"Dando la vida por la abundante Redención"

 

Rep. Dominicana

Puerto Rico

Provincia de San Juan: Puerto Rico y República Dominicana

 

“Compartir carisma y misión con los laicos”

“La Familia Evangélica como horizonte”

Fuente::www.scalando.com                                                                         Autor: Miguel García, C.Ss.R.

Compartir carisma y misión con los laicos

Compartir carisma y misión con los laicos

Compartir carisma y misión con los laicos

La teología del laicado ha dado pasos gigantescos, pero no ha penetrado en la praxis.

 

NOTAS INTRODUCTORIAS

 

Desde el Vaticano II hay una creciente sensibilidad sobre el compromiso eclesial de los laicos. Esta conciencia nueva en laicos y religiosos hace posible el compartir juntos la misma misión y la misma espiritualidad de nuestros fundadores. Es un movimiento renovador del E. S. al interior de la Iglesia. Podemos decir que es la hora del laicado en la Iglesia; un momento que no podemos desperdiciar.

 

Queramos o no, si vamos a ser fieles al Espíritu de Jesús, tenemos que abrirnos al aire fresco de la renovación laical: aceptar y acoger sus potencialidades humanas y cristianas para rejuvenecer nuestra más genuina vocación eclesial y congregacional. Los signos de los tiempos exigen abrir nuestro carisma a todos los laicos, especialmente a los que se sienten más sensibilizados y están dispuestos a comprometerse con nuestro quehacer y con nuestra misión. El gran desafío es cómo integrar a los laicos en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de vivir, pues su presencia ocupa todavía un segundo lugar. Los vemos más bien como ayudantes o colaboradores en nuestra actividad misionera.

 

La Iglesia hoy nos llama a compartir con los laicos nuestro ser y nuestra misión. A reconocer que el carisma y la espiritualidad que todavía hoy seguimos llamando “nuestros” NO nos pertenecen; más bien pertenecen a la Iglesia. Y la Iglesia somos todos. Juan Pablo II en una carta que escribió a los redentoristas –con motivo del 3er centenario del nacimiento de San Alfonso –dijo:

 

“El compromiso por promover un laicado cada vez más consciente de la dignidad y de las responsabilidades bautismales es esencial para una Iglesia que quiera responder a los desafíos del tercer milenio. Los redentoristas han estado siempre en profunda comunión con el pueblo. Hoy los laicos, sobre todo los jóvenes, piden con más fuerza una mayor participación en la vida y en la misión de los consagrados. Esas demandas ya han encontrado una primera respuesta en las indicaciones que se dieron durante el último capítulo general de la congregación. Se trata de un camino que hay recorrer con valentía...”

 

Los fundamentos teológicos de una “eclesiología de comunión”: Los laicos en la Iglesia

 

LUMEN GENTIUM

 

Estamos ante un nuevo modelo de Iglesia: la Iglesia-comunión. Si queremos, podemos aferrarnos a modelos pasados, pero estaríamos cerrándonos al Espíritu de Jesús; quedaríamos atrás en la historia. Solamente se puede construir una buena teología del laicado desde el marco de esta nueva teología de la Iglesia.

 

En la constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, el capítulo III trata sobre la jerarquía de la Iglesia; los capítulos II y IV tratan sobre “Iglesia Pueblo de Dios” y sobre “los laicos”. Al hablar de la Iglesia como Pueblo de Dios y anteponerlo a la teología de la jerarquía, se pusieron los fundamentos para una nueva imagen de la Iglesia. La Iglesia es esencialmente una comunidad de personas convocadas por Dios. Esta eclesiología de comunión nos invita a revisar nuestra relación con los laicos. Este modelo corresponde al modelo de la Iglesia primitiva, en la cual todos eran iguales y corresponsables, aunque con diferentes carismas y servicios.

