Ministerio
petrino y ministerio paulino
Celebramos, como iglesia, la
solemnidad de San Pedro y San Pablo. Dos personajes con grandes diferencias en
su forma de ver la totalidad de vida y la misma vivencia de la fe, pero con
profundas experiencias con el Dios manifestado en Jesús, su Hijo, el Cristo
salvador. Ministerios diferentes, complementarios y necesarios dentro de la
Iglesia.
Pedro era un rudo pescador
sin formación intelectual, casado y con hijos. Su
nombre original era
Simón, que en hebreo significa “el que escucha a Dios”. Jesús le puso de
sobrenombre Pedro, es decir, piedra.
Tanto
ayer como hoy encontramos,
básicamente, dos formas de ser Pedro, o de ejercer el ministerio petrino.
Simón Pedro fue
piedra, por una parte, por la terquedad en su manera de pensar y en sus ansias
por un mesianismo triunfalista que lo sacara de pobre y lo llevara a probar
las mieles del poder. Por esto, cuando Jesús le advirtió que iba a tener
problemas con los ancianos y maestros de la Ley, Simón Pedro se convirtió en
piedra de tropiezo que quiso hacer desistir a Jesús en su camino hacia
Jerusalén. Jesús rechazó fuertemente esta actitud: “¡Quítate de mi vista,
Satanás, escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios
sino los de los hombres!” (Mt 16,24). En la transfiguración fue otra vez
piedra de tropiezo para Jesús al proponerle que se quedaran en la montaña, en
vez de bajar a la llanura y seguir con esa misión peligrosa. Jesús invitó a
Pedro y a sus demás compañeros a vencer el miedo y a tener ánimo. (Mt 17,1-8).
En la experiencia discipular de las comunidades del Cuarto Evangelista
(Evangelio según San Juan), Pedro también es presentado como piedra de
tropiezo, cuando se muestra celoso por la cercanía de Jesús con la figura del
Discípulo Amado. (Jn 21,20-22).
Por otra parte, Simón Pedro es
también una piedra viva de la Iglesia fundada sobre Jesús, la Piedra desechada
por los arquitectos y convertida en piedra angular (1Pe 2,4-5 / Sal 117).
Simón Pedro se convierte
en el portavoz de los
discípulos al captar el verdadero significado de la actuación de Jesús. De
esta manera hace parte de los bienaventurados del Reino, gracias a la profunda
experiencia de fe con Jesús que le ha permitido conocerlo y confesarlo.
Cuando Simón Pedro se abre a
una nueva experiencia, cuando se adhiere profundamente a la Piedra angular que
es Jesús, deja de ser piedra de tropiezo y se convierte en piedra viva, en
columna fuerte y en el líder legítimo del nuevo pueblo de Dios fundado en
Jesús. La proclamación de la fe en Jesús por parte de Pedro es prototipo de
discipulado y cimiento capaz de superar todas las fuerzas del mal que abundan
en el mundo y amenazan de muerte a nuestra humanidad y al mismo proyecto
salvífico de Dios.
Con esta actitud Pedro puede
participar en la comunidad de la autoridad de Jesús, atar o desatar, tomar
decisiones, aceptar o no la entrada al nuevo pueblo de Dios que construye su
Reino. Así como el nuevo Pedro, los que proclaman la fe de esta manera reciben
la gracia de Dios para ofrecer un asilo seguro a quienes se ven amenazados por
las fuerzas que destruyen la vida, y pueden negar el asilo a quienes no
aceptan la propuesta salvífica de Jesús o se ponen en contra de ella.
Si la autoridad de Pedro se
torna fundamentalista, agresiva y condenatoria, se deslegitima y se convierte
en piedra de tropiezo. Si se abre a Jesús será una piedra viva en la
construcción del nuevo pueblo de Dios.
Pablo, al contrario de
Pedro, perteneció a una familia de la aristocracia judía de la diáspora y
recibió una formación intelectual muy sólida. Nació en Tarso de Cilicia, Asia
Menor (Hch 9,11.30; 11,35; 21,39; 22,3). Una ciudad muy grande, para la época,
unos 300.000 habitantes. Poseía un puerto muy activo y pasaba por allí el
camino romano que unía oriente y occidente. Era también un centro importante
de cultura.
Como buen judío recibió
formación en su casa, en la sinagoga local de Tarso y en la escuela local
ligada a la sinagoga. Además, por estar en una ciudad romana tuvo la
oportunidad de aprender la filosofía griega difundida por todo el imperio.
