"Dando la vida por la abundante Redención"

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Capítulo IV

El Pecado

“A partir de la caída original, el hombre está necesitado de salvación. No hay por parte de Dios necesidad alguna de restaurar el orden destruido por el pecado, pero sí por parte del hombre. Desde siempre en la creencia del Antiguo Testamento y, en la doctrina cristiana, existe la convicción de que el hombre caído no puede redimirse a sí mismo, ya que el pecado afectó íntimamente a su propia naturaleza. La dimensión del pecado de origen supone un abismo infinito que es del orden del no-ser al ser. La redención debe venir, pues, de Dios. Esta convicción pertenece a la fe de la Iglesia y ha sido definida dogmáticamente en la sesión VI del Concilio de Trento”[1].

         Pienso que uno de los estudios mejor logrados sobre el pecado y la gracia lo encontramos en la obra de L. F. Ladaria, Teología del pecado original y la gracia. Madrid, BAC 1993.  En este apartado, sigo muy de cerca lo que expresa este autor en ese libro sobre el pecado. 

            Nunca ha resultado fácil hablar de la condición de pecado del ser humano ni de su relación con el mal o lo malo.  ¿Qué significa mal, mal moral, lo malo?   Pues no todo el mal es pecado, pero todo pecado participa del mal; igualmente, no todo lo malo es pecado, pero todo pecado participa de lo malo[2].  No se trata solamente de investigar cuáles fueron los orígenes, sino también de lo que sigue sucediendo hoy día en nuestras relaciones recíprocas con Dios y los demás.  Tampoco es fácil explicar cómo todos los seres humanos compartimos una condición pecadora, no importa de dónde vengan o a qué época pertenezcan.  Hay una dimensión personal y social del pecado, pues no pecamos como individuos solamente, sino como miembros de la humanidad[3].

            Es útil recordar también que el vocablo “pecado” no siempre significa lo mismo.  Su uso es más bien análogo, pues cuando hablamos de “pecado original”, el contenido es distinto de cuando hablamos de “pecado actual” o del mundo de “pecado”[4] El pecado es un misterio para nosotros los humanos, y por eso, en el último análisis, podemos considerar sus causas y consecuencias, sus implicaciones y sus matices, pero siempre quedarán aspectos nebulosos del “Mysterium iniquitatis”[5].

            Conviene también recordar que un misterio, en el sentido bíblico, es una verdad escondida que sólo podemos conocer gracias a la revelación divina.  Pero, a pesar de estar oculta, necesita ser revelada porque es necesaria para la comprensión adecuada de la vida humana y sus objetivos.  Ninguna definición, por buenas que sean sus insinuaciones y sus matices, podrá agotar el concepto misterioso del pecado y del mal.  De hecho, pecado y mal van tomados de la mano, de tal manera que aun el pensamiento laico no sabe si separarlos o no, porque el mal parece ser una parte integrante del ser humano mismo[6].

            El misterio del mal, problema que ha preocupado a mentes gigantes a lo largo de la historia, es uno que no tiene fácil respuesta.  El hombre bíblico pertenece a ese grupo de pensadores que se plantearon y siguen planteándose el problema del mal y el pecado que lo acompaña tantas veces.  Veamos qué nos dice al respecto el Antiguo Testamento.

Antiguo Testamento

            En efecto, el Antiguo Testamento no tiene un vocablo preciso para definir el pecado, porque los términos que hallamos para describirlo señalan a diferentes aspectos del pecado.  Hata’, ’awa, pasa’ son algunos de los términos que hallamos, e implican injusticia, romper con Dios, no dar en el blanco.  El pecado presupone una relación inicial con Dios, y una ruptura con esa relación debido al mal uso de la libertad humana.  El pecado rompe la armonía y la paz en dicha relación[7]

            El pecado es una condición opuesta a las bendiciones de Dios.  De acuerdo a Ladaria, 

“El pecador es aquel que “no escucha la voz de Dios”, el que actúa contra la alianza y contra la paz que es consecuencia de aquélla.  El pecado es así, a la vez que ruptura con Dios, ruptura con la comunidad y destrucción de la armonía que en ella reina.  El concepto veterotestamentario de pecado implica inevitablemente una relación con la comunidad.  De ahí que al hecho del pecado acompañen unas consecuencias que no se limitan al pecador concreto.  Al pecado sigue la culpa, aquella situación en que el pecador se coloca y a la que inevitablemente arrastra a otros, de modo particular, aunque no único, a los descendientes. (Éx 20, 5; 34, 7; Núm 18, 18).  Las manifestaciones de esta idea se multiplican en el Antiguo Testamento, sobre todo en el Pentateuco y en los libros históricos (cf.  p. ej. Gén 9, 25-27; 1 Sam 2, 32-36; 2 Sam 21, 5; 1 Re 11, 9ss.39, etc.). Pero no haremos justicia al Antiguo Testamento si no indicamos que no sólo hay solidaridad para el mal y sus consecuencias negativas, sino también para el bien.  La bendición de Abraham es para todos los pueblos de la tierra (cf. Gén 12, 3), la mediación de Moisés es en beneficio de todo el pueblo (cf. P. Ej. Éx 32, 10. 14.30-32); el propio pueblo de Israel tiene una función de mediación para todas las gentes (cf. Is 42,4; 45, 18-25; 49, 1ss; 55, 3-5)”[8].

            En los libros históricos, proféticos y sapienciales hallamos también la noción de la responsabilidad colectiva y el castigo del pecado (Jer 32, 18; Lam 5,7; Ez 22, 1ss; Eclo. 41, 7; Sab 3, 16; 4,3ss; 4, 3ss; 12, 10s).  Jeremías y Ezequiel insisten en la responsabilidad personal, puesto que los seres humanos tenemos una relación con Dios tanto como miembros de un pueblo así como personas.  En boca de algunos profetas se hace referencia a la ira de Dios (Cf. Jer 2, 5-8; 3, 25; 7, 22ss; 11, 10; 14, 20; 23, 27; 44, 9ss; Ez 2, 3ss; 16, 44; Os 10, 9; 12, 4.13; Amós 2, 4; Sal 106, 6 etc.)[9] . De acuerdo a la narración de la protocreación y el protopecado de Génesis 2-3, el pecado de Adán y Eva se resumen en la autoafirmación de cara a Dios.  En ese sentido, es un paradigma de todo pecado: es modelo de todos los demás.  El pecado es una autoafirmación rebelde ante Dios, incluso contra Dios.  Es la ruptura de la relación con Dios debido al mal uso de la libertad humana. 

