Unidad no equivale a uniformidad
(1ra
lect.:
Hch 15,1-2.22-29): Es cierto que la unidad es
algo absolutamente necesario para la vida cristiana.
En la conocida oración de Jesús por sus discípulos
antes de morir dice:
“Padre, que todos
sean uno como tu y yo somos uno”
(Jn 17,21). Pero la unidad no equivale a uniformidad.
En la comunidad de Antioquía algunos judeocristianos
llegados de Judea a dicha ciudad querían exigirles a
los cristianos no judíos que debían circuncidarse.
Esto provocó una gran controversia en la comunidad e
hizo que Pablo y Bernabé fueran Jerusalén a consultar
con los demás apóstoles y presbíteros. Sobre este tema
giró lo que se conoce como el Primer Concilio de la
historia cristiana: el Concilio de Jerusalén.
De una manera sabia la Iglesia reunida en Jerusalén
orientó las demás comunidades y decidió no pedir más
cargas que las indispensables. Hay elementos muy
propios de la vida cristiana: al amor, el servicio, la
búsqueda de la justicia, el seguimiento a Jesús y su
causa, etc. Hay otros elementos que son propios de una
cultura y no pertenecen a lo central en el evangelio.
Hay, por lo tanto, distintas formas de expresar y
celebrar la fe en el mismo Jesús vivo y resucitado.
Circuncidarse significaba aceptar toda la ley judía y
asumir su cultura, su pensamiento, su manera de vivir,
su liturgia, todo. Con esta decisión del Concilio de
Jerusalén quedaba muy claro que no es necesario ser
judío para ser cristiano.
Infortunadamente, la lección no fue muy aprendida por
muchos líderes de la Iglesia que durante la historia
han querido romanizar el cristianismo. Si en aquella
época los judeocristianos quisieron obligar a los
antioquenos a ser judíos para ser cristianos, después
algunos de la Iglesia de Roma quisieron obligar a
todos a ser romanos para ser cristianos. Hay muchas
experiencias tristes como la prohibición de los ritos
chinos y malabares por parte de propaganda Fide, que
prácticamente acabaron con los esfuerzos de los
misioneros jesuitas en tierras asiáticas.
Es cierto que se debe mantener un orden en las
celebraciones. Es cierto que se presentan algunos
abusos en la liturgia al improvisar la celebración o
se presentan descuidos en la misma. Es cierto que
vivimos en un mundo convulsionado y debemos defender
la fe. Pero también es cierto que hoy muchos
cristianos de Roma nos quieren seguir imponiendo la
cultura centroeuropea para nuestras celebraciones de
fe. Es cierto que el Vaticano y su combo están
pendientes de cualquier voz disidente para callarla a
baculazos. Bien decía Simón Bolívar que para los
europeos lo que pensaban ellos era válido para todo el
mundo, mientras que nuestros pensamientos y costumbres
les parecían absolutamente execrables. Y aún es más
cierto que tenemos la responsabilidad de buscar la
unidad, pero sin renunciar al derecho a ser críticos,
a pensar diferente y a buscar mejores destinos para
nuestra Iglesia inserta en esta realidad
latinoamericana. Ojalá nuestros hermanos de Roma
comprendieran que aquí la gente tiene demasiadas
cargas encima para que ellos vengan a imponerles otras
con su intransigencia y fundamentalismo cultural,
ideológico y religioso. Ojalá nosotros busquemos vivir
unidos en el amor de Cristo y cada vez que surjan
discordias tratemos de ponernos de acuerdo aún en
medio de nuestras diferencias.
El proyecto
tribal, 12 tribus - 12 apóstoles
(Ap 21,10-14. 22-23):
La figura de los doce apóstoles hace referencia
simbólica a las doce tribus de Israel, el Proyecto de
Yahvé. Un proyecto que nació como alternativa al
proyecto monárquico del palacio imperial de las
ciudades estado cananeas. Las doce tribus eran una
organización del tejido social que buscaba la práctica
de la justicia y el derecho para todos. Los doce
apóstoles no son un número cuantitativo sino
simbólico. Pudieron ser menos o más. Lo importante es
el signo, que impulsaba a retomar el proyecto
liberador de Yahvé: la vivencia de la justicia y el
derecho para todos los hijos de Dios. En la mentalidad
judía el ijo es el continuador del proyecto del Padre.
