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Hoy
estamos iniciando el tiempo de Adviento. Hablamos con frecuencia del Adviento
como el tiempo de la esperanza, el tiempo oportuno para cultivar virtud.
Ciertamente, como la fe y el amor, la esperanza es un don de Dios que debemos
cuidar. Y para cuidarla, debemos hacerla trabajar. La preparación de la
Navidad es una ocasión propicia.
A esta virtud corresponde una actitud:
la ESPERA. Es la actitud con la que esperamos algo. En los niños, en los que
la espera debe educarse, vemos lo que motiva su espera. Cuando una madre le
dice su hijo pequeño que reclama insistentemente algo que sabe que va a darle:
“¡Espérate!”, notamos en la insistencia del niño que está convencido de que lo
que pide lo tendrá, está seguro de la promesa de la madre.
He aquí, pues, lo que se nos ofrece
para vivir el Adviento. Por otro parte, afianzar la convicción de que la
promesa de Dios se cumplirá, de que su proyecto de reunir en una misma familia
a todos sus hijos, a toda la humanidad, será una realidad. De que ya lo va
siendo. Y reclamar insistentemente que sea, expresando así que deseamos vivir
con el Señor y con los demás. Es más, poniendo de manifiesto que tenemos
necesidad e ello.
Para vivir todo eso partimos de la
experiencia: Dios nos ha dado a su Hijo como hermano. Experiencia de fe,
claro está. Experiencia cotidiana de vida fraternal. Preparar la Navidad nos
lleva a esperar y acoger la venida renovada continuamente “en cada hombre y en
cada acontecimiento” (nos dice el prefacio III de Adviento). Y para esperar
la venida al final de la historia, cuando “pasará la figura de este mundo y
nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva”, como continúa diciendo el mismo
prefacio.
Presten mucha atención a las lecturas
de este domingo, la primera lectura es un canto a la esperanza. La bella
página de Isaías, tan vinculada al Adviento, y, a la vez, tan vinculada a
cualquier oración esperanzada por la paz del mundo. Esa paz tan deseada en
medio te tanta violencia, como la que vivimos en nuestro Puerto Rico. El
acento recae en la iniciativa del Señor, que reúne a todos los pueblos en la
paz eterna de su Reino. A esa convicción responde el profeta invitando al
pueblo: “Vengan, subamos al monte del Señor”. Y nosotros nos uniremos con el
salmo a todo el pueblo que hace camino: “¡Qué alegría sentí, cuando me
dijeron: ‘Vayamos a la casa del Señor’!”. En esta respuesta del salmo 121
tiene un lugar destacado, un primer lugar, “la alegría”. No está de
más destacarlo. Recomendamos trabajar este tema en este tiempo de Aviento en
nuestras reuniones comunitarias: la verdadera alegría.
En segundo lugar, la liturgia nos
ofrece una página de la Carta de san Pablo a los romanos. Son palabras cuya
finalidad es fomentar la esperanza: “Nuestra salvación está cerca”.
Por eso, el apóstol es exigente: “Ya es hora de que se despierten del sueño”.
Como en el caso de Isaías, la Palabra de Dios, nos propone ponernos en
acción. Acoger la salvación nunca comporta pasividad sino vivir según el
proyecto que Dios tiene para cada uno y para todo el pueblo: la espera es
activa.
El evangelio, finalmente, nos invita:
“velen”, “estén preparados”. Otra vez la acción. Empieza
diciendo: “Cuando venga el Hijo del hombre”. Y que esto será un día
cualquiera, “como sucedió en tiempos de Noé…”. Es decir, en la vida cotidiana
(“comiendo” o “bebiendo”, o “en el campo”…) es cuando vendrá el Señor, no en
una situación extraordinaria. Por eso es necesaria la actitud de “estar en
vela”, de “estar preparados”: de discernir cuál es la voluntad del
Señor en cada situación.
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