Resurrección
Es imposible comprobar
científicamente la existencia o inexistencia de Dios, así como la
existencia o inexistencia de una vida más allá de la muerte. Creer o no
creer en Dios no deja de ser un salto al vacío. Lo mismo sucede con la
resurrección. “La fe en Dios no puede serle
demostrada al hombre prescindiendo de los componentes existenciales,
como si se tratara de eximir al hombre de la fe en vez de desafiarle a
creer: no hay una demostración puramente racional de la existencia de
Dios que pueda convencer a todos, como consta en la experiencia.”
Ante este dilema que
enfrentamos todos los seres humanos, unos optan por el ateismo y otros
por la fe. Quien opta por creer en Dios y en una vida más allá de la
muerte, puede ver amenazada su fe por la dura realidad que lo hace dudar
o por el ateísmo que consigue argumentos racionales capaces de hacerla
tambalear. También cabe la posibilidad de que el Dios en el cual esa
persona crea no sea más que una ilusión, una proyección de sus
frustraciones o un engaño del sistema para alienar su mente y mantenerlo
dominado.
Quien opta por el ateísmo en
sus múltiples manifestaciones y rechaza rotundamente la posibilidad de
una vida más allá de la muerte, corre el riesgo de que, de ser cierta la
posibilidad de trascender, le dé un no a su último fundamento y apoyo:
Dios. Con esto se expone a una existencia radicalmente amenazada,
abandonada y arruinada, con necesarias secuelas de duda, angustia y
desesperación. De esta manera pone en peligro la realización plena de su
propia vida y se aboca asimismo a una total frustración.
Para algunos cristianos esto
no es un problema: creen y punto. Otros tienen la dificultad, no sé si
innata o aprendida, de no tragar entero y de buscar razones, para vivir,
amar, creer y actuar.
En medio de las continuas
amenazas, de las dudas que en cada momento nos afectan y con las
continuas contradicciones entre la confianza y la desconfianza, la fe y
la incredulidad, el éxito o el fracaso, la felicidad o la infelicidad,
muchos seres humanos hemos corrido el riesgo de creer en Dios y en su
Hijo Jesucristo. En ese hombre completo que fue asesinado por los
poderosos del mundo, y resucitado por el Dios de la vida. En ese hombre
que nos mostró el rostro misericordioso de Dios, que venció la muerte y
el pecado como manifestación de todo aquello que la propicia.
El evangelio de hoy nos
presenta a Jesús en Jerusalén y en una situación de conflictividad, esta
vez con los saduceos, ideológicamente los más conservadores en el
judaísmo contemporáneo a Jesús, pero los más laxos en sus conductas
éticas individuales y sociales. Los saduceos sólo aceptaban como libros
revelados, el Pentateuco y algunos libros poéticos. Rechazaban la
literatura profética y la apocalíptica, pues ésta encarnaba una
dinamicidad transformadora del orden establecido y buscaba la
instauración del Reino de Dios.
No aceptaban la posibilidad
de trascender más allá de la muerte y su consigna era disfrutar esta
vida al máximo. Ellos tenían la posibilidad de vivir a sus anchas ya que
poseían grandes fortunas económicas y mucho poder. Por su situación
privilegiada se consideraban personas especialmente amadas por Dios y
dignas de una vida totalmente diferente a la del montón de miserables
que deambulaban por las calles y veredas.
A este grupo pertenecían
familias sacerdotales principales, aristocráticas y un puñado de
favorecidos por el sistema, sostenidos ideológicamente por escribas que
“fundamentaban” con argumentos filosófico-teológicos, su deseo de darse
la buena vida.
Colaboraban irrestrictamente
con el imperio romano, de quien recibían privilegios y concesiones, y
con quien combatían todo tipo insurrección. Por eso se esforzaban en
hacer propaganda a favor del imperio. Según ellos la presencia del
imperio era muy provechosa para la estabilidad del país. Por eso no
había nada que cambiar, ni nada que esperar y mucho que conservar. Por
eso mismo todas las esperanzas de un Mesías liberador, las consideraban
sueños infantiles y necedades “del pueblo de la tierra” (una forma
despectiva de llamar a los pobres en aquella época). ¡Todo está bien ¡
¡Así es la vida, punto!
