La
acción del Espíritu
La
diversidad de ambientes donde vive el ser humano es
determinante para su desarrollo. La latitud y
altitud, el terreno llano, quebrado, montañoso,
desértico, húmedo, seco, costero, etc., hacen que el
lenguaje, las costumbres, la concepción y vivencia
de lo sagrado, su experiencia con lo trascendente y
su cultura en general, adquieran matices propios.
Son muy distintos los seres humanos de la sierra,
del llano, de la costa, del campo o de la ciudad. A
nivel mundial se notan más las diferencias entre los
pueblos orientales y los occidentales. Entre
asiáticos, europeos, latinos, africanos y nativos de
nuestras tierras americanas.
En el
relato de la torre de Babel (Gn 11,1-9) la
diversidad de lenguas fue causa de división. Los
seres humanos no lograron entenderse y se
dispersaron; allí el Espíritu Santo fue el gran
ausente. Durante la cristiandad
se impuso el cristianismo a la fuerza y quedaron
prohibidas otras manifestaciones religiosas, así
como diversas formas de vivir el cristianismo.
Constantino y sus compinches, con la complicidad de
algunos líderes cristianos confundieron unidad con
unanimismo, y organizaron la Iglesia respondiendo a
sus bajos instintos de poder, con claros signos de
intolerancia: allí el Espíritu Santo fue el gran
ausente. Durante la evangelización en nuestras
tierras, o mejor, durante la cristianización de
nuestros pueblos, se arrasó con la cultura, con las
costumbres, con la religiosidad y por lo tanto con
la dignidad de los nativos. Según la mentalidad de
los conquistadores y misioneros, los nativos eran
unos indios incivilizados e infieles, a quienes
había que civilizar y cristianizar: allí también el
Espíritu Santo fue el gran ausente.
En el
relato que nos presenta hoy los Hechos de los
Apóstoles, con la acción del Espíritu Santo se logró
la comunicación en diferentes lenguas.
La acción del Espíritu en la vida de las personas y
de las comunidades, mueve a la comunicación en el
Amor; a cambiar desde dentro, no como imposición.
Aquí la persona no tiene que renunciar a su
desarrollo personal. Aquí cada pueblo conserva su
idioma, su religiosidad y su identidad cultural. El
evangelio llega a cada cultura y a cada persona, no
para imponerse sino para proponer un camino que
posibilita nuevas relaciones interpersonales y
nuevas relaciones con la trascendencia. Por eso es
Buena Noticia.
Hay cosas
que como cristianos nunca podremos tolerar: la
injusticia, la corrupción, el engaño, la
explotación, la esclavitud, etc., vengan de donde
vengan. Pero hay otros elementos que son parte de la
cultura de los pueblos: el llamado ethos cultural.
Hay elementos que son propios de cada persona: el
llamado ethos personal. El Ethos personal y el Ethos
cultural en vez de contradecir la experiencia con
Jesucristo, se convierten en el espacio donde el
evangelio se desarrolla y salva al ser humano. De
esta manera tenemos nuevas experiencias
enriquecedoras para otros que quieran aceptar la
Buena Nueva. “El cuerpo
humano es uno solo, aunque tenga muchos miembros; y
los miembros, a pesar de ser muchos, forman todos un
solo cuerpo. Pues bien, eso es lo que sucede con
Cristo. Porque, por obra del único Espíritu, todos
nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, al
bautizarnos nos hemos unido a ese único Cuerpo, y a
todos se nos ha dado a beber de ese único Espíritu”
(lect - 1Cor 12,12-13).
Abramos hoy toda nuestra vida a la acción del
Espíritu para que nos haga testigos de la
resurrección y nos libere del miedo; para que
salgamos del encerramiento existencial en el que a
veces vivimos y nos abramos a una relación nueva y
renovadora con Dios y con los hermanos.
La cristiandad es el conjunto de pueblos
cristianizados, es decir hechos cristianos no
tanto por convicción sino por presión o por
conveniencia con el estado. Este fenómeno se dio
después de Constantino cuando el cristianismo se
unió al poder y dejó de anunciarse la propuesta
de Jesús como Buena Nueva y se convirtió en la
religión oficial del imperio. Todo el mundo
debía ser cristiano para darle cohesión al
imperio; por eso a la Iglesia se le llamó
Católica, es decir universal.