Jesús es hijo de Dios en cuanto que continuó su
Proyecto Salvador para la humanidad. Nosotros somos
hijos de Dios, hermanos y discípulos de Jesús si
retomamos su proyecto de salvación y lo hacemos
realidad entre nosotros con la fuerza de su Espíritu.
La ciudad Santa, el nuevo lugar donde habita Dios
(Ap 21,10-14. 22-23; Jn 14,23-29). En el
Apocalipsis, la Nueva Jerusalén es un mito, un símbolo
para designar el pueblo de Dios o la comunidad
cristiana organizada con relaciones sociales
humanizadas. La ciudad Santa, la nueva Jerusalén es la
comunidad que ha trascendido la muerte, el caos y las
tinieblas, más no la corporeidad ni la historia. Es el
nuevo mundo creado por Dios en el cual hay corporeidad
y relaciones sociales, pero sin la injusticia, sin la
opresión y sin la muerte que dominan en un mundo
alejado de Dios y su proyecto de salvación.
Esta ciudad
desciende desde el cielo; es decir, que fue edificada
por Dios e implantada por Él en la tierra y en la
historia, con el aporte de sus seguidores. En
contraposición con Babilonia, símbolo de la
perversión, de la opresión y de la prostitución
idolátrica, es decir, del imperio que corrompe a todos
los reyes de la tierra y se alimenta con la sangre de
los pueblos, la nueva ciudad es la novia que se
arregla para recibir al esposo: el Cordero.
La nueva Jerusalén es la morada de Dios entre los
hombres. Esta experiencia humana y divina trajo
consigo un giro inmenso en la religiosidad antigua y
es todavía paradigma de fe. Esto quiere decir que Dios
ya no habita en el cielo o en el santuario, sino en la
nueva sociedad trascendente, creada por Él e
implantada en la tierra. Con la muerte de Jesús el
velo del templo se rasgó (Mt 27,51). Dijo Jesús a la
Samaritana: “llega la hora en que ustedes adorarán al
Padre pero ya no en este cerro ni en Jerusalén… los
verdaderos adoradores adorarán en Espíritu y en
verdad” (Jn 4,21.24).
El autor es muy claro en afirmar que en esa ciudad no
había santuario (Ap. 21,22). La religiosidad del
antiguo Israel hablaba de lugares sagrados: la ciudad
de Jerusalén o el pozo de Jacob. Del lugar
especialmente sagrado: el Templo. Del lugar más
sagrado: el Santa Santorun, donde supuestamente se
guardaba el Arca de la Alianza y a donde sólo podía
entrar el personaje más sagrado: el Sumo Sacerdote, y
en el tiempo más sagrado: en la Pascua. Con esta nueva
experiencia todas las distinciones desaparecen. La
distinción entre lo santo y lo profano, entre el
sacerdote y el laico, entre el judío y el gentil,
entre el hombre y la mujer, inclusive entre el
cristiano y el no cristiano. Ahora todas la ciudad son
santas, todos son sacerdotes, todos ven a Dios, porque
Él ha creado de nuevo todas las cosas.
Hoy tenemos la oportunidad de permitir que a nuestras
familias, a nuestras comunidades venga del cielo la
nueva Jerusalén, la ciudad Santa. Hoy tenemos la gran
oportunidad de ser morada de Dios:
“El que me ama
guardará mis palabras; y mi Padre lo amará, y
vendremos a él y habitaremos con él.
(Jn 14,23)
La paz de Jesús
(Jn 14,27-29): Jesús ofreció su paz pero fue muy
claro: no como la da el mundo. El mundo romano también
hablaba de paz, la llamada Pax Romana, que consistía
en la pacificación del imperio con la fuerza de las
armas, el establecimiento del orden esclavista.
Definitivamente, esa no fue la paz de Jesús. Hay que
tener cuidado en no confundir la paz de Jesús con la
Pax Romana. Que no se acobarde nuestro corazón, que la
presencia viva de Jesús en Espíritu y en Verdad nos
conduzca a una paz verdadera, fruto de su presencia
viva y vivificante; fruto de la justicia y el derecho
para todos los seres humanos.