Hola
Jesús
Querido
Señor resucitado: Si tú no hubieras resucitado, no te
escribiría esta carta. Esta mañana de tu Resurrección me
he levantado más alegre que nunca. Es la fiesta por
excelencia de tus creyentes. También la tuya, tu triunfo
final, la meta que anhelabas desde que comenzaste a
enseñar por los pueblos. Nadie te entendía cuando
hablabas de tu muerte y de tu resurrección. Debes
comprender que tu victoria sobrepasa los límites
estrechos de nuestra inteligencia. Tus grandes verdades
las recibimos en el corazón y las aceptamos en la
inteligencia. Tus cosas son hechos de revelación.
Solamente el corazón sencillo es capaz de recibir en su
seno la revelación del Dios viviente, según decían las
mujeres y Pedro al ver tu sepulcro totalmente vacío.
En aquellos días posteriores a tu gran acontecimiento,
los discípulos se van tristes a Emaús, desencantados de
que su maestro hubiera muerto. Su marcha a este pueblo,
distante unos 30 kilómetros de Jerusalén, es un camino
lleno de tiniebla, contrariedad y desgracia. Todo se les
ha venido abajo. Isaías había profetizado:” Yo soy el
Señor...artífice de la luz, creador de las tinieblas,
autor de la paz”... Pensando estas palabras, a la luz de
la resurrección, caemos en la cuenta de que Dios está
con nosotros tanto en los momentos de luz como en los de
las tinieblas. Incluso cuando nuestra vida no marcha
bien, Jesús está a nuestro lado.
Los discípulos no saben que tú eras el viajero que iba
junto a ellos. Nosotros sí lo sabemos. Tú nunca
abandonas a ninguno de aquellos a los que has llamado.
“Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con
ellos. Pero estaban cegados y no podían reconocerlo”. Me
invade en este momento un sentimiento de gratitud
enorme. ¿Sabes por qué, amigo Jesús? No les echaste en
cara su desencanto y desilusión. Como de incógnito te
metes entre ellos y le preguntas lo que está pasando. Tú
sabías que no habían captado los sucesos en toda su
profundidad. Y es que la inteligencia es la que busca
pero el que encuentra es el corazón. Y tú te quedas
admirado de que lo que dicen de ti. Se queda en una
simple descripción externa. Durante tu vida con ellos se
quedaron en los milagros que hacías, pero sin llegar a
captar la hondura de tu mensaje salvador. Habías sido
para ellos como otros tantos mesías que aparecían en
Palestina. Tan descontentos estaban que ni siquiera les
vale el testimonio de las mujeres, ya que ellas tenían
poco valor en el judaísmo y participaban poco en la vida
religiosa, eran analfabetas y trabajaban en el campo.
Te habían visto con mirada superficial y no con la
mirada de la fe. Y tú, mi buen amigo Jesús, con una
paciencia infinita, comienzas a hablarles desde Moisés,
los Profetas, la Ley...Les dices claramente que el
Siervo del que habla Isaías eres tú mismo. Tu
explicación es tan evidente que te quedas con ellos al
partir el pan. Fue entonces cuando abrieron sus ojos y
te reconocieron. Ellos mismos toman conciencia cuando
dicen: ¿ No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba
por el camino explicándonos las Escrituras?”
De este modo, cuando desapareces de su presencia,
permaneces para siempre en su corazón. Desde ahora en
adelante no eres un mesías cualquiera ni un simple
modelo externo, sino la persona que da sentido a la vida
de los discípulos de ayer, hoy y mañana. De aquel mesías
poderoso que aguardaban, te conviertes en el verdadero
Señor de la Vida.
Los discípulos vuelven a Jerusalén, símbolo de la
plenitud y del sentido. El encuentro de Jesús en la vida
de sus discípulos provoca en ellos nuevas consecuencias.
Una vez que hubieron experimentado a Jesús resucitado,
dejaron el camino del desencanto y volvieron a recuperar
la dirección auténtica de su vida. Es curioso que, al
llegar a Jerusalén, no van al Templo ni a al muro, sino
directamente al lugar en donde estaban reunidos los once
con sus compañeros proclamando la resurrección de Jesús
y sus apariciones. Es la Iglesia la que se reúne desde
aquel momento en torno a la certeza del Señor
resucitado. Desde aquel instante sólo les queda una
preocupación: anunciar a los cuatro vientos la
resurrección. Ya se reunirán siempre para compartir la
Palabra de Dios y la Eucaristía.
Señor, gracias por escucharme. He sido largo en esta
carta. Pero comprenderás, que, como discípula y amiga
tuya, me siento feliz con tu victoria de resucitado. Y
gracias de nuevo porque todos resucitaremos un día para
vivir contigo el reino que nos anunciaste con tu vida
entre nosotros. Me siento dichosa por la novedad de tu
mensaje de amor a la humanidad y por el gozo que nos has
traído.¡Enhorabuena! Estoy llamada a vivir las cosas de
arriba transformando las de aquí abajo en la plenitud de
mi sencillez.
Con un aleluya, te doy un fuerte abrazo,
Mercedes, 24 años.
htt://es.catholic.net
Exhortación
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada domingo, San
Pablo, España, 1993, p. 275)
Te bendecimos, Padre por la resurrección de Jesús, tu
Hijo,
mientras peregrinamos como tu pueblo errante por el
desierto,
atisbando la aurora y saludando nuestra liberación.
Ésta es la nueva humanidad que nace con Cristo
resucitado,
el hombre nuevo, el viviente, el vencedor de la muerte.
Haznos, Señor, hombres y mujeres nuevos, para que,
según tu mandato, podamos ser testigos de tu
resurrección
y mostrar a los demás que el hombre y mundo nuevos son
posibles.
Para eso, vence nuestra apatía con la fuerza del
Resucitado;
entonces creemos eficazmente y quedaremos asombrados
de lo que tu Espíritu puede realizar en y por nosotros.
Amén.