El pecado no aparece como de uno solo, sino también como el de una comunidad.  Les hace abrir los ojos para ver su desnudez, que es símbolo de la existencia desprotegida.  Al sentirse desprotegidos, los seres humanos se esconden de Dios y rehúsan reconocer su culpa: Adán acusa a Eva, y ella acusa a la serpiente.  Aquí hay otro paradigma: frecuentemente rehusamos reconocer nuestra responsabilidad personal y la achacamos a otro.  La pérdida de la amistad con Dios trae consigo la pérdida de todas sus bendiciones.  La prole del hombre y la mujer sufrirán también esa pérdida, y ellos, a su vez, también pecarán.  De hecho, los primeros once capítulos del Génesis son como una espiral de la historia continua del pecado y la caída[10].  Hay una historia continua del pecado, una solidaridad al pecar, que es universal y que afecta a todos los humanos. 

No obstante, hallamos en el relato algunas semillas de esperanza.  Aunque la serpiente es maldecida, el hombre y la mujer no lo son.  Se anuncia incluso el linaje de la mujer que pisará la cabeza de la serpiente.  Hay relatos de algunos justos, que permanecen fieles al Señor, como la familia de Noé.  La torre de Babel es la conclusión de una parábola sobre la prehistoria del pecado, arraigada en la soberbia, la autoafirmación, la desobediencia, la inmoralidad y la rebelión[11].

            El yahvista contempla una historia universal de pecado que involucra a toda la humanidad, no sólo a Adán y a Eva.  No determina la relación entre el primer pecado y los siguientes, ni tampoco afirma que el mismo se transmite por generación.  Otros autores no irán tan lejos como el yahvista, pero aún para ellos, como el elohista (Éx 32) y el deuteronomista (Deut 9), el pecado original consistió en la idolatría, la ruptura con la alianza.  En 1 Sam 8 aparece la petición de un rey como muestra del origen del pecado, pues es un rechazo de la providencia y protección de Yahvé. El autor sacerdotal, por su parte, conoce la universalidad del pecado, pues afirma:

La tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: la tierra se llenó de violencias. Dios miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra” (Gén 6, 11-12).

Toda la humanidad es responsable por el pecado, y de modo especial, Israel (Cf. Lev 26, 27-43)[12].

            La literatura sapiencial también habla del pecado, pero más para acentuar su universalidad.  Nadie es justo ante Dios

(Prov. 20, 9): ¿Quién puede decir: «Purifiqué mi corazón, estoy limpio de mi pecado?»

  Eclesiastés 7, 20 dice: Cierto es que no hay ningún justo en la tierra que haga el bien sin nunca pecar”.  

En Job 4, 17 leemos: ¿Es justo ante Dios algún mortal? ¿Ante su Hacedor es puro un hombre?”

Y el Salmo 51, 7 afirma:Mira que en culpa yo nací, pecador me concibió mi madre”.

            Podemos concluir que el Antiguo Testamento en su conjunto conoce la universalidad del pecado, el efecto que éste tiene en las generaciones subsiguientes, que el mismo no es querido por Dios y que sus causas son múltiples: soberbia, desobediencia, autoafirmación, rebeldía, idolatría.  No podemos esperar que la doctrina sobre el pecado original como subsiguientemente se desarrollará, se encuentre ya en el Antiguo Testamento.  En efecto, es a la luz del Nuevo Testamento que podemos descubrir la dimensión real del pecado, porque el problema del mal recibe una nueva comprensión en el sufrimiento de Dios[13].

Nuevo Testamento

            El Nuevo Testamento sigue fundamentalmente la misma dirección del Antiguo Testamento al afirmar tanto la responsabilidad personal, como el hecho que el pecado no sólo afecta al pecador, sino también a los demás.  La parábola de los obreros asesinos de Marcos 12, 1-12, subraya que la generación que no acepta a Jesús repite lo que sus antepasados habían hecho con los profetas.  Semejante opinión aparece en el libro de los Hechos 7, respecto al asesinato de Esteban, donde el autor coloca la muerte de Jesús en continuidad con la muerte de los profetas.  Hay una continuidad entre los pecados de los padres y el de los hijos.  Los escritos joánicos abundan en la imagen del mundo, refiriéndose con ellos a la esfera pecaminosa de la conducta humana, que describe todo lo que se opone a Cristo.  Jesús viene a quitar el “pecado del mundo” (Cf. Jn 1, 29; 1 Jn 1, 8ss, Jn 3, 16ss.  Destaca la universalidad del pecado y la necesidad de un nuevo nacimiento en Jn 3, 1ss[14].

            Si saltáramos los escritos paulinos, no hallaríamos casi ninguna mención del tercer capítulo del Génesis en el resto del Nuevo Testamente, con algunas excepciones.  Jesús se refiere al Génesis 2, 24 para destacar el significado original del matrimonio en Marcos 10, 6-8 y en Matero 19, 4-5.  En Juan 8, 44 el diablo es descrito como aquel que trajo la muerte a la humanidad desde el principio, como el padre de la mentira, que obra en los que rechazan a Jesús.

            Pero el verdadero hamartiólogo del Nuevo Testamento es Pablo[15] Las declaraciones de Pablo sobre la universalidad del pecado son muy claras, especialmente en Rom 3, 23; 11, 32; Gál 3, 22; Ef 2, 3.[16]  Todos hemos pecado.  El mundo tiene un modo de pensar que se opone a la cruz (1 Cor 1, 19-28; 2, 6.12)[17] Pero dicha solidaridad se da no sólo en pecar, sino también en la salvación, porque la salvación también es una oferta universal.  Pablo frecuentemente se refiere al paralelo Adán-Cristo, especialmente en Rom 5, 12-21 y en 1 Cor 15, 21-22. 45-49). Adán y Cristo representan los dos comienzos de la humanidad: pero Adán está abocado a la muerte, mientras que Cristo está dirigido a la resurrección de los muertos[18] La vida y la muerte dependen de dos personas que son más que meros individuos, porque son cabezas de la humanidad, y en ellos nosotros, de algún modo, estamos presentes.  La redención en Cristo es la respuesta amorosa de Dios a la humanidad pecadora.  Nuestra justificación por medio de la fe, por lo tanto, es gratis, basada en la obra de Cristo, no en nuestras obras.  En la simbología de Pablo, la trasgresión de un solo hombre conduce al pecado universal, y mediante el pecado, a la muerte.  De igual manera, la obra justificadora de un solo hombre porta consigo la salvación y la gracia para todos.  Pero esa trasgresión del solo hombre no es simplemente un pecado concreto, sino que está de alguna manera conectada a todos nuestros pecados, porque todos hemos pecado, y hemos contribuido a continuar la historia del pecado y de la muerte.  La cruz es la que manifiesta que el pecado original no es la acción de un solo hombre, sino también del pecado de toda la humanidad[19].

