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Ocho retos para una "nueva" evangelización

Fuente::www.scalando.com                                                                         Autor: Secretariado para la Evangelización

La teología del laicado ha dado pasos gigantescos, pero no ha penetrado en la praxis.

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Es conveniente que veamos los retos que hoy se nos plantean en la evangelización para que avancemos hacia una respuesta más comprometida y ajustada a las necesidades de nuestro mundo.


1. Aculturar el Evangelio

 

La aculturación de la fe en el contexto de la nueva evangelización lleva consigo reformular la "Buena Noticia" del Evangelio. O también traducir al dialecto de cada lugar el don que se nos ha sido dado. Cuando se trata de compartir dones espirituales, la comunicación debe tener lugar en el ámbito cultural del destinatario, no del evangelizador. El evangelizador ha de ser "bilingüe", es decir, un profundo conocedor de su propio lenguaje cultural y un profundo conocedor del lenguaje del destinatario.

Desde la perspectiva del apóstol, tener empatía es introducirse tan profundamente en la vida del otro y de su cultura, que se llegue a descubrir, por encima de las apariencias y de los sentimientos inmediatos, el deseo de Dios que anida en lo más profundo de su corazón y de su cultura.


2. Afrontar la crisis del mensaje cristiano

 

Parece como si el lenguaje religioso en general, y el cristiano en particular, sólo se entendiera en medios practicantes y como si se tratara de un lenguaje especial y propio de grupos cerrados y pequeños.

Hoy más que nunca, teniendo en cuenta el problema de la falta de significatividad del lenguaje cristiano por tantos, se le pide a los evangelizadores expresar la fe con palabras y signos llenos de sentido asequibles para el hombre de la calle, en un lenguaje normal, con palabras vivas que se entiendan a la primera. Es urgente utilizar un lenguaje verbal y simbólico que plantee preguntas; que suscite el diálogo y que provoque respuestas y opciones de fe. Es preciso que dejemos a un lado esos lenguajes religiosos demasiados píos y que están gastados por el uso.

 
3. Ayudar a suscitar preguntar y el deseo de Dios

 

El problema de fondo con el que nos encontramos es que hoy parece el hombre tiene atrofiado el sentido de búsqueda. No se hace preguntas; está como paralizado y en una actitud pasiva, banal o superficial.

Por otro lado, sabemos que el hombre que no es capaz de cuestionarse (de dudar y de reflexionar con atención) le es imposible andar el camino de la fe. La "duda", la "pregunta", inspiran al hombre a seguir buscando y le obligan a profundizar y a otear nuevos horizontes. La duda, la pregunta, el interrogante, pueden ser la sala de espera del acto de fe. La fe surge cuando el hombre empieza a hacerse preguntas, cuando alguien le ayuda a ordenarlas y a no contentarse con respuestas parciales o incompletas y cuando alguien le acompaña a encaminarse hasta la respuesta, Dios. Por eso los evangelizadores han de estar convencidos de que detrás de cada interrogante se encuentra el interrogante sobre Dios.


4. Dar más experiencias que doctrinas

 

Evangelizar no es ante todo anunciar una doctrina, proponer una ética o promover unas prácticas religiosas, sino actualizar la experiencia salvadora, humanizadora y esperanzadora que comenzó con Cristo y en Cristo. La nueva evangelización tiene que recuperar la fuerza de la experiencia. La fe cristiana es un hecho vital antes que doctrinal. Brota de la experiencia de haber sido encontrado por Dios en la vida y en la muerte de Jesucristo; de haber sido amado y alcanzado por su gracia.

Si el cristianismo es una experiencia de fe y de vida… por eso en la evangelización hemos de preocupamos más de posibilitar experiencias que de elaborar doctrinas. De ahí la necesidad de priorizar en sus planteamientos y acciones la iniciación o fortalecimiento de:

-La experiencia de fe, que nace del anuncio explícito de la Palabra o proclamación del kerigma.

-La incorporación a la comunidad de creyentes.

-La ejercitación concreta de la vida cristiana, con lo que supone de práctica de la oración personal y compartida; participación asidua en la celebración comunitaria de la fe; ejercicio de la caridad, la justicia y la solidaridad, la comunicación de bienes; y discernimiento personal y comunitario de la Palabra y de los acontecimientos.


5. Recuperar la credibilidad eclesial

 

La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular se juega en la credibilidad social de la misma. Credibilidad que equivale a capacidad de revelación y comunicación del misterio que la constituye, de poner a los hombres ante su más honda humanidad, ante sus preguntas más vitales.

Una Iglesia creíble para sus propios miembros y para los alejados e increyentes tiene que ser hoy más claramente lugar de unidad y comunión, con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación; la casa de todos, intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria.

 
6. Crear comunidades vivas

 

La evangelización tiene que lograr crear verdaderas comunidades en las que se viva y se comparta la fe, el testimonio y el compromiso cristiano. Se trata de comunidades de talla humana en las que es posible la superación del anonimato y la comunicación de lo que cada persona lleva de más valioso y original: su experiencia de Dios como Buena Noticia de su existencia.

Recuperar la dimensión comunitaria es urgente para una Iglesia como la nuestra que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido el individualismo de una fe sin Iglesia por parte de grandes capas de nuestra población.

A la formación de verdaderas comunidades cristianas ha de acompañar el esfuerzo decidido y paciente de estrechar los lazos de comunión entre ellas, respetando la diversidad y complementariedad de los carismas, servicios y responsabilidades que existen en el seno común de la Iglesia (cf. LG 7; ChL 20).


7. Suscitar, promover y formar agentes de evangelización

 

Sabemos que la evangelización consiste en la irradiación y comunicación de la experiencia salvadora que vive la comunidad de seguidores de Jesucristo. No existe evangelización sin evangelizadores. ¿Es posible echar las bases de una nueva evangelización si no se despierta el potencial evangelizador de los creyentes, las familias y los grupos cristianos, las comunidades y las parroquias?

La novedad de la evangelización la aportarían hoy quienes, siguiendo a Jesucristo, puedan narrar su propia experiencia de un Dios amigo y salvador y puedan presentar el testimonio frágil, pero convencido, de una vida convertida y sanada por la gracia de Cristo, al mismo tiempo que vivan comprometidos por la liberación integral del ser humano. Para ello hacen falta auténticos cristianos con conciencia de su misión evangelizadora y suficientemente formados.

 

8. Acercar la Palabra al Pueblo de Dios

 

La devolución de la Biblia al pueblo, después de haberlo privado durante tantos siglos del acceso directo a la Palabra de Dios, es uno de los frutos más destacados de la renovación conciliar y postconciliar. Esto ha revolucionado la catequesis y ha puesto de manifiesto la importancia y la eficacia de la Palabra de Dios en los procesos evangelizadores. Y es que:

-La Palabra de Dios tiene la fuerza y la vitalidad que le faltan a cualquier catecismo o material que podamos preparar.

-La Palabra de Dios interpela a la persona que la escucha convocándolo a la fe, la oración y la conversión.

-Su lenguaje es más narrativo, dialogal, personalizado y cercano (con una lectura guiada de modo adecuado), que el de los teólogos de oficio.

Para evitar lecturas individualistas, fundamentalistas e interesadas que no favorecerían la nueva evangelización, se tendría que fomentar la lectura de la Biblia en el contexto público de la comunidad y en relación con los signos de los tiempos, de forma que su interpretación esté sometida al discernimiento comunitario.

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