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Capítulo II
Terminología de la
redención |
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La
redención es, pues, una acción esencialmente liberadora y salvadora
de Dios realizada en Cristo. El hombre es liberado de la esclavitud
del mal y salvado de la muerte eterna. En la muerte de Cristo Dios
desvela al hombre la naturaleza íntima de la situación en que se
halla ante Él… En el Resucitado, Dios ha creado una humanidad nueva
que devuelve a su creador la vieja humanidad alejada de Él por el
pecado y la muerte”. |
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Vocabulario de la
redención
Hace mucho
tiempo, J. F. Sollier escribía en una enciclopedia católica esta
definición sobre la redención:
“Es la restauración
del hombre, de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos
de Dios, a través de las satisfacciones y méritos de Cristo… En el
Nuevo Testamento, es el término clásico que designa el "gran precio"
(I Cor., vi, 20) que el Redentor pagó por nuestra liberación… Por
parte del hombre, es doble, liberación de la esclavitud del pecado y
restauración a la anterior adopción Divina y esto incluye el
completo proceso de vida sobrenatural de la primera conciliación, a
la salvación final. Ese doble resultado, a saber la satisfacción de
Dios y la restauración del hombre, es provocado por el oficio
vicario de Cristo que trabaja a causa de las acciones satisfactorias
y meritorias realizadas en nuestro nombre”.
Esta descripción que
hace Sollier, redactada con rigor teológico, refleja el estado de la
cuestión a finales del siglo diecinueve y principios del veinte (la
publicación es del 1907). Es un escrito coyuntural, pues marca el
paso de un siglo a otro. Hoy día nos encontramos ya en la primera
década del siglo XXI, también en un paso coyuntural entre el siglo
veinte y el veintiuno, y también entre el segundo y el tercer
milenio.
Conviene
ver algunos de los vocablos con que se suele identificar el concepto
de salvación y redención. Para esto nos valemos de las aclaraciones
que hacen Joseph Doré y otros autores.
1.
Redención [apolytrosis]:
“Este primer término
es probablemente el que ha sido asociado con mayor frecuencia a la
palabra “salvación”. De este modo, junto al misterio de la
encarnación aparece el de la redención, otorgada por Dios a los
hombres y consumada para ellos por Jesucristo… Efectuada por Dios
mismo en Jesucristo, la redención es salvación del pecado, cuyo
perdón anuncia y realiza… Se subraya claramente el carácter gratuito
de tal salvación… Finalmente, el término señala el aspecto oneroso o
exigente del conjunto del proceso salvífico. Por su muerte,
caracterizada como sacrificio que asegura la expiación del pecado,
Jesús “merece” salvación para los hombres”.
La redención anuncia
el perdón del pecado, por la bondad infinita de Dios. No sólo lo
anuncia, sino que lo lleva a término, lo realiza efectivamente. En
la redención se conjuga misteriosamente la justicia de Dios que
exige ajustar cuentas con el ser humano, con la misericordia.
Justicia y misericordia van mano a mano, sin ser opuestas, sino
complementarias. Hasta podría afirmarse que, en la misericordia,
Dios revela su más perfecta justicia.
Pero esa redención no
ha sido alcanzada por el ser humano por sus propios medios. Es Dios
quien toma la iniciativa. Así como es Dios quien toma la iniciativa
para sembrar el don de la fe en nosotros, y es Él quien toma la
iniciativa para darse a conocer al ser humano, también en la
redención, es Dios quien toma la iniciativa. La gratuidad de la
redención es uno de los anuncios esenciales del Nuevo Testamento.
Cuando nosotros estábamos esclavizados por el pecado, fue Dios quien
rompió las coyundas de nuestra esclavitud, quien cortó las junturas
que tenían atadas nuestra libertad.
El misterio de la
iniquidad queda retratado completamente en su aspecto horroroso en
la cruz de salvación. La redención no fue una obra simple, una
respuesta fácil al problema del pecado y del mal. Costó lo más
precioso que existe en la creación: la vida humana misma del autor
de la vida. Lo que demuestra el peso asombroso del pecado es el
hecho que, para ser liberado del mismo, el ser humano era incapaz de
hacerlo solo. Hemos sido comprados (redimidos) a un gran precio.
Nadie puede imaginar mayor don que el de la redención. Porque
colgado del madero de condena, el Inocente de todo, carga con la
culpa de todos. La redención no ha sido un elemento jocoso en la
historia de la salvación. El escándalo de la cruz revela la
gravedad del pecado. Pero en la pedagogía exquisita de Dios, allí
donde nosotros sembramos pecado y muerte, Él sembró salvación y
gracia. Nosotros enterramos nuestros pecados bien clavados a la
cruz de Jesús, sujetando sus manos y sus pies, como para desafiarlo
y no permitirle obrar. Pero maniatado y vilipendiado, con manos y
pies impedidos para salvar, Dios salva al ser humano, cuyo pecado
llevó a su propio Hijo a la cruz.
Eternamente, el amor
mutuo del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre, es la
fuerza que los une inseparablemente. En la cruz, a primera vista,
parecería que los seres humanos hubiéramos roto ese vínculo eterno
de amor entre Padre e Hijo. Pero con la mejor visión que nos da la
fe, vemos que en el quebranto y la debilidad de la cruz, está
también revelado el amor mutuo entre Padre e Hijo. No, el pecado no
logró romper el lazo eterno de amor entre Padre e Hijo.
Precisamente cuando el pecado y la muerte pensaban que habían
vencido, al ver al Hijo de Dios hecho hombre aplastado como gusano
en la cruz, Dios demuestra que su amor es omnipotente, y que no se
amilana ante el pecado de los seres humanos. El pecado, a primer
vista, sólo a primera vista, parece haber vencido en el Calvario.
Pero el leño de muerte que enterramos en el montículo del Calvario,
Dios lo convirtió en semilla del reino, en causa de salvación.
2.
