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Capítulo I
Dios hecho hombre,
dato teológico fundamental |
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“En tanto el hombre como sujeto
libre está encomendado responsablemente a sí mismo... puede
hablarse... de que tiene una salvación y de que la auténtica
pregunta personal de la existencia es en verdad una pregunta de
salvación”. |
Los
cristianos creemos en un Dios que es salvador del hombre y de la
mujer, que asumió nuestra condición humana personalmente. Esto ya
plantea necesariamente la cuestión de Dios dentro de la cuestión del
ser humano. Uno no puede pasar por la vida sin preguntarse de dónde
viene y para dónde va, por qué existe y cuál es el significado de su
vida. Son preguntas ineludibles. Los cristianos creemos que estas
preguntas tienen en Cristo una respuesta:
“Siempre deseará el
hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su
acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda
al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a
su imagen y semejanza y lo redimió del pecado, el que puede dar
respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación
en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, hombre
perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de
hombre...”
Hace mucho
tiempo que se viene hablando del misterio del ser humano a la luz
del misterio del Verbo Encarnado. Para comprender quién es el ser
humano, debemos remitirnos a quien lo creó, pues quien trae un ser a
la existencia, define la existencia de ese ser. Nosotros fuimos
creados por Dios, diseñados sobre el modelo del Hijo Eterno. Por
eso Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es el dato teológico
fundamental. Sólo desde el Hijo de Dios encarnado podemos leer el
significado del ser humano. Las nuevas antropologías surgidas en
las últimas décadas del siglo XX y ahora a principios del siglo XXI
exigen seguir hablando de ese misterio: ¿Qué es el ser humano, según
el pensamiento originario de Dios? Pero exigen que lo hagamos con
un lenguaje nuevo, adecuado. Pues las nuevas antropologías que
maneja el pensamiento contemporáneo exigen un lenguaje asequible al
ser humano de hoy.
Como
siempre, ante los nuevos planteamientos culturales, la teología
tiene el deber de re-plantear su discurso. Para hacerlo, debe echar
mano de todos los lugares teológicos tradicionales y elaborar otros
posibles lugares teológicos, a tono con la posmodernidad y el
advenimiento del cuarto hombre.
No basta con
repetir fórmulas venerables, como las que nos provee la tradición de
la Iglesia. Estas fórmulas, que en su núcleo dogmático no deben
cambiar, fueron desarrolladas dentro de un marco referencial
histórico distinto al nuestro. Debemos mantener en ellas lo
esencial del mensaje, la verdad que revelan, pero podemos hallar “un
nuevo modo de comunicar” el depósito de la fe.
Debemos re-plantear el discurso, es decir, interpretar para el ser
contemporáneo lo que significan esas verdades. Porque hemos entrado
en un nuevo período histórico, debemos buscar los medios para hablar
a la humanidad con categorías que ella pueda entender, a la vez que
mantenemos la fidelidad al evangelio. Esto es un desafío que ya ha
tomado la Iglesia hace muchos años, en el Segundo Concilio Vaticano
y luego delineado en la Evangelii Nuntiandi. Fue
explicitado en la llamada a la Nueva Evangelización. Es un llamado
a hablar el evangelio con poder trasformador, pronunciarlo en clave
de nuestro tiempo, para lograr insertarlo en la corriente del
pensamiento actual.
"…Para la Iglesia
no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas
de constante crecimiento, sino alcanzar y transformar con el poder
del evangelio los mismos criterios de juicio, los valores
determinantes, los puntos de interés, las escuelas de pensamiento,
las fuentes de inspiración, y los modelos de vida de la humanidad,
que contradicen la Palabra de Dios y el plan de salvación.” [EN 19]
Uno de los elementos principales de la nueva evangelización señalada
hace unos años por el recordado papa Juan Pablo II, es la necesidad
de desarrollar un nuevo lenguaje antropológico, que nos ayude a
comunicar el evangelio a las diversas culturas. Este lenguaje debe
ayudarnos a evaluar y corregir todos aquellos aspectos dentro de la
cultura que son incompatibles con el evangelio, sin rechazar los
elementos positivos de la cultura misma.
La Iglesia tiene que
considerar: ¿cuál es el lugar de la fe en un mundo globalizado por
el neoliberalismo económico, político y social? Ciertamente, la
riqueza de la Iglesia es la tradición escrita y oral que ella misma
ha preservado dentro del proceso cultural de los últimos veintiún
siglos. La fe es la riqueza de la Iglesia, de lo que ella vive y
para lo que vive, pues anunciar el misterio del Hijo Encarnado de
Dios y llamar al ser humano a seguir su camino son la razón misma de
la existencia de la Iglesia.
Pero ahora lo hace en un contexto cultural neoliberal y
globalizado. El “ágora” griego es ahora el entero globo terráqueo,
manipulado sutilmente por un neoliberalismo con tentáculos de
exclusión hacia todo lo que no sea ganancia en el mercado. Los
bíblicos “pobres de Yahvé” son ahora los “excluidos por el
neoliberalismo”.
Algunos
futurólogos de la religión hablan del "cuarto hombre" a quien
estamos enviados a predicar la "nueva evangelización".
Éste necesita el evangelio tanto como las generaciones pasadas de la
humanidad. Este "cuarto hombre y mujer", científico, tecnológico,
con mentalidad comercial, es también un indiferente religioso. No
se trata de que sea ateo, y que esté atacando activamente a la
religión y la fe. Se trata, más bien, de un ser que es indiferente
a todas las religiones y a todo lo religioso. No le importa mucho
su camino espiritual religioso. Es un ser espiritual, y busca lo
espiritual, pero frecuentemente no busca lo espiritual en la
religión. La nueva evangelización, entonces se dirige en muchos
casos a un indiferente a la religión revelada. Su neo-religión es
intramundana. Su neo-Dios es el mercado y su lenguaje neo-religioso
es la economía, la política y la cultura. Algo de esto preconizaba
Dietrich Bonhoeffer cuando describía a la sociedad futura como una
sociedad sin Dios.