            Quisiera concluir este apartado con una observación personal.  No deberíamos ver el pecado como si éste fuera el mensaje principal del Nuevo Testamento o de los escritos de Pablo.  La salvación en Cristo es el mensaje central.  De hecho, no podemos reflexionar sobre el misterio del pecado sin contemplar el misterio de la redención en Cristo.  En cierto sentido, Cristo, el segundo Adán, es quien explica lo que le pasó al primer Adán y a todos nosotros.  Es el final lo que aclara el inicio, no lo contrario.

El pecado en la tradición

            No es nuestro objetivo aquí repasar toda la historia del pecado original.  Quiero señalar algunos elementos sobresalientes y, especialmente, la controversia entre Agustín y los pelagianos.  Los padres apostólicos no desarrollaron mucho el tema en cuestión, excepto algunas referencias al hecho que la muerte entró al mundo mediante el pecado de Adán y Eva (Bernabé XII, 5; 1 Clemente 1, 3ss).  Justino Mártir dice: “…la raza humana que había caído desde Adán en la muerte y el error de la serpiente, haciendo mal cada uno mediante su propia falta”[20].  Pero no es fácil decir si está hablando sobre el mal personal, del cual cada individuo es responsable, o sobre el mal de Adán y la serpiente, responsables de la esclavitud de la humanidad al pecado y al error.  En la homilía pascual de Melitón de Sardes (c. 180) hallamos una conexión más explícita entre el pecado de Adán y nuestra condición actual.  Habla de Jesús, quien nos libra de la herencia del pecado espiritual que Adán había dejado a sus hijos: “no pureza, sino impureza, no incorrupción sino corrupción, no honor sino deshonor, no libertad sino condena” (Homilía Pascual 49).  Más explícitamente, Ireneo de Lión se refiere a Romanos 5, 12ss para apoyar su doctrina.  Él contempla la doctrina del pecado original en términos de la redención.  Si en el primer Adán todos hemos pecado, en el segundo Adán todos han sido reconciliados.  Esta reconciliación llega hasta Adán mismo: todo el género humano estaba unido en el pecado de Adán; todo el género humano está unido en la redención de Cristo.  Todos nosotros, habiendo pecado en Adán, hemos sido incapacitados para obedecer a Dios.  Pero uno solo, el único inocente, nos reconcilia a nosotros.  Sólo a través de esta reconciliación podemos ser reconciliados (Cf. Adversus Haereses III, 19, 3; 23, 2).  Pero no podemos decir que la doctrina del pecado original fue desarrollada plenamente por Ireneo[21].

            Otros pensadores, como Orígenes, se desviarán hacia ideas platónicas, por ejemplo, afirmando que el mero contacto del alma con el cuerpo hace impura al alma.  De acuerdo a él, es por eso que los niños tenían que ser bautizados, para que esa impureza pudiera ser borrada del alma (Homilia VIII en Lev 2-3).  Tertuliano, por su parte, vincula el pecado original con la práctica del bautismo de párvulos pues, de acuerdo a él, todas las almas son impuras mientras están unidas a Adán y no a Cristo (Cf De Baptismo 18, 4s; De anima 40, 1)[22].

            Entre los padres orientales también hallamos la idea de que el pecado de Adán fue la causa de la corrupción de la naturaleza, como ellos preferían llamarlo.  Basilio insiste en la herencia del mal que resultó del pecado de Adán.  Gregorio Nacianceno subraya la unidad de todos en Adán.  Gregorio de Nisa ve en el pecado de Adán el pecado de toda la humanidad.  Cirilo de Alejandría habla de la corrupción de la naturaleza y sobre un tipo de pecado en el cual todos participamos.

            En el occidente, Hilario de Poitiers considera a Adán y a Cristo como unidos a toda la humanidad.  Adán erró, tanto en el sentido de falta como en el sentido de desviarse, erró lejos del camino correcto.  Al hacerlo, nos hizo errar a todos, es decir, nos desvió lejos de Dios.  Pero Cristo nos reencaminó hacia el rumbo correcto (De Trinitate X, 26).  Para Ambrosiáster, hay una diferencia entre Adán y Cristo, entre el pecado y la gracia: El pecado reina por un tiempo, ad tempus, pero la gracia reinará para siempre, in aeternum (Ambrosiáster, Ad Romanus 5, 21).  Ambrosio también interpreta el pasaje de Romanos 5, 12 como la afirmación de que en Adán todos hemos pecado “in quo omnes peccaverunt”.  La humanidad puede ser concebida como un todo, y por eso, en Adán estábamos presentes todos y todos perecimos.  Ambrosio distingue, sin embargo, entre los pecados que hemos heredado de Adán y los pecados que hemos cometido personalmente.  Es por eso que aun los niños son tocados por el pecado heredado, aunque no hayan cometido aún un pecado actual[23]

            En todo caso, podemos recoger al menos cuatro conclusiones de las obras de los pensadores eclesiásticos anteriores a Agustín

1.  La unidad de toda la humanidad en Adán y en Cristo

2.  La herencia recibida de Adán, que se manifiesta en una especie de corrupción de la naturaleza de algún modo vinculada al primer pecado.

3.  La muerte, la concupiscencia y los pecados de la “naturaleza” se distinguen del pecado personal, aunque los pecados personales también se relacionan con el de Adán.

4.  La costumbre del bautismo de párvulos[24]

Pelagio y Agustín

            Agustín conocía casi toda esta tradición, aunque demostrará mucha creatividad al desarrollar su propio concepto de pecado.  La doctrina de Pelagio es la que provoca las percepciones agudas de Agustín.  Pelagio tenía un buen objetivo en mente: quería salvar la bondad de la creación y de la naturaleza, defender la libertad humana y subrayar la capacidad del ser humano para hacer el bien.  La gracia, en cierto sentido, piensa Pelagio, interfiere con la libertad humana.  Igualmente el pecado.  Pero él no ve ningún vínculo entre el pecado de Adán y el pecado de toda la humanidad.  Pelagio se refiere al pecado original como “contra traducem peccati”.  De acuerdo a él, los que nacen de padres bautizados no deberían tener el pecado original.  Ya que el alma es directamente creada por Dios, sólo el cuerpo, que viene de los padres, merece la culpa, no así el alma.  Porque si el alma comete pecado, entonces significaría que Dios, quien perdona los pecados personal, imputa el pecado de otra gente a los párvulos.  Y si el alma, creada directamente por Dios, comete pecado, entonces Dios sería el autor del pecado.

