Ascensión
El
Evangelio de Lucas y los Hechos de los apóstoles son
una sola obra dedicada a un tal Teófilo, que significa
amado o amigo de Dios. A los ilustres Teófilos de ayer
y de hoy fue dedicada la obra Lucana (Evangelio y
Hechos), o sea a quienes experimentan el amor de Dios;
a todos nosotros si seguimos a Jesús, somos sus amigos
y experimentamos el amor del Padre que se reveló de
manera especial en la vida, muerte y resurrección del
hombre de Nazaret.
Resurrección y ascensión son un mismo acontecimiento
que Lucas separó pedagógicamente, para dar una
enseñanza a la comunidad. Según el relato lucano hay
un espacio de cuarenta días entre la resurrección y la
ascensión. El número cuarenta hace referencia
simbólica a los cuarenta años que pasó el pueblo de
Israel en el desierto, camino a la tierra prometida.
Cuarenta es el tiempo necesario para que una comunidad
cristiana realice un proceso de consolidación del
proyecto de Jesús, con el cual construya y/o
reconstruya su historia con la fuerza de Dios. Una
historia que no termina con la muerte, sino que se abr
a la trascendencia y se prolonga por los siglos de los
siglos.
Sobre este
tema existen todavía dos tendencias reduccionistas. La
primera limita al ser humano sólo al más allá del
cielo, y descuida esta vida que es la única que
tenemos entre manos. La segunda niega la trascendencia
y se dedica exclusivamente al más acá, porque según
esta visión, con su muerte el ser humano sucumbe
totalmente como ser individual. Esta última postura es
promulgada por el ateismo en sus distintas
“presentaciones”.
La primera
tendencia se ha convertido en una falla histórica de
la Iglesia Católica, sobre todo después del
constantinismo.
Durante mucho tiempo la “evangelización” se limitó a
conquistar almas para el cielo. Los sacramentos, las
predicciones, los ejercicios espirituales, las
canciones, las publicaciones, ¡todo!, se hacía con el
fin de salvar almas del infierno y conducirlas al
cielo. Por esa misma razón, a los presbíteros se les
empezó a llamar curas, porque su labor era curar almas
y salvarlas para la otra vida. Por ese mismo motivo la
gran mayoría de las intenciones de las eucaristías son
por los difuntos. Un gran número de oraciones del
Misal Romano hacen un énfasis casi obsesivo en la vida
eterna. Durante muchos años, la Iglesia se dedicó a
orar por los muertos y descuidó a los vivos. Y como la
Iglesia fue la institución con más influencia
ideológica y política, durante muchos años países
católicos como Italia y España, fueron los más
atrasados de toda Europa. Esa misma influencia la
recibimos los países Latinoamericanos. Los resultados
los tenemos a la vista.
Los
cuarenta días de Jesús con sus discípulos antes de la
ascensión y los cuarenta años del pueblo de Israel en
el desierto, camino a la tierra prometida, son una
figura que invita a caminar con fe y a hacer algo
bueno por la vida. A trabajar por una humanidad digna,
justa, libre e incluyente; en otras palabras: a
construir la historia.
El reclamo
de los personajes fue muy claro:
“Galileos, ¿qué hacen ahí parados
mirando para el cielo?”
Si también
nosotros hemos reducido nuestra vida cristiana a
pensar únicamente en el más allá y a orar sólo por los
muertos, hoy este reclamo nos cae perfectamente. ¿Qué
hacemos parados mirando al cielo? ¿Qué hemos hecho por
nuestro pueblo? o, como le preguntó Dios a Caín:
¿Dónde está Abel tu hermano? Tendremos nosotros
también el descaro de responder como él:
“¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”
¡Claro que
para el cristiano no todo es historia, trabajo, lucha,
estructuras y demás realidades humanas! Nosotros
también guardamos la esperanza de una vida más allá de
la muerte y más allá de la historia humana, como
continuidad de ésta que empezamos a construir desde
ahora.
La vida cristiana no es ni sólo más
allá, ni sólo más acá. El cristiano piensa en un cielo
que hay que construir desde aquí, desde ahora y cada
día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los
demás; cielo que se abre a la plenitud de los tiempos
con la gracia y el poder de Dios y de su Cristo
resucitado, vencedor de la muerte. Con la gracia y el
poder de Dios y de su Cristo estamos invitados a
construir la historia y a abrirnos a la trascendencia.
La victoria de Jesucristo es garantía de vida; su
gracia en medio de nosotros es fuerza para luchar. Él
mismo es camino verdad, vida y plenitud.
“Vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en
Cristo, y lo que se había sembrado débil y corruptible
se vestirá de incorrupción (Cfr. 1Cor 15,42 y 53); y
permaneciendo la caridad y sus frutos (Cfr. 1Cor 13,8;
3,14), toda la creación, que Dios hizo por el hombre,
se verá libre de la esclavitud de la vanidad (Cfr. Rom
8, 19-21). Aunque se nos amonesta que de nada sirve al
hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo
(Cfr. Lc 9,25), sin embargo, la esperanza de la tierra
nueva no debe debilitar, al contrario, debe excitar la
solicitud por explorar esta tierra, en la que crece el
cuerpo de la nueva humanidad, que ya presenta las
esbozadas líneas de lo que será el siglo futuro”