Algunos ven en el
advenimiento de la postmodernidad el ocaso de la religión
tradicional. Pero ese pensamiento, aunque valioso, ignora el poder
de la esperanza en el ser humano, y la necesidad que éste tiene de
transformar la historia. Ya decía Marturet: “¿qué
sentido tiene diagnosticar críticamente la modernidad si no va
acompañada del deseo de modificarla?”
En el ser humano de todos los tiempos, aun en el postmoderno, hay un
deseo innato de transformar la historia, de modificar su mundo, de
aportar algo al cúmulo cultural de la civilización. Yo no creo que
estemos ante una situación desesperanzada, que nos obliga a
abandonar la batalla de la vida cristiana.
Precisamente porque la
esperanza es una dimensión ineludible del ser humano, y porque la
esperanza cristiana está fundamentada en bases sólidas, los
cristianos tenemos los instrumentos para dialogar con la
postmodernidad desde la rica tradición que nos precede y desde el
mundo de los pobres que nos urge a seguir luchando. El
cristianismo, cuando habla de la esperanza, no se remite a un
mensaje que surgió hace dos o tres años. Somos herederos de la
esperanza cristiana, con bases sólidas en la historia. Esperanza
que ha inspirado a santos y santas que han comprometido su vida con
el evangelio. Es desde la esperanza que debemos dialogar con el
mundo postmoderno.
"Sólo
utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para
intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la
historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección".
Lo nuevo en la "nueva
evangelización" de la cultura y de todas las culturas, no es algo
cronológico, sino una necesidad nueva, una novedad cualitativa. Una
novedad cualitativa se alcanza mediante la conversión personal a
Jesucristo, quien es el Hombre Nuevo. Él constituye la novedad
radical que es válida para todos los tiempos y que por lo tanto,
debe interpelar al “cuarto hombre y mujer”. El recordado papa Juan
Pablo II aclaraba que la "nueva evangelización" es un proyecto de
equipo para toda la Iglesia, y que su propósito es promover en el
mundo, durante este tercer milenio, la civilización del amor.
Una civilización posible y creíble, gracias a la esperanza
cristiana. De modo que, un primer instrumento de diálogo con el
mundo de hoy es el tema de la esperanza, de la esperanza
comprometida con un mundo mejor, más humano y más justo.
En la
elaboración de la teología para el ser humano de hoy, debemos tener
en cuenta nuevos lugares teológicos, junto a los tradicionales, y
otras mediaciones de la teología. Ellos nos conducirán a la misma
conclusión: es en la redención del ser humano por Jesucristo que
descubrimos el plan originario de Dios para nosotros. Si nos
preguntamos: ¿Para qué existe el ser humano, de donde viene, hacia
donde se dirige y cuál es su camino? Debemos responder que existe
por una elección de Dios, proviene de Dios y se dirige al camino que
Dios ideó para él desde el principio. No incursionamos en la
antropología religiosa con una ignorancia pesada e insuperable.
Tenemos una inteligencia previa del diseño providencial que Dios
hace para el ser humano, pues la palabra revelada nos los enseña.
La obra maestra de la creación obrada por Dios es llevada a su
perfección por Cristo en la obra de la redención.
El misterio de la
redención coloca ante nosotros la cuestión del hombre y la mujer, la
cuestión de Dios, y nos provee un mapa correcto de nuestro
recorrido. ¿Qué quiso Dios para el ser humano cuando lo creó? Ser
santo y lleno de amor, ser hijo en el Hijo Único. Dios quiso que su
Hijo Encarnado, revelado como el Señor resucitado, fuera el modelo
del ser humano, hombre y mujer. Es decir, lo revelado al final en
la condición del Cristo Resucitado devela cuál fue el diseño
original. No es el Primer Adán quien sirve de modelo para el
proyecto humano, sino el Hijo de Dios Encarnado y Resucitado. Por
eso, como decíamos antes, la cuestión de Dios es ineludible en la
cuestión del ser humano.
La
Gaudium et spes, nn. 21 y 22, nos recuerdan que el ser humano es
una cuestión no resuelta, a la que nadie puede escapar, y que él
mismo constituye un misterio, reflejo del misterio de Dios. La
cuestión del ser humano, la cuestión de la existencia, la pregunta
que nadie puede evitar, es una pregunta que exige una respuesta
seria, serenamente buscada, y acertada. Aquí surge un punto de
encuentro entre la teología y la antropología. Porque si la
antropología es el estudio del ser humano y su significado, la
historia de sus logros y fracasos, sus aportaciones y retrocesos, no
puede evadir la historia de cómo el ser humano ha tratado de
entenderse a sí mismo. La música, la poesía, todas las expresiones
del arte, las ciencias, las crónicas históricas, son todas un
intento de hallar el sentido de la vida. El ser humano tiene una
historia de auto-conocimiento, y tanto el occidente como el oriente,
poseen una rica historia de la búsqueda del ser humano por
entenderse a sí mismo. Y también el occidente y el oriente nos
enseñan que la pregunta del ser humano implica la pregunta, la
cuestión de Dios. Por eso, Rahner afirmaba que la teología era
antropología, lo que quiere decir que para conocer al ser humano hay
que conocer a Dios. Igualmente, para conocer lo conocible de Dios,
para vislumbrar aunque sea opacamente la profundidad de su misterio,
conviene conocer al ser humano. Porque en el ser humano está impresa
la huella de Dios.
Esto no lo digo por
falta de respeto al misterio de Dios. Al contrario, la fe cristiana
es la que me lleva a decir que el Dios cristiano, el único Dios de
cristianos, judíos, musulmanes y de todos los seres de buena
voluntad, es el Dios cuyo misterio es insondable en toda su
profundidad. Es el misterio escondido, el misterio profundo,
fascinante y tremebundo. Aun en la eternidad beata, nunca dejaremos
de contemplar la novedad eterna del misterio de Dios. Pero ese
Dios, cuyo misterio es insondable y cuyo ser nunca abarcaremos con
nuestro intelecto, es el Dios humanado en Jesucristo. El Dios que
tomó partido en nuestra historia a favor de los pobres. No conozco
otro Dios.