Recibió estudios de especialización en Jerusalén a los pies de Gamaliel (Hch
22,3; Fil 3,6), el maestro más acreditado en aquel entonces, nieto y discípulo
del célebre fariseo y doctor Hillel.
Como ciudadano romano,
formado para ser rabino y doctor, y para retomar los negocios de su padre,
tenía un gran futuro por delante y la posibilidad de una brillante carrera.
Fariseo, de la tribu de Benjamín, como él mismo lo confesó (Fil 3), se
convirtió en perseguidor de la Iglesia porque estaba convencido, según lo
había aprendido, de que ésta era una grave amenaza para el pueblo judío. (Hch
9,1-19; Gal 1,11-24; Fil 3).
Pero, en el camino de
Damasco descubrió realmente quién era Jesús y su Iglesia, se cayó del caballo
en el que montaba con toda arrogancia, y de perseguidor pasó a ser anunciador
de la Buena Noticia del Reino de Dios. (Hch 9,1-19). Él mismo confiesa que por
amor a Cristo todo lo demás lo considera basura y que lo abandonó todo con el
fin de ganar a Cristo (Fil 3,8). “Lo que tenía por ganancia lo tengo ahora
por pérdida por amor a Cristo” (Fil 3,7).
Esto se comprende aún más
cuando sabemos que una vez los judíos aceptaban a Cristo en su vida eran
expulsados de la comunidad judía y perdían inmediatamente todos sus derechos.
Pablo perdió por lo tanto sus posesiones familiares, sus amistades, su
clientela judía y casi hasta pierde la vida (Hch 9,23). Luego, ya convertido
al cristianismo, fue enviado como misionero ambulante (Hch 13,2-3), sin
domicilio, sin taller, ni clientela fija.
Como maestro reconocido pudo
haber puesto precio a su enseñanza, pedir ofrenda en las plazas donde enseñaba
o instalarse en la casa de algún adinerado como profesor particular de sus
hijos, lo cual le hubiera permitido llevar una vida tranquila. Pero Pablo
renunció a todo eso y trabajó con sus propias manos (1Cor 4,12), pues no quiso
ser un peso para ninguna comunidad (1Tes 2,9; 2Tes 3,7-9; 2Cor 12,13-14). Por
eso invitó a otros a que no siguieran el ejemplo de los maestros sino a que a
hicieran lo mismo que él hizo (2Tes 3,7-10). El trabajo fue para él, no el
reflejo de la condición de esclavos, sino una gran oportunidad para llegar a
más personas, para comprender la vida de los pobres y para vivir con más
autenticidad el Evangelio: “Empeñen su honra en llevar una vida tranquila,
ocupándose de sus propias cosas y trabajando con sus propias manos. Así
llevarán una vida honrada a los ojos de los de fuera y no pasarán necesidades”
(1Tes 4,11-12).
Desde que entró a la
comunidad cristiana se destacó por su visión y talante misionero. A tal punto
de provocar una de las crisis más profundas que vivió la Iglesia naciente: la
entrada de paganos al cristianismo. Al principio sólo se anunciaba el
evangelio a los judíos (Hch 11,19). Si un no judío quería entrar a la Iglesia
debía hacerse judío y luego convertirse al cristianismo. Pero un grupo de
Antioquía, liderado por Pablo y Bernabé, empezaron a anunciar y a aceptar
paganos en las comunidades sin exigirles que se circuncidaran, es decir sin
exigirles que aceptaran la Ley y las tradiciones judías, y ahí se armó la de
Troya. Los cristianos se dividieron en dos: quienes exigían la circuncisión
para ser cristianos y quienes pensaban que tal exigencia era una fatiga
inútil.
Entonces se convocó al
primer Concilio de la historia del cristianismo, realizado en Jerusalén. El
concilio se declaró a favor de la entrada de los paganos sin imposición de la
circuncisión. No obstante el Concilio ya se había manifestado, no todos lo
interpretaban de la misma manera, y ahí vino un fuerte conflicto entre Pablo y
Pedro.
Pedro llegó a visitar a la
comunidad de Antioquía. Fiel al espíritu del Concilio, convivía con todos los
hermanos, sin distinción alguna entre paganos y judíos (Gal 2,12). Pero en ese
momento llegaron, procedentes de Jerusalén, unos judeocristianos
tradicionalistas que no se mezclaban con paganos. Por miedo a las críticas de
ese grupo Pedro se apartó de los paganos (Gal 2,12), seguido luego por Bernabé
y otros judeocristianos, lo cual representó un duro golpe para los cristianos
no judíos, pues se consideraron como cristianos de segunda categoría.