Liberación:
“En aquellos a
quienes beneficia, la salvación designada por este término se
realiza como una liberación; se presenta como un alejamiento de la
cautividad del pecado y de la esclavitud que implican las
“pasiones”, los “poderes de este mundo”, la muerte, etc. Sólo en
tiempos recientes se ha utilizado el término “liberación” para
designar a la totalidad de la salvación, hasta el punto de haberse
llegado a convertir esta palabra en un sustituto puro y simple de la
“redención” tradicional… Por una parte, insiste en un aspecto…
político. Según esta perspectiva, el signo y el criterio del
acontecimiento de la salvación se consideran realizados en la
liberación con respecto a todas las formas de explotación económica,
opresión política y violencia institucional. Por otra parte, se
encuentra subrayada… su dimensión de proceso dinámico, de devenir
histórico; la salvación incluye luchas y combates… avances y
retrocesos, y se abre camino a través de todo este conjunto de
condiciones y de condicionamientos que tienden, por el contrario, a
desdibujar todas aquellas concepciones de la salvación que valoran
sus dimensiones de interioridad y/o eternidad”.
La
palabra libertad apunta a una necesidad básica del ser humano. Para
poder existir, el ser humano necesita la libertad. Quítale la
libertad legítima a un ser humano y lo destruyes. Libertad y
liberación son dos términos que están muy de moda, desde el siglo
pasado. Se habla de la necesidad de liberación en todos los
ámbitos: liberación política, cultural, social, ecológica. En el
ser humano hay un instinto innato que renuncia a lo que sea
esclavitud. Donde el ser humano encuentra su felicidad es en la
libertad.
Libertad y liberación
son sinónimos frecuentes de redención. Libertad y liberación que
incluyen los procesos intrahistóricos de la humanidad, pero que
también van más allá. La libertad que busca el ser humano siempre
será una libertad limitada y temporal en este mundo. La libertad
auténtica, que tiene sus raíces en la transformación de este mundo
actual, extiende también su horizonte a la vida del más allá. No
podemos llegar a la libertad plena del cielo sin haber hecho nuestra
parte en la transformación de este mundo actual.
3.
Reconciliación [καταλλάσσω, katallássō]:
Otro de los términos
utilizado como corolario de la redención, como uno de sus
resultados, es la
reconciliación.
“En sí, el término
remite a una separación a la que pone fin, a una ruptura que se
supera supuestamente. En el contexto cristiano se piensa en primer
término en la ruptura con Dios y, por tanto, en el pecado, que
supone el perdón de Dios… Mientras reconcilia a los hombres con
Dios, la salvación los sitúa en una relación para con él, que
verifica todas las prerrogativas de la filiación: recepción de la
vida, participación de la existencia, privilegio de una solicitud y
una protección constantes… Pero el que dice filiación en relación
con un padre dice fraternidad con respecto a todos aquellos que
dependen de su paternidad. La salvación en cuanto reconciliación
con Dios es inconcebible sin la reconciliación con los hermanos…”
“Cabe reconocer, sin
embargo, otras dos dimensiones más en esta tercera manera de
expresar la salvación… Se sitúa en un primer plano la necesidad de
una reconciliación de los hombres con la naturaleza, con su mundo.
Sin ella, como recuerdan las campañas ecologistas, no hay
posibilidad de salvación para los hombres en un plazo más o menos
largo. Existe finalmente una reconciliación que no cabe olvidar sin
más: es aquella por la que estamos en paz con nosotros mismos,
liberados de la ansiedad, capaces de no desfallecer como
consecuencia de nuestras propias insuficiencias y errores
cotidianos, y serenos ante la realidad, sea cual sea”.
“La salvación sólo
depende de la iniciativa, benevolencia y misericordia gratuitas de
Dios”.
La antropología
teológica no puede olvidar el estado del ser humano bajo la
influencia del pecado. La doctrina sobre el pecado original y toda
clase de pecado no tendría sentido sin la cruz, pues en la cruz es
que descubrimos la verdadera maldad del pecado. Así como el pecado
original originante tuvo consecuencias para toda la humanidad, así
la redención tiene consecuencias para toda la humanidad. Es más, la
reconciliación, que es consecuencia de la redención, podría verse
como el reverso del pecado original. Pero la reconciliación
resultante de la obra redentora de Cristo sobrepasa por mucho la
carga del pecado. Es que Dios no sólo nos perdona el pecado en
atención de los méritos de Cristo en la cruz, sino que va más allá.
Aparte de perdonarnos, nos coloca en una adopción filial o filiación
adoptiva con él, por medio de Cristo, por el poder del Espíritu
Santo. Esa filiación adoptiva no es un mero título, sino que es la
que nos consigue la participación en la vida divina, la dignidad
inquebrantable de los hijos e hijas de Dios. Nos pone en relación
con el Padre Bueno que Jesús predicó, y por esa relación no pone en
fraternal relación con los demás. Por eso, la reconciliación
obtenida gracias a la redención, no sólo nos reconcilia con Dios,
sino también con los hermanos, con toda la creación, y sobre todo
con nosotros mismos.
Junto a la importante terminología de redención, salvación, y
liberación hay otros términos igualmente importantes, como,
expiación, y justificación. Veamos lo que nos dicen esos vocablos.
4.
Expiación [‘ιλασμός, hilasmós]:
“El pensamiento
básico de la palabra griega hilasmós es el esfuerzo humano por
hacerse propicio el poder inquietante… de los demonios y los dioses,
fortaleciendo su propio quehacer con el empleo de fuerzas
sobrehumanas. El acto de hacerse propicias las divinidades se
realiza en las acciones litúrgicas, en la que tiene lugar víctimas
humanas o de animales, ritos de purificación, oración, y también
danzas y juegos… En Heb 2, 17 aflora el ritual del día de la
reconciliación. Se describe a Jesús como el sumo sacerdote fiel que
expía los pecados del pueblo… Jesús fue determinado y legitimado por
Dios para llenar lo que, en realidad, ni las acciones expiatorias
del AT ni las de la historia de la religión habían llegado a
conseguir… El resultado de la expiación de Jesús es la superación de
la culpa y la oferta del perdón al nuevo pueblo de Dios”.
