NOTAS INTRODUCTORIAS
Desde el Vaticano II hay una
creciente sensibilidad sobre el compromiso eclesial de los
laicos. Esta conciencia nueva en laicos y religiosos hace
posible el compartir juntos la misma misión y la misma
espiritualidad de nuestros fundadores. Es un movimiento
renovador del E. S. al interior de la Iglesia. Podemos decir que
es la hora del laicado en la Iglesia; un momento que no
podemos desperdiciar.
Queramos o no, si vamos a
ser fieles al Espíritu de Jesús, tenemos que abrirnos al aire
fresco de la renovación laical: aceptar y acoger sus
potencialidades humanas y cristianas para rejuvenecer nuestra
más genuina vocación eclesial y congregacional. Los signos de
los tiempos exigen abrir nuestro carisma a todos los laicos,
especialmente a los que se sienten más sensibilizados y están
dispuestos a comprometerse con nuestro quehacer y con nuestra
misión. El gran desafío es cómo integrar a los
laicos en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de vivir,
pues su presencia ocupa todavía un segundo lugar. Los vemos más
bien como ayudantes o colaboradores en nuestra actividad
misionera.
La Iglesia hoy nos llama a
compartir con los laicos nuestro ser y nuestra misión. A
reconocer que el carisma y la espiritualidad que todavía hoy
seguimos llamando “nuestros” NO nos pertenecen; más bien
pertenecen a la Iglesia. Y la Iglesia somos todos. Juan Pablo II
en una carta que escribió a los redentoristas –con motivo del
3er centenario del nacimiento de San Alfonso –dijo:
“El compromiso por promover
un laicado cada vez más consciente de la dignidad y de las
responsabilidades bautismales es esencial para una Iglesia que
quiera responder a los desafíos del tercer milenio. Los
redentoristas han estado siempre en profunda comunión con el
pueblo. Hoy los laicos, sobre todo los jóvenes, piden con más
fuerza una mayor participación en la vida y en la misión de los
consagrados. Esas demandas ya han encontrado una primera
respuesta en las indicaciones que se dieron durante el último
capítulo general de la congregación. Se trata de un camino que
hay recorrer con valentía...”
Los fundamentos
teológicos de una “eclesiología de comunión”: Los laicos en la
Iglesia
LUMEN GENTIUM
Estamos ante un nuevo
modelo de Iglesia: la Iglesia-comunión. Si queremos, podemos
aferrarnos a modelos pasados, pero estaríamos cerrándonos al
Espíritu de Jesús; quedaríamos atrás en la historia. Solamente
se puede construir una buena teología del laicado desde el marco
de esta nueva teología de la Iglesia.
En la constitución dogmática
sobre la Iglesia, Lumen Gentium, el capítulo III trata
sobre la jerarquía de la Iglesia; los capítulos II y IV tratan
sobre “Iglesia Pueblo de Dios” y sobre “los laicos”. Al hablar
de la Iglesia como Pueblo de Dios y anteponerlo a la teología de
la jerarquía, se pusieron los fundamentos para una nueva imagen
de la Iglesia. La Iglesia es esencialmente una comunidad de
personas convocadas por Dios. Esta eclesiología de comunión nos
invita a revisar nuestra relación con los laicos. Este
modelo corresponde al modelo de la Iglesia primitiva, en la cual
todos eran iguales y corresponsables, aunque con diferentes
carismas y servicios.
“Los laicos están
especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia
en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a
ser sal de la tierra a través de ellos.... Incumbe a todos los
laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino
designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de
todos los tiempos y en todas las partes de la tierra.” (L. G.
33)
“Cristo, el gran Profeta....
cumple su misión profética.... no sólo a través de la
Jerarquía... sino también por medio de los laicos... Así los
laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en
las cosas que esperamos.... Los laicos... pueden y deben
desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización
del mundo... Dedíquense los laicos a un conocimiento más
profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el
don de la sabiduría.” (L. G. 35)
“Cada laico debe ser ante el
mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús
y una señal del Dios vivo.” (38)
PUEBLA (1979)
En la Iglesia
Latinoamericana hay “una toma de conciencia creciente de la
necesidad de la presencia de los laicos en la misión
evangelizadora.” Los obispos por tanto invitan a los laicos a
que “contribuyan al cumplimiento de la tarea evangelizadora.”
