Resucitó de veras
Ante
la imposibilidad de reconstruir los acontecimientos de
manera detallada, Lucas el autor de los Hechos, elaboró
algunos sumarios, o resúmenes generales del acontecer
apostólico de las primeras comunidades. En los cinco
primeros capítulos tenemos 3 sumarios (2,
42-47; 4,32-35 y 5,12-16).
El tercer sumario que leemos hoy en la primera lectura,
nos presenta la vida de la comunidad cristiana liderada
por los apóstoles y su acción salvadora para la humanidad,
no obstante las persecuciones que sufrían.
Más allá del tinte milagroso del relato, está la presencia
de Cristo resucitado y su Espíritu que se revela en la
práctica apostólica. La acción decida de la primitiva
comunidad cristiana es el signo por excelencia de la
resurrección de Jesús. Quien comparta con un cristiano
auténtico y con su comunidad, debe vivir la misma
experiencia que vivieron quienes compartieron con Jesús.
En su paso por el mundo los cristianos auténticos deben
generar vida, alegría, salud y todo aquello que engrandece
el existir. Así como las personas que entraban en contacto
con los Apóstoles experimentaban los mismos signos que
experimentaron quienes entraron en contacto con Jesús.
Como vemos, las reacciones fueron las mismas, tanto las de
quienes lo aceptaron y dejaron que el hombre de Nazeret
transformara sus vidas, como las de quienes se opusieron
radicalmente a su práctica liberadora y lo persiguieron
hasta matarlo.
Porque el anuncio del Evangelio y su praxis histórica, es
decir su compromiso, su aporte, su lucha, su acontecer en
la vida humana, generó oposición en algunos sectores de la
sociedad. Los mismos sectores que se opusieron a Jesús.
En las tres lecturas de hoy se hace presente la
persecución. El libro de los Hechos nos deja ver las
persecuciones por parte de los judíos:
“Nadie se atrevía a
juntárseles, pero el pueblo hacía grandes elogios de
ellos”
(Hch 5,13).
Pero en medio de esas persecuciones, las comunidades daban
testimonio de la acción de Jesús resucitado en sus vidas.
El autor del libro de Apocalipsis hace la siguiente
presentación:
“Yo, Juan, hermano de ustedes y con ustedes partícipe de
la tribulación, del Reino de Dios, y de la paciencia que
Jesús nos inspira, estuve desterrado en la isla de Patmos
por predicar la Palabra de Dios y dar testimonio a favor
de Jesús”.
Aquí se trata de las persecuciones romanas contra las
Iglesias primitivas. Quienes se habían dispersado con la
persecución judía, buscaron refugio en diversos sitios del
imperio. Por su manera de vivir y de amarse entre ellos
mismos, mucha gente se les acercaba, y ellos aprovechaban
para dar testimonio, de manera explícita o implícita, del
acontecimiento pascual. De esta forma constituían otras
iglesias.
Las nuevas iglesias distribuidas por el imperio se
hicieron sospechosas para las autoridades imperiales,
quienes desataron otra persecución. Las persecuciones
hacían que las comunidades se llenaran de miedo, se
desanimaran, se vieran obligadas a vivir en la
clandestinidad y otras veces se dispersaran.
El libro del Apocalipsis presenta a Jesús como el
principio y el fin, el alfa y la omega. Es decir que, a
pesar de que muchas veces pareciera que el mal dominara en
el mundo y quienes aplastan la dignidad humana se aferren
enfermizamente al poder y hagan lo que sea para
mantenerlo, la muerte y la resurrección de Jesús son el
testimonio más fehaciente de que el mal, la oscuridad y la
muerte no tienen la última palabra:
“No temas. Yo soy el primero y el último. Yo soy el que
vive, pues aunque estuve muerto, ahora vivo por los siglos
de los siglos, y tengo el poder sobre la muerte y las
llaves del reino de los muertos”
(Ap 1,17b-18).
El Evangelio de Juan dice que el día de la resurrección,
primer día de la semana, por la tarde, estaban los
discípulos con las puertas cerradas por miedo a los
judíos. Aquí nos encontramos nuevamente con la primera
persecución por parte de las autoridades judías. Esta no
es una crónica detallada de los hechos, sino un testimonio
de la resurrección. Un instrumento para evangelizar y
suscitar nuevas experiencias con el resucitado.
Con la persecución judía la comunidad cristiana se ve
obligada a vivir en la clandestinidad. Las persecuciones
los inundaba de miedo y la clandestinidad los hacía
replegar sobre sí mismos. Corría peligro la pervivencia de
la comunidad. Pero una nueva experiencia con Jesús los
llenó de paz, alegría, esperanza, perdón y ganas de seguir
luchando por su vida.
Jesús ofrece la paz, no el pacifismo. La paz del
resucitado no es inmovilizadora, quietista y cómplice de
un mundo dominado por el mal. La paz de Jesús va seguida
de un envío: “Así
como el padre me envió, los envío yo a ustedes”
(Jn 20,21). Lo mismo que hizo Jesús como enviado
del Padre, lo debían hacer sus discípulos como enviados de
Jesús. Ahí los discípulos se convertían en apóstoles, es
decir en enviados.
Jesús no los lanzaba a una aventura incierta, sino a
realizar un proyecto con un objetivo determinado: liberar
al ser humano de todas las ataduras de la muerte, o sea
del pecado. En ese trabajo no estarían solos, sino que
contaban con una compañía que garantizaba su realización:
El Espíritu. La fuerza del Espíritu del resucitado,
vencedor de la muerte, los capacitaba para ser canales por
medio de la cual Dios seguía dispensando las gracias a la
humanidad. Por medio del testimonio de los apóstoles otras
personas debían conocer y creer en Jesús para tener vida
en su nombre. ¡Tremenda tarea la que tenemos todos los
discípulos y apóstoles de Jesucristo!
La segunda parte del evangelio presenta la experiencia
tardía con el resucitado que tuvo el apóstol Tomás.
La fe cristiana no se puede trasmitir por ósmosis, ni
imponer por medio de un decreto real, como se hizo en el
tiempo de la cristiandad.
Tomás se negaba a reconocer que Jesús había resucitado. El
testimonio de sus condiscípulos no era suficiente para
aceptar tremendo acontecimiento. Sus compañeros eran
otros, pues habían cambiado radicalmente. Su forma de ver
el mundo, su fe, su esperanza y su alegría de vivir, no
obstante las persecuciones, era algo que le llamaba la
atención, pero no para aceptar que El Hombre estuviera
vivo.
Sus
compañeros se mostraron muy respetuosos con Tomás y no lo
rechazaron ni lo presionaron para que aceptara este gran
acontecimiento, esta Buena Noticia. Si el Evangelio se
impone deja de ser Evangelio. Los procesos individuales
son diferentes y hay personas que tardan más tiempo en
experimentar a Jesús resucitado en sus vidas. Nosotros
tampoco podemos presionar a nuestros seres queridos,
amigos o familiares a que acepten a Jesús como salvador,
sólo porque estamos convencidos de que él es el Mesías
resucitado. Si la persona está abierta a una experiencia
nueva, llegará el momento en que se encuentre con Jesús
resucitado, como le pasó a Tomás.
Los detalles de la narración quieren expresar cómo la
resurrección de Cristo se hizo tan real en la vida de
Tomás, de tal manera que no le quedó ninguna duda de ese
acontecimiento. Esa experiencia hizo que Tomás expresara
su alegría con estas palabras: ¡Señor mío y Dios mío!