            Al referirse a Romanos 5, 19: “Así como por la desobediencia de un solo hombre todos nos convertimos en pecadores, así por la obediencia de un solo hombre todos seremos justificados.  Pelagio dice que este pasaje hace referencia al mal ejemplo.  Adán dio mal ejemplo, y esto tiene una influencia extrínseca sobre los demás, lo cual los conduce al pecado.  De igual manera, la influencia de Cristo en la redención es extrínseca, dando buen ejemplo y así conduciendo a la salvación.  De acuerdo a Agustín, Pelagio y sus seguidores insisten en que Dios nos ha dado el poder, la voluntad y la capacidad de hecho para hacer el bien, a pesar del poder del pecado.  El pecado no debe ser un impedimento para los humanos, porque Dios les ha dado la posibilidad y la voluntad para rechazar el pecado siempre a través de su propio poder.  A través de Adán, dice Pelagio, la muerte entra al mundo, pero no el pecado, porque cada individuo es responsable por su propio pecado.  Yo no soy responsable del pecado de Adán.  Por ende, los niños nacen igual que Adán antes de pecar.  Los niños, aun sin bautismo, pueden llegar a la vida eterna.  Todos no mueren a causa del pecado de Adán, ni resucitarán por el poder de Cristo.  Podríamos aceptar la opinión de aquellos que dicen que Pelagio es un optimista extremo, que subraya tanto los poderes del ser humano que prácticamente hace inútil la gracia[25].

            Agustín responde de muchas maneras, no de una sola[26] Y vemos que su pensamiento evoluciona a lo largo de toda la controversia.  Por ejemplo, antes del 396 escribió De libero arbitrio, donde afirma que los párvulos que no han pecado tendrán un lugar intermedio entre los buenos y los impíos en el juicio final.  Pero en el 396, cuando escribió De diversis quaestionibus ad Simplicianum, insiste en la massa peccati, por la cual la consecuencia del pecado de Adán se extiende sobre toda la humanidad: Una est enim ex Adam massa peccatorum et impiorum” (I 2, 19) y “Una massa omnium veniens de traduce peccati” (I 2, 20)[27]

            Todos hemos nacido con las consecuencias de ese pecado.  En este libro el ya usa el término “pecado original”, para distinguirlo de los pecados actuales que cometemos a nivel personal.  Alrededor del 412, en su De peccatorum meritis et remissione, escrito explícitamente contra los pelagianos, afirma siete principios sobre el pecado original, a los cuales añadirá otros cinco más adelante.  Los siete principios de la doctrina de Agustín sobre el pecado original son:

            1.  El pecado de Adán nos ha convertido a todos en pecadores, porque en él todos somos uno, todos hemos pecado en él.

            2.  Este pecado no se debe a nuestra propia voluntad, pero hemos heredado la culpa de Adán.

            3.  El pecado personal agrava la situación de cada individuo.  A través de una sola trasgresión (Rom 5, 15) todos somos conducidos a la condena a menos que la gracia del Salvador nos libre.

            4.  El pecado original no sólo nos separa del reino de Dios, sino que también nos aleja de la salvación y la vida eterna.

            5.  El único pecado trasmitido es el pecado de Adán, no los otros pecados de nuestros antecesores.  Esto sucede mediante la generación, no por la imitación, como parecía sugerir Pelagio.  Del mismo modo, no podemos ser salvados y justificados imitando a Cristo si nos falta la gracia del Espíritu Santo.

            6.  Este pecado afecta aun a los niños, de tal manera que están destinados a la condena si mueren sin bautismo[28].

            7.  Los padres trasmiten la vida como generados, no como regenerados.  Es por eso que los niños de padres bautizados necesitan el bautismo, porque todos necesitan lavar mediante la regeneración del bautismo lo que han contraído por la generación natural[29].

            En obras como De gratia Christi et de peccato originale, De natura et origine animae, Contra Julianum, y otras, añade cinco principios más:

            1.  La generación es realizada en la concupiscencia.  Para Agustín, la herencia del pecado es tan subrayada, que a veces él tiene dificultad para reconciliarla con la doctrina de la creación del alma directamente por Dios.  Vaciló en dar una solución completa a este problema.

2.  Agustín, sin embargo, afirmó su doctrina sobre el pecado original no sólo para enseñar la universalidad del pecado, sino también para defender la universalidad de la redención en Cristo.  Sólo por su interés en la redención recoge él la cuestión del pecado.  Así como sus adversarios, a Agustín le interesa más la gracia, pero el pecado original inevitablemente está relacionado a la gracia.  Si los niños no tienen pecado, entonces no necesitan a Cristo.  Esto sería inadmisible, y precisamente esa es la herejía pelagiana, porque sólo la unión con Cristo puede llevarnos a la vida eterna.  Como esa unión sólo tiene lugar por el bautismo, este sacramento es necesario para todos.

3.  El bautismo de párvulos es verdaderamente necesario para la remisión del pecado.  En aquellos niños que no han pecado personalmente, el pecado original queda perdonado por el bautismo.  Si los niños no tienen pecado, eso significaría que no tienen necesidad de redención, y por lo tanto, que Cristo no ha muerto por ellos.  La salvación en Cristo es necesaria para todos; por eso, tenemos que afirmar la existencia de este pecado universal en el cual todos nos hemos convertido en pecadores.

4.  Aunque el pecado original no es voluntario en cada persona, no podemos considerarlo ajeno a los seres humanos, porque en Adán tenemos origen todos nosotros.

5.  Toda la humanidad, en cuanto está fuera de Cristo, es una “massa damnata” de la cual sólo podemos salir mediante la gracia de Cristo[30].

Es importante recordar que la iglesia universal no ha adoptado todas estas doctrinas.  Algunas sí, otras no.  Pero es mérito de Agustín el haber vinculado la universalidad del pecado con la universalidad de la redención.  Su insistencia en la gracia, como reacción a la autosuficiencia pelagiana, es un corolario de su insistencia en la necesidad de la redención en Cristo.  Otros aspectos de su enseñanza permanecen oscuros, y muchas de sus formulaciones fueron rechazadas o ignoradas en pronunciamientos magisteriales futuros.  Pero, sin lugar a dudas, la teología occidental le debe mucho a Agustín.

Podemos ahora ofrecer una definición preliminar para el pecado

Peccatum est aversio a Deo, fine ultimo, per voluntariam conversionem ad creaturas. (El pecado es una aversión a Dios, fin último, mediante la conversión voluntaria a las creaturas).

