El trabajo
“Nadie nació aprendido”, “quien no sabe es como quien no ve”, suelen
decir nuestros viejos cuando alguien ignora algo. Ni el Logos de Dios
nació aprendido. El evangelio de Lucas nos dice que el niño crecía en
estatura, en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres
(Lc 1,80.2,52).
Durante su ministerio público, Jesús tuvo algunas variaciones. Por
ejemplo, con respecto a los extranjeros los evangelistas lo presentan,
en un principio, con una actitud cerrada, actitud muy propia de los
judíos. Cuando envío a sus discípulos a misionar les dijo que no
entraran a tierra de gentiles ni a poblaciones samaritanas, sino sólo
a las ovejas perdidas del pueblo de Israel (Mt 10,6). Luego, Él mismo
cruzó la frontera y llegó al territorio de Tiro y Sidón, pero se
negaba a atender a la hija de una sirofenicia, pues había sido enviado
a atender a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Y con la
insistencia de la mujer le respondió de una manera despectiva propia
de los judíos ortodoxos: “No es justo tomar el pan de los
hijos y echárselo a los perros”.
A raíz de la insistencia y de la profunda fe de esta mujer extranjera,
él cambió de parecer y accedió a la petición de ella (Mt 15,21ss).
Luego, los evangelistas lo presentan en territorio de samaritanos y él
mismo los pone como testimonio de apertura al Reino de Dios (Lc
10,25ss; 17,11-18; Jn 4). Y después de la resurrección envió a sus
discípulos a anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos y a
bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. El camino de
Jesús no puede ser estático sino dinámico. Hay algunos elementos del
camino de Jesús que no podemos cambiar, pero hay otros que no sólo
podemos cambiar sino que necesitamos cambiar a la luz del evangelio y
de los signos de los tiempos (Lc 12,54-56).
Pablo también vivió su propio proceso religioso en muchos aspectos.
Por ejemplo, el que vemos en la segunda lectura, de su Segunda Carta a
los cristianos de Tesalónica. En una primera etapa de su vida
cristiana se unió a quienes esperaban una inminente segunda venida de
Cristo, o la llamada parusía. En la primera carta a los tesalonicenses
los invitó a vivir conforme a las enseñanzas, a trabajar para
solventar las necesidades y a no afligirse como quienes no tienen
esperanza, pues Jesús vendría a llevarlos a su Reino (1Tes 4,1ss).
Resulta que con la esperanza puesta en la famosa Parusía, muchos
cristianos de Tesalónica, los más avivatos y perezosos, se dedicaron a
todo, menos a trabajar, pues decían que Jesús vendría pronto por
segunda vez para llevarlos entre una nube. Entonces ¿para qué trabajar
y preocuparse por este mundo? Esta situación ayudó a Pablo a madurar
su fe y a repensar aquello de la Parusía. Por esto en su segunda carta
a la comunidad de Tesalónica hizo un fuerte reclamo y una invitación
contundente a quienes no querían trabajar:
“A esos tales les mandamos y ordenamos en nombre del Señor Jesucristo
que trabajen en paz para ganarse el pan”
(2Tes 3,6-12). Tenemos no sólo el derecho a cambiar algunas posturas,
sino el deber ético y moral de hacerlo cuando sea necesario para ser
fiel al Evangelio y para beneficiar al ser humano.
Por otra parte, digamos que el éxito personal y el progreso social no
son fruto del azar. Los avances personales y comunitarios no vienen
por un golpe de suerte o porque un día amanecimos inspirados. Estas
cosas se dan no tanto por inspiración sino por transpiración, es
decir, por arte del trabajo bien planeado y ejecutado. Algunas
personas desperdician su creatividad en inventar enfermedades, simular
sufrimientos y engañar a las demás con el fin de generar lástima y
hacerse acreedores de una limosna. Estas personas profundizarán cada
día su miseria y nunca saldrán de ahí mientras no se decidan a cambiar
y a romper con ese círculo vicioso que denigra su humanidad, y
mientras encuentren a su paso personas “de buen corazón” que, para
calmar sus conciencias, se convierten en cómplices de su desidia.
Contrario a las anteriores, otras personas con tremendas limitaciones
se esfuerzan, luchan y crecen integralmente en medio de situaciones
más adversas. Dentro de este grupo encontramos algunos limitados por
su pobreza, excluidos de la sociedad por sus opciones personales,
limitados por mutilaciones de algún(os) de sus miembros, minusválidos,
o con severos traumas de su niñez o su juventud, etc. Personas que
forman equipos de trabajo, se unen, buscan, crean, perseveran y logran
sus objetivos porque, como dijo Jesús:
“Todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la
puerta se la abrirá”
(Lc 11,10).