A Pablo le molestó
sobremanera tal actitud de Pedro y le reclamó con fuerza: “Pero cuando vi
que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en
presencia de todos: si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío,
¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?” (Gal 2,14). “La reacción de
Pablo revela la profundidad de la experiencia que tuvo en el camino de
Damasco. Fue allá donde él experimentó, por un lado, la propia incapacidad de
alcanzar la justicia por la observancia de la Ley; y por otro lado, la
misericordia de Dios que lo acogía en gracia y le comunicaba la justicia por
la fe en Jesucristo. Reaccionando contra Pedro, Pablo, en cierto modo, estaba
defendiendo la experiencia de Dios que tuvo en el camino a Damasco, y sacaba
de ella una lección para la vida de toda la Iglesia”
No obstante sus diferencias,
Pablo nunca desconoció la autoridad de Pedro. Peleó, le reclamó con fuerza su
actitud hipócrita (Gal 2,13), pero nunca desconoció que era la autoridad de la
Iglesia, ni quiso formar rancha aparte. Muchas veces se refiera a él como
Cefas, es decir, cabeza. (Gal 2,9.11.14; 1Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5).
En la Iglesia deben estar
bien articulados los ministerios petrino y paulino. El ministerio petrino está
representado por el Papa y, junto a él, el Vaticano y los demás obispos de la
Iglesia. El ministerio paulino, aunque no exclusivamente, lo vemos en los
teólogos de vanguardia, en los misioneros arriesgados que se insertan en la
realidad de la gente y su ethos cultural, para anunciar un Evangelio vivo y
vivificador, y en todo aquel discípulo que se ha encontrado con Jesús
resucitado y se ha convertido en apóstol más allá de sus fronteras personales,
sociales y de cualquier frontera que limite su compromiso apostólico.
Normalmente, en el
ministerio petrino predomina más el punto de vista institucional.
El poder, la disciplina y el
orden, necesarios en cualquier institución, ocupan aquí un puesto central,
pues se trata nada más y nada menos que de un organismo de carácter mundial:
la Iglesia Católica. El ministerio petrino exige la obediencia y la adhesión
cordial a los postulados del centro.
Pero, el ministerio petrino es
mucho más que disciplina y orden, no vive para sí mismo sino para la comunidad
cristiana y la vida concreta de los discípulos de aquel que da sentido a dicho
ministerio, Jesús el Cristo. Por esto, el ministerio petrino debe estar con
los ojos bien abiertos a las necesidades reales de un mundo en continua
transformación y evolución, y a los desafíos que piden respuesta desde la fe.
Respuestas que presuponen la fidelidad a lo genuinamente evangélico y, a su
vez, libertad y creatividad, para responder adecuadamente a las necesidades
reales de las personas.
Asimismo, el ministerio
paulino debe tener en cuenta la autoridad y buscar con celo la unidad de la
Iglesia, tal como lo quiso Jesús (Jn 17,11.21-26). Si Pedro representa la
continuidad, el poder y lo institucional, Pablo representa la ruptura, la
creatividad y el coraje para lo nuevo. “La base petrina y la base paulina
son igualmente importantes. La sabiduría está en armonizar estas dos energías
de tal forma que pueda darse lo nuevo sin amenazar la continuidad, al
contrario, enriqueciéndola. Hay momentos en que debe prevalecer la
continuidad; hay otros en que debe fortalecerse la novedad”.
El relativismo en todo sentido que tanto ha criticado nuestro papa Benedicto
XVI, el vicario de Pedro, el consumismo alienante y deshumanizador en el que
viven sujetas muchas personas, y la forma como muchas personas se desvían de
lo auténticamente evangélico, nos hace ver la necesidad de ser prevenidos a la
hora de hacer rupturas y aceptar los cambios.
En muchas
de nuestras diócesis hay un grave déficit de sacerdotes, lo cual crea un vacío
que es muy bien aprovechado inmediatamente por otras iglesias. Los apuros por
los que pasan muchos pobres de nuestros campos y de los centros urbanos para
vivir dignamente debe interrogarnos y movernos para buscar nuevas líneas de
acción para acompañar a millones de hermanos nuestros que tratan de seguir el
camino de aquel que ofrece vida abundante a quienes crean en él. La situación
interna y externa de nuestras Iglesias latinoamericanas, la inconformidad de
muchos católicos, la emigración creciente de éstos hacia sectas cristianas de
carácter popular y carismático, muchas veces como consecuencia del énfasis
institucional que ahoga lo carismático, nos pone a pensar también en la
necesidad de hacer más énfasis en la dimensión paulina y el carácter innovador
para hacer frente a todo esto.