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Capítulo III
La redención en la
fe y tradición de la Iglesia |
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Dice el Concilio
Vaticano II, en el decreto Unitatis redintegratio, 2:
‘El amor de Dios
para con nosotros se manifestó en que el Padre envió al mundo
a su Hijo unigénito para que, hecho hombre, regenerara a todo
el género humano con la Redención y lo congregara en unidad’ |
Lo mismo afirma la Lumen Gentium en los siguientes números:
2:
“El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y
misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, decretó elevar a
los hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el
pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su auxilio,
en atención a Cristo Redentor, "que es la imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura" (Col. 1,15).
3:
“Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en Él
antes de la creación del mundo, y nos predestinó a la adopción de
hijos, porque en Él se complació restaurar todas las cosas (cfr.
Ef., 1,4-5, 10). Cristo, pues, en cumplimiento de la voluntad del
Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su
misterio, y efectuó la redención con su obediencia.”
5:
“Pero habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los
hombres, apareció constituido para siempre como Señor, como Cristo y
como Sacerdote (cf. Act., 2,36; Heb., 5,6; 7,17-21), y derramó en
sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Act., 2,33).
Por eso la
Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando
fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación,
recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de
establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra
el germen y el principio de este Reino. Ella en tanto, mientras va
creciendo poco a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas
sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria.”
7:
“El Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana, redimió al
hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Gál., 6,15; 2
Cor., 5,17), superando la muerte con su muerte y resurrección. A
sus hermanos, convocados de entre todas las gentes, los constituyó
místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu.”
En ambos documentos queda claro que la redención es una obra
libérrima de Dios, de propia iniciativa, que es ofrecida por todos
los hombres y mujeres, que ya está realizada objetivamente por
Cristo, pero que todavía no está consumada totalmente, pues es
escatológica. Se entiende la redención como una regeneración del
género humano, alcanzada por el sacrificio de Cristo, mediante la
cual nos ha constituido como criaturas nuevas, y por su Espíritu
Santo nos comunica la gracia de la adopción filial. El mismo Dios
que crea el universo libremente, también libremente lo salva. Por
el poder de su muerte y resurrección Cristo convoca a todos al
reino, constituye en la tierra el germen y el principio de ese
reino, y nos comunica su Espíritu, para que caminemos en esperanza
hacia la consumación de ese reino en el futuro absoluto.
Conviene
señalar a esta altura en este estudio los contenidos del término
redención.
“La
redención es una realidad misteriosa vinculada al ser y a la obra de
Cristo, y asociada, para su fortuna, al destino humano que el pecado
desbarató… De la redención, tal como la entiende y predica la
Iglesia, pueden afirmarse las siguientes características:
a) Se
trata, en primer lugar, de una iniciativa divina, preparada por la
providencia de Dios Padre, y realizada por Jesucristo…
b) La
redención es una decisión libre de Dios ante la miseria humana
ocasionada por el pecado… Dios no tenía necesidad alguna, interna o
externa, de redimir a los hombres…
c) La
redención es única. Es decir, no existe, fuera de Cristo y de lo
que a Él se ordena o de Él deriva ninguna otra iniciativa redentora
que proceda de Dios…
d. La
redención es escatológica… la liberación del hombre efectuada por la
redención tendrá lugar plenamente en el futuro; pero, a la vez, está
ya presente por la gracia: contiene un ya y un todavía no.
e. La
redención alcanza a todos los hombres. Cristo murió por todos (cfr.
2 Cor 5, 15), y no solamente por algunos. Esto significa que la
redención efectuada por Jesucristo es comunicable a todos sin
excepción, de modo que cualquier hombre puede apropiarse, si cumple
la voluntad de Dios, los frutos suficientes de esa redención
objetiva y universal”.
Como ya hemos dicho arriba, la iniciativa divina en el diseño de la
redención es decisiva. Dios es quien toma la iniciativa. Según la
confiesa la Iglesia, la redención es un misterio, un don que todos
necesitamos, porque no hay autosalvación. El ser humano necesita
que Dios lo salve de la esclavitud del pecado. En segundo lugar,
la redención no implica una compulsión u obligación de parte de
Dios. Dios no tenía que crear ni tenía que salvar al ser humano.
De eso se trata su suprema libertad, y en eso demuestra su inmenso
amor. En tercer lugar, nosotros creemos que la salvación es única,
sólo Cristo Jesús puede salvar al ser humano, aun a aquellos que no
confiesan la fe cristiana. En cuarto lugar, aunque objetivamente ya
Cristo realizó lo necesario para la salvación del ser humano, ya que
ésta es una realidad escatológica, todavía no ha terminado. Cristo
sigue ofreciendo su gracia y oferta de salvación a todos los seres
humanos de toda la historia, hasta el final de los días. Sólo al
llegar a nuestro futuro absoluto, en la beatitud del cielo, hemos de
ver la totalidad de la obra de la redención. En quinto y último
lugar, la redención es universal, puesto que Dios quiere que todos
se salven. El acto objetivo de la redención de Cristo no está
reservado a una élite, sino que es un llamado a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad.