Con el caso atípico de la
mujer que estuvo casada sucesivamente con los 7 hermanos, no buscaban
otra cosa que burlarse de quienes creían en la resurrección.
“Esa mujer, suponiendo que haya resurrección, ¿de cuál
de ellos será esposa? Porque los siete estuvieron casados con ella.”
Jesús
no aceptó su manera de interpretar las Escrituras y su calificación de
novelería apocalíptica a todo lo relacionado con el Reino de Dios y la
resurrección.
Es
cierto que muchas religiones, incluyendo la nuestra, utilizaron el tema
de la resurrección para alienar a los pueblos. Les prometían el cielo y
la felicidad en la otra vida, si aceptaban y sufrían con paciencia la
dura situación porque esa era la voluntad de Dios. Pero en el caso de
Israel en el tiempo de Jesús, la resurrección era un aliciente para
luchar por la liberación, como lo hizo Judas Macabeo en la guerra contra
los seléucidas:
“Todo esto lo hicieron muy inspirados por la creencia de la
resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros iban a
resucitar, habría sido una cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero
creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como
creyentes.”
(2Mac 13,43b-45ª).
Por
eso en este caso la oposición a la resurrección era sinónimo de
oposición a las luchas libertarias de los grupos insurrectos, que
buscaban un cambio. Según ellos, la preocupación por la resurrección era
contraria al querer de Dios.
Jesús
los descalificó diciéndoles:
“Ustedes están
equivocados; no conocen ni las Escrituras ni la fuerza de Dios”
(Mc 12,24), y les recordó el texto de la manifestación de Dios a Moisés
en zarza ardiendo (Ex 3,6). En ese texto Yahvé le pidió a Moisés animar
y liderar la salida de Egipto (esclavitud) y el camino hacia la tierra
prometida (libertad). Yahvé se presenta como el Dios de Abrahan, el Dios
de Isaac y el Dios de Jacob.
“Eso les desautoriza para
juzgar la práctica de Jesús por el Reino, del que no quieren saber nada;
por eso no aceptan la resurrección: porque podría poner en cuestión su
situación privilegiada; sus intereses prejuician la lectura de la
Escritura y les extravían”.
El trato frentero de Jesús con los saduceos representó un gran
atrevimiento pues se trataba de personas con mucho poder económico e
influencia social, política y religiosa. Por lo tanto, personas que
tenían la sartén por el mango y que eran realmente peligrosas.
Tenemos que descubrir algo
que muchas veces se nos pasa por alto: El fariseísmo como el saduceísmo,
no son únicamente realidades históricas. Son tentaciones en las que
podemos caer todos los creyentes. Aún sabiendo que históricamente fueron
tan opuestos entre sí y tan opuestos a Jesús, estas tendencias están en
nuestra vida y en nuestra Iglesia, mucho más de lo que imaginamos.
El saduceísmo lo encontramos
vivo entre aquellos creyentes que, favorecidos por el sistema, utilizan
la religión como un medio para acomodarse a un mundo estructuralmente
injusto que le ofrece plenas garantías de vida, sin que les importe la
gran masa de empobrecidos que sobrevive en condiciones infrahumanas. Los
neosaduceos son como los camaleones que se adaptan fácilmente y su piel
se colorea según el color del medio para evitar problemas personales.
Cualquier gobierno es bueno siempre que les permita a ellos seguir
gozando de buenas garantías. Todos sus trabajos, sus negocios y su
religión deben girar exclusivamente en torno a sus intereses, totalmente
de espaldas a los intereses colectivos. Esto lo vemos tanto en el sector
privado como en el público. Muchas personas no tienen problema en
participar de la Eucaristía y luego trabajar para un político corrupto
que ganó las elecciones comprando conciencias. Muchas veces se hace
campaña política desde el púlpito por algún politiquero clientelista que
donó unas bancas para el templo. Los concordatos entre la Iglesia
católica y algunos estados, muchas veces atan de pies y manos a los
obispos y sacerdotes. Con ellos la Iglesia gana privilegios, pero pierde
profetismo y corre el riesgo de vender la herencia de Jesús por un plato
de lentejas.