 

“Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos.... Incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra.” (L. G. 33)

 

“Cristo, el gran Profeta.... cumple su misión profética.... no sólo a través de la Jerarquía... sino también por medio de los laicos... Así los laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en las cosas que esperamos.... Los laicos... pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo... Dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.” (L. G. 35)

 

“Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo.” (38)

 

PUEBLA (1979)

 

En la Iglesia Latinoamericana hay “una toma de conciencia creciente de la necesidad de la presencia de los laicos en la misión evangelizadora.” Los obispos por tanto invitan a los laicos a que “contribuyan al cumplimiento de la tarea evangelizadora.” (777)

 

El documento reconoce los errores y las frustraciones causadas a laicos y laicas en el pasado. Pero también reconoce la serenidad y la madurez que se va percibiendo en la Iglesia en torno al tema. Por eso los obispos invitan a “promover en la Iglesia estructuras de diálogo, de participación y de acción pastoral de conjunto.” (781)

 

Además del divorcio entre FE y VIDA (783), los obispos señalan como obstáculo “la persistencia de cierta mentalidad clerical en numerosos agentes pastorales, clérigos e incluso laicos.” (784)

 

“Por el testimonio de su vida, por su palabra oportuna y por su acción concreta, el laico tiene la responsabilidad de ordenar las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios.” (789)

 

“El laico deberá buscar y promover el bien común en la defensa de la dignidad del hombre y de sus derechos inalienables, en la protección de los más débiles y necesitados, en la construcción de la paz, de la libertad, de la justicia; en la creación de estructuras más justas y fraternas.” ((792)

 

“En la medida en que crece la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la misión de ésta en el mundo, se hace también más urgente la necesidad de su sólida formación humana en general, formación doctrinal, social, apostólica.” Ellos tienen el derecho de recibir tal formación. (795)

 

CHRISTIFIDELIS LAICI

 

El Sínodo de los obispos de 1987 se ocupó precisamente de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. En ese Sínodo se examinaron muchas experiencias de la vida de los cristianos en todo el mundo, que dieron lugar a un vivo diálogo y a una rica reflexión sobre el tema. Como fruto del Sínodo, Juan Pablo II escribió una Carta apostólica, la «Christifideles laici», que recogió las conclusiones del Sínodo, junto con sus propias experiencias y reflexiones.

 

Se trata de la identidad propia del laico y su condición en la Iglesia y en el mundo. Esta identidad viene expresada por el Concilio como cristianos caracterizados por la «índole secular». Esto quiere decir que, para los laicos, las tareas en que están metidos cada día son parte muy importante de su vocación cristiana, no ajenas a ella. Por eso han de vivir una fuerte «unidad» (coherencia) en su vida, como fundamento de su misión.

Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica (1988) Christifideles laici, dice:

 

Esta eclesiología de comunión es la idea central que en el Concilio Vaticano II  la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma... La realidad de la Iglesia-comunión es parte integrante, más aún, representa el contenido central del misterio, o sea del designio divino de salvación de la humanidad” (19)

 

COMMUNICANDA 4

 

La Communicanda del 1995 de los redentoristas en el número 38 nos habla de la Comisión de Laicos que ha de estar encargada de la promoción de la colaboración con los laicos. Entre las funciones de la comisión, señala las siguientes:

 

  • “Animar las comunidades a una mayor apertura con relación a los laicos.
  • Promover una preparación más atenta de los cohermanos para la colaboración con los laicos.
  • Concretar perspectivas e itinerarios más eficaces de colaboración.
  • Promover una adecuada pastoral vocacional en relación con la colaboración laical.
  • Preparar itinerarios formativos realistas y que respondan a las diversas formas de colaboración.

