Toma
de conciencia del acontecimiento pascual
Cuando asesinaron a Jesús, su movimiento se dispersó. El
fragmento del evangelio que leemos hoy, nos muestra cómo
algunos discípulos habían vuelto a sus antiguas
actividades. Jesús resucitado se hizo presente en la vida
de las comunidades, pero su presencia no fue evidente. Sus
discípulos y discípulas tomaron poco a poco conciencia de
ella.
La noche representa las situaciones difíciles, la crisis,
la angustia, el miedo y la inseguridad, que inundaban a
los discípulos tras la muerte de Jesús, su compañero y
maestro. El texto dice que Pedro y los demás discípulos,
habían pasado infructuosamente toda la noche, tratando de
pescar algo.
Cuando ya amanecía, Jesús se apareció en la playa. Todos
los relatos de la resurrección dicen que los discípulos a
primera vista, no cayeron en la cuenta de la presencia de
Jesús. Lo confundieron con otra cosa. Esto nos confirma
que la resurrección de Jesús no fue evidente. Empezó con
una sutil sospecha que cada vez se fue convirtiendo en una
experiencia poderosa que los inundó, les aclaró todo y los
dejo absolutamente convencidos de su nueva forma de
existir.
Con seguridad, muchas veces habían pescado cuando Jesús
vivía con ellos en Cafarnaum. Según el relato de Lucas
(5,1ss), la experiencia de la pesca milagrosa ya la habían
vivido.
Recordemos que esto sucede en el interior de la vida de
los discípulos. Primero les preguntó por los frutos de su
trabajo: “Muchachos, ¿tienen pescado?”. O sea, cómo
les ha ido, qué han hecho, cómo están, por qué lloran, de
qué hablan... La respuesta de los discípulos era obvia:
¡No! En la oscuridad de sus vidas todo era frustración,
tristeza y muerte. Pero una luz empezó a encenderse cuando
hicieron lo que Jesús les había mandado: “Echen la red
a la derecha de la barca y encontrarán.” Cuando
actuaron conducidos por las enseñanzas de Jesús,
recogieron buenos frutos, y esa presencia sutil se fue
haciendo cada vez más real.
En este relato fue el discípulo amado quien primero
reconoció a Jesús. Pedro era reconocido como una
autoridad, más no como el más importante, ni el primero en
descubrir la presencia del resucitado.
Jesús, que ya tenía en la orilla algunos panes y un
pescado en las brasas, los invitó a compartir el fruto del
trabajo. Él tomó el pan y los peces, los partió y los
repartió. No se guardó nada para sí mismo. Descubrieron
entonces que dentro de ellos estaba Jesús resucitado.
Cuando se vive de esta manera en las comunidades, es
porque Jesús se hace presente. Lo hemos dicho muchas
veces: la mejor prueba de la resurrección de Jesús es una
comunidad que vive unida en el amor, trabaja y comparte
solidariamente.
En la segunda parte de este fragmento del Evangelio,
tenemos el reconocimiento de Pedro como autoridad en la
Iglesia. Si bien es cierto que en este texto la figura de
Pedro tiene un carácter secundario, hay que reconocer que
el evangelista le da su puesto de líder. Todas las obras,
proyectos e instituciones, necesitan líderes. La
característica particular del liderazgo en la Iglesia, es
que debe estar fundado en el amor a Jesucristo y su
evangelio, asumir como propio el proyecto de Jesús y
cumplir su voluntad salvífica. Si el liderazgo en la
Iglesia se deja contaminar por los deseos de poder y
aparecer, pierde su sentido y se convierte en un obstáculo
para la evangelización.
El líder en la Iglesia no el más importante; es
sencillamente un ministerio como todos. Lo más importante
en la Iglesia es el discipulado. No se puede ser apóstol,
y menos líder en el apostolado, si se ha abandonado el
camino del discipulado, y menos aún, si nunca se ha hecho
camino. En el líder cristiano, discipulado y apostolado
deben que ir de la mano.
No se puede ser apóstol sin ser discípulo, pero el
discípulo tiene que llegar a ser apóstol, porque toda la
riqueza espiritual que Dios le da, debe compartirla. El
discípulo se alimenta, el apóstol da alimento. Nadie da de
lo que no tiene y por eso el discípulo debe fortalecerse
bien y experimentar a Dios en su vida y luego sí puede
convertirse en apóstol. Pero no podemos ser cristianos
sólo de estómago. No podemos quedarnos estancados en un
eterno discipulado sin apostolado; con estómago grande y
con las manos vacías de frutos. El discípulo debe llegar a
ser apóstol y el apóstol nunca debe dejar de ser
discípulo.
El
testimonio de los apóstoles
En la lectura de los Hechos nos encontramos de nuevo con
la persecución judía como represalia al anuncio del
evangelio. Así como habían juzgado a Jesús ante el
Sanedrín, o Senado Judío, lo hicieron con los apóstoles.
Los recriminaron porque hablaban de Jesús, los azotaron y
les prohibieron seguir con su apostolado.