Este es un dato
marcadamente distinto entre las religiones universales y la religión
cristiana. No es que un hombre muy santo ha venido a enseñarnos un
camino nuevo de iluminación y salvación. No es que un profeta,
elegido por Dios, ha recibido un mensaje especial. No, Dios mismo
ha venido, se ha hecho hombre como nosotros. Dios se ha hermanado
con nosotros en Jesucristo, su Hijo Eterno hecho hombre. Esto lo
tenemos como un dato histórico, innegable, pero inabarcable en su
totalidad: Dios se hace hombre. Desde este dato teológico
fundamental, que es la encarnación, es que podemos elaborar una
antropología teológica adecuada. Para el cristianismo, el dato de
la encarnación no es una leyenda, o un cuento, una moraleja. Así
hemos conocido al Dios vivo y verdadero. No conocemos a un ser
supremo distante, indiferente y frío, sino a un Dios comprometido
con la historia humana, convirtiéndola en historia de la salvación.
Nuestro concepto de Dios es inseparable del hombre Jesús, que pasó
su vida haciendo el bien.
Los
estudiosos de la sociología de la religión nos dirán que en todas
las religiones universales hay un concepto análogo del ser supremo,
con sus variantes, por supuesto. Pero ninguna de ellas ha afirmado
que ese ser supremo se haya hecho hombre. Sólo Jesús. Se ha
afirmado que el crecimiento de la fe cristiana es lo que ha
asegurado el triunfo del monoteísmo.
En las religiones
teocráticas, el concepto de Dios se refiere a un Otro que está más
allá del yo, y hacia el cual el hombre religioso se siente atraído.
En todas las culturas se ha encontrado esta conciencia de la
existencia de seres supremos, o de un ser supremo, aunque se le
llame Vishnu y Shiva en la India, Amaterashu en el shintoísmo, dios
del cielo en el confucianismo. Incluso Buda (sin ser dios) adquiere
casi el rango de la divinidad en algunas regiones del budismo. El
monoteísmo confiesa un Dios único, bueno y creador personal, que
establece una comunicación con el hombre. Éste aparece en las
grandes religiones como el judaísmo (Yahvé), zoroastrianismo (Ahura
Mazda) y el Islam (Alá). Pero para comprender quién es Dios para el
cristiano, tenemos que hacer referencia al Revelador de Dios,
Jesucristo.
El misterio de Cristo
es lo que distingue al cristianismo de las demás religiones
universales. Y afirmar ese dato, que Jesucristo es el Hijo de Dios
y es nuestro salvador universal es el fin primordial para el cual
existe la Iglesia. [La evangelización] “... debe proclamar
claramente que en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que
murió y resucitó, la salvación se ofrece a todos, como un don de la
gracia y de la misericordia.”
Jesucristo, revelador
de Dios y del ser humano
“Pero ahora,
independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado,
atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en
Jesucristo, para todos los que creen - pues no hay diferencia
alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios - y son
justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención
realizada en Cristo Jesús”.
(Rm
3, 21-24).
La “redención realizada en Cristo Jesús”. He ahí la clave de la
vida humana, he ahí lo que desenmascara lo inauténtico y revela lo
verdadero. Jesucristo es el misterio de Dios, pero paradójicamente
manifestado en la debilidad, kénosis y humillación de la cruz.
Jesucristo también revela el misterio del ser humano. La redención,
entonces, es clave de lectura para comprender al ser humano. El
misterio de la redención devela la grandeza y pequeñez del ser
humano. Grandeza, porque nos muestra la razón de nuestra dignidad
inviolable fundamentada en la adopción filial en Cristo. Pequeñez,
porque nos muestra que esa dignidad no la recibimos por nuestro
propio esfuerzo solamente, sino primordialmente como gracia de Dios.
Cristo es la plenitud de las promesas de Dios, las cuales fueron
sobreabundantemente cumplidas en la redención. La redención,
entonces, no es un tema pasajero en la teología. Es un eje central
de reflexión. Esto lo enseña Pablo al insistir en el conocimiento
del misterio de Cristo, pues toda la revelación de dicho misterio
está abocada a la redención, a convertirnos en coherederos de la
promesa de Dios. El misterio de Dios revelado en Cristo tiene un
fin definido: revelarnos la promesa en Cristo Jesús, la promesa de
la redención.
“Por lo cual yo,
Pablo, el prisionero de Cristo por ustedes los gentiles... si es que
conocen la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a
ustedes: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento
del Misterio, tal como brevemente acabo de exponerles. Según esto,
leyéndolo pueden entender mi conocimiento del Misterio de Cristo;
Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los
hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y
profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros
del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús
por medio del Evangelio”. (Ef 3, 1- 6)
Por medio
de la “Promesa en Cristo Jesús”, nosotros participamos de una
auténtica vida con Dios. No es el ser humano quien completa a Dios;
Dios no necesitaba al ser humano para ser Dios ni para ser
omnipotente.
Dios ha creado
el mundo libremente, no tenía ninguna obligación ni compulsión de
crear. Pero en su designio de amor, incomprensible para nosotros en
toda su extensión, eligió crear un ser, hecho a su imagen y
semejanza. Y una vez caído éste por su debilidad, no lo abandona a
su mala suerte, sino que siembra en la misma debilidad humana el
remedio de la redención. Dios tiene un plan para el ser humano, y
aunque el pecado humano entorpece y obscurece ese plan, no lo
frustra totalmente. Dios quiso hacer al ser humano partícipe de la
vida divina misma. El pecado oponía una fuerza contraria a ese fin,
pero Dios, en su propia kénosis histórica, en la cruz de muerte y
abandono de su Hijo, siembra la esperanza definitiva de la humanidad
por la redención obrada en Cristo.
La redención descubre
la trayectoria correcta que debió haber seguido la humanidad creada
por Dios. En Cristo Resucitado, una humanidad en todo igual a la
nuestra, excepto en el pecado, ha sido glorificada, transformada,
hecha espiritual y elevada a la misma divinidad. Cristo resucitado,
esa humanidad nueva transformada y espiritualizada es el modelo de
lo que debe ser el ser humano. El ser humano alcanzará su verdadera
estatura cuando, en la gloria eterna, comparta como resucitado por
Cristo en la vida eterna junto con Dios y con los demás elegidos.
