después de Trento fueron la de Miguel de Bayo y el jansenismo.
El pecado original
originante y el pecado original originado.
Luego de
esta breve historia del desarrollo de la doctrina respecto al pecado
original, estamos listos para hacer algunas observaciones
teológicas. Los teólogos hablan del pecado original originante y el
pecado original originado. El pecado original originante se refiere
al pecado actual de Adán, a través de quien el pecado y la muerte
entraron en el mundo. El pecado original originado es nuestro tipo
de pecado, es decir, lo que heredamos antes de cualquier pecado
personal actual de parte nuestra. Hay varios modos de presentar
ambos tipos de pecado, y los teólogos tienen libertad para especular
al respecto, siempre y cuando la doctrina principal no se olvide.
Por
ejemplo, Teilhard de Chardin vinculó el pecado original a la
evolución, explicando que el pecado original es el resultado del
caos o desorden que siempre aparece, por leyes estadísticas, cuando
un sistema se está organizando. Hay una tendencia en la materia de
ascender gradualmente hacia una existencia más espiritual. El
pecado es un resultado necesario de la unificación de lo múltiple.
El mal, el dolor físico, la falta moral, se introduce en el mundo
como elemento de este ser participado. El pecado original,
entonces, sería transhistórico, y no simplemente un elemento de la
historia concreta. Representa la ley de la falta perenne de la
humanidad en cuanto está en proceso. Sólo Cristo conquista en sí
mismo y en nosotros esta resistencia humana contra la unificación y
la ascensión espiritual que se halla en la materia.
Desde la teología de la
liberación, Juan Luis Segundo proponía que, aunque la vida humana
comenzó en la tierra, hay fuerzas antievolucionarias, que pueden ser
identificadas con la entropía, y que se oponen a la marcha adelante
de la evolución. El pecado es análogo a la entropía:
antievolucionario, se opone a Cristo. Es la lucha entre las fuerzas
de la evolución las que tienden a converger en Cristo contra las
fuerzas de la entropía que, a medida que la libertad aparece en el
horizonte, se manifiestan como pecado. Un pecado que aparece mucho
antes que nosotros, pero que nos pertenece personalmente y también a
la comunidad en la cual nacemos (Cf. Teología abierta. Madrid, 1983,
345-486 y 434-435). En este sentido, el pecado del cual nos libera
Cristo es mucho más “original” que el pecado de un ancestro común.
La redención es la base para nuestra solidaridad como raza humana y
nuestra unidad con el resto del universo.
Piet
Schoonenberg, “El hombre en pecado” (Mysterium salutis), impactó la
teología católica hace unos cuarenta años, cuando propuso presentar
el pecado original dentro de un marco más amplio: el pecado del
mundo. Cuestionó por qué habría que darle tanta importancia al
pecado de Adán. Tal vez sería más correcto decir que el pecado de
todos nosotros, junto con el primer pecado, nos coloca en una
situación de privación de gracia. De acuerdo a Schoonenberg, la
universalidad del pecado no se produjo al principio, sino sólo
después. Ya que el magisterio de la Iglesia siempre ha asociado la
universalidad del pecado original con la necesidad del bautismo,
estamos obligados a afirmar esta universalidad desde el momento en
que el bautismo comenzó a existir. Podemos concluir, según él, que
fue en el rechazo concreto de Cristo, su muerte en la cruz, que se
dio la acumulación definitiva del pecado: una especie de “segunda
caída definitiva”, que consumó la historia del pecado. Esto le
causó varios problemas con el magisterio y Schoonenberg
eventualmente abandonó esta tesis.
Hoy día, la mayoría de
los teólogos afirman que debemos dar relevancia al primer pecado,
aunque el modo en que cada cual lo explica es diferente. La mayoría
está de acuerdo que, aunque todos los pecados afectan la condición
presente de la humanidad, la primera caída está demasiado arraigada
en la Escritura y la tradición de la Iglesia como para echarla a un
lado.
Si los pecados de los individuos de alguna manera condicionan los
pecados de otros individuos, esta cadena debió haber comenzado en
algún punto. Fuera o no fuera un pecado singular o colectivo, la
primera caída ha tenido un efecto desencadenador para el resto de la
historia.
Es
necesario dar más énfasis, sin embargo, a una reflexión sobre los
efectos de la redención de la humanidad y la posibilidad de la
mediación del bien.
“La buena noticia de
Jesús nunca viene expresada en términos negativos (de pecado,
prohibición, condena…), sino en términos positivos (de salvación,
gracia, liberación…). Más que de pecado de condenación, los
evangelios tratan de la gracia y del perdón como contenido de la
actividad de Jesús, tanto de su enseñanza como de su praxis”
La
justificación plena del pecador es un bien escatológico,
ciertamente, pero esto no nos excusa de tratar de combatir el poder
del pecado mediante el poder del bien y de la gracia. Ahora tenemos
un poder que nuestros antepasados no tenían: la agraciada redención
de Jesucristo, que Pablo llamó sobreabundante. Esta sobreabundancia
de la gracia frecuentemente es olvidada, y es necesario desarrollar
una teología más “optimista”, no en el sentido pelagiano de
autosuficiencia, sino en el sentido del poder de la resurrección.
La resurrección sembró la historia humana con un irrevocable
optimismo.