No hay duda que la
acción de Dios en la redención es la primordial y única necesaria.
Pero en todas las religiones universales aparece el fenómeno de la
expiación. En lo recóndito del inconsciente humano se constata el
deseo de hacerse agradable a la divinidad. Esto se ve en la
práctica de los sacrificios a las deidades de todas las religiones
mundiales. El sacrificio es una ofrenda sensible al Ser Supremo que
denota externamente una actitud interna de adoración y obediencia
hacia Él. El Ser Supremo ofrece favor, perdón, bendición. El fin
del sacrificio es establecer una comunicación con Dios.
Las religiones védicas
hablan del sacrificio a Agni y Soma, el zoroastrianismo en su Avesta
atestigua el sacrificio ofrecido a Ahura Mazda para obtener su
favor. Algo semejante pensaban los antiguos griegos hacían ofrendas
y ofrecían oraciones a los dioses, al igual que los antiguos
romanos, quienes desarrollaron un politeísmo extremo, donde todas
las acciones humanas estaban protegidas y condicionadas por los
dioses, los genios, los lares y otros protectores espirituales. En
el panteón romano convivían pacíficamente las deidades recogidas de
todos los pueblos. Los chinos, por su parte, que se distinguen por
el culto a los ancestros, expresan su fe en los sacrificios,
especialmente en el confucianismo. En éste el emperador es el
sacerdote supremo que ofrece sacrificio a Dios. Entre los egipcios,
los templos guardaban las imágenes de los dioses, sus tesoros y
vasos sagrados, donde sólo los sacerdotes podían entrar. A esas
imágenes se ofrecía comida y bebida diaria como signos de
propiciación. De igual manera, hallamos rasgos del sacrificio
ritual en las culturas babilónicas y asirias. Los sacrificios eran
considerados como los banquetes de los dioses, ante quienes se
quemaban fragancias agradables, para obtener su favor. Más
conocidos por los ambientes bíblicos son los sacrificios de Canaán,
muy vinculados a la fertilidad de la tierra, que igualmente buscaban
agradar a las deidades de la creación.
La religión cristiana
es heredera de la rica tradición judía, cuyas prácticas litúrgicas
se desarrollaban en torno a los sacrificios. No se permitía el
sacrificio humano, porque sólo Dios Yahvé tiene poder sobre la
vida. Pero sí existían muchos tipos de sacrificios, para agradar a
Yahvé, incluyendo el derramamiento de la sangre de un animal como
sustituto de la sangre humana. También existía el sacrificio por el
cual se ofrecían el pan y el vino, el incienso, las lámparas
encendidas en el candelabro de oro, el holocausto, las primicias
ofrecidas el segundo día de la pascua judía, y el pan y las
primicias ofrecidas en Pentecostés.
Para el cristianismo,
sin embargo, existe un solo sacrificio, el de Cristo en la cruz, que
cumple con todas las expectativas de expiación y reconciliación de
los antiguos ritos y sacrificios. La carta a los Hebreos 2, 17ss,
en una excelente muestra de la escritura griega refinada, explica
cómo el sacrificio de Cristo supera a todos los demás sacrificios
precedentes. En la cruz coinciden la víctima, el altar del
sacrificio y el sacerdote que ofrece la víctima sobre el altar, sin
necesidad de repetir dichos sacrificios cada año, pues su sacrificio
satisface perfectamente y nos hace agradables a Dios.
Si por una parte la
redención supone el favor y el perdón de Dios, por otra parte supone
la actitud de quien recibe estos dones. Para acercar a nosotros el
favor de Dios, debemos expiar, hacernos agradables a Él. Sólo que,
en nuestra fe cristiana, lo que nos hace agradables a Dios no es
nuestro esfuerzo humano sin más, sino la expiación ofrecida por
Cristo en nombre de toda la humanidad. Él es quien nos obtiene el
favor de Dios, quien nos hace agradables a Él. Al ofrecer el
cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo en la
eucaristía, la Iglesia ofrece el sacrificio supremo
sacramentalmente, uniéndonos a la cruz del perdón y reconciliación.
5.
Justificación [δικαίωσις, dikaíōsis]
San Pablo es quien
más insiste que:
“esta justicia de
Dios se manifiesta en que Dios, ante el pecado de la humanidad, no
se deja llevar, por decirlo así, de su ira, sino que, a pesar de la
actitud rebelde del hombre, hace prevalecer su salvación y su
soberanía. La trasgresión de uno (Adán), su desconfianza para con
Dios ha traído la desconfianza a la humanidad y así ha sido ocasión
de condenación para todos. Ahora, la acción justificadora (δικαίωμα,
dikaíōma) de uno (Cristo), su confianza absoluta en aquel que
justifica a los impíos, ha hecho posible para la humanidad la
confianza incondicional en Dios, no obstante la maldición del
pecado. Esto conducirá a la justificación (δικαίωσις, dikaíōsis) de
la humanidad, a que ésta reciba el don de la justicia… Ningún hombre
se justifica por las obras de la ley, ni, por tanto, fundándose en
una obediencia perfecta… ciertamente, no hubiese sido necesario que
Cristo muriese si hubiese sido posible la δικαωσύνη, dikaiosýnē por
medio de la ley… Pablo concluye de aquí que el hombre sólo puede
ser justificado por la fe en Cristo, es decir, por pura confianza en
la gracia de Dios… Puesto que el creyente ha muerto con Cristo al
pecado y ha sido justificado, sólo vive ya para Dios… Al igual que
la resurrección es la anticipación de la manifestación de la
soberanía universal de Dios, la justicia en el nyn kairô, en el
tiempo presente, es la anticipación de la justicia de Dios que
tendrá lugar en la parusía”.