Por eso ha dicho J. Pépin que “hombre es el diminutivo de la
divinidad, y la divinidad es el superlativo de
hombre”.
Lo que equivale a decir que, mientras más se diviniza la humanidad,
más se hace plenamente humana. La divinización del ser humano está
inscrita en el arcano plan de la creación. Esa divinización, como
nos enseñaban los padres griegos, es posible solamente gracias a la
obra de la redención obrada por Cristo.
En Jesús
Redentor, convergen creación y salvación. El mundo y todo cuanto
hay en él, al ser obra de Dios, es lugar de encuentro con él.
En la Biblia el
término "bara" significa una acción que tiene por sujeto
exclusivo a Dios. Ese “bara” también implica que Dios no
sólo da el empuje inicial a la creación, sino que también la
restaura, la re-crea, y la lleva a su consumación. La creación del
mundo es realizada en libertad, sin condicionamientos internos y
externos. Ello salvaguarda la trascendencia divina. Pero si hay
libertad y trascendencia divina en la creación, también la hay en la
salvación.
Aún más,
creación y salvación se relacionan desde un principio en la obra de
Dios, que por siempre se ha manifestado como el Dios de la alianza.
Israel conserva la memoria histórica de Dios como el salvador de
la nación, de tal manera que creación y salvación son acciones que
no se pueden separar, como tampoco se puede separar la historia
humana de la historia de Dios. Para Israel, la creación no es una
acción atemporal que ocurre por accidente. Es una obra salvífica de
Dios, y tiene en Dios su origen y su meta.
“En el curso de su historia, el
pueblo de Israel, mediante una larga y azarosa –en ocasiones, oscura
e incluso angustiosa- lucha con el misterio… va clarificando su
imagen de Dios y afianzando su convicción de que es, sobre todo y
antes que nada, un Dios salvador. La Biblia es la constancia
escrita de ese esforzado camino secular de clarificación teológica,
no carente de repliegues inquietantes y hasta de perfiles
tenebrosos, pero cuya orientación fundamental en clave salvífica se
va perfilando progresivamente…”
Al contemplar la acción salvífica de Dios en su
historia, Israel desarrolla su fe en la creación, y canta la
grandeza de Dios en su creación. Lo que es más, si Israel abandona
su relación de alianza con Yahvé dejaría de existir como nación:
“Así
dice Yahvé, el que da el sol para alumbrar el día, y gobierna la
luna y las estrellas para alumbrar la noche, el que agita el mar y
hace bramar sus olas, cuyo nombre es Yahvé Sebaot. Si fallaren estas
normas en mi presencia - oráculo de Yahvé - también la prole de
Israel dejaría de ser una nación en mi presencia a perpetuidad”.
(Jer 31, 35-36)
Cuando Israel celebra la grandeza de Dios en sus
himnos de alabanza, no separa la creación de la salvación. En
cierto sentido, la creación inicial continúa y se perpetúa en la
creación continua que es la salvación. Por eso, creación inicial,
liberación de la esclavitud de Egipto, retorno del destierro
babilónico, y todos los demás grandes dogmas de la salvación de la
fe yahvística, son entendidas como nueva creación. Es Yahvé quien
asegura la victoria.
“Así dice el Dios Yahvé, el que
crea los cielos y los extiende, el que hace firme la tierra y lo que
en ella brota, el que da aliento al pueblo que hay en ella, y
espíritu a los que por ella andan”. (Isa 42, 5)
“¡Sólo en Yahvé hay victoria y
fuerza! A él se volverán abochornados todos los que se inflamaban
contra él. Por Yahvé triunfará y será gloriosa toda la raza de
Israel.” (Isa 45, 24-25)
La fe confiesa a un
Dios que libera al pueblo, no sólo en la acción paradigmática del
Éxodo, sino ya en los mismos inicios de la existencia. Ya en su
creación, Dios salva. Pero donde más explícitamente descubre la fe
el carácter salvador de Dios es en Jesús de Nazaret.
“A partir de Jesús de Nazaret,
le relectura bíblica con significación salvífica parece imponerse
con mayor claridad. En él, en su vida, palabra y destino, Dios nos
muestra de forma rotunda su condición de salvador. Jesús, exégesis
o parábola de Dios (Orígenes), “reflejo de su gloria e impronta de
su ser” (Heb 1, 3), “palabra con la cual Dios rompió el silencio”
(Ignacio de Antioquía), o palabra, en suma, hecha hombre, como dice
Juan, nos muestra el perfil de un Dios salvador, es decir, un Dios
Padre del reino que llega como buena noticia de salvación
liberadora”.
Cuando la fe yahvista
evoluciona históricamente hasta convertirse en la fe cristiana,
gracias a la revelación neotestamentaria realizada por Jesucristo,
todos los atributos creadores de Yahvé son asociados con el Verbo de
Dios hecho hombre:
“Todo se hizo
por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe”. (Jn 1, 3)
“Gracias al Padre que los ha
hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz.
Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del
Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los
pecados. Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la
creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos
y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las
Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por
él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él
su consistencia”. (Col 1, 12-17)
Luego, para conocer el misterio del ser
humano será necesario conocer el misterio del Verbo encarnado,
cabeza y redentor de la humanidad. Él es quien da la posibilidad
del encuentro entre el ser humano y Dios. A Él lo confesamos como
Señor y Salvador nuestro, y como quien nos revela el misterio de
Dios y del ser humano. El conocimiento del misterio de Cristo se
hace posible por medio de su revelación, personalmente confiada a la
Iglesia, como continuadora histórica de la misión de Cristo.
Biblia, Tradición,
Iglesia
Para
conocer el misterio del ser humano según la idea de Dios creador,
los cristianos, además, constituidos como Iglesia, reconocemos la
autoridad de la Sagrada Escritura como norma fundamental de la fe,
como alma de la teología. La Biblia nace de la experiencia de fe del
pueblo de Dios, y por ser parte de su memoria, se convierte en una
autoridad a la cual el pueblo de Dios debe ser fiel.