Pronunciamientos del magisterio

            El sínodo de Cartago del 411 condenó a Celestio, seguidor de Pelagio, pero otro concilio en Dióspolis, en el año 415, rehabilitó a Pelagio. Los obispos africanos convocan sínodos para Cartago y Mileve en el 416.  El papa Inocencio I les envió una carta insistiendo en el primado de la sede romana, y afirma la necesidad del bautismo de párvulos (DS 219).  En el año 418, otro concilio en Cartago afirma la posibilidad real que tuvo Adán de no morir antes de cometer el pecado, y el hecho que la muerte física es consecuencia del pecado (DS 222).  Es también la primera vez que hallamos los términos “pecado original” en un documento oficial de la Iglesia.  También enseña la necesidad del bautismo de párvulos para la remisión de los pecados (DS 223).  El papa Zósimo en su carta “tractoria” del 418 aprobó los cánones del concilio de Cartago del 418.  Más de once siglos más tarde, el concilio de Trento, en su decreto sobre el pecado original, adoptará este mismo canon, añadiéndole otros elementos[31].

            Otro concilio importante de la antigüedad fue el Segundo Concilio Provincial de Orange, en el año 529.  Retoma la cuestión del pecado original.  En su primer canon señala que el ser humano completo, tanto el cuerpo como el alma, ha sido negativamente afectado como consecuencia del pecado original; pero que el libre albedrío se mantuvo preservado.  Este segundo canon señala que el pecado de Adán lo afecto no sólo a él, sino también a sus descendientes, trasmitiéndole a ellos no sólo la muerte física, sino también la muerte espiritual, que es el pecado[32].

            La teología medieval sólo desarrolla un poco más estas doctrinas.  Pedro Lombardo parece haber identificado la concupiscencia con el pecado original: “Quod originalis peccatum dicitur fomes peccati, id est, concupiscentia.” (Sententiae II, dist. XXX, 8) ¿Por qué? Porque de acuerdo a Lombardo, el pecado original es la culpa trasmitida por los padres a los hijos “concupiscentialiter” (por medio de la concupiscencia) (Sententiae II, dist. XXX, 7).  San Anselmo de Aosta y Canterbury sigue otra ruta.  Para él, el pecado es una ofensa contra el honor de Dios.  Al pecar, Adán se hizo culpable de este crimen.  Esto le afecta a él personalmente, en primer lugar, pero en cuanto él era cabeza de toda la humanidad, y como todos nacimos de él, afectó también a sus hijos.  Todos pecamos cuando él pecó. (De conceptione virginale et de peccato originale, Cf. c. 2. 7).  Como consecuencia, recibimos nuestra naturaleza tal como él la tenía después del pecado, privada de la justicia original que se le debía.  Al hacer esto, Anselmo se aleja de aquellos que hallaban en la concupiscencia la esencia del pecado original.  Los seres humanos venimos al mundo en un estado distinto a come debiéramos, en un estado peor, determinado por la falta de esta gracia original, por la ausencia de la justicia debida, causada por el pecado de Adán[33]

            Santo Tomás de Aquino desarrollará una síntesis de ambas corrientes.  El pecado original, de acuerdo a Tomás, es formalmente la privación (defectus) de la justicia original, pero materialmente es la concupiscencia (S.T. I II, 82, 3).  Es un pecado de la naturaleza, que pertenece a cada persona en cuanto él o ella reciben la naturaleza del primer hombre.  Adán perdió la justicia original para toda la humanidad.  El pecado trasmitido es sólo el de Adán, no los pecados personales de los padres, porque ellos engendran un nuevo ser humano no como individuos, sino como miembros de la especie humana (ST I II, 81, 1-2).  Hay muchos efectos del pecado original, pero los principios de la naturaleza en sí misma no se pierden: el libre albedrío y la razón.  Ambos ahora están menos inclinados a la virtud, y han sido debilitados por el pecado original, pero no han sido totalmente destruidos (ST I II 85, 1).  El pecado original ha dejado al hombre privado del auxilio de la justicia original (ST I II 87, 7).  También distingue Tomás entre la “poena damni”, el castigo del pecado original, que es la privación de la visión beatífica, y la “poena sensus”, que es el castigo debido por los pecados personales (In II Sententiae, d. 33, 2, 1-2; ST I II 87, 5; III 1, 4)[34]

La reforma y Trento

            Con el pelagianismo y las controversias subsiguientes, la Iglesia se enfrentó ante el problema del “optimismo a ultranza”, que negaba el poder de la gracia.  La situación cambia en el período de la Reforma.  Lutero ve a los seres humanos bajo el peso del pecado como corruptos, necesitados de la gracia y la salvación desde lo profundo de su ser.  De hecho, después de su entrenamiento inicial en teología, la lucha de Lutero será expresar en forma existencial la doctrina del pecado original.  Debemos recordar que durante la época de Lutero, el pecado original había sido reducido por el escolasticismo a la pérdida o privación de la “justicia original” (Lutero mismo lo afirma en su comentario a Romanos 5, 14).

            El pecador es una persona concreta, que existe aquí y ahora, y el pecado es una fuerza que lo confronta contra Dios y lo hace resistir a Dios.  Es la condición carnal de los seres humanos que puede reducirse a una falta de fe.  Sólo podemos conocer el pecado por lo que nos dice la Palabra de Dios en la ley, porque el hombre quiere afirmarse a sí mismo y no quiere entender la existencia como un don de Dios.  El pecado original, de acuerdo a Lutero, es el mayor pecado, que lleva consigo la pérdida de los poderes y facultades del ser humano.  Este pecado es originalmente una falta personal de Adán, pero se hace personal en cada uno de nosotros por la concupiscencia que experimentamos y que se puede identificar con el pecado original mismo.  Es la inclinación al mal y la imposibilidad de hacer el bien y, concretamente, de amar a Dios.  La consecuencia del pecado original es la corrupción total de la naturaleza humana.

            Lutero no puede aceptar la doctrina escolástica según la cual la naturaleza humana, aunque herida por el pecado, no quedó totalmente corrompida.  Al contrario, la naturaleza humana es en sí mismo corrupta, en cuanto busca su fundamento en sí misma y no en Dios.  Por eso, ya que el ser humano está corrompido en su relación con Dios, toda su persona humana está en un estado negativo.  Por otra parte, de acuerdo a Lutero, el ser humano corrompido por el pecado, no queda libre de la concupiscencia ni mediante el bautismo ni mediante la fe.  Luego, es a la misma vez justo y pecador.  Dios, en su misericordia, no toma en cuenta los pecados del ser humano, gracias a los méritos de Cristo.  Pero el ser humano, aun después de su conversión, permanece pecador.