Íntimamente ligada a la
doctrina de la redención está la doctrina del pecado original.
Resulta interesante que hoy día tenemos medios extensos para probar
la existencia de ese mal y desorden, anterior a toda acción
voluntaria nuestra, pero a la vez perpetuado por el pecado de todos
nosotros. La prensa, la radio y la televisión diarias dan fe de las
consecuencias del pecado original: pueblos en guerra, crimen,
corrupción ministerial, las nuevas formas de esclavitud, secuestros,
mentiras vendidas como verdades, detracción de carácter, abuso de
menores, violencia doméstica, asesinatos por contrato, conducta
sexual depravada, mal uso del alcohol y de las drogas, y tantas
otras pruebas más de ese mal original, que sólo puede ser corregido
por Dios. Ya lo dice el concilio Vaticano II en el decreto Ad
Gentes, 8:
… “Nadie por sí mismo y
por sus propias fuerzas se libera del pecado y se eleva sobre sí
mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su
soledad, o de su esclavitud; todos tienen necesidad de Cristo,
modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador.”
La redención en la
tradición
Después
que murió el último apóstol y que ya habían pasado algunas
generaciones de la comunidad cristiana primitiva, llegamos a una era
post-apostólica, donde algunos padres desarrollan o exponen el
pensamiento contemporáneo sobre la redención. Entre ellos hallamos
a San Ignacio de Antioquía, un obispo condenado a muerte, que iba
camino a Roma, y por el camino envió varias cartas a los fieles
cristianos de ciudades como Esmirna, Éfeso, etc.
San Ignacio de Antioquía
“Las cartas de S. Ignacio
de Antioquía son, en el s. II, un expresivo testimonio del sentir de
la Iglesia acerca de la redención. Jesucristo, “nuestra vida
eterna” (Ad Magn. 1, 2) y “único médico” (Ad Ephesios, VII, 2) ha
sufrido para salvarnos (cfr. Ad Smirniotas II, 1)”.
Nos hallamos ante una expresión de la fe muy elemental, sin aparatos
técnicos de investigación o erudición. Sin embargo, expresa una
convicción fundamental. Jesús nos salvó. Ignacio, sin terminología
teológica especializada, subraya la realidad del sufrimiento de
Jesús, contra aquellos que negaban la realidad de su humanidad.
Para ellos era inconcebible que el Hijo de Dios, divino, pudiera
sufrir, ya que Dios no puede sufrir. Una manera de afirmar la
divinidad de Cristo sin negar la pasión, era decir que su humanidad
era sólo aparente, usada sólo como ejemplo para nuestra
edificación. Ignacio rebate ese docetismo incipiente diciendo:
“Cristo fue verdaderamente
clavado por nosotros en su carne, bajo Poncio Pilato… Todo lo sufrió
por nosotros, para que fuésemos salvados”.
Ignacio afirma la
realidad histórica del sacrificio de Cristo, colocándolo en la
coordenada histórica: “bajo Poncio Pilato”. Con eso afirma la
realidad del sacrificio de Cristo, que no es una fábula, y que era
constatable por testimonios cronológicos. Además, interpreta ese
sacrificio como salvación. El motivo de su sufrimiento era
escatológico, “para que fuésemos salvados.”
San Justino, Tertuliano
San Justino, por su parte, en su
Diálogo con Trifón expone el sentido de la expiación libre y
salvífica de Cristo.
Desde la antigüedad, los pensadores eclesiásticos subrayaron la
libertad de Cristo en su entrega. Tertuliano subraya la necesidad
de la cruz de Cristo y es el primero en usar el término
“satisfacción” respecto a la conducta del penitente, aunque no lo
usa para interpretar la cruz.
Según él, la redención es un retorno a la condición de amistad con
Dios característica de los orígenes. Esa condición es lograda
gracias a la muerte en la cruz, que logra la reconciliación del ser
humano con Dios. De trasfondo jurídico, el término “satisfacción”
que usa Tertuliano llegará a ser sumamente importante en la
tradición cuando sea aplicado a la redención como tal por personas
como Hilario de Poitiers y Ambrosio.
Orígenes es el primero en proponer la teoría del rescate pagado al
demonio y la idea de la propiciación.
Lamentablemente, la teoría del rescate causará mucha confusión en la
historia, pues presupone que el diablo tiene algunos derechos sobre
el ser humano.
San Ireneo de Lión
Más adelante, otro
pensador eclesiástico, San Ireneo de Lión, desarrolló una teología
más elaborada, en la que abunda la comparación entre el primer Adán
y el segundo. Por el primer Adán habíamos perdido mucho de los
dones originarios, pero por el segundo Adán, Jesucristo, quien
recapitula la historia humana, somos restablecidos según la imagen y
semejanza de Dios.
“El Verbo de Dios se hizo hombre, el
Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre, para que el hombre entrase en
comunión con el Verbo de Dios, y recibiendo la adopción se
convirtiese en hijo de Dios”.