Iglesia y Sagrada Escritura se pertenecen mutuamente. Tanto la
Biblia como la Iglesia, sin embargo, son referidas a una tercera
realidad: la palabra de Dios. Dios nos ha comunicado su palabra. La
Biblia se pone como testimonio escrito de esa palabra, aunque no
como el único testimonio de dicha palabra, pues existe también la
Tradición de la santa Iglesia, la cual es testigo igualmente
importante del contenido de la revelación.
El
magisterio tiene la encomienda de garantizar la pureza de la
expresión de la fe, contenida auténticamente en la Sagrada Escritura
y en la Tradición.
El pueblo de Dios crece por la fuerza de la palabra de Dios, como
comunidad de acogida fiel a dicha palabra. Tanto la Biblia como la
Iglesia, por lo tanto, son testigos de la palabra de Dios, es decir,
de la acción divina en la historia y de su interpretación profética.
Los cristianos confesamos que hay una continuidad entre las promesas
y anuncios de salvación del Antiguo Testamento y su cumplimiento en
el Nuevo Testamento.
En el
Antiguo Testamento la fe primitiva se resume en la revelación de
Yahvé al pueblo hebreo y la liberación que Éste efectuó del poder de
Egipto. El Dios de los patriarcas, de Abrahán, Isaac, Jacob y de
todos los grandes personajes anteriores a la esclavitud en Egipto,
se revela como un dios fiel, misericordioso y redentor. Los profetas
reinterpretaron estas tradiciones sagradas del pasado, poniéndolas
al día según las nuevas situaciones que vivía el pueblo.
En el Nuevo
Testamento la experiencia de fe se centra en la persona de Jesús, su
misión, sus palabras, sus obras y sobre todo, su muerte,
resurrección y envío del Espíritu Santo. Las comunidades celebran
la eucaristía en memoria de Su sacrificio. Se recogen sus palabras,
sus gestos y su mensaje desde diferentes perspectivas. Luego Pablo
hará una interpretación profunda del acontecimiento de Cristo, al
igual que Juan y los otros autores del Nuevo Testamento. Se hace
una relectura del Antiguo Testamento en clave mesiánica y se afirma
que en Jesús se han cumplido las profecías del pasado
Centralidad de la
redención
Considerando todo lo antes dicho, vemos cómo es de vital importancia
afirmar como dogma central de toda la fe el don de la redención en
Jesucristo. La redención es un regalo de Dios que sobrepasa por
mucho todo lo imaginable. Es un misterio tan rico en expresión, que
han sido muchas las imágenes y las interpretaciones que se han
ofrecido a lo largo de la historia para tratar de captar, aunque sea
parcialmente, su núcleo. Creo que, por ser el misterio fundante de
la fe, es algo que se escapa a la mente humana, y ninguna
formulación, por sí sola, podrá agotar la expresión total del
misterio de la redención. Si admitimos que redención y salvación son
sinónimos, entonces:
“… La pregunta sobre la salvación
es probablemente una de las más fundamentales de entre todas las que
invaden y ocupan tanto la existencia personal de cada hombre como el
conjunto de la historia humana. Del mismo modo, es en relación con
el tema de la salvación como se definen esas proposiciones sobre el
“sentido de la vida”, las “visiones del mundo” y las concepciones
del destino humano y de la historia que son o tratan de ser la mayor
parte de las religiones”.
Ya mencionábamos antes que el ser humano, como ser cuestionante por
naturaleza, se pregunta de dónde viene, cuál es el sentido de la
vida, que debe y puede hacer, cuál es su destino. Las grandes
religiones universales se dirigen a esas preguntas que son también
universales, aunque uno esté en una moderna ciudad europea o en la
recóndita selva del Manu en Perú. Es necesario, pues, replantear el
dogma de la redención lograda por Jesucristo, en categorías más
afines al ser humano, hombre y mujer, de nuestro tiempo. La Iglesia
nunca debe renunciar a su misión de proclamar la salvación en
Cristo, y debe proclamarlo a todo hombre y mujer, de toda era, de
toda nación. Pero salvación, redención, justificación, liberación,
y tantos otros sinónimos, no son automáticamente evidentes para el
ser humano.
“Pese a constituir, como queda
dicho, el corazón mismo del mensaje cristiano, la noción de
salvación esta insuficientemente clarificada, y el lenguaje
habitualmente empleado por la teología para explicar su alcance
suele carecer de relevancia significativa para muchos de nuestros
contemporáneos… Todavía más recientemente, el mismo Juan Pablo II
insistía en que ‘no es obvio para el hombre en qué consiste nuestra
salvación’”.
No es de extrañarse.
Cuando entramos a considerar el misterio de la redención, estamos al
borde del misterio de Dios mismo, abismo insondable para nuestro
pobre entender humano. Toda la redención, aunque la expongamos con
los mejores métodos críticos de la teología, permanecerá, a fin de
cuentas, un misterio irrebasable. Además, la terminología asociada
con la redención no resulta diáfana. Como veremos en este escrito,
la redención no es un concepto unívoco, claramente definido. La
analogía es lo que nos acercará a su comprensión más completa,
aunque debemos admitir que, al final, en su alcance y profundidad,
seguirá siendo un misterio.
Debemos
usar todas las mediaciones de la teología a mano, y aun así, en sus
alcances más maravillosos, la redención permanecerá como una verdad
indefinible. Después de todo, una mediación es sólo eso,
“mediación”. Aunque nos ayuda a especificar mejor los contenidos
inteligibles del misterio, aun así, el misterio elude toda reducción
intelectual.
En su obra Introducción a la teología, J. Rovira
Belloso describe las siguientes seis categorías para las mediaciones
de la teología. Me permito resumirlas para el lector, pues han de
ser útiles para este estudio:
a) Mediación histórica:
Alrededor de 1940 los teólogos católicos redescubren la historia
como lugar propio de la revelación de Dios. Así como en los
estudios bíblicos el método histórico-crítico fue aceptado, así
eventualmente fue aceptado en la dogmática por el Vaticano II.