            Los otros reformadores se mueven más o menos dentro de esta misma perspectiva.  Pero en Melanchton, junto con la tradición agustiniana que identificaba el pecado con la concupiscencia, hallamos la tradición anselmiana que identifica el pecado con la privación de la justicia original.  Las consecuencias del pecado son la inclinación al pecado, la enajenación de Dios, el reino de la pasión.  Melanchton no ve ningún problema con aceptar la transmisión hereditaria del pecado de Adán a sus descendientes.  El pecado permanece después del bautismo, aunque no se le imputa al ser humano[35].

            Zwingli también defendió la no-imputación del pecado al ser humano.  Calvino habla de una corrupción de la naturaleza que no viene de la naturaleza misma, pero que comenzó después de la creación; es una corrupción “natural”, en el sentido de que nacimos con ella.  En general, los reformadores mantienen su doctrina dentro de la tradición agustiniana, e insisten más en la experiencia personal de la concupiscencia que en las nociones abstractas del escolasticismo.  Del mismo modo, atribuyen más importancia a la corrupción de la naturaleza que al pecado de Adán, que fue su origen.  Pero, aparte de los muchos matices, la doctrina del pecado original es una de aquellas donde hay concordancia entre la tradición de la reforma y la católica.  Por eso, no podemos entender todas las afirmaciones del concilio de Trento como una mera confrontación contra Lutero y los otros reformadores.  De hecho, la Confesión de Augsburg afirma

          “Después de la caída de Adán, todos los hombres engendrados de acuerdo a la naturaleza nacen con el pecado, es decir, sin temor a Dios, sin confianza en Dios, y con la concupiscencia; y este pecado o vicio de origen es verdaderamente un pecado que condena y conduce aún ahora a la muerte eterna a quienes no han renacido por el bautismo y el Espíritu Santo”[36].

El concilio de Trento[37]

            El concilio de Trento explícitamente trabajó el pecado original en su quinta sesión.  El decreto del 17 de junio de 1546, incluye una introducción y seis cánones.  Los primeros cuatro cánones y el sexto, no abordan la controversia con la reforma.  Sólo el quinto canon directamente confronta a los reformadores.  El canon 1 cita al II concilio de Orange del 529,  y añade que las consecuencias del pecado original son la pérdida de la santidad y la justicia, mediante las cuales hemos provocado la ira de Dios, y así hemos incurrido en la pena de muerte.  El pecado ha afectado todos los poderes del alma y el cuerpo, pero hay una integridad relativa en la naturaleza humana aun después del pecado.  La naturaleza humana ha sido afectada por el pecado original, y las facultades del ser humano han sido debilitadas, pero no totalmente perdidas.  El canon 2 también cita el II concilio de Orange, diciendo que los efectos del pecado original transmitidos a los descendientes de Adán son la pérdida de la justicia original y la santidad, el dolor corporal y la muerte, aparte del pecado, que es la muerte del alma.  El canon 3 afirma la absoluta necesidad de Cristo para la salvación, y más explícitamente, para la remisión del pecado original.  Las fuerzas de la naturaleza humana y ningún otro poder serían suficientes.  Cristo es el único mediador entre Dios y los seres humanos que nos reconcilia con Dios por su sangre.

            El mérito de Cristo es aplicado a todos los seres humanos, adultos y niños, mediante el sacramento del bautismo.  El pecado original es singular en su origen y se transmite mediante la generación y no mediante la imitación, y existe en cada individuo como suyo propio, no sólo imputado extrínsecamente.  El canon 4 es la base y la justificación para la práctica del bautismo de párvulos.  Reclama la tradición de los apóstoles respecto al bautismo de párvulos y la necesidad de que los niños nacidos de padres bautizados también sean bautizados.  Esto probablemente se dirigía a algunas ideas calvinistas sobre la salvación de los niños a través de la fe de sus padres, y también a algunas tendencias anabaptistas del tiempo.

            Pero, más explícitamente, es el canon 5 el que directamente se opone a la doctrina de los reformadores.  Afirma que la gracia conferida por el bautismo realmente perdona el “reato” del pecado original, queriendo decir que elimina todo lo que es propia y verdaderamente pecado, y que éste es cancelado, y no sólo no-imputado, o eliminado sólo exteriormente, mientras mantiene su raíz.  La concupiscencia permanece en el bautizado para la lucha (ad agonem).  Pero no puede dañar a quienes no consienten a ella y se oponen mediante la gracia de Cristo.  Aunque parece que Pablo llama pecado a la concupiscencia (como en Rom 6, 12 ss; 7, 7. 14-20), la Iglesia Católica nunca entendió la concupiscencia en los renacidos como propiamente pecado.  Pero la ha llamado pecado porque deriva del pecado e inclina al mismo.  La concupiscencia causa una inclinación al pecado, debilita el libre albedrío, pero no lo destruye completamente.  Con el auxilio de la gracia, el bautizado puede combatir contra esta inclinación y derrotarla en muchas ocasiones.  El justificado no permanece propia y estrictamente en el pecado.  Pero el estado del ser humano antes de la justificación es verdaderamente pecado.  Esta condición de pecado en la cual nace el ser humano es previa a cualquier acto de su propia voluntad; y deriva de un pecado original originante, que el concilio identifica con el pecado de Adán, cabeza del género humano, del cual todos descendemos.

            El concilio no dice cómo el pecado de Adán se hace pecado propio en cada individuo; ni especifica qué es lo que los niños que no han pecado personalmente verdaderamente heredan del pecado de Adán.  El concilio no quería definir la esencia del pecado original, para no involucrarse en la discusión entre las diferentes escuelas.  Señala a los efectos del pecado original.  Por eso, muchas preguntas quedaron sin contestar.

            Trento permanece fiel a la tradición, que comienza con Pablo y que considera la doctrina del pecado original como subordinada a la redención en Cristo, cuya redención también toca a todos los seres humanos.  El canon 6 simplemente indica que todo lo que el concilio enseña sobre el pecado original, no se puede aplicar a la Virgen Madre de Dios, María Santísima.

            Las únicas otras controversias intracatólicas respecto al pecado original después de Trento fueron la de Miguel de Bayo y el jansenismo.

El pecado original originante y el pecado original originado. 