 

 

Veamos algunos rasgos que caracterizan esta nueva eclesiología de comunión:

 

  1. La Iglesia es ante todo comunión con Dios y comunión con los hombres y mujeres, comunión que se hace comunicación de salvación. Eso es lo que significa “misterio de Dios” y “sacramento universal de salvación”.
  2. La Iglesia es Pueblo de Dios. La acción comunicativa hacia los hombres y mujeres tiene lugar entre iguales, ya que la relación con Dios no hace distinciones ni diferencias entre los miembros de su Iglesia. Todos somos hermanos y hermanas. “Ustedes no se dejan llamar Rabí porque uno solo es su Maestro; y ustedes son todos hermanos” (Mt. 23,8). Con el reconocimiento oficial del cristianismo (Constantino –siglo IV) comenzó a darse una fuerte clericalización en la Iglesia. A partir de ahí, la Iglesia es el modelo de la sociedad romana –la sociedad perfecta. Comienza la gran dicotomía: clero vs. fieles.
  3. El Vaticano II declara que todos los fieles cristianos han de tender a vivir en plenitud la misma y única vida cristiana, basada en el seguimiento de los consejos evangélicos.
  4. El protagonismo en la Iglesia está reservado a Jesús, pero se expresa a través de la Iglesia-comunión.
  5. Las relaciones intra eclesiales ha de regirse desde actitudes de diálogo, no desde posturas de poder, desde la fraternidad y el amor, no desde el dominio. Los laicos no están al margen de la Iglesia, ni en la parte inferior de la pirámide sino que forman parte activa y determinante de su ser y de su misión.
  6. La Iglesia es primordialmente la comunidad local. Ella ha de ser primero que nada ese espacio que hace posible la experiencia de fe, y no una mera organización.
  7. La Iglesia es esencialmente misionera.
  8. La participación de los laicos en la misión no es concesión de la Iglesia oficial. Es un derecho y una obligación, que se fundamenta sacramentalmente y teológicamente en el bautismo. Los laicos son protagonistas de derecho pleno en la evangelización del mundo.

 

“El deber y el derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo en el cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado” (Decreto sobre el Apostolado de los laicos, 3).

 

Los laicos viven en el corazón del mundo y se encargan de orientar los asuntos seculares en función del Reino de Dios. Todos tenemos esta misma misión, pero los laicos la realizan de manera más plena. Es en el mundo donde Dios ha situado a los laicos vocacionalmente, y es desde ahí que muchos de ellos están llamados a vivir los carismas de la Iglesia, asumidos hasta ahora exclusivamente por nuestros Institutos.

 

En el pasado los misioneros eran solamente los clérigos y los religiosos. Sin embargo, hemos despertado a la realidad de que todo cristiano está llamado a ser misionero. (Vea Aparecida: “llamados a ser discípulos y misioneros para que todos tengan  en Cristo plenitud de Vida”.) Los laicos son la vanguardia de la Iglesia en la transformación de la sociedad y en la lucha contra las estructuras que están creando injusticia, pecado y opresión. Ellos contribuyen a que la Redención Copiosa de Jesús sea predicada a todos.

 

La teología del laicado ha dado pasos gigantescos, pero no ha penetrado en la praxis. Nos sobran los documentos preciosos en torno a los laicos y su misión. Necesitamos leer y reflexionar estos documentos para caminar juntos en el seguimiento de Jesús. Nuestras congregaciones están llamadas a incorporar a los laicos y laicas a los carismas que nuestros fundadores descubrieron en la Iglesia. Ha llegado la hora de los laicos.

 

 

El gran desafío para todos y todas es una conversión constante, dejando atrás esquemas que en nada ayudan. Es pasar de una Iglesia piramidal a una Iglesia fraterna (círculo); pasar de una Iglesia perfectamente jerarquizada a una Iglesia comunión. Sin una verdadera conversión este cambio en los modelos de Iglesia no es posible. Exige un verdadero éxodo: pasar de formas de vida cristiana perfectamente clasificada y, separada para entrar en un nuevo ecosistema eclesial: comunión. En esta nueva manera de ver la Iglesia no se enfatiza lo que nos separa o nos hace diferentes sino la misión común y el espíritu común.

 

Este proceso se desencadena cuando los laicos y laicas se acercan a nosotros con el deseo de participar en los carismas que tradicionalmente se atribuían a los Institutos religiosos. La novedad está en que no se trata de participar en ciertos aspectos de la espiritualidad de los Institutos religiosos o en alguna de sus tareas, sino en la misión que éstos desarrollan y con los mismos carismas. Tampoco se trata de una relación de dependencia: los laicos bajo los religiosos, sino de comunión –de estar los unos al lado de los otros complementándose mutuamente.