Infortunadamente, hay muchos inmaduros, “adolescentes” de todas las
edades cuyos padres cuando niños no les enseñaron a dar de sí mismos
sino sólo a recibir. No les enseñaron a pensar por sí mismos y a ser
autárquicos sino sólo a obedecer. Se lo proporcionaron todo y los
domesticaron de tal manera que hicieron de ellos personas inseguras e
incapaces de valerse por sí mismas. En nuestra cultura
latinoamericana, a diferencia de la cultura anglosajona, los jóvenes
viven con sus padres y dependen de ellos, incluso, hasta después de
casarse. Mientras en Estados Unidos, Canadá o Francia un joven de 18
años sale de su casa y muchos trabajan desde temprana edad, hay
jóvenes latinoamericanos de 25 años que todavía piden dinero y permiso
para ir a un paseo, y otros quieren autonomía en sus actos pero que
les den el dinero que necesitan.
¡Claro que tenemos el compromiso de compartir y de ser solidarios con
el necesitado! Pero eso puede ser un arma de doble filo. ¡Ayudar a los
pobres puede ser un negocio muy lucrativo! Muchos políticos
latinoamericanos han llegado a sus puestos por medio del canje de
votos por bolsas de cemento, por ladrillos para hacer casas, por
electrodomésticos que se dañan a los dos meses o por cualquier
baratija que compran con el dinero del erario público. ¡Pero el pobre
no necesita una limosna! Necesita oportunidades para trabajar y
promoverse como ser humano.
¡Claro que si un hermano nuestro sufre una calamidad hay que buscarlo
y auxiliarlo! Llevarle la comida a la boca si es necesario. Pero no
podemos ser cómplices del fracaso humano y de la mediocridad
existencial de quienes, por pura pereza, no quieren trabajar y exigen
lo mejor. Aquí hay que ser muy serios. A estos eternos adolescentes
tenemos que aplicarles la consigna de Pablo:
“si alguien no quiere trabajar, que no
coma”.
(2Tes 3,10).
El discurso apocalíptico
En un lenguaje simbólico, la literatura apocalíptica hace una lectura
del presente dramático, una protesta a los generadores del dolor y una
propuesta para enfrentar esa situación conflictiva. Este discurso que
leemos hoy en el evangelio de Lucas no es una precognición de lo que
va a suceder, sino una lectura del presente histórico. Fueron las
comunidades cristianas quienes elaboraron este discurso cuando ya el
templo había sido destruido como represalia de la rebelión judía
contra los romanos, liderada por los guerrilleros celotes. En la
llamada guerra judía que se dio desde el año 66 al 70 d.C., las tropas
del Tito, emperador romano, acabaron con todo y el país quedó arrasado
completamente, así como todas sus instituciones.
Antes de la guerra judía los cristianos hacían parte de los judíos. En
ellos no estaba la posibilidad de formar una nueva religión a partir
de Jesús, pues Él no fundó una nueva religión sino que ofreció un
camino de humanización y de filiación plena con el Padre Dios. Después
de la guerra judía la única institución judía que sobrevivió a la
debacle fue la farisea. Antes de la guerra los cristianos iban al
templo y a la sinagoga, y participaban de las oraciones como los
demás. (Hch 3,1ss).
Los fariseos cerraron la vivencia del judaísmo a su entender y desde
entonces la única forma ser judío fue a la manera de los fariseos
ortodoxos, pegada a la Ley y a las tradiciones. Si algún judío no
estaba de acuerdo con ellos era inmediatamente expulsado de la
sinagogas y de la comunidad judía, acusado de apostasía y perseguido.
Por ese motivo los cristianos se vieron obligados a romper totalmente
con los judíos y a establecer una nueva vivencia religiosa a partir de
la experiencia de Jesús y fundada en el encuentro con el Cristo vivo,
como manifestación plena del amor misericordioso del Padre Dios. Sus
raíces estaban, indudablemente, en el judaísmo, pero en el centro ya
no estaban las Leyes, las tradiciones, el Templo ni la sinagoga, sino
el encuentro con el Dios vivo manifestado en Jesucristo: en su palabra
y en su obra; en su causa, en su proyecto, en su persona y en su
entrega total a los seres humanos.
Las Iglesias cristianas debemos estar siempre prestos para evaluar
nuestra experiencia religiosa a la luz del evangelio y de los signos
de los tiempos. Tenemos la responsabilidad de presentar la novedad de
Jesús a un mundo dinámico en continua evolución y expansión, a una
humanidad sedienta amor y de sentido. Tenemos el reto de romper con
todas las estructuras, entre ellas las estructuras religiosas que no
correspondan de verdad al Espíritu de Jesús resucitado y al amor
misericordioso del Padre. Tenemos el reto de fundar y refundar nuestra
religiosidad en Cristo vivo.