La situación actual de la Iglesia en el
mundo nos exige volver a asumir la misión profética que
tenemos los cristianos.
Se trata de ser profetas poniendo la
mirada en el mundo y en la Iglesia sin vanidades ni
soberbia; con humildad, pero sin renunciar a las
convicciones que nacen de la reflexión acerca de la voluntad
de Dios para con su creación y el sentido de la vida.
Mantener el equilibrio entre la crítica y
la autocrítica. Saber decir lo que vemos mal fuera de la
Iglesia y saber señalar aquello que no nos permite ser
coherentes con el mensaje de Jesús o nos muestra infieles a
su palabra.
(...) muchos se alejan de Cristo, en
la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero ¿no deberíamos
pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia
Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su
presencia, y en el vacío y maldad de corazón en donde entra
a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos
cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su
Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas
palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los
que, por su sacerdocio, deberían estar completamente
entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!
Este párrafo, durísimo en sí mismo, y más
duro aún, si lo analizamos detenidamente, lo he puesto en
cursiva, con el fin de proponer una suerte de juego: ¿a
quién atribuiría estas palabras y esta consideración acerca
de la Iglesia? Quizás, algunos pensarán que este articulista
se "ha pasado". Otros, quizás, creerán que es un párrafo de
un autor ajeno a la Iglesia...
El texto está tomado de la reflexión en
torno a la novena estación del Vía Crucis 2005 celebrado en
Roma, en la última Semana Santa. El autor es Benedicto XVI,
en aquel momento, todavía cardenal Joseph Ratzinger.
En ese mismo escrito, el propio Ratzinger
sugiere como oración de profundización del camino de Jesús
hacia la cruz:
Señor, frecuentemente, tu Iglesia nos
parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por
todas partes. Y también, en tu campo, vemos más cizaña que
trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero
los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te
traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las
palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en
ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos
en tierra, y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca
podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la
caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te
levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes
levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y
santifícanos a todos.
Es cierto; frecuentemente la Iglesia nos
parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por
todas partes. Desencuentro entre hermanos, sectores en
pugna, escándalos a montones... Sin embargo, al mismo
tiempo, reconocemos las semillas del Verbo que nos permiten
tener esperanza. Cristianos pujantes, llenos del amor del
Espíritu, que se preocupan y se ocupan de los más
necesitados y de construir un mundo mejor.
Vemos más cizaña que trigo; es verdad.
Pero la cizaña puede quitarse, y el trigo fortalecerse. Hoy
día, la misión profética de la Iglesia puede vivificarse,
simplemente, retornando a la única fuente: Jesús y su
mensaje.