No contaba Ireneo con muchas herramientas exegéticas, pero muestra
una admirable percepción del misterio cristiano. Conoce Ireneo la
teoría de los derechos del diablo. Aunque el diablo no tenía
derechos de por sí, por la caída del ser humano, en cierto sentido
el diablo usurpó el poder de Dios sobre nosotros.
Son muchos los padres griegos que, siguiendo las intuiciones de San
Ireneo, insisten que el Hijo de Dios se hizo hombre para
divinizarnos. Lo repetirán Atanasio, Gregorio de Nisa, Juan
Crisóstomo, en los mismos términos o similares.
La Encarnación del
Hijo de Dios en una naturaleza en todo igual a la nuestra, menos en
el pecado, supone el principio de nuestra salvación. Con pocas
excepciones, la doctrina de la divinización fue desarrollada
mayormente en el oriente.
Se puede
resumir así:
“El Hijo, es la causa ejemplar de nuestra adopción. Nuestra
filiación depende de la suya. En la base de nuestra filiación en
Jesús está el hecho de la encarnación. Como Jesús resucitado supera
los límites del espacio y el tiempo, todos los miembros del cuerpo
pueden participar de la vida de la Cabeza. El Padre nos da al Hijo,
y éste se entrega también por nuestro amor a nosotros en su
encarnación, muerte y resurrección en obediencia a los designios del
Padre; y juntamente con el Padre y de parte de Él nos envía su
Espíritu Santo en el que clamamos Abbá, Padre”.
San Atanasio
Dirá San
Atanasio:
“Se ha hecho hombre para divinizarnos en Él. Su carne, por estar
unida al Verbo, ha sido salvada y redimida la primera; después somos
salvados nosotros, que formamos un todo con Él”.
Nuevamente, la doctrina
de la divinización es central en la doctrina de los orientales. No
entienden la divinización, sin embargo, como si fuera la cancelación
de algún elemento humano, sino como la culminación del proyecto
creador de Dios. Dios nos creó para compartir con nosotros su vida
divina. Aunque nosotros nunca llegaremos a ser Dios, pues ningún
hombre puede hacerse Dios, Dios si puede hacerse hombre, y de hecho
lo hace personalmente como Jesús de Nazaret.
San
Juan Damasceno
San Juan
Damasceno, dirá más adelante:
“Por entrañas de su misericordia se ha hecho hombre en todo
semejante a nosotros, excepto en el pecado, y se ha unido a nuestra
naturaleza. Dado que no habíamos logrado conservar su imagen, ha
venido Él mismo a unirse a nuestra pobre y débil naturaleza para
purificarnos, hacernos incorruptibles, y partícipes, de nuevo, de su
divinidad. Por eso, mediante su nacimiento o encarnación, su
bautismo, su pasión y su resurrección, ha liberado a la humanidad
del primer pecado, de la muerte y de la corrupción; y se ha hecho
principio, vía y modelo de nuestra resurrección”.
Fijémonos
que San Juan Damasceno coloca la resurrección de Cristo como
principio de nuestra resurrección. La fuerza salvadora de la
resurrección jalona la historia humana hacia su meta verdadera, que
es el encuentro definitivo con Dios. Dios nos creó para compartir
su vida con nosotros. Por eso el ser humano no está completo si le
falta la vida de Dios. San Juan también propone que lo que perdimos
por el pecado fue la imagen de Dios, inscrita en nosotros desde el
principio. Jesús restaura esa imagen en nosotros, al unirse a
nuestra naturaleza. Toda la extensión de la vida humana del Hijo,
encarnación, nacimiento, bautismo, pasión y resurrección, santifica
al ser humano. Jesús caminó sobre las huellas de la historia
humana, re-pisa los pasos de la humanidad precedente a él, y sin
embargo no pecó. Por eso, es capaz de reencaminar el destino de la
historia humana misma.
El rescate
Mediante
la encarnación, el Verbo hecho Hombre deificó nuestra naturaleza,
haciéndola partícipe de la vida de Dios.
Pero no
sólo con su encarnación nos salva el Hijo de Dios, sino también por
su sacrificio en la cruz. Al tomar una naturaleza como la nuestra,
Cristo asumió nuestro sufrimiento, nuestras fatigas, ansiedades y
dolores, llegando incluso a la muerte de cruz. El ser humano era
incapaz de liberarse a sí mismo de la esclavitud del pecado y de la
muerte. Era necesario un rescate, y sólo Dios podía liberarnos.
“En algunos casos esta doctrina se explica diciendo que la victoria
del demonio sobre el hombre le confirió un cierto derecho de
posesión; se piensa entonces que Dios, para conformarse a justicia,
quiso pagar a Satanás el precio de la muerte de Cristo, que éste,
generosamente, acepta sufrir… San Gregorio Nacianceno hace ver que
no puede decirse propiamente que la sangre de Cristo haya sido
derramada como precio pagado al diablo, sino que fue derramada por
la economía de nuestra r., y porque ‘hacía falta que el hombre fuera
santificado por la humanidad de Dios, y que Él mismo nos liberara y
rescatara para Él por su Hijo, mediador y triunfador del tirano’ (Oratio
XLV, 22: PG 36, 633)”.