Estos vocablos nos dan
una idea general de la semántica de la redención. Cuando una
palabra como “redención” tiene un horizonte semántico tan rico es
porque su contenido es muy abarcador. Ninguna palabra o concepto
por sí mismo y aisladamente, podrá agotar la riqueza de su
significado. Pasemos ahora a un estudio más detallado de algunos
términos directamente utilizados en el sentido de redención, tanto
en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Terminología básica:
Lytron, lytrousthai, lytrosis, apolytrosis, agorazein, g’l y pdh.
Comencemos aclarando
los términos tradicionales con que la Sagrada Escritura se refiere a
la redención.
“El griego emplea
principalmente dos términos para expresar la idea de redención: los
derivados de lytron (lytrousthai, lytrosis, apolytrosis, etc.) y el
verbo agorazein. Lytron expresa la idea de desligar y de liberar.
De aquí el sentido de redimir o rescatar a un cautivo, mediante el
pago del valor de la persona redimida de la esclavitud… Esta forma
griega traduce dos radicales hebreas, g’l y pdh.
Agorazein y exagorazein originariamente se refieren a todo lo
relacionado con la plaza pública… Más frecuente es el sentido de
comprar lo que se vende en la plaza y, por extensión, ir al mercado
y, sobre todo, comprar…
El go’el
es el pariente más próximo a quien corresponde velar por la
familia. Así interviene cuando algún miembro o parte de la familia
ha caído en la esclavitud o ha perdido sus bienes… El go’el es
igualmente el “vengador de sangre”, es decir, el que debía castigar
al asesino de un familiar…
En el
ámbito religioso este término es utilizado para expresar la relación
privilegiada de Israel con su Dios. Dios es el go’el de Israel. En
Ex 6, 6 Yahwéh se manifiesta a Moisés como el liberador de la
esclavitud egipcia: ‘yo os libraré de la esclavitud y os
rescataré.’ El sentido de liberación y de redención van juntos…
Israel es un pueblo redimido que se ha hecho propiedad de su Dios”.
El ágora, la plaza
pública, es el lugar preferido de comercio entre las gentes en la
antigüedad. Algo de eso prevalece aun hoy día en los centros
comerciales modernos, donde se realizan múltiples transacciones
comerciales diariamente. El término agorazein está
íntimamente ligado a este concepto: Dios, el redentor de Israel,
paga el precio para adquirir título de propiedad. Yahvé, a la misma
vez, redime, rescata, desliga, libera (lytron) a Israel.
El uso de estos dos
términos, agorazein y lutrousthai, es intercambiable. Lytron traduce
el hebreo Kopher, que es un don compensativo. Traduce
también pādāh, decir rescatador, o el precio del rescate.
Similarmente, se usa para traducir gheu’llāh
(de gā’al= pagar el rescate). Este mismo autor que acabamos
de cita, aclara el sentido de agorazein:
“El problema
planteado por el uso del verbo agorazein es fundamentalmente
idéntico al que nos ofrecía lytrousthai… El sentido más exacto de
agorazein, cuando es usado dentro del contexto religioso de la
redención, es más bien el de adquirir mediante algo. Dios adquiere
para sí, de nuevo, la humanidad mediante la muerte o sangre de
Cristo, vista ésta como sacrificio por los pecados. Por el pecado
precisamente el hombre se había apartado de Dios; conforme al
pensamiento bíblico, la eliminación del pecado a través de un
sacrificio expiatorio que lo borra y lo destruye, es el medio por el
que Dios re-adquiere a una humanidad envuelta en el pecado. Por
tanto, la sangre de Cristo no es un precio sino un medio de
redención y liberación (cfr. Eph 1, 7-14).
Eph 1,
14 confirma plenamente este sentido cuando nos habla de una
‘redención de adquisición’: Dios redime al hombre de los poderes
malos que le dominan volviéndole hacia Él. El contexto de este
pasaje es escatológico: la eclosión final de la redención se
realizará en la resurrección; de momento, el cristiano tiene la
garantía de que tal realidad se está gestando en el presente por la
presencia del Espíritu de Dios en él, que es arra y prenda de la
total y definitiva redención final (cfr. Rom 8, 23; Lc 21, 28. En
Col 1, 13-14: ‘Él (Dios) nos libró del poder de las tinieblas y nos
trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención: la remisión de los pecados’; se conjugan con precisión
los tres elementos que venimos examinando: poder de las tinieblas,
Reino de la libertad y redención efectuada por el perdón de los
pecados.
…La
redención es, pues, una acción esencialmente liberadora y salvadora
de Dios realizada en Cristo. EL hombre el liberado de la esclavitud
del mal y salvado de la muerte eterna. En la muerte de Cristo Dios
desvela al hombre la naturaleza íntima de la situación en que se
halla ante Él… En el Resucitado, Dios ha creado una humanidad nueva
que devuelve a su creador la vieja humanidad alejada de Él por el
pecado y la muerte.”
El sentido originario de las palabras go’el y padah es socio-legal,
porque se refería a las transacciones hechas al comprar un terreno,
o una casa; también se usaban en el sentido de rescate por medio de
un pago monetario.
También se usaba el vocablo Kopher (kpr) (rescate) como sinónimo de
redención, por ejemplo, en Éxodo 21, 28-30:
“Si un buey acornea
a un hombre o a una mujer, y le causa la muerte, el buey será
apedreado, y no se comerá su carne, pero el dueño del buey quedará
exculpado. Mas si el buey acorneaba ya desde tiempo atrás, y su
dueño, aun advertido, no le vigiló, y ese buey mata a un hombre o a
una mujer, el buey será apedreado, y también su dueño morirá. Si se
le impone un precio por ello, dará en rescate de su vida cuanto le
impongan”.
Como ya
hemos indicado antes, el go’el era siempre el adulto masculino más
cercano, responsable por el bienestar de sus parientes. Éste debía
vengar el asesinato premeditado y toda otra ofensa infligida a un
familiar.
Por eso se le denominaba también el “redentor de sangre” (go’el
haddam).
“Si un
Israelita empobrecido… venía forzado a vender su tierra para
conseguir dinero, su redentor cercano (es decir, su pariente) estaba
supuesto a redimirlo”.