Etienne Gilson, Hugo y Karl Rahner, Hans Urs von Balthasar, Jean
Daniélou, Henri de Lubac, Yves Congar, M. D. Chenu y Henri Rondet
renovaron la teología mediante el método histórico.
b) Mediación
histórico-hermenéutica: Responde a la pregunta: ¿Qué significaron
los acontecimientos y las ideas en relación con la cultura de su
tiempo? Por ejemplo, ¿qué significaron Nicea y Calcedonia en el
ámbito de la cultura griega o helenista? Luego, ¿qué significado
tienen para nosotros? ¿Cuál es el significado que tienen hoy los
hechos y las ideas que acontecieron en el pasado? La hermenéutica
histórica supone un problema de distancia y de acercamiento,
buscando la fusión de horizontes.
c) La mediación
racional o filosófica: La teología cristiana ha echado mano
del diálogo con la filosofía. Los teólogos, de su parte, también
han contribuido al desarrollo del pensamiento filosófico.
d)
La mediación socio-analítica: representada por la teología de la
liberación. Es una teología fundamental y sistemática cuyos
caracteres son la primacía de la praxis; una teoría del conocimiento
ultra-realista en la que importa más la realidad que el concepto; en
el nivel de la revelación es prioritario el evento sobre cualquier
formulación doctrinal; la solidaridad con los pobres es un lugar
privilegiado para pensar teológicamente; y el análisis social.
Escribir desde la solidaridad con los pobres será el imperativo de
los teólogos de la liberación. Se busca captar la objetividad
científica de la pobreza mediante un análisis social científico de
la sociedad real.
e) La mediación
psicoanalítica: Hay teólogos que se valen del método o de las
categorías del análisis psicológico para entender algunos temas
teológicos.
f) Es posible usar
otras mediaciones, como por ejemplo el arte y la música. El arte
puede ser mediador de una expresión teológica no conceptual, más
estética, que puede simbolizar algo trascendente. El arte tiene un
poder especial para hablar al hombre sin necesidad de palabras y
conceptos. En ese respecto es bueno recordar el lugar de la
liturgia como “teología primera, en la que cantos, arquitectura,
iconos, mosaicos, pinturas, poesía, todos se entrelazan para crear
un espacio sagrado.
Estas
mediaciones vienen a ayudarnos a librar la brecha cultural e
intelectual que a veces exhibe la teología del pasado frente al ser
humano de hoy. Todas estas aproximaciones metodológicas nos
ayudarán a formular un enunciado más coherente del misterio de la
redención. Es que estamos ante una nueva era del pensamiento, ante
una nueva edad histórica. Es necesario entrar en diálogo con ese
pensamiento para poder expresar la verdad revelada. No basta ya
simplemente proclamar el evangelio sin tomar en cuenta la historia,
el ambiente económico, político y cultural del mundo.
En su libro
Introducción a la teología fundamental (Estella, Navarra:
Verbo Divino 1993), Rino Fisichella examina el contexto en el cual
se desarrolla la teología fundamental a partir de la recuperación
que significó el Concilio Vaticano II. Hace referencia al contexto
de la modernidad, concepto difícil de precisar, pero que:
“Surge como un modo de pensar,
como un estilo de vida y una mentalidad que tienen sus propias
peculiaridades: la hegemonía de la eficiencia a costa de la
cualidad, la supremacía de la estructura sobre el contenido y de la
imagen sobre el pensamiento, la promoción de la racionalidad y del
activismo a costa de la reflexión y la contemplación, la valoración
del consenso público como criterio de verdad a costa de una verdad
objetiva...”[27]
Apunta
Fisichella que en el 1950 Romano Guardini publicaba su libro El
ocaso de la edad moderna (Madrid 1963), en el cual indicaba que
la historia ya estaba tomando un nuevo giro, y señalaba la necesidad
de proyectarnos hacia el futuro a la luz de una fe más genuina. Hoy
día se habla mucho de posmodernidad, sobre la cultura del “cuarto
hombre”. Ante la euforia inicial en la valoración de la técnica y
la ciencia que caracterizó los comienzos del siglo XX, hoy, en el
siglo XXI, somos más cautos y más realistas respecto a la capacidad
que tiene la ciencia para dar un sentido a la vida.
Aquí podría abrirse una
brecha para la tarea de la teología fundamental, como intervención
creadora de diálogo y de frontera con la cultura actual. Esto se
revela como urgencia respecto a:
1. La
apologética del acto de fe:
“recuperar una reflexión teológica
que sepa motivar la necesidad del creer como un acto plenamente
personal”[28].
2. La
provocación sobre el sentido de la existencia: La teología debe
señalar el sentido de la existencia a la luz del acontecimiento de
Cristo. ¿Por qué hay que vivir, o por qué hay que morir?
“La
teología fundamental puede responder a esta pregunta, ya que ofrece
la inteligencia crítica del sentido de la misma revelación: el amor
trinitario de Dios que de una forma totalmente gratuita, libre y
desinteresada, se ofrece a la muerte para destruir la muerte”[29].
3. La
fundamentación de una pastoral global: La programación pastoral no
debe limitarse a las urgencias presentes, sino que debe contribuir a
preparar el futuro.
La propuesta de
Fisichella tiene mucho valor, especialmente para el esfuerzo
presente. No acepta la modernidad fórmulas recalentadas y repetidas
hasta la saciedad. Quiere la provocación del sentido de la
existencia. Precisamente porque la redención toca el núcleo del
sentido de la existencia, la posmodernidad hallará importante su
estudio. Además, el ambiente es favorable para el planteamiento que
hace la Iglesia en su misión sobre la redención, puesto que la
redención interpela los fundamentos mismos de esa posmodernidad.