En este
período de los padres griegos, se dan dos tendencias, una idealista
y otra realista, que describe Sollier del siguiente modo:
"Una investigación imparcial", dice
Riviere”, claramente muestra dos tendencias: una idealista, que
considera la salvación más como la restauración sobrenatural de la
humanidad a una vida inmortal y Divina y otra realista, que prefiere
considerar la expiación de nuestros pecados, a través de la muerte
de Cristo. Las dos tendencias corrieron juntas con algún contacto
ocasional, pero en ningún momento, la anterior absorbió
completamente a la última, y con el curso del tiempo, la visión
realista predominó".
Ya que Cristo
recapituló en sí mismo a toda la humanidad, asumió nuestra deuda.
La deuda mayor que teníamos era con Dios mismo, pues a Él nos
debemos. Por nuestra rebeldía, nos apartamos de Dios, colocando en
su lugar a las creaturas. La ofensa mayor a Dios por el pecado es
una idolatría, pues colocamos un bien creado o una creatura en el
lugar que sólo debe ocupar Dios. Razonan, pues, los padres del
cuarto y quinto siglo, que con su sacrificio, el Hombre Dios reparó
nuestra falta a la vez que glorificó a Dios. Por eso se hace capaz
de comunicar los bienes de la salvación a la humanidad.
Padres latinos
Los padres latinos, por
su parte, aunque conocen la doctrina de la divinización, pondrán el
acento más bien en la interpretación de la pasión y muerte de
Cristo. Tomando de Tertuliano el concepto de satisfacción que éste
último había aplicado a la penitencia, S. Ambrosio lo aplica al
sufrimiento de Cristo. Cristo satisface al Padre por nuestros
pecados.
San Agustín
S. Agustín, quien
conoce la doctrina de la divinización, opta por una doctrina de la
mediación irrepetible de Cristo. Indica que el orgullo, la
soberbia, es la raíz de la caída del ser humano, y que ese orgullo
es curado por la humildad de Dios. En cuanto al sacrificio, Agustín
enseña que con el sacrificio el ser humano se reconoce como deudor
ante Dios. La muerte de Jesús es sacrificio en cuanto fue entrega
del Hijo al Padre como expiación vicaria por toda la humanidad.
Insiste en que la mediación del Hombre-Dios y del Dios-hombre era
necesaria. Sólo podía salvarnos la divinidad humana y la humanidad
divina.
Según S. Agustín, Cristo es
el mediador “que nos reconcilia con Dios con el sacrificio de la
paz, permaneciendo uno con aquel con el que hace la ofrenda,
haciendo uno en sí a aquellos por los que la ofrecía, siendo él
mismo el que ofrecía y el sacrifico ofrecido”.
También es Agustín
quien habla de la sustitución vicaria de Cristo, explicando que la
deuda no era suya, porque no tenía pecado. Cristo pagó por nosotros
nuestra deuda, sustituyéndonos vicariamente. La obra redentora de
Cristo es comprensible, según Agustín, sólo dentro de una teología
de la mediación. El único y perfecto mediador entre Dios y los
hombres es el Dios humanado con su humanidad divina.
Para una comprensión
más integral de la doctrina de la redención tendrán que pasar varios
siglos, tiempo en el que surgieron muchas controversias doctrinales
en torno al misterio de Cristo, y por consecuencia, en torno a su
obra de redención. Se impone la idea que lo que no fue asumido por
Cristo en su encarnación, no ha sido redimido. Las controversias
ocasionadas por Arrio, Éutiques, Nestorio, y otros personajes de la
época llevaron a la Iglesia de ese tiempo a formular más claramente
algunos conceptos que no habían sido suficientemente explicados
anteriormente.
San Anselmo
Pasarán
siglos sin que haya ninguna controversia respecto a la doctrina de
la redención. No será hasta que S. Anselmo presenta su teoría de la
satisfacción que surgirán disputas. Tomamos una definición del
término satisfacción que nos sirve de guía.
“Satisfacción, o pago completo de una
deuda, significa, en el orden moral, una aceptable reparación de la
honra ofrecida a la persona ofendida y, por supuesto, implica un
trabajo penal y doloroso”
Aunque ya Tertuliano y Ambrosio
habían usado el término satisfacción para describir los actos del
penitente y al sufrimiento de Cristo, es San Anselmo quien lo
desarrolla más extendidamente, y con quien se identifica la teoría
de la satisfacción.
“…S. Anselmo intenta mostrar en su obra Cur Deus Homo –a partir de
la idea de Dios y del hecho universal del pecado- que Dios debía
encarnarse y morir por la salvación de los hombres. Los
presupuestos teológicos de S. Anselmo son agustinianos: como en S.