Estos términos, que originalmente tienen su universo en el mundo del
negocio y de la venganza familiar, tienen un desarrollo religioso
ulterior. Dios se convierte en el redentor-rescatador de Israel. El
pueblo le pedía a Dios que lo librara de los malvados, los
opresores, la muerte y del castigo del pecado. Especialmente, la
redención atribuida a Yahvé como go’el de Israel está relacionada
con la liberación de la esclavitud de Egipto.
“Las
creencias de que Dios había redimido a Israel de Egipto y que Dios
había redimido y seguiría redimiendo al individuo y al grupo de los
males presentes, fueron seguidas por la fe que Dios redimiría a
Israel del exilio hasta el ‘final de los días’”.
Aunque los
profetas son muy duros respecto al pecado de Israel y su
consiguiente castigo identificado como el exilio, el amor de Dios
por Israel es tan fiel, que eventualmente Dios cesaría de su ira y
traería una nueva era de redención.
“No temas, gusano de
Jacob, gente de Israel: yo te ayudo - oráculo de Yahvé - y tu
redentor es el Santo de Israel.” (Isa 41,14)
“Así dice Yahvé el
rey de Israel, y su redentor, Yahvé Sebaot: Yo soy el primero y el
último, fuera de mí, no hay ningún dios.” (Isa 44, 6)
“Nuestro redentor,
cuyo nombre es Yahvé Sebaot, el Santo de Israel…” (Isa 47, 4)
“Así dice Yahvé, tu
redentor, el Santo de Israel. Yo, Yahvé, tu Dios, te instruyo en lo
que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir.” (Isa.48,
17)
Así dice Yahvé, el
que rescata a Israel, el Santo suyo…” (Isa 49, 7)
“Haré comer a
tus opresores su propia carne, como con vino nuevo, con su sangre se
embriagarán. Y sabrá todo el mundo que yo, Yahvé, soy el que te
salva, y el que te rescata, el Fuerte de Jacob.” (Isa 49, 26)
Estos textos que acabamos de citar, nos pueden dar una idea de lo
que significaba el rol de Yahvé como redentor de Israel.
“…En los
profetas y particularmente en la segunda parte de Isaías es muy
frecuente referirse a Dios como redentor y liberador de Israel (cfr,
Is 41, 14 donde los Setenta vierten go’el por ho lytroumenos, en
otros casos traduce por ho rysamenos, ‘el que libera'; Is 44, 6; 47,
4; 48, 17; 49, 7. 26, etc.)… En esta segunda parte de Isaías
encontramos también la asimilación de la liberación de la cautividad
de Babilonia y la antigua liberación de Egipto: la nueva liberación,
y en realidad todas la liberaciones de que ha sido objeto Israel,
van a ser descritas con esta terminología”.
En la
evolución religiosa del término redención y sus derivados (lytron,
lytroō, apolytrosis),
también juega un
papel importante la idea de que la redención trae consigo el perdón
de los pecados. Esto no era el sentido originario de la palabra.
Pero mediante un proceso de transformación profética, llega a tener
ese significado. El perdón se compara con la liberación personal de
un esclavo, la manumisión, práctica por la cual se compraba al
esclavo para pagar el precio por su liberación. Así como por la
manumisión el esclavo quedaba libre, así por la redención, el
pecador era liberado de la carga del pecado.
“Si de la radical g’l pasamos a la de pdh,
otra de las formas que los Setenta traducen con lytrousthai,
observamos un sentido muy similar. Así, en Dt 7, 8 se describe la
liberación de Egipto como un ‘rescate de la casa de la servidumbre’
(cfr. Dt 9, 26; 13, 6; 15, 5; 21, 8 con idéntica referencia a la
liberación de Israel de Egipto). En 2 Sam 7, 23 la idea de
redención-liberación está asociada a la de adquisición. ‘¿qué otro
pueblo como tu pueble Israel? Sólo hay una nación sobre la tierra a
la que Dios haya ido a rescatar para hacerla su pueblo…’ El amor y
la misericordia de Yahwéh están sosteniendo desde el fondo esta
actitud y actividad liberadora de Dios hacia su pueblo (cfr. Ps 26,
11 y 130, 7).
El verbo
redimir (padah) puede también tener un sentido más bien psicológico,
como en 2 Sam 4, 9, cuando exclama David: ‘¡Por vida de Yahwéh, que
ha librado mi alma de toda angustia!’ (cfr. Ps 25, 22).
En Jer
15,20 ss., Yahwéh se declara liberador y redentor de Jeremías: ‘Yo
te libraré de la mano de los malos y te rescataré del puño de los
tiranos.” En textos donde se expresa la piedad personal de Israel
también está presente la idea de Dios redentor del justo que confía
en Él.
La
intervención redentora de Dios a favor de Israel no tiene otro
fundamento que el amor y la misericordia divina… Por tanto, la
acción divina es gratuita”.
Aunque en sus orígenes, el uso del vocablo redención y sus vocablos
relacionados se referían a la salvación colectiva de Israel como
pueblo, eventualmente dicha acción se va a referir a personas
concretas. En todo caso, hay una evolución de lo colectivo a lo
personal, hasta llegar a identificar la liberación con el perdón de
los pecados.
El Nuevo Testamento usa
el concepto de la redención casi en el mismo sentido que hallamos en
el A.T. Pero es necesario indicar tres aspectos propios: (1) el
N.T. subraya la redención como liberación o perdón de los pecados;
(2) Lo que el Antiguo Testamento afirmaba de Dios redentor de
Israel, es ahora atribuido a Cristo y (3) como ya hemos visto
arriba, el sacrificio de Cristo es visto como único e irrepetible.
“La
forma más generalizada en el N.T. es la de hablar de la redención de
los pecados. De manera explícita o implícita se encuentra casi
siempre este pensamiento. En Tit 2, 14 la muerte de Jesús es
presentada como una muerte para la redención de los pecados: Cristo
‘se entregó por nosotros para redimirnos de toda iniquidad.’… Por su
parte, Col 1, 13-14: ‘Él nos libró del poder de las tinieblas y nos
trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención: la remisión de los pecados’; además la redención implica
la salida del reino de las tinieblas y la entrada en el reino de
Cristo… El pecado es destruido o eliminado en el hombre, con lo que
éste queda libre de su poder”.
