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Misioneros Redentoristas de la Provincia de San Juan

EN CAMINO

Tiempo Ordinario

Ciclo C

XXXII Domingo

 11 de noviembre de 2007      Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                   Fuente: www.scalando.com 

-1ra lect.: 2Mac 7,1-2.9-14     -Sal 16      -2da lect.: 2Tes 2,15 ­3, 5     -Evangelio: Lc 20,27-38

ResurrecciónMoniciones para XXXII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C. 11 de noviembre de 2007

Es imposible comprobar científicamente la existencia o inexistencia de Dios, así como la existencia o inexistencia de una vida más allá de la muerte. Creer o no creer en Dios no deja de ser un salto al vacío. Lo mismo sucede con la resurrección. “La fe en Dios no puede serle demostrada al hombre prescindiendo de los componentes existenciales, como si se tratara de eximir al hombre de la fe en vez de desafiarle a creer: no hay una demostración puramente racional de la existencia de Dios que pueda convencer a todos, como consta en la experiencia.”[1]

Ante este dilema que enfrentamos todos los seres humanos, unos optan por el ateismo y otros por la fe. Quien opta por creer en Dios y en una vida más allá de la muerte, puede ver amenazada su fe por la dura realidad que lo hace dudar o por el ateísmo que consigue argumentos racionales capaces de hacerla tambalear. También cabe la posibilidad de que el Dios en el cual esa persona crea no sea más que una ilusión, una proyección de sus frustraciones o un engaño del sistema para alienar su mente y mantenerlo dominado.

Quien opta por el ateísmo en sus múltiples manifestaciones y rechaza rotundamente la posibilidad de una vida más allá de la muerte, corre el riesgo de que, de ser cierta la posibilidad de trascender, le dé un no a su último fundamento y apoyo: Dios. Con esto se expone a una existencia radicalmente amenazada, abandonada y arruinada, con necesarias secuelas de duda, angustia y desesperación. De esta manera pone en peligro la realización plena de su propia vida y se aboca asimismo a una total frustración.

Para algunos cristianos esto no es un problema: creen y punto. Otros tienen la dificultad, no sé si innata o aprendida, de no tragar entero y de buscar razones, para vivir, amar, creer y actuar.

En medio de las continuas amenazas, de las dudas que en cada momento nos afectan y con las continuas contradicciones entre la confianza y la desconfianza, la fe y la incredulidad, el éxito o el fracaso, la felicidad o la infelicidad, muchos seres humanos hemos corrido el riesgo de creer en Dios y en su Hijo Jesucristo. En ese hombre completo que fue asesinado por los poderosos del mundo, y resucitado por el Dios de la vida. En ese hombre que nos mostró el rostro misericordioso de Dios, que venció la muerte y el pecado como manifestación de todo aquello que la propicia.

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en Jerusalén y en una situación de conflictividad, esta vez con los saduceos, ideológicamente los más conservadores en el judaísmo contemporáneo a Jesús, pero los más laxos en sus conductas éticas individuales y sociales. Los saduceos sólo aceptaban como libros revelados, el Pentateuco y algunos libros poéticos. Rechazaban la literatura profética y la apocalíptica, pues ésta encarnaba una dinamicidad transformadora del orden establecido y buscaba la instauración del Reino de Dios.

No aceptaban la posibilidad de trascender más allá de la muerte y su consigna era disfrutar esta vida al máximo. Ellos tenían la posibilidad de vivir a sus anchas ya que poseían grandes fortunas económicas y mucho poder. Por su situación privilegiada se consideraban personas especialmente amadas por Dios y dignas de una vida totalmente diferente a la del montón de miserables que deambulaban por las calles y veredas.

A este grupo pertenecían familias sacerdotales principales, aristocráticas y un puñado de favorecidos por el sistema, sostenidos ideológicamente por escribas que “fundamentaban” con argumentos filosófico-teológicos, su deseo de darse la buena vida.