Agustín, también en nuestro autor la doctrina de la redención se
expone a partir de la noción de pecado, pero en el Cur Deus Homo se
da una dialéctica que parece vincular los dones divinos a una cierta
necesidad. Como el estado de pecado en el que el hombre viene al
mundo le hace del todo incapaz para abrirse camino hacia Dios, es
del todo necesaria –concluye- una reparación por el pecado obtenida
por la vía de la Encarnación. Para mostrar esta tesis S. Anselmo
analiza en primer lugar la idea de pecado. Al intentar escapar a la
voluntad divina por el pecado, nos dice, la voluntad creada cae bajo
la justicia de aquélla, que debe castigar para restablecer el orden
perturbado, a menos que se ofrezca una satisfacción que restituya a
Dios el honor que se le ha negado. “Es necesario que la
satisfacción o el dolor sigan al pecado” (1, 15). Como es imposible
que Dios pierda su honor, “o bien el pecador entrega espontáneamente
lo que debe (satisfacción), o bien Dios lo tomará del pecador a
pesar de éste (dolor o pena)” (1, 14). Dado que la satisfacción
devuelve a Dios el honor que le negaba el pecado, debe ser a medida
del pecado mismo, y ha de consistir en algo que no sea ya debido por
algún otro motivo. De ahí una paradoja: el hombre no puede ofrecer
nada que sea proporcionado al pecado, puesto que el pecado no puede
ser compensado por ningún bien creado; es decir, solamente Dios
puede ofrecer esta reparación, pero a la vez solamente la humanidad
debe ofrecerla. Es,
por
tanto, una obra que sólo el Hombre-Dios
alcanza a realizar. ¿Cómo va a satisfacer el Hombre-Dios? Mediante
la aceptación absolutamente libre de la cruz, ya que, siendo
inocente, no está sometido a la muerte. De este modo satisface, y
su satisfacción tiene un valor infinito, porque emana de un Dios
hecho hombre. Tiene también valor meritorio, porque el mérito, que
Cristo no necesita para Él, viene todo a nosotros en gracia y
perdón.
San Bernardo
Pasemos así
a otro representante del medioevo, San Bernardo. Éste critica la
teoría de los derechos del demonio, porque son derechos usurpados,
no propiamente derechos. Acoge la teoría de la satisfacción,
diciendo que la unidad espiritual entre Cristo y sus seguidores
logra que el sufrimiento y muerte de Cristo sea acogido por Dios
como satisfacción agradable, aunque aclara que lo que agrada a Dios
no es la muerte, como si fuera un Dios sediento de sangre y
venganza. Lo que agrada a Dios es la entrega espontánea de la
voluntad que se ofrece en la muerte.
Ciertamente, la doctrina de San Bernardo da en el clavo al decir que
lo central en el acto de la redención es la entrega espontánea de la
voluntad, la más alta expresión de la libertad.
Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás
de Aquino vincula el valor de la encarnación por la relación que
ésta establece entre Cristo y los seres humanos. La encarnación es
ya redentora de por sí. Fue querida por Dios, para llevarnos
participar de nuevo en la divinidad. La visión de Dios es la
felicidad del ser humano
“En relación con los
aspectos de la acción redentora de Cristo, S. Tomás distingue los
siguientes:
a) es una
acción meritoria a favor Nuestro. Cristo, que ha renunciado
por nosotros a gozar de la gloria que le era debida, ha merecido,
para sí, su resurrección, su glorificación corporal y todo lo que se
vincula a ella (cfr. Sum. Th. 3, q19, a3; q 49, a 6), y para
nosotros, la redención de nuestras alma y resurrección de nuestros
cuerpos. La Pasión ha causado, por tanto, nuestra salvación, por
modo de mérito (ib. 3 q48, a1)…
b) es causa
de nuestra salvación a modo de satisfacción, porque “Cristo
ha sufrido por caridad y obediencia, ha ofrecido a Dios más de lo
que exigía la compensación de la ofensa total del género humano, a
causa de la grandeza de la caridad con la que sufría, y a causa de
la dignidad de su vida, que Él presenta como satisfacción, por ser
vida del Hombre-Dios…” (ib. 3, q. 48 a2).
c) Opera la
r. a modo de sacrificio. “el sacrificio que se ofrece
exteriormente significa el sacrificio espiritual interior por el que
el alma se ofrece a Dios…” (ib. 2-2, q85 a 2). El sacrificio
exterior es, por tanto, expresión de un homenaje de adoración y de
un deseo de unión con Dios; después del pecado tiene también un fin
de reparación (ib. 3, q 48 a3)…
d) Actúa, finalmente, a
modo de rescate. Por el pecado, el hombre experimenta
esclavitud respecto al demonio; y una cierta servidumbre respecto a
Dios, en cuanto que quedaba obligado a la justicia divina. Cristo
nos rescata de ambas a precio de su sangre y de su satisfacción;
ambas son ofrecidas Dios, pues, en realidad el demonio no tiene
derecho alguno (ib. 3, q 48, a4)”
Es evidente que la síntesis
soteriológica de Santo Tomás es más matizada que la de San Anselmo.
La redención es una obra meritoria a modo de satisfacción, a modo de
sacrificio y a modo de rescate. Pone de relieve el valor moral de
la satisfacción en función del amor y la obediencia, el homenaje a
Dios mediante el cual el Hijo de Dios expió las ofensas de la
humanidad. Además, al redimensiona la doctrina en la línea del
mérito, la satisfacción, el sacrificio y el rescate, expone la
redención como una realidad que no se agota en uno solo de los
modelos.