El motivo
de la pasión y, por ende, de la muerte y resurrección, ha sido la
cancelación del pecado. De hecho, siglos más tarde, esta opinión
causará choques entre las distintas escuelas de pensamiento, como la
franciscana, la tomista y la anselmiana, respecto al motivo de la
encarnación. La pregunta fundamental en ese contexto sería
especulativa: Si el ser humano no hubiera pecado, ¿aun así se
hubiera encarnado el Hijo de Dios? En todo caso, no hay duda que el
Nuevo Testamento vincula al menos la muerte y resurrección a la
cancelación del pecado.
“… El
modo como se ha efectuado la redención de los hombres ha sido la
muerte de Cristo. Los escritos del N.T. están en completo acuerdo
sobre esta afirmación… La referencia a la muerte puede hacerse de
formas varias: Dios entregó a Cristo por nuestros pecados, Cristo se
entregó a sí mismo y, sobre todo, las alusiones a la sangre de
Cristo derramada en su pasión y muerte (cfr. Rom 3, 24 ss.; Eph 1,
7; Heb 9, 11-14).
Redimir
los pecados de los hombres o, simplemente, redimir a los hombres y
expiar los pecados coinciden fundamentalmente. La terminología de la
redención nos lleva hacia la idea de esclavitud respecto del pecado
y del mal, personificados como señores o poderes tiránicos y de
liberación de esa esclavitud.
…El uso
de estos dos modelos explicativos, expiación sacrificial y
redención, se entrecruza en el N.T… Entre otros ejemplos señalamos
a Rom 3, 21-26 y Heb 9, 11-14. En el primero la palabra redención (apolytrosis)
aparece en un contexto sacrificial: los creyentes han sido redimidos
por Cristo, ya que Él es el nuevo lugar del culto y al mismo tiempo
la nueva víctima del sacrificio que por su sangre purifica los
pecados”.
El Nuevo
Testamento no vacila en vincular varios conceptos, tales como
liberación, expiación, sacrificio y propiciación. Estos conceptos
están todos relacionados entre sí, porque forman parte de un todo
complejo. Pero es bueno recordar que cada uno tiene un contenido o
matiz distinto.
“La
redención sigue siendo en el N.T. fundamentalmente una liberación de
la esclavitud y consiguiente adquisición para Dios de un nuevo
pueblo. Siendo el pecado una fuerza y poder que ha alejado a los
hombres de su dueño natural, Dios, y siendo al mismo tiempo
concebido como una mancha o impureza que requería ser purificada
mediante un rito sacrificial, la conjunción de la idea de redención
con la de expiación brota del todo espontánea en una mente bíblica.
El no haber distinguido con suficiente precisión estos dos estratos
del pensamiento bíblico ha llevado a algunos a una incorrecta
inteligencia del concepto de redención y a una falsa interpretación
de algunos textos del N.T. Así, p. ej., en la historia de la
teología cristiana ha habido autores que han pensado en la sangre de
Cristo como el precio pagado por Él al mismo demonio para redimir al
hombre, idea que no tiene apoyo bíblico”.
Si vamos a
ver, en el Nuevo Testamento no es frecuente el sustantivo lytron.
En Marcos 10, 45 leemos: “que tampoco el Hijo del hombre ha
venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate
por muchos”. Según algunos autores, este texto viene de la
comunidad palestina y representa el testimonio del Jesús terreno
sobre el significado de su muerte.
No debemos olvidar que, en este estadio de la historia de la
salvación, todavía no existía un lenguaje teológico uniforme, ni
gozaban los autores de referencia a ningún concilio o enseñanza
magisterial oficial. Todo estaba en período de desarrollo.
Otros
textos iluminan nuestra comprensión del vocablo redención. En
Hebreos 9, 15:
“Por eso es mediador
de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para
remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que
han sido llamados reciban la herencia eterna prometida”
Se puede entender “remisión” como “apolytrosis”. De modo que
redención y remisión de los pecados están relacionadas. Igualmente,
en Romanos 3, 24-25:
“…son
justificados por el don de su gracia, en virtud de la
redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como
instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la
fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados
cometidos anteriormente”
La
justificación viene a ser equivalente a remisión de los pecados.
Esto muestra que hay un vínculo entre la redención y la muerte de
Cristo, interpretada como expiación, y entre ésta y el concepto de
propiciación.
Otros vocablos
Otros
vocablos equivalentes en significado o cercanos en cuanto a
contenido figurativo son ρύομαι (rhýomai) = salvar, proteger
y σώζω (sôzō) = salvar, redimir, socorrer, preservar.
También sus derivados sōtēría (σωτηρία),
respectivamente
salvación, ayuda, liberación,
y sōtēr (σωτήρ),
salvador.
Estos vocablos denotan ser puesto a salvo dentro de una situación
peligrosa, ser preservado de un mal, ser beneficiario de un favor.
El Antiguo Testamento, al referirse a Dios, usa sôzō para
indicar que Yahvé salva de la opresión, de las tribulaciones, del
pecado y de la culpa.
En el Nuevo Testamento, sôzō aparece 106 veces, sōtēría
45 veces. Se usan mucho en las narraciones de los milagros de
curación en los sinópticos.
“sôzō y
sōtēría adquieren un significado central en la predicación
protocristiana por el hecho de ser referidos a Cristo como razón,
contenido y fin del evangelio, o por ser caracterizados como
acciones específicas de Él… Pablo usa sôzō y sōtēría exclusivamente
para indicar la acción salvífica de Dios. El mensaje de la gracia
salvadora llega al hombre mediante el kerigma. El evangelio obra la
sōtēría… Especialmente, la palabra de la cruz es una fuerza divina
para quienes son salvados”.
