Nuestra sociedad
dominicana vive a diario una especie de guerra
clandestina donde las victimas en su gran mayoría
son las mujeres. Nos referimos a la violencia en el
seno de las familias y las relaciones afectivas,
donde mujeres, niños, niñas y adolescentes son
agredidos por los hombres. Sean hijas, hermanas,
madres, amigas, novias, parejas o esposas, las
mujeres sufren a diario la violencia verbal y física
de quienes son sus padres, hermanos mayores, hijos,
amigos, novios, amantes o esposos.
Esta violencia no
distingue entre clases sociales, ni niveles
educativos, ni procedencia de región alguna del
país. Muchas llevan en su cuerpo las marcas de
golpes, llegando incluso a la mutilación, otras
cargan con el sufrimiento constante de sentirse
inseguras, humilladas y abusadas, pero un grupo
también terminan siendo asesinadas por quienes
supuestamente le profesaban afecto.
Esta situación es
agravada por el silencio de amigos, vecinos y
familiares que ven indiferentes la violencia contra
tantas mujeres sin defenderlas y por un sistema
judicial y policial que, a pesar de tener en sus
manos leyes que protegen a las mujeres abusadas de
sus abusadores, no las protegen adecuadamente y a
menudo son cómplices de los agresores.
Esta situación de
violencia contra la mujer es una herencia nociva de
nuestra cultura que tiene dos expresiones: por un
lado una imagen de la masculinidad distorsionada por
el machismo y por otro lado una percepción de
inferioridad de la mujer. Ambas expresiones de la
cultura dominicana -y de otras culturas- son
negativas y deben ser extirpadas mediante la
educación y la protección efectiva de la integridad
física y emocional de nuestras amigas y compañeras.
Los hombres y las
mujeres compartimos una unidad maravillosa en cuanto
que somos seres humanos iguales, con idénticos
talentos y capacidades, con semejante dignidad y
posibilidad de desarrollarnos. A la vez hombres y
mujeres poseemos una rica diversidad de expresiones
complementarias que nos permite nutrirnos mutuamente
y ser mejores personas. Esta unidad y diversidad se
fundamenta en el respeto absoluto a la integridad
física y emocional de hombres y mujeres,
comprometiéndonos en la felicidad de nuestros
prójimos y prójimas.
Los hombres tenemos
el deber de abandonar conductas machistas y
educarnos en nuevas formas de masculinidad que
sirvan para proteger y cuidar a quienes nos rodean y
nunca agredirlos. Las mujeres deben defender su
integridad como seres humanos y nunca tolerar malos
tratos. Los que educan -sean padres, madres,
maestros y maestras- deben educar a los niños y
niñas en el afecto y respeto por sus congéneres,
aceptando la diversidad y libertad de los otros.
Hombres y mujeres debemos aprender
juntos a respetarnos y aceptar nuestra diversidad.
Este respeto no puede quedar exclusivamente en la
intimidad familiar, todos debemos ser responsables
también de cuidar que no sean violentadas las
mujeres en nuestra red familiar, nuestro vecindario
y en toda la sociedad. La expresión de que “nadie
debe meterse entre marido y mujer” cuando se trata
de violencia contra la mujer es un signo de cobardía
e irresponsabilidad por la vida de un ser humano.
Recordemos que somos guardianes de nuestros hermanos
y hermanas, tal como Dios le reclamó a Caín, y por
tanto debemos cuidar en la medida de nuestras
posibilidades a quienes más cercanos tenemos.