San Buenaventura
Buenaventura de
Bagnoregio, el doctor seráfico, contempla al Hijo Encarnado como el
centro y fin de toda la historia, desde antes de la creación del
mundo hasta su consumación. En sus Opúsculos místicos,
Buenaventura considera devotamente el amor de Dios
“que en el Hijo que
nació pobre, vivió pobre y murió desnudo y crucificado ha revelado y
ofrecido a los hombres el documento más sincero de su voluntad de
salvación…”
Luego, si el Hijo
Encarnado es el fin de toda la historia, es fácil saltar a la
conclusión que, si no hubiera habido pecado, como quiera el Hijo de
Dios se hubiese encarnado. Lo hubiese hecho para expresar el culmen
de la obra de la creación. Esto lo desarrollará más extensamente
Duns Escoto.
Escoto
El beato Duns Escoto,
heredero de la tradición franciscana de Buenaventura, propone una
teoría sumamente refrescante. En el plan primigenio de Dios para
crear, Cristo era el primer ser contemplado, modelo de la perfección
de la creación. Esto, anterior a todo mérito o pecado. Por lo
tanto, aunque no hubiera existido el pecado, aún así Cristo se
hubiera encarnado, para llevar la creación a su máxima expresión.
En esto se distanció un poco de Santo Tomás, quien había enseñado
que, aunque ciertamente la encarnación era la obra cumbre de Dios,
si el ser humano no hubiera pecado, no hubiera venido el Hijo al
mundo para redimirnos. Tanto Tomás como Escoto, sin embargo,
reconocen la gratuidad de la encarnación y la redención, y rechazan
que éstas se debieran a causas necesarias, como si impusieran un
deber a Dios. Después de Escoto y la escuela franciscana, tendremos
que saltar a la Reforma y el concilio de Trento, para hallar otra
formulación del dogma de la redención.
La reforma
Veamos las
circunstancias y planteamientos de los Reformadores en torno a la
doctrina de la redención. Lutero presenta la redención como
victoria sobre el pecado, la muerte y el demonio. Entiende la
satisfacción y la expiación por nuestros pecados como sustitución
penal. Sobre todo, acentúa el carácter reconciliador de la obra de
Cristo. En ese sentido sigue fiel a la tradición anterior a él.
Lutero era religioso agustino, y conocía la tradición de S.
Anselmo. Pero mientras su antecesor en la familia agustiniana, S.
Anselmo, había puesto énfasis en la redención objetiva, a Lutero lo
que le interesa es la salvación subjetiva, es decir, el significado
del sacrificio de Cristo como salvación “para mí”. En lo que sí se
distingue de la tradición es en su insistencia en la justificación
por la fe, solamente, aparte de las obras buenas del ser humano. Lo
más característico de Lutero será su insistencia sobre la
justificación por la fe:
“… El hombre se abandona por la fe a
las manos de Dios, que disimula sus pecados cubriéndolo con el manto
de su misericordia, mientras que el hombre permanece pecador en su
interior. Esto tiene lugar en virtud de los méritos de Cristo a
cuyas espaldas echa Lutero todo el peso del castigo debido a la
humanidad por sus pecados”.
Por otra parte, Lutero insiste en el sufrimiento infernal de Jesús
en la cruz. Sufrió lo que sufren los condenados y saboreó la cólera
divina.
Esto es lo que se conoce por la sustitución penal, teoría que afirma
que Cristo sufre el castigo del Padre y lo sufre con el tormento de
los condenados. Juan Calvino también conoce el modelo anselmiano de
la satisfacción, pero subraya sobre todo la mediación de Cristo.
Cristo obra la justificación y la salvación del creyente. Según él,
la redención es fruto de la gracia destinataria de Dios.
Calvino casi asusta al insistir en que Cristo fue pecador, y por eso
pudo descender a los infiernos para vivir el tormento de los
condenados y así absolvernos de nuestras culpas.
Concilio de Trento
En realidad el Concilio
de Trento no toca la doctrina de la redención de frente, y sólo
aclara la doctrina sobre la justificación. Pero Trento sí hace
referencia a la doctrina de la satisfacción, al mérito de la pasión
y al valor expiatorio del sacrificio de Cristo.