Quien prohibía era nada más y nada menos que la máxima
autoridad judía, tanto a nivel religioso como a nivel
político. Nadie podía cuestionar y menos desobedecer una
orden de este “sagrado recinto de la justicia”, en el cual
trabajaban los hombres más eminentes y respetables de la
sociedad judía. La palabra del Sanedrín era considerada la
palabra de Dios.
No era fácil para un judío enfrentarse a una institución
con tanto poder, y cobijada con un manto sagrado que la
hacía ver como intocable e incuestionable; menos para esos
hombres galileos, en su mayoría iletrados.
Pero aquellos hombres que llenos de miedo habían
abandonado a su maestro, con la experiencia de la
resurrección estaban dispuestos a darlo todo para
continuar su obra salvadora. Hasta enfrentarse al Sanedrín
si fuera necesario. Los mismos pescadores, artesanos y
publicanos cobardes, que decepcionados de Jesús y con las
esperanzas por el piso, no querían saber nada de su
proyecto, comprendieron claramente que Dios estaba con Él
y no con esa institución tan antigua como viciosa.
Tuvieron las fuerzas para denunciar el vil asesinato de
Jesús y para anunciar que a ése a quien habían matado,
Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías.
Las autoridades se autodenominaban como la voz de Dios,
pero los apóstoles comprendieron que en ellos no podía
hablar Dios. Que quienes perseguían, excomulgaban y
entregaban a la muerte no podían representar la voz de
Dios. Que sólo representaban la voz de los hombres y de
sus más mezquinos intereses y que, por lo tanto, no les
podrían obedecer, porque, como bien dijeron: “hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Comprendieron que si querían ser fieles a Dios y a su
Palabra, debían comunicar con valentía el acontecimiento
de la Pascua, asumiendo los riesgos que esto implicaba en
medio de una sociedad jerarquizada, perfecta y
legítimamente corrupta. Y así lo hicieron. La alegría de
los apóstoles no fue tanto por los azotes que recibieron
sino porque habían sido fieles a Dios. Porque habían
vencido su propio miedo y eran capaces de sobreponerse a
los obstáculos. Porque contaban con el aval del Dios de
Jesucristo y de su Espíritu, y nada ni nadie podía detener
la misión evangelizadora.
El testimonio de las comunidades del
Apocalipsis
Recordemos que el libro del Apocalipsis
nos presenta el testimonio cristiano de las comunidades
dispersas por el imperio romano. Las visiones de este
libro deben ser contempladas para descubrir la fuerza de
los símbolos y para que, con esa fuerza, se pueda
transformar la realidad. La visión es una reconstrucción
de la conciencia colectiva de la comunidad. Los capítulos
4 y 5 son además una liturgia sagrada; son toda una fiesta
común de oración, alabanza y transformación espiritual.
Con las liturgias el autor busca transmitir directamente
la fuerza y la espiritualidad, con las que la comunidad de
los santos y los testigos debía vivir el presente
histórico.
Los veinticuatro ancianos simbolizan en un sentido amplio,
la humanidad liberada y santa, que no es idólatra y que ha
hecho una opción por la vida, totalmente distinta a las
opciones del imperio romano. Los veinticuatro ancianos son
el pueblo de Dios, el pueblo de los mártires que reciben
el poder para construir su Reino. Son el pueblo de su
perfección: el pueblo de las doce tribus y los doce
apóstoles.
Los cuatro vivientes tradicionalmente se han relacionado
con los cuatro evangelistas. Pero es una interpretación
totalmente errada. Además en el tiempo en que se escribió
el texto había muchos escritos y no estaba definido el
Canon tal como está hoy. Los cuatro vivientes simbolizan
el cosmos, pues el cuatro en el libro del Apocalipsis,
simboliza los cuatro puntos cardinales o cuatro extremos
de la tierra. Aquí el autor resalta las cualidades
positivas del cosmos: su poder, su fuerza, su sabiduría y
su majestad. Lo representa por medio de cuatro animales:
león, novillo, águila y rostro humano.
Para sintetizar, los veinticuatro ancianos y los cuatro
seres vivientes significan que la humanidad y el cosmos
participan de una nueva vida en Cristo. Por eso, en el
fragmento que leemos hoy, los veinticuatro ancianos y los
cuatro seres vivientes participan de la liturgia del cielo
y cantan al Dios creador. Aquí la reconstrucción del cielo
se hace liturgia: es la fiesta de los santos y de los
pobres, en la que celebran su fe, sus convicciones, su
esperanza y su utopía, con alegría y gritos de alabanza.
La humanidad y el cosmos liberados, cantan a Jesús que es
Cordero degollado. Un cordero que fue sacrificado, pero
que fue levantado por Dios y constituido Señor del
universo. La grandeza, la riqueza, la fuerza y el poder
aplicados a Jesús, no son como los del imperio romano,
deshumanizador y asesino. Se trata de un reino de amor y
libertad. Jesús Reina no sobre otros sino con otros, con
su testimonio de fe, esperanza, alegría, espiritualidad y
plenitud de vida. Contemplemos esta visión con fe,
descubramos su riqueza simbólica y su testimonio de vida,
y participemos con alegría de esa liturgia de salvación.