Si el ser humano
posmoderno encuentra una propuesta que no tiene sentido para la
vida, la descarta sin más. Pero la redención es una propuesto
actual, siempre fresca, permanentemente ofrecida por Dios en Cristo
hasta el final de la historia humana. En este escrito trataré de
expresar, según mis modestas posibilidades, la comprensión adecuada
del misterio de la redención desde las categorías tradicionales,
pero no para quedarnos allí, sino como medio para expresarlo en las
categorías actuales.
“De modo que, el anuncio de
Dios y del reino tiene que ser hecho de tal modo que nuestros
contemporáneos realmente lo vean como buena nueva. Esta nueva
cultura que se está desarrollando en esta villa global, busca
parámetros, ideales de libertad, fraternidad, y la sanación de las
relaciones humanas. El evangelio ofrece muchas oportunidades para
esto. Es un mensaje que representa el punto de partida para la
realización plena de las posibilidades humanas...
Estamos acostumbrados a pensar
en los grandes evangelizadores de Europa, como Cirilo y Metodio,
Patricio, Bonifacio y otros más. O pensamos en los grandes
evangelizadores de América, como Isaac Jogues, Juan de Brebeuf,
Bartolomé de las Casas, Toribio de Mogrovejo, y de otros grandes
evangelizadores de nuestra historia. Evangelizadores como San
Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco Javier nos
recuerdan que la Iglesia siempre ha sido capaz de responder al
desafío de los tiempos”.
No debe ser
menor nuestro empeño por anunciar, como estos grandes
evangelizadores, la irrepetibilidad y profundidad del misterio de
Cristo Redentor, en quien Dios ha rediseñado la humanidad. Cristo
Redentor es el principio de una humanidad nueva, más auténtica que
la humanidad primigenia.
Pasemos
ahora a considerar, desde nuestras raíces como comunidad de fe, cómo
se desarrolló la terminología bíblica para expresar el misterio de
la redención.
Concilio Vaticano II,
Gaudium et Spes, 41.
Cf.
J. Rovira Belloso. Introducción a la teología. Madrid,
BAC 1996, 123-150. Allí explica Rovira Belloso que Felipe
Melanchton (1479-1560) es uno de los primeros teólogos que habló
de los “loci theologici” en 1521, pero fue Melchor Cano
(1509-1560) quien desarrolló el concepto formal de “lugar
teológico”. Cano dio forma a diez tópicos o lugares teológicos
que abarcan en su conjunto las diez fuentes de las que puede
disponer el teólogo para extraer de ellas los argumentos válidos
para el discurso teológico. Los lugares teológicos son los
principios de los que el teólogo extrae sus argumentos y
pruebas. Éstos son:
1. La autoridad de
la Sagrada Escritura 2. La autoridad de la Tradición de
Cristo y de los apóstoles 3. La autoridad de la Iglesia
Católica 4. La autoridad de los Concilios 5. La autoridad
de la Iglesia Romana 6. La autoridad de los Padres
7. La autoridad de los teólogos escolásticos, a los
que hay que añadir los peritos pontificios. 8. La razón
natural 9. La autoridad de los filósofos 10. La
autoridad de la historia humana
Nos
recordaba hace años el Santo Padre Juan Pablo II, que era
necesario pasar la antorcha de la fe al nuevo milenio que se
acercaba. Ver Juan Pablo II, Tertio Millenio Adveniente.
10 de noviembre de 1994, nn. 29-55. Esa antorcha de la fe no es
otra sino el anuncio del amor comprometido de Dios, que nos amó
tanto que entregó a su Hijo por nuestra redención.
Con agudeza
teológica, el papa Benedicto XVI afirma en su primera encíclica
que: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en
Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera
carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la
fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la
consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este
mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación
sintética de la existencia cristiana: « Nosotros hemos conocido
el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” Vea S.S.
Benedicto XVI,
Deus Caritas Est
(Dios es Amor)
25 de enero
de 2006, n. 1.
“Marshall Berman, en su
clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire, no sólo
reivindica la capacidad de oposición y hasta de transformación
social por parte de los hombres y mujeres modernos sino también
critica a todos aquellos que, encargados de diagnosticar la
modernidad, consideran a los procesos modernizadores (económicos
y sociales) como pura "reificación"… Tales apreciaciones pueden
impactarnos de dos maneras. Cuando analizamos nuestra modernidad
decimos, entre otras cosas, algo así: "la fragmentación de las
identidades de clase, la crisis de los sistemas de bienestar, la
desocupación estructural, el individualismo negativo, el
egoísmo, y la incredulidad con respecto a los grandes relatos,
son sus elementos constitutivos". De aquí se deduce el primer
impacto: las reivindicaciones de Berman nos parecen utópicas y
las desechamos… Sin embargo, también sentimos preocupación por
la idea emancipatoria propuesta por él, y nos preguntamos: ¿qué
sentido tiene diagnosticar críticamente la modernidad si no va
acompañada del deseo de modificarla?; y si esto es así: ¿no
implica este deseo personal también una creencia en los sujetos
para enfrentarse, con recursos y poderes, a nuestro diagnóstico
crítico?” Hernán Javier Marturet, “Neoliberalismo y exclusión”
UBA, Argentina, 1995. Artículo en Internet,
www.google.com, Neoliberalismo.
Vea J. Sobrino, “El imperio y Dios. A propósito de Irak”,
artículo en
www.Ecclesalia.com (12/05/04), donde habla de
la necesidad de transformar el mundo desde los pobres. Cita las
“…palabras que pronunció Ignacio
Ellacuría en Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, diez días
antes de ser asesinado: "Sólo utópica y esperanzadamente uno
puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y
oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla
en otra dirección". … El lector ha leído bien. Ante Irak,
Afganistán, África, Haití, que mueren lenta o violentamente por
una parte, y ante el mundo de abundancia, que conduce lenta o
violentamente a la muerte de los pobres por otra, no basta con
cambiar políticas y coaliciones, sino que hay que hacer el
intento de "revertir" la historia, ponerla en una dirección
contraria a la actual. No basta con ciencia y tecnología, sino
que hay que " creer y tener ánimo". No basta con proceder
calculadamente, sino que hay que proceder "utópica y
esperanzadamente". Y por encima de todo, hay que revertir la
historia "con la esperanza de todos los pobres y oprimidos del
mundo". No basta, pues, aunque es muy necesario, con que se
operen algunos cambios en la dirección que ha tomado Occidente,
sino que son necesarios cambios radicales, al menos cambios
importantes y significativos… En estos tiempos postmodernos ya
no se escuchan palabras como éstas, aunque sean de un
intelectual brillante y de un mártir, pero siguen teniendo
vigencia en "estos días de Irak". Son palabras de exigencia y de
invitación… El imperio conduce a la deshumanización y Dios
conduce a la humanización.”