(777)
El documento reconoce los
errores y las frustraciones causadas a laicos y laicas en el
pasado. Pero también reconoce la serenidad y la madurez que se
va percibiendo en la Iglesia en torno al tema. Por eso los
obispos invitan a “promover en la Iglesia estructuras de
diálogo, de participación y de acción pastoral de conjunto.”
(781)
Además del divorcio entre FE
y VIDA (783), los obispos señalan como obstáculo “la
persistencia de cierta mentalidad clerical en numerosos
agentes pastorales, clérigos e incluso laicos.” (784)
“Por el testimonio de su
vida, por su palabra oportuna y por su acción concreta, el laico
tiene la responsabilidad de ordenar las realidades temporales
para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios.”
(789)
“El laico deberá buscar y
promover el bien común en la defensa de la dignidad del hombre y
de sus derechos inalienables, en la protección de los más
débiles y necesitados, en la construcción de la paz, de la
libertad, de la justicia; en la creación de estructuras más
justas y fraternas.” ((792)
“En la medida en que crece
la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la
misión de ésta en el mundo, se hace también más urgente la
necesidad de su sólida formación humana en general, formación
doctrinal, social, apostólica.” Ellos tienen el derecho de
recibir tal formación. (795)
CHRISTIFIDELIS LAICI
El Sínodo de los
obispos de 1987 se ocupó precisamente de la vocación y misión de
los laicos en la Iglesia y en el mundo. En ese Sínodo se
examinaron muchas experiencias de la vida de los cristianos en
todo el mundo, que dieron lugar a un vivo diálogo y a una rica
reflexión sobre el tema. Como fruto del Sínodo, Juan Pablo II
escribió una Carta apostólica, la «Christifideles laici», que
recogió las conclusiones del Sínodo, junto con sus propias
experiencias y reflexiones.
Se trata de la
identidad propia del laico y su condición en la Iglesia y en el
mundo. Esta identidad viene expresada por el Concilio como
cristianos caracterizados por la «índole secular». Esto quiere
decir que, para los laicos, las tareas en que están metidos cada
día son parte muy importante de su vocación cristiana, no ajenas
a ella. Por eso han de vivir una fuerte «unidad» (coherencia) en
su vida, como fundamento de su misión.
Juan Pablo II, en su
Exhortación Apostólica (1988) Christifideles laici, dice:
Esta eclesiología de
comunión es la idea central que en el Concilio Vaticano II
la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma... La realidad de la
Iglesia-comunión es parte integrante, más aún, representa el
contenido central del misterio, o sea del designio divino de
salvación de la humanidad” (19)
COMMUNICANDA 4
La
Communicanda
del 1995
de los redentoristas en el número 38 nos habla de la
Comisión de Laicos que ha de estar encargada de la promoción
de la colaboración con los laicos. Entre las funciones de la
comisión, señala las siguientes:
-
“Animar las comunidades
a una mayor apertura con relación a los laicos.
-
Promover una preparación
más atenta de los cohermanos para la colaboración con los
laicos.
-
Concretar perspectivas e
itinerarios más eficaces de colaboración.
-
Promover una adecuada
pastoral vocacional en relación con la colaboración laical.
-
Preparar itinerarios
formativos realistas y que respondan a las diversas formas
de colaboración.
Veamos algunos rasgos que
caracterizan esta nueva eclesiología de comunión:
-
La Iglesia es ante todo
comunión con Dios y comunión con los hombres y mujeres,
comunión que se hace comunicación de salvación. Eso es lo
que significa “misterio de Dios” y “sacramento universal de
salvación”.
-
La Iglesia es Pueblo de
Dios. La acción comunicativa hacia los hombres y mujeres
tiene lugar entre iguales, ya que la relación con Dios no
hace distinciones ni diferencias entre los miembros de su
Iglesia. Todos somos hermanos y hermanas. “Ustedes no se
dejan llamar Rabí porque uno solo es su Maestro; y ustedes
son todos hermanos” (Mt. 23,8). Con el reconocimiento
oficial del cristianismo (Constantino –siglo IV) comenzó a
darse una fuerte clericalización en la Iglesia. A partir de
ahí, la Iglesia es el modelo de la sociedad romana –la
sociedad perfecta. Comienza la gran dicotomía: clero vs.
fieles.