¿De qué lado estamos
nosotros? Creer en Dios y en el Señor Jesucristo resucitado, trae
consigo el compromiso de combatir todo tipo de engaño, particularmente
el de ideología que sostenía y sostiene a los saduceos y que niega
rotundamente la posibilidad de otro mundo diferente a este. Creer en la
resurrección es vivir con la convicción de que Dios es Dios de vivos y
no de muertos y trabajar con esperanza por una nueva humanidad en la
cual todos quepamos. Creer en la resurrección es apostarle a la utopía
del Reino, que se empieza a hacer realidad aquí y que continúa su
realización más allá de la muerte, como continuidad gloriosa de nuestra
historia de salvación.
Hoy no podríamos seguir
sosteniendo como verdaderas todas las imágenes de los catecismos
antiguos y su enseñanza sobre la resurrección. A mucha gente ya no le
cabe en su cabeza la tradicional explicación de la separación del alma y
el cuerpo después de la muerte, y el posterior juicio individual, en el
cual se definiría su premio o castigo: cielo, purgatorio o infierno. Si
queremos ser honestos, no podemos dar respuestas a todas las preguntas
sobre el más allá.
No podríamos asegurar con
absoluta certeza cómo será la vida más allá de la muerte. Sólo podemos
confiar en que la historia no se le ha salido de las manos a Dios y que
con Él nos conducimos irreversiblemente hacia la plenitud de la vida,
aunque “todavía no se ha manifestado lo que seremos” (1Jn 3,2). Aunque
todavía haya injusticias, guerras, hambres, etc., y aunque nuestra mente
no alcance a ver más allá, hasta ahora somos salvos en la esperanza (Rom
8,24) “La esperanza se funda justamente en la
diferencia entre lo que ya es y lo que todavía no es, pero es posible;
entre el presente y el futuro que puede hacerse presente. El ya
constituye el futuro realizado. El aún-no constituye el futuro en cuanto
apertura… En ella degustamos el sentido de las cosas; es una
participación anticipada de la fiesta del hombre con Dios”
Creer en la resurrección
implica vencer el miedo y la desesperación y vivir con la absoluta
certeza de que estamos en las manos de Dios que lo abarca todo (Ef
3,18). Saborear a Dios en la fragilidad humana y festejarlo en la
caducidad de la figura de este mundo que pasa
(1Cor 7,31). Jesucristo el Señor y Dios nuestro Padre, nos darán, como
dice Pablo, “el consuelo indefectible y una feliz
esperanza, el aliento y la firmeza de espíritu para poder obrar y decir
siempre el bien”.
(2da. lect. 2Tes 2,16-17), hasta que Dios se todo
en todos (1Cor 15,28).
BRAVO GALLARDO Carlos,
Jesús, hombre en conflicto,
Bilbao 1.986. 207.
Mientras escribo esta reflexión se conoce la noticia de la histórica
condena de un sacerdote católico, Cristian Von Wernich, apodado el
cura del diablo, por su complicidad con los campos de concentración
argentina durante la dictadura militar, de 1976 a 1983. Hoy martes
10 de octubre de 2007, 30 años después, fue condenado a cadena
perpetua por haber perpetrado delitos de lesa humanidad durante su
actuación en la guerra sucia junto a los verdugos… Con esto no
pretendo desprestigiar a los sacerdotes. ¡Ni más faltaba! Como dijo
uno de los abogados de la asociación “Justicia ya”: “Debajo de esa
sotana hay un policía de la Bonaerense, con todo lo que eso
significa”. Contrario a este sacerdote, todos sabemos hay miles de
sacerdotes, religiosas y religiosos, realmente entregados a causa de
Jesús.
BOF Leonardo, Hablemos de la otra vida. Sal Terrae. 151.