P. Rossano, art. cit.,
309: “En la fenomenología de las religiones, este principio
supremo aparece mayormente como uno, pero de hecho aparece
rodeado de un politeísmo o un demonismo polimorfo.” Más
información sobre la redención en las religiones universales no
cristianas se halla en G. Iammarrone Redenzione: la
liberazione dell’uomo nel cristianesimo e nelle religioni
universali. Cinisello Balsamo, San Paolo 1995, 40-65.
G. Gutiérrez Teología de la liberación.
Perspectivas. Salamanca, Sígueme 199014, 194.
Cf. J.L. Ruiz de la
Peña. Creación, gracia, salvación. Santander, Sal Terrae
1993, 48.
El fenómeno de los
libros sagrados se constata en muchas religiones. Se les llama
sagrados porque contienen una revelación divina y un mensaje que
salva. En la religión persa hallamos el Avesta, escrito por
Zoroastro, entre los maniqueos están los escritos de Mani; para
el Islam el libro sagrado es el Corán; los hindúes veneran los
cuatro Vedas, el Brahmán, el Aranyaka, la Upanishad y el
Bhagavadgita. En general, las religiones constituidas sobre
libros sagrados tienden a rechazar todo lo que no está contenido
en el libro. Para el judaísmo, el libro sagrado es la escritura
sagrada del Antiguo Testamento; para el cristianismo es tanto el
Antiguo como el Nuevo Testamento. Entre todos los libros de la
Biblia, para la Iglesia Católica, los más importantes son los
evangelios.
Cf. G. Barbaglio,
“Bibbia e Chiesa”, en Nuovo Dizionario di Teologia. Roma,
Paoline 1979, 68-78. El método bíblico de la Formgeschicte,
aplicado por Gunkel al Antiguo Testamento, y luego por Dibelius,
Bultmann, Schmidt y Albertz a los evangelios, acertó al indicar
que los textos tienen una prehistoria en los ambientes de
vida (Sitz im Leben Christi, Sitz im Leben des
Evangelisten, Sitz im Leben der Kirche), es decir, según
diversas situaciones, experiencias y preguntas de las
comunidades. Hoy, el valor de dichos estudios ya no se pone en
tela de juicio, porque han ayudado a descubrir el camino de fe
que siguió el pueblo de Dios.
J.
Doré “Salvación-Redención” en Diccionario
de las religiones. Cardenal Paul Poupard (dir.) Barcelona,
Herder 1987, 1587.
Cf. J. Rovira Belloso, op. cit., Introducción a la teología.
Madrid, BAC 1996, 151-193. Allí explica Rovira Belloso que la
teología cristiana asume los resultados de las ciencias o los
métodos de esas mismas ciencias, como la filosofía,
antropología, historia, sociología, psicología etc., con la
finalidad de conseguir que la verdad de la teología llegue hasta
la realidad de la historia, de la persona, de la acción personal
y social, etc. A estas ciencias asumidas se les llaman
mediaciones de la teología.
[27]R.
Fisichella, Introducción a la teología fundamental,
Estella, Navarra: Verbo Divino 1993, 38.
[28]R.
Fisichella, cit., 51.
[29]R.
Fisichella, cit., 54.
Jorge R. Colón, Acercamiento a la
vida religiosa. San Juan 1996, 141-145:
“Uno de los aspectos positivos de la
nueva era histórica en que vivimos es la conciencia de que el
mundo es hoy una villa global. Existe la opinión generalizada
de que todas las gentes y culturas se necesitan mutuamente.
Ningún país es autosuficiente. Las antiguas barreras del
comercio, el intercambio cultural y las comunicaciones han sido
destruidas. Los medios de comunicación, los sistemas de viaje,
y otros factores nos han dado una nueva imagen del mundo. El
hombre prehistórico está consciente del hecho que necesita otras
gentes, otras naciones, otras culturas, incluso para completar
lo que falta en la suya propia. Esto nos da a nosotros una
oportunidad de predicar la verdadera libertad para la cual fue
creada la humanidad, y de promover la comunicación fraternal y
el amor. En este sentido, el evangelio tiene un gran potencial.
La palabra evangelización admite muchas
definiciones. Uno puede decir que evangelizar significa
anunciar de un modo claro y creíble a la gente de nuestro día lo
que Jesucristo nos comunicó a nosotros. Hablar sobre el ser
íntimo de Dios, de su relación amorosa con nosotros, y de las
posibilidades ofrecidas por el evangelio para la existencia
humana. Así como Jesús anunció el Reino, el amor del Padre, la
necesidad del perdón y el amor fraternal, así nosotros estamos
llamados a proclamar las mismas verdades a nuestros
contemporáneos. La evangelización revela a la humanidad las
verdaderas dimensiones de la vida humana, sus objetivos, su
dirección escatológica.
Así como en el pasado, en los momentos
trascendentales de la historia, el evangelio estuvo presente
como fuerza de transformación, así también ahora, al acercarse
el tercer milenio, estamos llamados a comunicar las riquezas del
evangelio a los seres humanos posmodernos y transculturales. El
vocablo "nueva" aplicado a "evangelización" significa que la
primera etapa de la evangelización ha sido concluida, y que
tenemos que comenzar una nueva etapa, con el mismo ardor y
eficacia de la primera evangelización de la humanidad en los
tiempos apostólicos. La "nueva evangelización" que el papa Juan
Pablo II pide se coloca en el origen de un nuevo ciclo cultural
en la historia humana.
Por R. P. Jorge R.
Colón, C.Ss.R.
1 de
enero de 2007
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