-
El Vaticano II declara
que todos los fieles cristianos han de tender a vivir en
plenitud la misma y única vida cristiana, basada en el
seguimiento de los consejos evangélicos.
-
El protagonismo en la
Iglesia está reservado a Jesús, pero se expresa a través de
la Iglesia-comunión.
-
Las relaciones intra
eclesiales ha de regirse desde actitudes de diálogo, no
desde posturas de poder, desde la fraternidad y el amor, no
desde el dominio. Los laicos no están al margen de la
Iglesia, ni en la parte inferior de la pirámide sino que
forman parte activa y determinante de su ser y de su misión.
-
La Iglesia es
primordialmente la comunidad local. Ella ha de ser primero
que nada ese espacio que hace posible la experiencia de fe,
y no una mera organización.
-
La Iglesia es
esencialmente misionera.
-
La participación de los
laicos en la misión no es concesión de la Iglesia oficial.
Es un derecho y una obligación, que se fundamenta
sacramentalmente y teológicamente en el bautismo. Los laicos
son protagonistas de derecho pleno en la evangelización del
mundo.
“El deber y el derecho
del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo
Cabeza. Insertos por el bautismo en el cuerpo místico de Cristo,
robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu
Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado” (Decreto
sobre el Apostolado de los laicos, 3).
Los laicos viven en el
corazón del mundo y se encargan de orientar los asuntos
seculares en función del Reino de Dios. Todos tenemos esta misma
misión, pero los laicos la realizan de manera más plena. Es en
el mundo donde Dios ha situado a los laicos vocacionalmente, y
es desde ahí que muchos de ellos están llamados a vivir los
carismas de la Iglesia, asumidos hasta ahora exclusivamente por
nuestros Institutos.
En el pasado los misioneros
eran solamente los clérigos y los religiosos. Sin embargo, hemos
despertado a la realidad de que todo cristiano está llamado a
ser misionero. (Vea Aparecida: “llamados a ser
discípulos y misioneros para que todos tengan en Cristo
plenitud de Vida”.) Los laicos son la vanguardia de la Iglesia
en la transformación de la sociedad y en la lucha contra las
estructuras que están creando injusticia, pecado y opresión.
Ellos contribuyen a que la Redención Copiosa de Jesús sea
predicada a todos.
La teología del laicado ha
dado pasos gigantescos, pero no ha penetrado en la praxis. Nos
sobran los documentos preciosos en torno a los laicos y su
misión. Necesitamos leer y reflexionar estos documentos para
caminar juntos en el seguimiento de Jesús. Nuestras
congregaciones están llamadas a incorporar a los laicos y laicas
a los carismas que nuestros fundadores descubrieron en la
Iglesia. Ha llegado la hora de los laicos.
El gran desafío para todos y
todas es una conversión constante, dejando atrás esquemas que en
nada ayudan. Es pasar de una Iglesia piramidal a una Iglesia
fraterna (círculo); pasar de una Iglesia perfectamente
jerarquizada a una Iglesia comunión. Sin una verdadera
conversión este cambio en los modelos de Iglesia no es posible.
Exige un verdadero éxodo: pasar de formas de vida cristiana
perfectamente clasificada y, separada para entrar en un nuevo
ecosistema eclesial: comunión. En esta nueva manera de ver
la Iglesia no se enfatiza lo que nos separa o nos hace
diferentes sino la misión común y el espíritu común.
Este proceso se desencadena
cuando los laicos y laicas se acercan a nosotros con el deseo de
participar en los carismas que tradicionalmente se atribuían a
los Institutos religiosos. La novedad está en que no se trata de
participar en ciertos aspectos de la espiritualidad de los
Institutos religiosos o en alguna de sus tareas, sino en la
misión que éstos desarrollan y con los mismos carismas. Tampoco
se trata de una relación de dependencia: los laicos bajo los
religiosos, sino de comunión –de estar los unos al lado de
los otros complementándose mutuamente.