            Luego de esta breve historia del desarrollo de la doctrina respecto al pecado original, estamos listos para hacer algunas observaciones teológicas.  Los teólogos hablan del pecado original originante y el pecado original originado.  El pecado original originante se refiere al pecado actual de Adán, a través de quien el pecado y la muerte entraron en el mundo.  El pecado original originado es nuestro tipo de pecado, es decir, lo que heredamos antes de cualquier pecado personal actual de parte nuestra.  Hay varios modos de presentar ambos tipos de pecado, y los teólogos tienen libertad para especular al respecto, siempre y cuando la doctrina principal no se olvide[38].

            Por ejemplo, Teilhard de Chardin vinculó el pecado original a la evolución, explicando que el pecado original es el resultado del caos o desorden que siempre aparece, por leyes estadísticas, cuando un sistema se está organizando.  Hay una tendencia en la materia de ascender gradualmente hacia una existencia más espiritual.  El pecado es un resultado necesario de la unificación de lo múltiple.  El mal, el dolor físico, la falta moral, se introduce en el mundo como elemento de este ser participado.  El pecado original, entonces, sería transhistórico, y no simplemente un elemento de la historia concreta.  Representa la ley de la falta perenne de la humanidad en cuanto está en proceso.  Sólo Cristo conquista en sí mismo y en nosotros esta resistencia humana contra la unificación y la ascensión espiritual que se halla en la materia[39].

Desde la teología de la liberación, Juan Luis Segundo proponía que, aunque la vida humana comenzó en la tierra, hay fuerzas antievolucionarias, que pueden ser identificadas con la entropía, y que se oponen a la marcha adelante de la evolución.  El pecado es análogo a la entropía: antievolucionario, se opone a Cristo.  Es la lucha entre las fuerzas de la evolución las que tienden a converger en Cristo contra las fuerzas de la entropía que, a medida que la libertad aparece en el horizonte, se manifiestan como pecado.  Un pecado que aparece mucho antes que nosotros, pero que nos pertenece personalmente y también a la comunidad en la cual nacemos (Cf. Teología abierta. Madrid, 1983, 345-486 y 434-435).  En este sentido, el pecado del cual nos libera Cristo es mucho más “original” que el pecado de un ancestro común.  La redención es la base para nuestra solidaridad como raza humana y nuestra unidad con el resto del universo[40].

            Piet Schoonenberg, “El hombre en pecado” (Mysterium salutis), impactó la teología católica hace unos cuarenta años, cuando propuso presentar el pecado original dentro de un marco más amplio: el pecado del mundo.  Cuestionó por qué habría que darle tanta importancia al pecado de Adán.  Tal vez sería más correcto decir que el pecado de todos nosotros, junto con el primer pecado, nos coloca en una situación de privación de gracia.  De acuerdo a Schoonenberg, la universalidad del pecado no se produjo al principio, sino sólo después.  Ya que el magisterio de la Iglesia siempre ha asociado la universalidad del pecado original con la necesidad del bautismo, estamos obligados a afirmar esta universalidad desde el momento en que el bautismo comenzó a existir.  Podemos concluir, según él, que fue en el rechazo concreto de Cristo, su muerte en la cruz, que se dio la acumulación definitiva del pecado: una especie de “segunda caída definitiva”, que consumó la historia del pecado.  Esto le causó varios problemas con el magisterio y Schoonenberg eventualmente abandonó esta tesis[41].

            Hoy día, la mayoría de los teólogos afirman que debemos dar relevancia al primer pecado, aunque el modo en que cada cual lo explica es diferente.  La mayoría está de acuerdo que, aunque todos los pecados afectan la condición presente de la humanidad, la primera caída está demasiado arraigada en la Escritura y la tradición de la Iglesia como para echarla a un lado[42] Si los pecados de los individuos de alguna manera condicionan los pecados de otros individuos, esta cadena debió haber comenzado en algún punto.  Fuera o no fuera un pecado singular o colectivo, la primera caída ha tenido un efecto desencadenador para el resto de la historia.

            Es necesario dar más énfasis, sin embargo, a una reflexión sobre los efectos de la redención de la humanidad y la posibilidad de la mediación del bien.

“La buena noticia de Jesús nunca viene expresada en términos negativos (de pecado, prohibición, condena…), sino en términos positivos (de salvación, gracia, liberación…).  Más que de pecado de condenación, los evangelios tratan de la gracia y del perdón como contenido de la actividad de Jesús, tanto de su enseñanza como de su praxis”[43]

              La justificación plena del pecador es un bien escatológico, ciertamente, pero esto no nos excusa de tratar de combatir el poder del pecado mediante el poder del bien y de la gracia.  Ahora tenemos un poder que nuestros antepasados no tenían: la agraciada redención de Jesucristo, que Pablo llamó sobreabundante.  Esta sobreabundancia de la gracia frecuentemente es olvidada, y es necesario desarrollar una teología más “optimista”, no en el sentido pelagiano de autosuficiencia, sino en el sentido del poder de la resurrección.  La resurrección sembró la historia humana con un irrevocable optimismo[44].

Habiendo visto ya, la reflexión teológica sobre el pecado, pasemos a considerar lo que constituye la situación actual del mundo, o al menos, una posible interpretación de fuerzas principales que afectan nuestra sociedad.  Pues es a ese mundo al que debemos dirigir el anuncio de la abundante redención.


[1] J. Palma, “Jesucristo, único mediador”. Bajo Redención en www.google.com

[2] Vea las interesantes distinciones que hace al respecto R. Swinburne, Providence and the Problem of Evil, Oxford, Clarendon Press 1998, 4-6.

[3] Cf. L. F. Ladaria.  Teología del pecado original y de la gracia.  Madrid, BAC 1993, 56-57. En adelante se abreviará el título como Pecado y gracia.

[4] Cf. P. Grelot, Réflexions sur le problème du péché originel.  Tournai, Casterman 1968, 15.

[5] Cf. S. Bastianel, “Il male morale: persona e storia” en AA.VV. Mysterium iniquitatis.  Il problema del male.  A cura di Gian Luigi Brena. Roma, Librería Editrice Gregoriana 1996, 36-44.

[6] S. Moravia, “L’esistenza e il male”, en AA.VV. Mysterium iniquitatis.  Il problema del male.  A cura di Gian Luigi Brena. Roma, Libreria Editrice Gregoriana 1996, 19-31.  En la página 31 dice este autor:  “Indudablemente, el mal es particularmente insidioso –y probablemente inextirpable- porque, lejos de ser el Otro de quien el hombre pueda deshacerse, parece más bien constituir una parte integrante del hombre mismo, y con él, del mundo en general…” 

[7] Cf. L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 58.

[8] L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 58s.

[9] Cf. Ibid., 60.

[10] Cf. P. Grelot, op. cit., 31-69.

[11] Cf. L. A. Ladaria, Pecado y gracia, 62-63.