En el
Antiguo Testamento, la palabra salvador (σωτήρ) traduce
generalmente jēsh‘ y también jeshū‘āh,
casi siempre para identificar a Yahvé. En el Nuevo Testamento, el
título es transferido casi con exclusividad al Cristo. Pocas son
las ocasiones en que se atribuye el título salvador a Dios (8
veces), por lo cual la fórmula “Jesucristo, nuestro salvador”
refleja una nueva creación de la protocomunidad cristiana. Nunca,
en el Antiguo Testamento, se identifica al Mesías como salvador.
Parece que Jesús mismo nunca usó este título para sí mismo. Pero al
comenzar el anuncio apostólico, el título salvador se atribuye más y
más al Mesías, el Cristo, de manera progresiva. Eso lo veremos con
mayor frecuencia en Pablo.
Pablo utiliza todo un horizonte de metáforas para describir la obra
de la redención. Veamos lo que nos dice Dunn al respecto.
“Pablo usa metáforas
de las costumbres de su tiempo. “Justificación” es una metáfora
legal; estar justificado significa ser absuelto… Ya hemos visto
“redención” –volver a comprar a un esclavo o a un prisionero de
guerra. “Liberación” y “libertad” eran palabras importantes, y más
al hecho, eran experiencias importantes para Pablo y sus
convertidos. “Reconciliación”… unir a dos partes enemistadas entre
sí hacia una nueva paz y cooperación… Pablo también usa metáforas de
la vida diaria. Una de los términos favoritos de Pablo era
“salvación”… Sōtēría (salvación), sería familiar en el sentido de
rescate, poner a buen resguardo… Podríamos decir que la “salvación”
denotaba para Pablo la integridad de la persona sana… Pablo también
usó la agricultura, -sembrar y regar (1 Cor 3, 6-8), riego (1 Cor
12, 13c, y el jarro de agua derramado (Rom 5, 5), la poda (Rom 11,
17-24) y la cosecha (Rom 8, 23). De igual modo, toma del comercio.
El “sello” estampado en un artículo era una marca visible de
propiedad. El arrabōn constituía el primer pago y la garantía de lo
que estaba por llegar…”
Conoce el
término apolytrosis y lo usa varias veces. También usa el término
alternativo de “reconciliación”, mediante el cual expresa que la
relación entre el Creador y la creatura se restablece en Cristo.
Conoce además las metáforas que extrae de las costumbres de su
época, tales como “justificación”, “liberación”, “salvación”, e
igualmente usa imágenes de la vida diaria, como la siembra y el
riego, la poda y la cosecha, el sello de propiedad, etc.
“… a
nosotros que creemos en Aquél que resucitó de entre los muertos a
Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue
resucitado para nuestra justificación.” (Rom 4, 24-25)
“Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación,
estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo.” (Rom 5, 1)
“Yo
planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el
crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que
riega, sino Dios que hace crecer. Y el que planta y
el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá
el salario según su propio trabajo”. (1 Cor 3, 6-8)
“el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…” (Rom 5, 5)
“Que si
algunas ramas fueron desgajadas, mientras tú - olivo
silvestre - fuiste injertado entre ellas, hecho participe con
ellas de la raíz y de la savia del olivo, no te engrías contra las
ramas. Y si te engríes, sábete que no eres tú quien sostiene la
raíz, sino la raíz que te sostiene. Pero dirás: Las ramas fueron
desgajadas para que yo fuera injertado. ¡Muy bien! Por su
incredulidad fueron desgajadas, mientras tú, por la fe te
mantienes. ¡No te engrías!; más bien, teme. Que si Dios no perdonó
a las ramas naturales, no sea que tampoco a ti te perdone. Así
pues, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los
que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad;
que si no, también tú serás desgajado. En cuanto a ellos, si
no se obstinan en la incredulidad, serán injertados; que
poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Porque si tú fuiste
cortado del olivo silvestre que eras por naturaleza, para ser
injertado contra tu natural en un olivo cultivado, ¡con cuánta
más razón ellos, según su naturaleza, serán injertados en su
propio olivo!” (Rom 11, 17-24)
“Y no
sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del
Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el
rescate de nuestro cuerpo.” (Rom 8, 23)
“¡vosotros sois el sello de mi apostolado en el Señor!” (1 Cor 9, 2)
También es
importante recordar la centralidad de la muerte de Cristo en la
teología de Pablo, no sólo como instrumento de redención, sino como
entrada a una nueva experiencia de la muerte. La muerte de Cristo
no es una mera sustitución por los pecadores, puesto que los
pecadores no escapan de la muerte, sino que son llamados a
participar en la muerte de Cristo. La justificación permite que el
pecador no muera cualquier tipo de muerte, sino la muerte
trasformada por Cristo. El poder de la muerte de Cristo no quedó
apresado en el Calvario ni en el sepulcro. Pues por su
resurrección, Cristo cambió para siempre el rostro de la muerte
humana. Ya no se muere igual que antes de Cristo. Esa muerte de
Cristo, que nos alcanzó la justificación, nunca deja de estar
presente en la vida del cristiano, porque aunque ya hemos sido
salvados en esperanza, seguimos siendo pecadores, necesitados de la
ayuda constante de Dios. La muerte de Cristo nos llama a no “morir
en vida”, a no desfallecer. Esa muerte “vivifica” en nosotros el
deseo de seguir a Cristo, en una vida moral comprometida. Y en ese
caminar en seguimiento de Cristo, somos ayudados por el Espíritu
vivificador.
“… Como
ha indicado el concepto de la justicia de Dios, la justificación no
es un acto de Dios hecho de una vez para siempre. Más bien es la
aceptación inicial por parte de Dios a una relación renovada. Pero
luego, la relación no podría ser sostenida sin que Dios continuara
en el ejercicio de su acción justificadora, en vista del acto final
de juicio y absolución. Dicho de otro modo, los justificados no se
hacen libres de pecado. Siguen pecando. Consecuentemente, sin el
ejercicio continuo de la justificación de Dios, el proceso de la
salvación quedaría abortado”.