 

El mismo lenguaje que utilizamos nos traiciona. Hablamos de “abrir la misión del Instituto a los laicos” o de “compartir la espiritualidad con los laicos”, o “favorecer que los laicos participen en el espíritu del Instituto.” Hoy más que nunca urge pensar conjuntamente y decidir juntos las estrategias a seguir para hacer posible la comunión para la misión. El camino hacia la comunión se hace mejor y más seguro si se hace en comunión.

 

Los religiosos, especialmente los presbíteros diocesanos y religiosos, miran a los laicos como destinatarios de la misión, no como compañeros en la misión; se les ayuda espiritualmente, pero desde arriba y con la mirada benévola del sabio que enseña al ignorante.

 

Tampoco basta con aceptar a los laicos como meros “colaboradores” en la misión. El desafío grande es sentirnos que estamos juntos en la misma misión y juntos damos el testimonio de la fe cristiana desde el carisma y la espiritualidad que compartimos.

 

Hay muchos casos, especialmente en congregaciones femeninas, en que las religiosas y los laicos colaboran en una misma misión (salud, educación, trabajo social, etc.). Por lo general, en esta colaboración se dan diferentes niveles:

 

  1. Laicos que son simples suplentes de religiosos; son empleados. Están al margen del carisma del Instituto.
  2. Laicos que han asumido algunas tareas de responsabilidad en la dirección de las obras. Pero esto lo realizan bajo la estricta supervisión de aquellos que se consideran los únicos portadores del  carisma.
  3. Aquellos a quienes se les permite ser portadores del carisma, pero las decisiones pertenecen  solamente a los religiosos, pues son los únicos “garantes” del carisma.
  4. El nivel al que queremos llegar es el nivel en que también los laicos son considerados participantes y actores de la misión. Por tanto, también ellos son garantes y portadores del carisma.

 

Los laicos y laicas ya no buscan algunas migajas de la espiritualidad de nuestros Institutos. Ellos buscan “participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad” (ChL 29).

 

Al buscar cómo revitalizar su fe, los laicos descubren la misión como el elemento irrenunciable al cual da sentido la espiritualidad. De esta manera llegan a descubrirse como protagonistas de la misión que ellos mismos atribuían a los religiosos. Descubren la espiritualidad como algo propio, con la originalidad laical.

 

En muchos casos, ha sido en contacto con los religiosos y religiosas que los laicos han descubierto el carisma y la espiritualidad de un grupo religioso, les ha gustado y comienzan a vivirlas como parte de la obra salvadora que Dios realiza a través de ellos.

 

Puede darse un proceso: primero se ven a sí mismos como colaboradores de los religiosos, luego como participantes de la misión de los religiosos, y finalmente sienten la misión como propia. Hablan de ella como “nuestra misión”, porque es la misión de la Iglesia. Para que se dé este proceso, es necesario: la cercanía y la acogida entre laicos y religiosos; una formación idónea, especialmente con énfasis en la eclesiología de la comunión; participación en experiencias de comunión (de laicos entre sí y de laicos con religiosos) en la misión.

 

Algunos Institutos hablan de “laicos asociados con religiosos”. Pienso que sería mejor hablar de laicos y religiosos asociados para la comunión en la misión. La meta es la comunión entre laicos y religiosos en el carisma común. Todavía nos falta mucho para lograr este sueño.

 

Dos actitudes ante la idea de compartir lo que hasta ahora consideraban “su misión” y “su carisma” con los recién llegados:

 

            1. Postura reactiva: mirar hacia el pasado, con la nostalgia de los “tiempos gloriosos”.

 

2. Postura pro activa: aceptar los cambios y abrirse al E. S. que guía a la Iglesia. No hay exclusividad de unos o de otros. Se preparan a los laicos para que puedan ser protagonistas. Se desarrollan planes de formación, tanto para los religiosos como para los laicos. La comunidad religiosa se convierte en lugar de acogida para cuantos comparten la misión. Los religiosos desarrollan lazos de comunión, a nivel humano y a nivel de fe, con cuantos comparten la misión.

