Es conveniente que veamos los retos que hoy se nos plantean en
la evangelización para que avancemos hacia una respuesta más
comprometida y ajustada a las necesidades de nuestro mundo.
1. Aculturar el Evangelio
La aculturación de la fe en el contexto de la nueva
evangelización lleva consigo reformular la "Buena Noticia"
del Evangelio. O también traducir al dialecto de cada lugar el
don que se nos ha sido dado. Cuando se trata de compartir dones
espirituales, la comunicación debe tener lugar en el ámbito
cultural del destinatario, no del evangelizador. El
evangelizador ha de ser "bilingüe", es decir, un profundo
conocedor de su propio lenguaje cultural y un profundo conocedor
del lenguaje del destinatario.
Desde la perspectiva del apóstol, tener empatía es introducirse
tan profundamente en la vida del otro y de su cultura, que se
llegue a descubrir, por encima de las apariencias y de los
sentimientos inmediatos, el deseo de Dios que anida en lo más
profundo de su corazón y de su cultura.
2. Afrontar la crisis del mensaje cristiano
Parece como si el lenguaje religioso en general, y el cristiano
en particular, sólo se entendiera en medios practicantes y como
si se tratara de un lenguaje especial y propio de grupos
cerrados y pequeños.
Hoy más que nunca, teniendo en cuenta el problema de la falta de
significatividad del lenguaje cristiano por tantos, se le pide a
los evangelizadores expresar la fe con palabras y signos llenos
de sentido asequibles para el hombre de la calle, en un lenguaje
normal, con palabras vivas que se entiendan a la primera. Es
urgente utilizar un lenguaje verbal y simbólico que plantee
preguntas; que suscite el diálogo y que provoque respuestas y
opciones de fe. Es preciso que dejemos a un lado esos lenguajes
religiosos demasiados píos y que están gastados por el uso.
3. Ayudar a suscitar preguntar y el deseo de Dios
El problema de fondo con el que nos encontramos es que hoy
parece el hombre tiene atrofiado el sentido de búsqueda. No se
hace preguntas; está como paralizado y en una actitud pasiva,
banal o superficial.
Por otro lado, sabemos que el hombre que no es capaz de
cuestionarse (de dudar y de reflexionar con atención) le es
imposible andar el camino de la fe. La "duda", la "pregunta",
inspiran al hombre a seguir buscando y le obligan a profundizar
y a otear nuevos horizontes. La duda, la pregunta, el
interrogante, pueden ser la sala de espera del acto de fe. La fe
surge cuando el hombre empieza a hacerse preguntas, cuando
alguien le ayuda a ordenarlas y a no contentarse con respuestas
parciales o incompletas y cuando alguien le acompaña a
encaminarse hasta la respuesta, Dios. Por eso los
evangelizadores han de estar convencidos de que detrás de cada
interrogante se encuentra el interrogante sobre Dios.
4. Dar más experiencias que doctrinas
Evangelizar no es ante todo anunciar una doctrina, proponer una
ética o promover unas prácticas religiosas, sino actualizar la
experiencia salvadora, humanizadora y esperanzadora que comenzó
con Cristo y en Cristo. La nueva evangelización tiene que
recuperar la fuerza de la experiencia. La fe cristiana es un
hecho vital antes que doctrinal. Brota de la experiencia de
haber sido encontrado por Dios en la vida y en la muerte de
Jesucristo; de haber sido amado y alcanzado por su gracia.
Si el cristianismo es una experiencia de fe y de vida… por eso
en la evangelización hemos de preocupamos más de posibilitar
experiencias que de elaborar doctrinas. De ahí la necesidad de
priorizar en sus planteamientos y acciones la iniciación o
fortalecimiento de:
-La experiencia de fe, que nace del anuncio explícito de la
Palabra o proclamación del kerigma.
-La incorporación a la comunidad de creyentes.
-La ejercitación concreta de la vida cristiana, con lo que
supone de práctica de la oración personal y compartida;
participación asidua en la celebración comunitaria de la fe;
ejercicio de la caridad, la justicia y la solidaridad, la
comunicación de bienes; y discernimiento personal y comunitario
de la Palabra y de los acontecimientos.
5. Recuperar la credibilidad eclesial
La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad
pluralista y secular se juega en la credibilidad social de la
misma. Credibilidad que equivale a capacidad de revelación y
comunicación del misterio que la constituye, de poner a los
hombres ante su más honda humanidad, ante sus preguntas más
vitales.
Una Iglesia creíble para sus propios miembros y para los
alejados e increyentes tiene que ser hoy más claramente lugar de
unidad y comunión, con más sentido de pertenencia y menos
fragmentaciones, con más diálogo y comunicación; la casa de
todos, intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la
verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de
imposición autoritaria.
6. Crear comunidades vivas
La evangelización tiene que lograr crear verdaderas comunidades
en las que se viva y se comparta la fe, el testimonio y el
compromiso cristiano. Se trata de comunidades de talla humana en
las que es posible la superación del anonimato y la comunicación
de lo que cada persona lleva de más valioso y original: su
experiencia de Dios como Buena Noticia de su existencia.
Recuperar la dimensión comunitaria es urgente para una Iglesia
como la nuestra que ha acentuado en el pasado los elementos
institucionales y ha sufrido el individualismo de una fe sin
Iglesia por parte de grandes capas de nuestra población.
A la formación de verdaderas comunidades cristianas ha de
acompañar el esfuerzo decidido y paciente de estrechar los lazos
de comunión entre ellas, respetando la diversidad y
complementariedad de los carismas, servicios y responsabilidades
que existen en el seno común de la Iglesia (cf. LG 7; ChL
20).
7. Suscitar, promover y formar agentes de evangelización
Sabemos que la evangelización consiste en la irradiación y
comunicación de la experiencia salvadora que vive la comunidad
de seguidores de Jesucristo. No existe evangelización sin
evangelizadores. ¿Es posible echar las bases de una nueva
evangelización si no se despierta el potencial evangelizador de
los creyentes, las familias y los grupos cristianos, las
comunidades y las parroquias?
La novedad de la evangelización la aportarían hoy quienes,
siguiendo a Jesucristo, puedan narrar su propia experiencia de
un Dios amigo y salvador y puedan presentar el testimonio
frágil, pero convencido, de una vida convertida y sanada por la
gracia de Cristo, al mismo tiempo que vivan comprometidos por la
liberación integral del ser humano. Para ello hacen falta
auténticos cristianos con conciencia de su misión evangelizadora
y suficientemente formados.
8. Acercar la Palabra al Pueblo de Dios
La devolución de la Biblia al pueblo, después de haberlo privado
durante tantos siglos del acceso directo a la Palabra de Dios,
es uno de los frutos más destacados de la renovación conciliar y
postconciliar. Esto ha revolucionado la catequesis y ha puesto
de manifiesto la importancia y la eficacia de la Palabra de Dios
en los procesos evangelizadores. Y es que:
-La Palabra de Dios tiene la fuerza y la vitalidad que le faltan
a cualquier catecismo o material que podamos preparar.
-La Palabra de Dios interpela a la persona que la escucha
convocándolo a la fe, la oración y la conversión.
-Su lenguaje es más narrativo, dialogal, personalizado y cercano
(con una lectura guiada de modo adecuado), que el de los
teólogos de oficio.
Para evitar lecturas individualistas, fundamentalistas e
interesadas que no favorecerían la nueva evangelización, se
tendría que fomentar la lectura de la Biblia en el contexto
público de la comunidad y en relación con los signos de los
tiempos, de forma que su interpretación esté sometida al
discernimiento comunitario.
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Pidiedo oración |
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