La justificación, pues,
es un primer paso. Pero tiene que ser sostenida, de nuestra parte,
por la participación en la vida de Cristo. También tiene que ser
sostenida, de parte de Dios, bajo el influjo del Espíritu. La
justificación lleva consigo el llamado a participar en la vida de
Cristo y a poseer el Espíritu Santo. Estos no son tres modelos
distintos y separados de hablar sobre la redención, sino tres
aspectos unidos entre sí, complementarios y necesarios para el
continuo desarrollo del cristiano.
La salvación, para Pablo, tiene un inicio importante en la
justificación por la fe, pero no se detiene ahí. La salvación es un
proceso constante, que dura toda la vida. Pues con el presente
definimos, con la ayuda de Dios, nuestro futuro. La salvación no es
un proceso cerrado después de la primera conversión, sino un camino
por recorrer a lo largo de toda la vida. La salvación nos coloca en
una tensión escatológica entre el presente y el futuro.
¿Qué supone esa tensión
escatológica?
“En términos
cósmicos, el proceso de salvación comenzó con la muerte y
resurrección de Cristo, el último Adán, cuya obediencia ha deshecho
la desobediencia del primer Adán. La salvación, pues, completa lo
que la creación inició. La nueva época del propósito final de Dios,
la nueva creación, ya está en marcha, y con ella el reclamo de la
humanidad. Pero la antigua época aún persiste. Adán vive todavía.
Y hasta que todos hayan muerto en Adán, el equivalente “todos” no
puede ser plenamente vivificado en Cristo… En términos de la
teología de la justificación de Pablo, el comienzo decisivo tiene
que ser trabajado continuamente hasta el último veredicto del
perdón. La relación con Dios debe ser sostenida por Dios hasta el
final… En términos de la participación en Cristo, la época de
coyuntura queda vinculada tanto por la muerte como por la
resurrección de Cristo. El comienzo decisivo no significa que lo
que sigue es todo el poder de la resurrección y ya no más la
debilidad de la crucifixión. La teología de la salvación en Pablo
no es una theologia gloriae, sino también una theologia crucis. El
camino para la gloria de la resurrección es a través del sufrimiento
en la cruz…
En
cuanto al don del Espíritu, el Espíritu es el Espíritu de Cristo.
Pero eso también quiere decir el Espíritu de Cristo crucificado. El
don del Espíritu, como ninguno de los otros aspectos del proceso de
salvación, no trasciende a la cruz, ni abrevia el proceso de
transformación que viene del compartir en los sufrimientos y la
muerte de Cristo. Durante todo el proceso de salvación, el don del
Espíritu tiene el carácter de arrabōn y aparchē, el primer pago y
los primeros frutos de la herencia total que aguarda la resurrección
final. Mientras tanto, el poder de la resurrección siempre se
experimenta en la debilidad de la carne. El Espíritu vivificador
también lleva la marca de la cruz”.
El lenguaje y las categorías del pensamiento actual son distintos:
términos como “satisfacción”, “mérito”, “restauración”, “oficio
vicario”, ya no son muy comunes en nuestro diario vivir. Hoy suenan
más los vocablos “solidaridad”, “lucha por los derechos humanos”,
“amor gratuito y don incondicional”, “opción preferencial por los
pobres”, “globalización”, etc. Ante un cambio de lenguaje subyace
un cambio de las categorías predominantes del pensamiento actual.
Pasemos a ver cómo los pensadores eclesiásticos elaboraron
categorías propias de su tiempo para expresar estas doctrinas
bíblicas.
M. A.
R. Patón, “Redención, I: Sagrada Escritura”, en Gran
Enciclopedia RIALP. Vol. XIX. Madrid, Ediciones RIALP 1974,
770.
Otro autor, W.
Mundle, explica (“λύτρoν” en Dizionario dei Concetti Biblici
del Nuovo Testamento. A cura di L. Coenen, E. Beyreuther e
H. Bietenhard. Bologna, Dehoniane 1986), 1507: “Lytron,
atestiguado desde el V siglo a.C., significa precio del rescate,
rescate; idéntico es el significado de antílytron, todavía más
raro y atestiguado en el griego profano sólo en época
posbíblica… Está atestiguado también el significado de
expiación, resarcimiento.” Igualmente, 1508: “…lytron es
traducción del hebreo Kopher… Kopher indica un don compensativo
a cambio de una vida que, a fuerza de las prescripciones del
derecho sacral, estaría destinada a la muerte o al castigo
divino… lytron traduce también los vocablos hebreos rescate,
precio del rescate (de pādāh= rescatador)… El tercer término
hebreo importante, que es traducido con lytron es gheu’llāh
(de gā’al= pagar el rescate)… En todos los casos, lytra indica
una compensación que tiene como consecuencia un rescate, una
liberación.”
Patón,
op. cit., 770. En la página 771 dice: “Jeremías contrapone la
idea de redención y rescate a la del castigo de la esclavitud en
el destierro (Jer 31,11). “En Mich 4, 10 Israel es rescatado y
liberado de sus enemigos de Babilonia y en Os 13, 14 se habla de
una liberación del sheol y de una redención o rescate de
la muerte.”
Patón,
op. cit, 771: “Finalmente, es muy importante notar que, a lo
largo de la historia sagrada, la idea de redención va derivando
de lo colectivo hacia lo personal. Inicialmente la redención
tiene por objeto a la colectividad de Israel; pronto el mismo
vocabulario se aplica a personas concretas, a un enviado de Dios
o a un justo perseguido. Igualmente, la redención que
originariamente se refería a la liberación de una esclavitud
externa, se dirá también de la liberación de los pecados: Yahwéh
redimirá a Israel de sus pecados.” W. Mundle, op. cit., 1507:
“Lytron,… significa precio del rescate, rescate… es
atestiguado también el significado expiación, resarcimiento.”
Por R. P. Jorge R.
Colón, C.Ss.R.
1 de
enero de 2007
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