Habiendo visto ya, la
reflexión teológica sobre el pecado, pasemos a considerar lo que
constituye la situación actual del mundo, o al menos, una posible
interpretación de fuerzas principales que afectan nuestra sociedad.
Pues es a ese mundo al que debemos dirigir el anuncio de la
abundante redención.
J.
Palma, “Jesucristo, único mediador”. Bajo Redención en
www.google.com
Cf. S.
Bastianel, “Il male morale: persona e storia” en
AA.VV. Mysterium iniquitatis.
Il problema del male. A cura di Gian Luigi Brena. Roma,
Librería Editrice Gregoriana 1996, 36-44.
Ibid.,
66. Cf. M. Pastrello, “J. Maritain e la sofferenza di Dio: un
approfondimento” en
AA.VV. Mysterium iniquitatis. Il problema del
male. A cura di Gian Luigi Brena. Roma, Librería Editrice
Gregoriana 1996, 271: “Si a nivel de la fe fue la pasión de
Cristo la que nos ha revelado el misterio del sufrimiento de
Dios, también la metafísica debe buscar restituirnos completa la
verdadera imagen del rostro de Dios, en un esfuerzo de
comprender racionalmente el sentido del dolor, del sufrimiento,
de la angustia…No se trata solamente de una abstracta disputa
teológica, sino de una disputa que involucra el significado de
la vida del hombre.” Allí la escritora cita a J. Galot, “La
révélation de la souffrance de Dieu” Science et Esprit 31
(1979), p. 170: “… Nada desilusiona más a los hombres que la
presentación de un Dios impasible, inaccesible a los
sufrimientos humanos. Sólo un Dios que sufre, que compadece
todos los dolores de los hombres, puede ser el Dios que tiene el
máximo amor por la humanidad.”
La tradición
católica no ha seguido esta conclusión tan drástica de Agustín,
pues ha evitado definir que los niños que mueren sin bautismo se
condenan. La misericordia de Dios, por caminos conocidos sólo
por Él, proveerá para su salvación. No hay ninguna definición
magisterial al respecto, aunque en la tradición se desarrolló la
teoría del limbo de los niños.
Cf. R. Swinburne, op. cit, 121,
232. Ver
también: La Comisión Teológica Internacional estudia la
cuestión del Limbo.
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 2 diciembre 2005 (ZENIT.org).-
Pronto se publicará un documento sobre los niños que han
fallecido sin ser bautizados, ha anunciado el prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, el arzobispo William
Levada. La cuestión del «Limbo» ha sido uno de los argumentos
que ha afrontado la sesión plenaria anual de la Comisión
Teológica Internacional, reunida en el Vaticano hasta este
viernes.
Monseñor Levada, quien por su cargo también es presidente de
esta Comisión, ha explicado en declaraciones a «Radio Vaticano»,
ha explicado que la discusión sobre este argumento, que incluía
la cuestión de la existencia del Limbo «ha sido muy provechosa».
«Se puede esperar que en un tiempo razonablemente breve el
estudio emprendido por la Comisión Teológica tenga un resultado
positivo de cara a la eventual publicación de un documento al
respecto», explica.
Los documentos de
esta Comisión no forman parte del Magisterio de la Iglesia, pero
buscan ayudar a la Santa Sede y especialmente a la Congregación
para la Doctrina de la Fe a examinar cuestiones doctrinales de
mayor importancia. «En el momento actual de relativismo cultural
y de pluralismo religioso --reconoce el arzobispo Levada-- el
número de niños no bautizados aumenta considerablemente. En esta
situación, los caminos para alcanzar la salvación parecen cada
vez más complejos y problemáticos». La Iglesia --explica el
prelado estadounidense--, es consciente de que la salvación
«sólo se puede alcanzar en Cristo por medio del Espíritu. Pero
no puede dejar de reflexionar, en cuanto madre y maestra, sobre
la suerte de los hombres creados a imagen de Dios, y de manera
particular de los más débiles y de quienes todavía no tienen el
uso de razón y de la libertad».
Hablando del Limbo,
el secretario general de la Comisión Teológica Internacional, el
padre Luis Ladaria, S.I., ha explicado a los micrófonos de la
emisora pontificia, «que ante todo tenemos que decir que sobre
este punto no hay una definición dogmática, no hay una doctrina
católica que sea vinculante». «Sabemos que durante muchos siglos
se pensaba que estos niños iban al Limbo, donde gozaban de una
felicidad natural, pero no tenían la visión de Dios. A causa de
los recientes desarrollos no sólo teológicos, sino también del
Magisterio, esta creencia hoy está en crisis», aclara.
Para entender la cuestión hay
tres claves fundamentales que el padre Ladaria expresa así:
«Tenemos que comenzar por el hecho de que Dios quiere la
salvación de todos y que no quiere excluir a nadie; tenemos que
fundamentarnos en el hecho de que Cristo ha muerto por todo los
hombres y de que la Iglesia es un sacramento universal de
salvación, como enseña el Concilio Vaticano II». «Por tanto
--concluye--, si partimos de estos presupuestos, el problema de
la necesidad del Bautismo se enmarca en un contexto más amplio».
Por R. P. Jorge R.
Colón, C.Ss.R.
1 de
enero de 2007
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