“Los textos recogidos manifiestan todo lo esencial enseñado por el
Conc. De Trento: la impotencia absoluta del hombre pecador para
librarse del pecado, la iniciativa de la misericordia divina, la
gracia de la salvación que nos viene por Jesucristo, Verbo encarnado
por amor al hombre. Para caracterizar la obra redentora de Cristo,
el Concilio consagra las ideas de mérito y satisfacción (aunque sin
abandonar la de redención y sacrificio; cfr. Denz.Sch. 1522 y
1729). Cristo nos ha merecido la justificación; ha satisfecho por
nosotros a Dios. Causa de este mérito es la caridad que tiene hacia
nosotros, y que le hace aceptar la pasión y muerte de Cruz… La
fuerza de Dios habla ahora a través de la sumisión y la obediencia
de Cristo, que entra en el mundo humildemente, como un hombre más…
El hombre redimido sigue en verdad a Cristo, pero al mismo tiempo
puede decirse que es llevado por Él sobre los hombros vigorosos de
hermano mayor, que es Hijo único del Padre. De ese modo saltamos
con Jesucristo el abismo de pecado, que nos separa de Dios; de ese
modo tiene sentido para el hombre el esfuerzo por aprender la
doctrina y practicar la virtud. Por eso, Cristo es el mayor bien,
el mejor don, que nos ha sido entregado a los hombres por Dios: un
presente rico y entrañable que nos viene del amor de la Trinidad…
Después de morir en la Cruz y descender a los infiernos, Jesucristo
completa la obra redentora con su Resurrección de entre los
muertos. Esta realidad de fe –que ha estado siempre presente en la
confesión de los misterios cristianos por la Iglesia- ha sido
fuertemente formulada en el Conc. Vaticano II: “la obra de la
redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada
por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza,
fue realizada por Cristo el Señor principalmente por el misterio
pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los
muertos, y gloriosa Ascensión” (Cons. Sacrosanctum Concilium, 5).
La Resurrección de Jesucristo,
que completa con la Ascensión los misterios de la vida del Señor,
completa también el conjunto de estos actos salvíficos de los que
depende objetivamente nuestra redención…”
Trento rechaza la
teoría reformista de la sustitución penal, de la justificación
meramente exterior e imputada al ser humano y la teoría de que
Cristo sufrió la ira divina y los tormentos del condenado por ser
pecador. No fue sino hasta unos siglos más tarde que el
protestantismo liberal rechazaría la doctrina de la satisfacción.
Cristo no repara objetivamente el pecado, sino que solidariza con
nosotros para darnos ejemplo. En realidad, Cristo nos anima a la
confianza, ablanda nuestros corazones para el arrepentimiento y nos
recuerda que Dios nos ama.
“Cristo,
en consecuencia, es desposeído de su divinidad y reducido a modelo
de experiencia religiosa. En consecuencia, la redención no es
obrada por Dios mismo, y la muerte de Cristo queda reducida a mero
ejemplo de amor”.
No hay duda
que la doctrina de la satisfacción de Cristo por nuestros pecados
pertenece a la fe de Iglesia, e igualmente la dimensión
propiciatoria del sacrificio de Cristo. No podemos reducir el don
de la redención a un mero ejemplo moral de amor y de piedad por
parte de Cristo. Objetivamente, él nos salvó. Y aunque esa
salvación se exprese en términos de redención, liberación,
divinización, justificación, sacrificio, propiciación,
sustitución, expiación o reconciliación, su acción no se puede
reducir a un mero ejemplo.
Cooperación humana
La
tradición católica insiste que, en la obra de la redención, el único
que nos salva es Jesucristo. El ser humano no es capaz de salvarse
a sí mismo. Pero esa salvación, una vez comunicada al ser humano,
exige que éste colabore con libertad personal y entrega filial en la
obra de su propia salvación.
“El hombre no se comporta como un ser inerte que se ve arrebatado,
en cualquier caso y a pesar suyo, por la gracia de Dios. Debe, por
el contrario, salir a su encuentro, dejarla entrar en su vida, y
acomodarse a sus exigencias. Esto es precisamente lo que el
Evangelio llama conversión (cfr. Mt 3, 2; Mc 1, 15; Lc 3,3; Act 2,
38), es decir, un cambio interior, una actitud nueva, un proceso
–instantáneo o gradual- de volverse hacia Dios, que supone una
profunda y vigorosa movilización del espíritu”.
Sin
embargo, es importante señalar que al ser denominada “cooperación”
del ser humano con la obra de la redención, no lo equipara a Dios.
No hay proporción entre lo que hace Dios y lo que contribuye el ser
humano. De hecho, incluso lo que hace el ser humano es ya un don de
Dios, pues no podemos hacer ningún bien sin estar unidos con Dios.
Pero, aunque se salven las distancias en esta analogía, pues lo que
contribuye Dios es infinito y lo que contribuimos nosotros es
finito, es un corolario del libre albedrío que la salvación de Dios
no viene impuesta en contra de nuestra voluntad. Dios respeta
nuestra libertad y él mismo inscribe en ella la capacidad de
“cooperar” en el acto salvífico.
"La cruz es el único sacrificio de Cristo, que es el único mediador
entre Dios y los hombres (1 Tim. 2, 5). Pero, porque en su divina
persona encarnada se ha unido en cierto modo con todo hombre, Él
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma sólo conocida por
Dios, se asocien a este misterio pascual. Él llama a sus discípulos
a tomar su cruz y a seguirle, porque él sufrió por nosotros
dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 Ped. 2, 21). (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 618)
Hoy día, con una mayor conciencia de la solidaridad mundial, resulta
fácil hablar de la redención como solidaridad. Esta solidaridad ha
sido especialmente demostrada antes los desastres naturales, como el
Tsunami en Indonesia, Tailandia, India y otros países en diciembre
de 2004, y los terremotos y desastres en otras partes del mundo.