Colaboraban irrestrictamente con el imperio romano, de quien recibían privilegios y concesiones, y con quien combatían todo tipo insurrección. Por eso se esforzaban en hacer propaganda a favor del imperio. Según ellos la presencia del imperio era muy provechosa para la estabilidad del país. Por eso no había nada que cambiar, ni nada que esperar y mucho que conservar. Por eso mismo todas las esperanzas de un Mesías liberador, las consideraban sueños infantiles y necedades “del pueblo de la tierra” (una forma despectiva de llamar a los pobres en aquella época). ¡Todo está bien ¡ ¡Así es la vida, punto!

Con el caso atípico de la mujer que estuvo casada sucesivamente con los 7 hermanos, no buscaban otra cosa que burlarse de quienes creían en la resurrección. “Esa mujer, suponiendo que haya resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete estuvieron casados con ella.” Jesús no aceptó su manera de interpretar las Escrituras y su calificación de novelería apocalíptica a todo lo relacionado con el Reino de Dios y la resurrección.

Es cierto que muchas religiones, incluyendo la nuestra, utilizaron el tema de la resurrección para alienar a los pueblos. Les prometían el cielo y la felicidad en la otra vida, si aceptaban y sufrían con paciencia la dura situación porque esa era la voluntad de Dios. Pero en el caso de Israel en el tiempo de Jesús, la resurrección era un aliciente para luchar por la liberación, como lo hizo Judas Macabeo en la guerra contra los seléucidas: “Todo esto lo hicieron muy inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros iban a resucitar, habría sido una cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes.” (2Mac 13,43b-45ª).

Por eso en este caso la oposición a la resurrección era sinónimo de oposición a las luchas libertarias de los grupos insurrectos, que buscaban un cambio. Según ellos, la preocupación por la resurrección era contraria al querer de Dios.

Jesús los descalificó diciéndoles: “Ustedes están equivocados; no conocen ni las Escrituras ni la fuerza de Dios” (Mc 12,24), y les recordó el texto de la manifestación de Dios a Moisés en zarza ardiendo (Ex 3,6). En ese texto Yahvé le pidió a Moisés animar y liderar la salida de Egipto (esclavitud) y el camino hacia la tierra prometida (libertad). Yahvé se presenta como el Dios de Abrahan, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. “Eso les desautoriza para juzgar la práctica de Jesús por el Reino, del que no quieren saber nada; por eso no aceptan la resurrección: porque podría poner en cuestión su situación privilegiada; sus intereses prejuician la lectura de la Escritura y les extravían”[2]. El trato frentero de Jesús con los saduceos representó un gran atrevimiento pues se trataba de personas con mucho poder económico e influencia social, política y religiosa. Por lo tanto, personas que tenían la sartén por el mango y que eran realmente peligrosas.

Tenemos que descubrir algo que muchas veces se nos pasa por alto: El fariseísmo como el saduceísmo, no son únicamente realidades históricas. Son tentaciones en las que podemos caer todos los creyentes. Aún sabiendo que históricamente fueron tan opuestos entre sí y tan opuestos a Jesús, estas tendencias están en nuestra vida y en nuestra Iglesia, mucho más de lo que imaginamos.

El saduceísmo lo encontramos vivo entre aquellos creyentes que, favorecidos por el sistema, utilizan la religión como un medio para acomodarse a un mundo estructuralmente injusto que le ofrece plenas garantías de vida, sin que les importe la gran masa de empobrecidos que sobrevive en condiciones infrahumanas. Los neosaduceos son como los camaleones que se adaptan fácilmente y su piel se colorea según el color del medio para evitar problemas personales. Cualquier gobierno es bueno siempre que les permita a ellos seguir gozando de buenas garantías. Todos sus trabajos, sus negocios y su religión deben girar exclusivamente en torno a sus intereses, totalmente de espaldas a los intereses colectivos. Esto lo vemos tanto en el sector privado como en el público. Muchas personas no tienen problema en participar de la Eucaristía y luego trabajar para un político corrupto que ganó las elecciones comprando conciencias. Muchas veces se hace campaña política desde el púlpito por algún politiquero clientelista que donó unas bancas para el templo. Los concordatos entre la Iglesia católica y algunos estados, muchas veces atan de pies y manos a los obispos y sacerdotes. Con ellos la Iglesia gana privilegios, pero pierde profetismo y corre el riesgo de vender la herencia de Jesús por un plato de lentejas[3].