 

Tres grupos de religiosos con estas posturas:

 

1.    Ven todo este movimiento como una estrategia para suplir con laicos la falta de religiosos en las obras apostólicas del Instituto. Ven esta “intromisión” como un mal menor. “Donde se pueda contar con un religioso, no se ponga un laico” es el pensar de estos religiosos. Para este grupo la “misión compartida” no es otra cosa que un reparto de tareas para realizar mejor la misión. Se mantiene la identidad del religioso manteniendo al religioso en las tareas “más propias”.

2.    Un segundo grupo dice que la participación de los laicos en la misión es beneficiosa para ellos. Pero que esta participación no debe afectar la vida y la organización de los religiosos. Que haya alguien de la comunidad encargado de esos seglares y que las comunidades religiosas sigan su vida al margen de esas relaciones. Se comparten las tareas, pero la vida de la comunidad religiosa se mantiene al margen, “clausurada” a la relación y entrada de los seglares. Es posible que este grupo sea el más común entre nosotros. El modelo eclesiológico detrás de este grupo es uno que apoya la ruptura entre misión y comunión.

3.    Un tercer grupo ve la llegada de los laicos a la misión compartida como un signo del Espíritu Santo que apunta a un cambio profundo en las relaciones internas eclesiales. Es una invitación a los religiosos para que nos situemos en la Iglesia de otra forma que nos permita entrar en una auténtica comunión con los demás cristianos. El modelo de Iglesia de este grupo es el de comunión-participación.

 

 

Para concluir:

 

En el pasado el carisma institucional o fundacional se consideraba patrimonio de la Congregación. Ahora la Iglesia Comunión lo reclama como propio. Hay laicos que se sienten a gusto con estos carismas y sienten que ellos los pueden vivir en un proyecto de vida diferente del que caracteriza la vida religiosa.

 

Cuando se piensa que el carisma fundacional y el estado de perfección propio de la vida religiosa son inseparables, entonces a los seglares interesados se les sitúa en un grado rebajado de la vida religiosa –en una “tercera orden”. Se les trasmite cierta dosis de espiritualidad y se les permite participar en aspectos menores de la misión. Ciertamente que este no es el camino a seguir.

 

Otros Institutos religiosos se ven a sí mismos en el centro, pero se abren a los laicos que desean participar de “su” carisma y de “su” misión. Por eso hablan de “grados de pertenencia” al Instituto. Los laicos se asocian al Instituto, pero siguen quedando relegados.

 

Con la eclesiología de comunión el Instituto devuelve los carismas y la misión al seno de la Iglesia. Los laicos entonces son convocados a vivir el carisma fundacional del Instituto desde otras formas diferentes a las típicas de la vida religiosa, y pueden vivirlo de una manera integral. Al Instituto le corresponde a ayudar y acompañar a los nuevos “asociados” a entrar en el carisma y profundizarlo. Este es el modelo que corresponde a las nuevas familias carismáticas o evangélicas. Estas comunidades ayudan a descubrir el carisma con una visión más global de la que solía hacerse. Cada familia carismática es un signo de la Iglesia comunión. Es una comunión para la misión, encausada y dinamizada por el carisma.

 

El Papa Juan Pablo II le dijo a los redentoristas en su mensaje a los Capitulares del XXIII Capítulo General del 2003: “Compartan su carisma com los laicos, pues ellos también están dispuestos a dar su vida por la Abundante Redención.”

 

La participación de los laicos y laicas en los carismas es un fenómeno de toda la iglesia. Juan Pablo II en su encíclica, Redemptoris missio (1990), reconoce el protagonismo actual de los laicos en la Iglesia y en la evangelización. Según él, “la acción evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial” (RM 2). Así lo esperamos. Y lo lograremos en la medida que también nuestra actitud sea como la de Moisés: “¡Que bueno sería que todo el pueblo de Yahvé profetizara!” (Núm. 11,29)

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