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La vida de
la Iglesia es reflejo vivo de la permanencia de Dios en la historia. El ritmo
del año litúrgico nos ayuda a vivir con mayor fuerza los pasos fundamentales
de la vida de Cristo. Pero estamos contaminados por la prisa de nuestra
sociedad posmoderna acostumbrada a lo inmediato, a la manipulación del
comercio y al toque mágico que imprimen los Medios de Comunicación Social.
Digo esto
porque cada año veo cómo desde finales del mes de septiembre los centros
comerciales prostituyen el vaciamiento total de Dios en la historia de la
humanidad: la encarnación de su hijo. Es sorprendente ver cómo también
nosotros los cristianos, sin importar nuestro grado de participación en la
Iglesia, somos presa fácil del comercio y reproducimos el mismo
comportamiento. ¿Dónde queda, entonces, la invitación invitación que nos hace
Pablo en la carta a los Filipenses: nada hagan por ambición, ni por
vanagloria, sino con humildad...? (Flp 2, 3).
El tiempo de
adviento, siendo uno de los más hermosos en la vida de la Iglesia, es el más
asfixiado por la propaganda y por el comercio. Pero es como el abuelo de 95
años en medio de la preparación de una boda: que mientras todos corren tras
las compras, el vestido, las invitaciones y la fiesta, está explicando a los
niños el sentido de la entrega alegre de la novia enamorada; y eso es lo que
permanecerá en la memoria y los corazones de los pequeños que le escuchan con
atención.
El Adviento
es ese tiempo que comprende las cuatro semanas que preceden al 25 de
diciembre. Durante este tiempo se mira a Cristo “que viene”, en varios
sentidos:
A. En la
venida histórica, acaecida hace más de dos mil años, se revive la
esperanza de Israel.
B. En su
venida escatológica, la que sucederá al final de los
tiempos; es nuestra esperanza actual. También se señalan a veces otra
venidas, como la venida a cada uno por la gracia y la venida sacramental, pero
éstas no son lo típico de Adviento.
El adviento
es el tiempo de preparación para la navidad. Cuando vamos a hacer una fiesta
en la casa, acostumbramos a hacer la limpieza, sacamos el polvo de los
rincones, echamos agua hasta dejar impecable cada lugar, ponemos algunas velas
aromáticas, cambiamos las cortinas, pintamos las paredes ralladas, organizamos
los detalles del menú, de la música, ni hablar, Etc. Antes de la fiesta hay un
tiempo de preparación.
Así es el
Adviento; en él, la Iglesia se prepara para el gran acontecimiento que
transformó el curso de la historia de la humanidad, la fiesta universal que
deja absorto al universo entero al contemplar al único Dios hecho hombre y
al único hombre que es Dios. Para contemplar este misterio tan profundo es
necesario tener unos ojos y un espíritu contemplativo, ese espíritu enemigo de
la prisa, la fantasía de los Medios de Comunicación, del ruido de las fiestas
vacías de Dios y de la trampa del comercio. El Adviento es un tiempo para
buscar en nuestro interior cuáles son las cosas de nuestra vida que matan las
células de vida que quieren nacer desde el fondo de nuestro corazón. El
Adviento es un tiempo de espera esperanzada, con nuestra casa interior
preparada para que el invitado principal de nuestra fiesta se sienta como en
su propia casa.
La esperanza
nos cautiva en este tiempo y la alegría es verdadera cuando antes de la fiesta
los que estaban enemistados se reconcilian, los que estaban divididos se unen,
los que estaban en guerra construyen juntos la paz, los que estaban
deprimidos se dejan transformar por la alegría del calor humano en el
encuentro familiar, los que estaban de espaldas a Dios vuelvan a él su rostro
y descubran su mirada misericordiosa y sus brazos abiertos para acogerlos como
el Padre misericordioso que no se fija cuanto nos hemos alejado, sino, en la
capacidad de volvernos a él.
Sin
Adviento no hay Navidad.
Si no hacemos una pausa y profundizamos en el sentido de lo que celebramos,
nuestra fiesta termina como los destellos de los fuegos ratifícales que solo
brillan hasta que le queda el último residuo de pólvora, y después del
estallido con el brillo difuso de su luz, todo vuelve fría y monótona
normalidad. Aprovechemos la pedagogía de estas cuatro semanas que van
introduciéndonos en el profundo misterio de la encarnación y pidamos al Rey de
los cielos que seamos de veras transformados por el niño que viene a salvarnos
asumiendo nuestra humanidad.
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