El mismo lenguaje que
utilizamos nos traiciona. Hablamos de “abrir la misión del
Instituto a los laicos” o de “compartir la espiritualidad con
los laicos”, o “favorecer que los laicos participen en el
espíritu del Instituto.” Hoy más que nunca urge pensar
conjuntamente y decidir juntos las estrategias a seguir para
hacer posible la comunión para la misión. El camino hacia la
comunión se hace mejor y más seguro si se hace en comunión.
Los religiosos,
especialmente los presbíteros diocesanos y religiosos, miran a
los laicos como destinatarios de la misión, no como
compañeros en la misión; se les ayuda espiritualmente, pero
desde arriba y con la mirada benévola del sabio que enseña al
ignorante.
Tampoco basta con aceptar a
los laicos como meros “colaboradores” en la misión. El desafío
grande es sentirnos que estamos juntos en la misma misión y
juntos damos el testimonio de la fe cristiana desde el carisma y
la espiritualidad que compartimos.
Hay muchos casos,
especialmente en congregaciones femeninas, en que las religiosas
y los laicos colaboran en una misma misión (salud, educación,
trabajo social, etc.). Por lo general, en esta colaboración se
dan diferentes niveles:
-
Laicos que son simples
suplentes de religiosos; son empleados. Están al margen del
carisma del Instituto.
-
Laicos que han asumido
algunas tareas de responsabilidad en la dirección de las
obras. Pero esto lo realizan bajo la estricta supervisión de
aquellos que se consideran los únicos portadores del
carisma.
-
Aquellos a quienes se
les permite ser portadores del carisma, pero las decisiones
pertenecen solamente a los religiosos, pues son los únicos
“garantes” del carisma.
-
El nivel al que queremos
llegar es el nivel en que también los laicos son
considerados participantes y actores de la misión. Por
tanto, también ellos son garantes y portadores del carisma.
Los laicos y laicas ya no
buscan algunas migajas de la espiritualidad de nuestros
Institutos. Ellos buscan “participar responsablemente en la
misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de
Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de
renovación para la sociedad” (ChL 29).
Al buscar cómo revitalizar
su fe, los laicos descubren la misión como el elemento
irrenunciable al cual da sentido la espiritualidad. De esta
manera llegan a descubrirse como protagonistas de la misión que
ellos mismos atribuían a los religiosos. Descubren la
espiritualidad como algo propio, con la originalidad laical.
En muchos casos, ha sido en
contacto con los religiosos y religiosas que los laicos han
descubierto el carisma y la espiritualidad de un grupo
religioso, les ha gustado y comienzan a vivirlas como parte de
la obra salvadora que Dios realiza a través de ellos.
Puede darse un proceso:
primero se ven a sí mismos como colaboradores de los
religiosos, luego como participantes de la misión de los
religiosos, y finalmente sienten la misión como propia.
Hablan de ella como “nuestra misión”, porque es la misión de la
Iglesia. Para que se dé este proceso, es necesario: la
cercanía y la acogida entre laicos y religiosos;
una formación idónea, especialmente con énfasis en la
eclesiología de la comunión; participación en experiencias de
comunión (de laicos entre sí y de laicos con religiosos)
en la misión.
Algunos Institutos hablan de
“laicos asociados con religiosos”. Pienso que sería mejor
hablar de laicos y religiosos asociados para la comunión en
la misión. La meta es la comunión entre laicos y religiosos
en el carisma común. Todavía nos falta mucho para lograr este
sueño.
Dos actitudes
ante la idea de
compartir lo que hasta ahora consideraban “su misión” y “su
carisma” con los recién llegados:
1. Postura
reactiva: mirar hacia el pasado, con la nostalgia de los
“tiempos gloriosos”.
2. Postura pro activa:
aceptar los cambios y abrirse al E. S. que guía a la Iglesia. No
hay exclusividad de unos o de otros. Se preparan a los laicos
para que puedan ser protagonistas. Se desarrollan planes de
formación, tanto para los religiosos como para los laicos. La
comunidad religiosa se convierte en lugar de acogida para
cuantos comparten la misión. Los religiosos desarrollan lazos de
comunión, a nivel humano y a nivel de fe, con cuantos comparten
la misión.
