Juan el profeta
Celebramos
la fiesta del nacimiento de Juan Bautista. Toda la vida de Juan fue un reflejo
de la misericordia de Dios. La situación de sus ancianos padres era signo de
la situación por la que pasaba el pueblo. Para el anciano Zacarías y para la
anciana y estéril Isabel, no haber podido tener hijos representaba un gran
dolor. Para Zacarías, que como buen sacerdote defendía la ortodoxia de la fe y
el cumplimiento de los ritos sin ir más allá de su ciega visión cuadriculada
de Dios, todo estaba perdido. Estaban condenados a ser dos ancianos frustrados
e infelices.
Pero para Dios no hay nada
imposible y a pesar de la incredulidad del anciano sacerdote, Isabel quedó en
cinta. El mensaje era contundente: Dios hace brotar vida de un vientre anciano
y estéril. El anciano quedó mudo por no haber creído. Esa era la situación de
los sacerdotes en Israel: incrédulos y mudos. No eran más que una caduca
institución que se negaba a desaparecer porque de eso vivían. Pero para el
pueblo los sacerdotes no eran más que un estorbo y un hueco por donde se iba
gran parte de los diezmos, que para entonces eran obligatorios.
Cuando Isabel tuvo el bebé
sus vecinos comprendieron que Dios había manifestado su compasión por ella y
la felicitaban (Lc 1,58). El día de la circuncisión todos pensaban que se
llamaría Zacarías como su padre y que iba a seguir el trabajo de sacerdote.
Era normal que los hijos siguieran el trabajo de sus padres. Pero no era
precisamente en los sacerdotes donde Dios manifestaba su misericordia. Aquí
Isabel hizo oír su voz para negarse a que lo llamaran Zacarías y para pedir
que lo llamaran Juan, que significa Dios es misericordia. Quienes los
acompañaban, pegados a los viejos cánones judíos, no comprendían porqué le
ponían ese nombre ya que ningún miembro de la familia lo tenía.
Como Zacarías no podía
hablar, y al parecer tampoco podía escuchar, por señas le preguntaron su
opinión acerca del nombre que Isabel pedía para el bebé. (No era normal que la
mujer escogiera el nombre del niño). Sólo cuando el viejo sacerdote aceptó que
Dios estaba más allá de sus caducas normas sacerdotales y que era
fundamentalmente misericordia, sólo cuando aceptó que el nombre de su hijo
fuera Juan, recuperó el habla para alabar a Dios. Toda la gente fue testigo de
este acontecimiento en cual Dios mostraba su favor al pueblo.
Con este acontecimiento se
inaugura una nueva etapa en la historia de la salvación. De ahí en adelante,
la manera más fehaciente de encontrarse con Dios es la misericordia que
engrandece, libera y llena de vida a un pueblo que, como los ancianos padres
de Juan, vivía en la más profunda y desoladora esterilidad.
El texto
termina diciendo que el niño crecía y se fortalecía y que permaneció en el
desierto hasta el día en que se presentó a los israelitas. Por derecho y deber
el muchacho debió llamarse Zacarías y ser sacerdote como su padre. Pero desde
muy temprana edad se encaminó por la línea profética en clara oposición a la
vida cómoda del sacerdote, preocupado más por la pureza ritual, por mantener
la estructura religiosa y sus privilegios, que por las necesidades reales de
la gente. No haber ejercido como sacerdote, alejarse de la vida social y
adentrarse en el desierto viviendo de una manera un tanto extraña por su
vestimenta y dieta alimenticia, fue de por sí una protesta y un signo de
contradicción, típico de los profetas del Antiguo Testamento.
El desierto
simboliza el lugar del encuentro con Dios, lugar árido y despoblado. Signo de
crisis y memoria de los cuarenta años de de larga travesía del pueblo por un
inmenso desierto, camino a la tierra prometida. Por lo tanto también signo de
liberación. Allí se preparó Juan. Experimentó la soledad, el dolor, el hambre
y la sed, pero sobre todo la voz de Dios que lo invitaba a profetizar.
Su predicación
fue como su vida: recia y severa. Su denuncia fue frentera. No conoció la
diplomacia. A los fariseos que encarnaban el ideal del judío cumplidor a
ultranza de la ley, y a los saduceos autosuficientes y amantes de la
opulencia, no tuvo reparos en llamarlos raza de víboras. A todos los invitó a
convertirse porque el Reino de los cielos estaba cerca. Según el relato de los
Hechos que leemos hoy (Hch 13,22-26), cuando algunos pensaban que de pronto
ése era el Mesías, él lo negó con toda claridad y le abrió el camino a aquel
que era la Palabra hecha carne. Se supo disminuir para que él se levantara.
Que el Señor nos dé la
gracia de experimentar la misericordia de Dios, como lo hizo Isabel y como
finalmente Zacarías terminó por aceptar. Que el Señor nos dé la gracia de
hacer nuestro trabajo sin apegarnos a las cosas o a los puestos, sin poner
falsos pedestales y sin envidias para con las personas que vendrán después de
nosotros. Que sepamos ser canales para que por medio ellos muchos conozcan la
misericordia del Padre Dios y de su envido Jesucristo; para que tengan vida
abundante.