[12] Ibid., 63-65.

[13] Ibid., 66.  Cf. M. Pastrello, “J. Maritain e la sofferenza di Dio: un approfondimento” en AA.VV.  Mysterium iniquitatis.  Il problema del male.  A cura di Gian Luigi Brena. Roma, Librería Editrice Gregoriana 1996, 271: “Si a nivel de la fe fue la pasión de Cristo la que nos ha revelado el misterio del sufrimiento de Dios, también la metafísica debe buscar restituirnos completa la verdadera imagen del rostro de Dios, en un esfuerzo de comprender racionalmente el sentido del dolor, del sufrimiento, de la angustia…No se trata solamente de una abstracta disputa teológica, sino de una disputa que involucra el significado de la vida del hombre.”  Allí la escritora cita a J. Galot, “La révélation de la souffrance de Dieu” Science et Esprit 31 (1979), p. 170: “… Nada desilusiona más a los hombres que la presentación de un Dios impasible, inaccesible a los sufrimientos humanos.  Sólo un Dios que sufre, que compadece todos los dolores de los hombres, puede ser el Dios que tiene el máximo amor por la humanidad.”

[14] Cf. L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 68.

[15] Cf. P. Grelot, Péché originel et rédemption. À partir de l’épître aux romains.  Paris, Desclée 1973, 57-204.

[16] Ibid., 78-79, 109, 111, 211, 260, 286, 418,

[17] Ibid., 391, 403.

[18] No todos los pensadores contemporáneos atribuyen este papel negativo a Adán.  Vea R. Swinburne, op. cit., 36-41 y 108-110.

[19] Cf. L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 69-79.

[20] Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 88, 4, citado por Ladaria, Pecado y gracia, 79.

[21] Cf. L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 79-81.

[22] Ibid., 82.

[23] Ibid., 84-86.

[24] Ibid. 85.

[25] Ibid., 86-87.

[26] Cf. R. Swinburne, op. cit., 38-41.

[27] L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 88, nota 84.

[28] La tradición católica no ha seguido esta conclusión tan drástica de Agustín, pues ha evitado definir que los niños que mueren sin bautismo se condenan.  La misericordia de Dios, por caminos conocidos sólo por Él, proveerá para su salvación.  No hay ninguna definición magisterial al respecto, aunque en la tradición se desarrolló la teoría del limbo de los niños.  Cf. R. Swinburne, op. cit, 121, 232.  Ver también:  La Comisión Teológica Internacional estudia la cuestión del Limbo. CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 2 diciembre 2005 (ZENIT.org).- Pronto se publicará un documento sobre los niños que han fallecido sin ser bautizados, ha anunciado el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el arzobispo William Levada. La cuestión del «Limbo» ha sido uno de los argumentos que ha afrontado la sesión plenaria anual de la Comisión Teológica Internacional, reunida en el Vaticano hasta este viernes.
Monseñor Levada, quien por su cargo también es presidente de esta Comisión, ha explicado en declaraciones a «Radio Vaticano», ha explicado que la discusión sobre este argumento, que incluía la cuestión de la existencia del Limbo «ha sido muy provechosa». «Se puede esperar que en un tiempo razonablemente breve el estudio emprendido por la Comisión Teológica tenga un resultado positivo de cara a la eventual publicación de un documento al respecto», explica.

Los documentos de esta Comisión no forman parte del Magisterio de la Iglesia, pero buscan ayudar a la Santa Sede y especialmente a la Congregación para la Doctrina de la Fe a examinar cuestiones doctrinales de mayor importancia. «En el momento actual de relativismo cultural y de pluralismo religioso --reconoce el arzobispo Levada-- el número de niños no bautizados aumenta considerablemente. En esta situación, los caminos para alcanzar la salvación parecen cada vez más complejos y problemáticos».   La Iglesia --explica el prelado estadounidense--, es consciente de que la salvación «sólo se puede alcanzar en Cristo por medio del Espíritu. Pero no puede dejar de reflexionar, en cuanto madre y maestra, sobre la suerte de los hombres creados a imagen de Dios, y de manera particular de los más débiles y de quienes todavía no tienen el uso de razón y de la libertad».

Hablando del Limbo, el secretario general de la Comisión Teológica Internacional, el padre Luis Ladaria, S.I., ha explicado a los micrófonos de la emisora pontificia, «que ante todo tenemos que decir que sobre este punto no hay una definición dogmática, no hay una doctrina católica que sea vinculante». «Sabemos que durante muchos siglos se pensaba que estos niños iban al Limbo, donde gozaban de una felicidad natural, pero no tenían la visión de Dios. A causa de los recientes desarrollos no sólo teológicos, sino también del Magisterio, esta creencia hoy está en crisis», aclara.

Para entender la cuestión hay tres claves fundamentales que el padre Ladaria expresa así: «Tenemos que comenzar por el hecho de que Dios quiere la salvación de todos y que no quiere excluir a nadie; tenemos que fundamentarnos en el hecho de que Cristo ha muerto por todo los hombres y de que la Iglesia es un sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II». «Por tanto --concluye--, si partimos de estos presupuestos, el problema de la necesidad del Bautismo se enmarca en un contexto más amplio».

[29] Cf. L. A. Ladaria, Pecado y gracia, 89-90.

[30] Ibid., 90-91.

[31] Ibid., 92.

[32] Ibid., 92-93.

[33] Ibid. 93-94.

[34] Ibid., 94-95.

[35] Ibid. 95-97.

[36] Citada por L. A. Ladaria, Pecado y gracia, 97.

[37] Cf. Ibid., 98-105.

[38] Ibid., 113-122.  Cf. M. Rubio Carrasco, El sentido cristiano del pecado.  Madrid, Paulinas 2000, 40: “Hay que descartar que la religión sea el único contexto generador de sentimientos de culpabilidad.  De hecho, disciplinas como la psicología y la psiquiatría –capaces de catalizar y desvelar las profundidades de lo humano- evidencian que, tanto etiológica como terapéuticamente, es posible situar el fenómeno de la culpa fuera de coordenadas religiosas.”

[39] Cf. L. F. Ladaria, Pecado y gracia, 122-123.

[40] Ibid., 123.

[41] Ibid., 124-125.

[42] Cf. P. Grelot, op. cit., 71-122.

[43] M. Rubio Carrasco, op. cit., El sentido cristiano del pecado.  Madrid, Paulinas 2000, 26.

[44] Cf. L. A. Ladaria, Pecado y gracia, 130-131.

Por R. P. Jorge R. Colón, C.Ss.R.

   1 de enero de 2007

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