Cielo
nuevo y tierra nueva
Las lecturas de hoy nos dejan ver la utopía de un mundo
mejor: los cielos nuevos y la tierra nueva (Ap
21,1-5a). La fuerza que debe dinamizar la
construcción de ese nuevo mundo: El Amor (Jn 13,31-35).
Y anuncio de esa nueva forma de vivir como Buena Nueva
abierta para todos los pueblos. Anuncio realizado por
medio de Pablo y Bernabé; anuncio lleno de dificultades
pero también de muchas satisfacciones tanto para los
destinatarios como para los evangelizadores (Hch
14,20-26).
Empecemos con la propuesta del Apocalipsis:
"El Apocalipsis debe ser entendido en el
contexto histórico en el cual nació: Asia Menor- finales
del siglo primero -, debe ser interpretado con el
Espíritu con el cual fue escrito: el enfrentamiento
económico, político, cultural, social y religioso del
pueblo de Dios y de la comunidad cristiana con el
imperio Romano y las fuerzas sobrenaturales del mal".
La situación interna y el contexto socio-histórico de
las personas que hacían parte de las primeras
comunidades cristianas, su experiencia de fe con Jesús
muerto y resucitado, las llevó a una procesual toma de
conciencia de la necesidad de hacer algo por ellos
mismos y por los demás seres humanos. A superar todas
las taras personales que impiden al ser humano vivir en
plena libertad y lo sumergen en un mundo de oscuridad,
muerte e infelicidad: egoísmo, codicia, envidia,
rencores, vanidad, miedos, inseguridades, etc. A superar
un mundo dominado por la injusticia, la dominación, la
sangre y la muerte, producto de la acción criminal del
imperio romano. A esa nueva realidad que querían formar
a nivel personal y comunitario le dieron el nombre de
cielos nuevos y tierra nueva.
No es música celestial. Es fuerza creadora y recreadora
de Dios que impulsa a formar otro mundo que se hace
posible con la apertura a la gracia de Dios y con el
trabajo humano. Un mundo donde el mar (signo del mal y
de la muerte) y sus consecuencias: luto, llanto, dolor,
desesperación, frustración e infelicidad, ya no exista.
“La tierra y el cielo son nuevos y Jerusalén es nueva, porque en
ellos la vida triunfa sobre la muerte, el orden sobre el
caos y la luz sobre las tinieblas; la compasión triunfa
sobre todo llanto, clamor y dolor; ya no hay maldición
alguna. Lo que aquí se trasciende no es la materialidad
o corporeidad, sino la muerte, el caos, las tinieblas,
el sufrimiento, la maldición; sigue habiendo cielo,
tierra, ciudad; sigue habiendo historia, pero ahora sin
muerte y sin maldición.”
Jesús, con su vida, con su palabra y su obra y con el
amor con el cual hizo nuevas todas las cosas, empezó a
hacer realidad un mundo sostenido con otros valores. La
construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva debe
empezar desde el interior de cada persona. Ese mundo
nuevo no se construye con la violencia de las armas, ni
puede ser impulsado por deseos de poder o aparecer. Ese
proyecto integral no puede ser animado por el desquite
amargo ni el afán de lucro porque así el final no podría
ser otro que el fracaso.
Ese mundo sólo es posible construirlo con la fuerza del
Amor. Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad
todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su
manera. Y no cualquier cosa es amor. Muchas veces el
egoísmo y la avaricia se visten con un ropaje perfecto
que aparenta ser amor, pero no lo son. Es el amor al
estilo de Jesús. Lo nuevo no es que se hable del amor
porque desde tiempos inmemoriales se habla del amor. Lo
nuevo es el amor al estilo de Jesús. La sinceridad, el
servicio, la cercanía, la entrega y la donación total
con las cuales Jesús manifestó su amor a sus amigos y a
toda la humanidad.
El amor al estilo de Jesús es el único que puede hacer
que la nueva Jerusalén baje del cielo y se instale en la
tierra. Por eso la invitación del Evangelio es muy
concreta: “les doy un mandamiento nuevo: que se amen
los unos a los otros como yo los he amado.”
El fragmento de los Hechos de los Apóstoles que leemos
hoy narra el trabajo concreto de Pablo y Bernabé a favor
de la construcción del Reino en distintas partes del
mundo no judío. Por algo a Pablo se le llama “el Apóstol
de los gentiles”. Aquí vemos una dinámica concreta para
hacer posibles los cielos nuevos y la tierra nueva. Todo
grupo humano necesita organizarse, las comunidades
cristianas también. Todo grupo humano necesita líderes,
las comunidades cristianas también. Aquí vemos cómo
Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del
Espíritu Santo, establecieron una estructura
organizativa que llevara la continuidad de la obra
empezada por ellos.
Nos corresponde hoy tomar conciencia de nuestra
situación interna y de nuestro contexto social. Nos
corresponde como creyentes construir los cielos nuevos y
la tierra nueva con la fuerza del amor al estilo de
Jesús. ¿A qué más me siento invitado con esta Palabra?