Tres grupos de religiosos
con estas posturas:
1.
Ven todo este movimiento
como una estrategia para suplir con laicos la falta de
religiosos en las obras apostólicas del Instituto. Ven esta
“intromisión” como un mal menor. “Donde se pueda contar con un
religioso, no se ponga un laico” es el pensar de estos
religiosos. Para este grupo la “misión compartida” no es otra
cosa que un reparto de tareas para realizar mejor la misión. Se
mantiene la identidad del religioso manteniendo al religioso en
las tareas “más propias”.
2.
Un segundo grupo dice que la
participación de los laicos en la misión es beneficiosa para
ellos. Pero que esta participación no debe afectar la vida y la
organización de los religiosos. Que haya alguien de la comunidad
encargado de esos seglares y que las comunidades religiosas
sigan su vida al margen de esas relaciones. Se comparten las
tareas, pero la vida de la comunidad religiosa se mantiene al
margen, “clausurada” a la relación y entrada de los seglares. Es
posible que este grupo sea el más común entre nosotros. El
modelo eclesiológico detrás de este grupo es uno que apoya la
ruptura entre misión y comunión.
3.
Un tercer grupo ve la
llegada de los laicos a la misión compartida como un signo del
Espíritu Santo que apunta a un cambio profundo en las relaciones
internas eclesiales. Es una invitación a los religiosos para que
nos situemos en la Iglesia de otra forma que nos permita entrar
en una auténtica comunión con los demás cristianos. El modelo de
Iglesia de este grupo es el de comunión-participación.
Para concluir:
En el pasado el carisma
institucional o fundacional se consideraba patrimonio de la
Congregación. Ahora la Iglesia Comunión lo reclama como propio.
Hay laicos que se sienten a gusto con estos carismas y sienten
que ellos los pueden vivir en un proyecto de vida diferente del
que caracteriza la vida religiosa.
Cuando se piensa que el
carisma fundacional y el estado de perfección propio de la vida
religiosa son inseparables, entonces a los seglares interesados
se les sitúa en un grado rebajado de la vida religiosa –en una
“tercera orden”. Se les trasmite cierta dosis de
espiritualidad y se les permite participar en aspectos menores
de la misión. Ciertamente que este no es el camino a seguir.
Otros Institutos religiosos
se ven a sí mismos en el centro, pero se abren a los laicos que
desean participar de “su” carisma y de “su” misión. Por eso
hablan de “grados de pertenencia” al Instituto. Los laicos se
asocian al Instituto, pero siguen quedando relegados.
Con la eclesiología de
comunión el Instituto devuelve los carismas y la misión al seno
de la Iglesia. Los laicos entonces son convocados a vivir el
carisma fundacional del Instituto desde otras formas diferentes
a las típicas de la vida religiosa, y pueden vivirlo de una
manera integral. Al Instituto le corresponde a ayudar y
acompañar a los nuevos “asociados” a entrar en el carisma y
profundizarlo. Este es el modelo que corresponde a las nuevas
familias carismáticas o evangélicas. Estas comunidades
ayudan a descubrir el carisma con una visión más global de la
que solía hacerse. Cada familia carismática es un signo de la
Iglesia comunión. Es una comunión para la misión, encausada
y dinamizada por el carisma.
El Papa
Juan Pablo II le dijo a los redentoristas en su mensaje a los
Capitulares del XXIII Capítulo General del
2003:
“Compartan su carisma com los laicos, pues ellos también están
dispuestos a dar su vida por la Abundante Redención.”
La participación de los
laicos y laicas en los carismas es un fenómeno de toda la
iglesia. Juan Pablo II en su encíclica, Redemptoris missio
(1990), reconoce el protagonismo actual de los laicos en la
Iglesia y en la evangelización. Según él, “la acción
evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial”
(RM 2). Así lo esperamos. Y lo lograremos en la medida que
también nuestra actitud sea como la de Moisés: “¡Que bueno sería
que todo el pueblo de Yahvé profetizara!” (Núm. 11,29)
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Comentarios al autor:
migue75@hotmail.com
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Pidiedo oración |
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Aqui está las intenciones de los demás: |
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