Aunque la ayuda necesitada era muy grande, el concierto de las
naciones demostró una gran caridad para con los pueblos afectados.
Cuando el huracán Karina azotó la ciudad de Nueva Orleáns, en el
estado de Louisiana de los Estados Unidos, los estragos causados
hicieron mover a millones de personas de todo el mundo para ayudar
con la tragedia. Incluso, en el terremoto en Irán en marzo de
2006, se pusieron a un lado las diferencias políticas entre las
naciones, y fueron muchos los antiguos enemigos de Irán que vinieron
al rescate de las víctimas del terremoto.
Nos hemos dado cuenta
que vivimos en una villa global, y que la ayuda que yo doy a
mis semejantes en otras partes del mundo abre también el camino para
la ayuda que yo pueda necesitar en el futuro. Un anuncio
contemporáneo de la redención debe tener en cuenta la rica herencia
que tenemos en la tradición respecto a esta doctrina.
Pasemos ahora a unas preguntas clave en torno a la
teología de la redención. ¿De qué hemos sido redimidos? ¿Cuál era
condición primigenia del ser humano, antes del pecado? ¿Por qué las
consecuencias del pecado original se transmiten generación tras
generación?
J. Morales Marín, “Redención, II: Teología dogmática”. En
Gran Enciclopedia RIALP. Vol. XIX. Madrid, Ediciones RIALP
1974, 774.
Cf. J. A.
Sayés, op. cit., 428-429. Según este autor,
la redención no causó batallas teológicas hasta el siglo XII,
cuando la obra Cur Deus homo de San Anselmo fue recibida
y criticada. El mismo autor, hablando de la teoría de los
derechos del demonio dice, 441: “Los Padres describen también el
dominio de Satanás sobre la humanidad con la imagen de la
esclavitud. En este sentido, vienen a decir que el demonio se
apoderó de la humanidad y adquirió derecho de propiedad sobre
ella a partir del pecado de Adán. Es así como se llega a la
teoría del derecho del demonio al que Cristo paga un rescate
liberador por nosotros. Esta idea va unida incluso a la del
abuso de poder perpetrado por el demonio, que quiso ejercer
sobre Cristo un derecho que sólo tenía sobre los pecadores”.
S. Atanasio, “Oratio II contra Arianos”, 61: PG 26, 277.
San Juan Damasceno, De fide ortodoxa, IV, 13: PG
94, 1137.
J.F. Sollier, Le dogme de la
rédemption, 209.
J.
Morales Marín, op. cit., 777. Cf. también, J. F. Sollier, op.
cit., 3. El mismo autor dice en la página 5: “La redención es
llamada por el "Catecismo del Concilio de Trento" (1, v, 15)
"completa, íntegra en todos los puntos, perfecta y
verdaderamente admirable". Semejante es la enseñanza de San
Pablo: "donde el pecado abundó, la gracia abundó más" (Rom., v,
20), es decir, el mal como los efectos de pecado, son más que
compensados por los frutos de la Redención. Haciendo un
comentario sobre ese pasaje, San Crisóstomo (Hom. X en Rom., en
P. G., LX, 477) compara nuestra responsabilidad con una gota de
agua y el pago de Cristo con el inmenso océano. La verdadera
razón para la suficiencia e incluso la superabundancia de la
Redención es dada por San Cirilo de Alejandría: "Uno murió por
todos... pero había en aquel más valor que en todos los hombres
juntos, más incluso, que en la creación completa, porque además
de ser hombre perfecto, Él seguía siendo el único hijo de Dios"
(Quod unus sit Christus, en P. G. LXXV, 135fi). San Anselmo (Cur
Deus homo, II, el xviii) probablemente es el primer escritor que
usó la palabra "infinito" en relación con el valor de la
Redención: "ut sufficere possit ad solvendum quod pro peccatis
totius mundi debetur et plus in infinitum."
Ibid., 779: “A diferencia de la soteriología tomista, que se
inclina a vincular estrechamente la Encarnación de Cristo al
hecho del pecado, la teología del franciscano Duns Escoto
insiste en el hecho de que Cristo es el primer predestinado, el
primer ser contemplado en el designio de Dios, anterior a todo
mérito y todo pecado. “Si la caída del hombre hubiera sido la
causa de la predestinación de Cristo, se seguiría que la obra
suprema de Dios sería solamente ocasionada (en el sentido de
ocasional). Digo, por tanto, que la caída no ha sido la causa
de la predestinación de Cristo. Y aunque nadie hubiera caído en
pecado…, incluso si no se hubieran creado otros seres…, Cristo
habría sido igualmente predestinado” (cfr Reportata
Parisiensia, lib. III, disk. VII, q4, schol.
2, no 4 y 5). La escuela
franciscana que sigue a Escoto apela a S. Pablo (Col 1, 15-20;
Eph 1, 3-12) para apoyar esta tesis según la cual la vocación de
las criaturas a la filiación divina es Cristo es un dato
anterior a la misma creación.”
Por R. P. Jorge R.
Colón, C.Ss.R.
1 de
enero de 2007
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