¿De qué lado estamos nosotros? Creer en Dios y en el Señor Jesucristo resucitado, trae consigo el compromiso de combatir todo tipo de engaño, particularmente el de ideología que sostenía y sostiene a los saduceos y que niega rotundamente la posibilidad de otro mundo diferente a este. Creer en la resurrección es vivir con la convicción de que Dios es Dios de vivos y no de muertos y trabajar con esperanza por una nueva humanidad en la cual todos quepamos. Creer en la resurrección es apostarle a la utopía del Reino, que se empieza a hacer realidad aquí y que continúa su realización más allá de la muerte, como continuidad gloriosa de nuestra historia de salvación.

Hoy no podríamos seguir sosteniendo como verdaderas todas las imágenes de los catecismos antiguos y su enseñanza sobre la resurrección. A mucha gente ya no le cabe en su cabeza la tradicional explicación de la separación del alma y el cuerpo después de la muerte, y el posterior juicio individual, en el cual se definiría su premio o castigo: cielo, purgatorio o infierno. Si queremos ser honestos, no podemos dar respuestas a todas las preguntas sobre el más allá.

No podríamos asegurar con absoluta certeza cómo será la vida más allá de la muerte. Sólo podemos confiar en que la historia no se le ha salido de las manos a Dios y que con Él nos conducimos irreversiblemente hacia la plenitud de la vida, aunque “todavía no se ha manifestado lo que seremos” (1Jn 3,2). Aunque todavía haya injusticias, guerras, hambres, etc., y aunque nuestra mente no alcance a ver más allá, hasta ahora somos salvos en la esperanza (Rom 8,24) “La esperanza se funda justamente en la diferencia entre lo que ya es y lo que todavía no es, pero es posible; entre el presente y el futuro que puede hacerse presente. El ya constituye el futuro realizado. El aún-no constituye el futuro en cuanto apertura… En ella degustamos el sentido de las cosas; es una participación anticipada de la fiesta del hombre con Dios”[4]

Creer en la resurrección implica vencer el miedo y la desesperación y vivir con la absoluta certeza de que estamos en las manos de Dios que lo abarca todo (Ef 3,18). Saborear a Dios en la fragilidad humana y festejarlo en la caducidad de la figura de este mundo que pasa[5] (1Cor 7,31). Jesucristo el Señor y Dios nuestro Padre, nos darán, como dice Pablo, “el consuelo indefectible y una feliz esperanza, el aliento y la firmeza de espíritu para poder obrar y decir siempre el bien”. (2da. lect. 2Tes 2,16-17), hasta que Dios se todo en todos (1Cor 15,28).


[1] KÜNG Hans, ¿Existe Dios?, Trota, Madrid 2005. 587-588.

[2] BRAVO GALLARDO Carlos, Jesús, hombre en conflicto, Bilbao 1.986. 207.

[3] Mientras escribo esta reflexión se conoce la noticia de la histórica condena de un sacerdote católico, Cristian Von Wernich, apodado el cura del diablo, por su complicidad con los campos de concentración argentina durante la dictadura militar, de 1976 a 1983. Hoy martes 10 de octubre de 2007, 30 años después, fue condenado a cadena perpetua por haber perpetrado delitos de lesa humanidad durante su actuación en la guerra sucia junto a los verdugos… Con esto no pretendo desprestigiar a los sacerdotes. ¡Ni más faltaba! Como dijo uno de los abogados de la asociación “Justicia ya”: “Debajo de esa sotana hay un policía de la Bonaerense, con todo lo que eso significa”. Contrario a este sacerdote, todos sabemos hay miles de sacerdotes, religiosas y religiosos, realmente entregados a causa de Jesús.

[4] BOF Leonardo, Hablemos de la otra vida. Sal Terrae. 151.

[5] IBID 152


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