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En el mes de
junio, mes de los padres, celebramos Pentecostés. Este evento fue
la iluminación divina a hombres con temor a la realidad exterior.
“Estaban a puertas cerradas por miedo a los judíos,” (Hch. 2, 2).
Todavía no habían comprendido que ante las muertes, desilusiones y
dolores de la vida Dios es la fuerza para recuperarse, perdonar y
sanar. Por un lado, ellos necesitaban perdonarse a sí mismos por
haber abandonado al maestro. Por otro lado, el sentido de pérdida
les embargó hasta que se les apareció el resucitado. No obstante,
ellos no tenían la valentía ni la fuerza para dar la cara por
Cristo. Fue con el viento recio que cautivó su interior, que ellos
reconocieron: el poder de Dios, su valía como personas y su llamado
como apóstoles y enviados. La gracia de Dios cambió sus paradigmas
de incertidumbre, pesares e ignorancias por los dones y carismas del
Espíritu Santo. La oración, la apertura a Dios y el dar el sí al
Espíritu Santo les convirtió en guías valientes, sabios y tenaces.
Hoy en día hacemos
como los discípulos, vivimos a puertas cerradas en mente, cuerpo y
alma. Hay quienes están encerrados en sus esquemas mentales y no
ven como Dios les llama a algo nuevo usando las crisis, las
enfermedades y las muertes a su alrededor. Existen quienes culpan a
Dios y a otros de sus males, pero no ven su propio sentido de
derrota, obstinación y encerrona. Muchos ocupados en sus deudas,
desesperos y falta de seguridad se ahogan en su impotencia
financiera. Hay quienes se deprimen al no poder resolver sus
problemas ya sea por que se muró o se fue un familiar o por que
están pasando por un divorcio. Mientras tanto, otros complacidos en
sus comodidades no salen en ayuda del necesitado racionalizando el
por qué éstos son así.
Por otro lado, se
ven los que se despreocupan por su cuerpo. Estos piensan que son
eternos y no ven que son templos del Espíritu Santo. El hedonismo,
los ruidos estridentes, la noctambulidad y los vicios son algunos
ejemplos de abusos que cortan la acción del Espíritu y encierran a
la persona en su complacencia.
La encerrona del
alma es la más grave de todas. El orgullo espiritual de aquellos
que creen que no necesitan de Dios, ni de la Iglesia, ni de valores
cristianos mata el espíritu.
Cada vez hay más
ateos en nuestra sociedad y personas que viven como si Dios no
existiera. ¿Si no está Dios, quién está?
En estos días
hemos tenido un huracán económico-social y político que ha puesto en
tensión, miedo y coraje al pueblo Puertorriqueño. Hubo quienes se
encerraron tercamente en sus posiciones personales con indignación y
burla, y no parece que consultaron ni siquiera al Espíritu Santo
para facilitar el bajar los ánimos o la iluminación pertinente.
Aunque era un
asunto económico, las repercusiones de salud mental, social y
espiritual afectaron y afectarán a todos. ¿Cómo reaccionas tu ante
las crisis nacionales, familiares y personales?
Hoy más que nunca
necesitamos la guía del Espíritu Santo en la familia y en la
sociedad.
En el mes que se
celebran los Padres por su paternidad, sentido de guía, seguridad,
estabilidad y consuelo necesitamos estas mismas virtudes, tanto para
los hombres como para las mujeres. En la cultura Judía del tiempo
de Jesús, el Padre era el guía espiritual del hogar. El presidía
sobre la mesa, no sólo repartiendo la comida, sino enseñando a orar
y a ir al templo. La unidad familiar era marcada y centrada en la
figura paterna. Sicológicamente, esto daba balance a la familia,
pues compartían tiempo juntos en amor, orden, enseñaza y disciplina.
Jesús trae el
concepto de relación íntima con el Padre (“el Padre y Yo somos
uno”), y de vida en el Espíritu (“Reciban el Espíritu
Santo…”Jn.20,21. “Esperen la fuerza de lo alto”, Lc.16).
Para vivir en
intimidad con el Padre hay que conocerle en el retrato de El que es
Jesús.
Para imitar a
Jesús y vivir el ser imagen del Padre hay que pedir la fuerza de lo
alto. Es el Espíritu Santo el que nos dará el conocimiento, la
fuerza y valentía para vivir cada día encarando la vida, encarnados
en la realidad y siendo facilitadotes de su gracia y esperanza.
El Espíritu Santo
nos impulsa a sanar nuestra relación con Dios Padre y con nuestro
padre terrenal. El nos presenta una imagen de un Padre celeste
responsable, amoroso y fiel a su pueblo. Como sabiduría de Dios, el
Espíritu Santo nos revela al Padre como amigo y acompañante de la
humanidad. Como tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo
nos muestra la dinámica del Padre providente, consolador y
afectivo.
El aliento de
Dios, el “Ruah” es: ánimo, vida, creatividad, renovación,
confianza, movimiento, curación, regeneración, integración, frescor,
serenidad y seguridad (Ez.37). Así Pues, este sentido de retomar la
vida es un enseñar a vivir. La providencia del Padre nos da un
espíritu carismático, dinámico y servicial para vivir en la familia
de Dios con vitalidad siempre nueva. ¿Cómo está tu ánimo, tu
sentido de vida y de esperanza?
El amor del Padre
nos da su espíritu para regenerar, dirigir y fortalecer nuestras
fuerzas caídas por el agobio, el estrés y la desilusión. De igual
manera que esperamos que un papá nos dé consuelo, cariño y seguridad
hemos de confiar en el Padre celeste que nos acompaña con su
Espíritu en todo momento. El reto está en acompañarle a él,
viviendo en el Espíritu, siendo guías que oren, reflexionen y actúen
con el amor firme del Padre, la caridad misericordiosa del hijo y la
sabiduría audaz del Espíritu.
Más aún, es a
través de la justicia social que dejamos que los frutos del Espíritu
fluyan a la comunidad. Lo que distinguía a las primeras comunidades
cristianas fue su ardiente caridad para con los pobres y
necesitados. El amor ha de ir de la mano de la justicia para tener
paz. No es solamente hablar de derechos, sino hablar de
responsabilidades. En un mundo donde cada uno quiere ser primero y
que se haga a su manera, hemos de mostrar los frutos del Espíritu
(Gal. 5, 19-22) como antitesis al desorden del mundo.
Este aprendizaje
de valores humanos y espirituales comienza desde el hogar. Como
padre y madres hemos de ser guías espirituales que al pasar por la
universidad de la vida podamos traducir nuestros golpes y quebrantos
en testimonio de aliento para otros.
Movidos y guiados
por el Espíritu, educados con las enseñazas de la Iglesia y
auxiliados con las ciencias sociales, podemos ser familia que alabe
a Dios. Seremos mejores padres y madres, hermanos y cristianos si
vemos los eventos de la vida como un llamado a reflexionar en la
acción del Espíritu en nuestras vidas. Así pues, ¿Cómo es nuestra
respuesta diaria como padres, madres y guías espirituales de
nuestras familias?
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Los
redentoristas son apóstoles de fe robusta, de esperanzas
alegre, de ardiente caridad y celo encendido. No presumen
de sí y practican la oración constante como hombres
apostólicos e hijos genuinos de San
Alfonso, siguen
gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio
y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su
palabra, y por la abnegación de sí mismos se mantienen
disponibles para todo lo arduo a fin de llevar a todos la
redención la redención Copiosa de Cristo.
(Const
# 20) |
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