Conversión
Según la enseñanza de los rabinos en el tiempo de Jesús, aquel que no
comulgara con todas las prescripciones de la Ley y de La Tradición, es
decir, quien no estuviera dentro de la ortodoxia, quedaba excluido de la
salvación. Entre este grupo encontramos a prostitutas, publicanos
(cobradores de impuestos para Roma), ladrones, usureros, pastores,
médicos, sastres, barberos y carniceros. Aquellos que no pagaban el
diezmo, trabajaban en Sábado y hacían caso omiso a la pureza ritual. Ni
hablar de los pobres que ignoraban la Ley, pues los fariseos decían que
eran gente maldita (Jn7,49) y que por ellos venían muchas desgracias para
el pueblo.
Zaqueo estaba dentro de ese grupo de condenamos porque era jefe de
recaudadores de impuestos y muy rico. Riqueza adquirida fruto de la
explotación y de la traición a su pueblo. ¡Claro que se trataba de una
persona injusta, que llenaba sus arcas a expensas del empobrecimiento y la
miseria de los demás! Y sabemos que Jesús siempre estuvo en contra de todo
tipo de injusticia. Pero él, para rechazar la injusticia no condenó a la
persona injusta, sino que buscó su transformación de una manera muy
pedagógica. Quiso, como escribió Pablo: cambiar el mal a fuerza de bien
(Rom 8,21).
Zaqueo era un hombre excluido, juzgado y condenado por el sistema
religioso, y despreciado por todo el pueblo. Un ser humano con apariencia
de dios, un hombre acomodado y aparentemente sin problemas, pero con un
drama tremendo que le impedía vivir libremente y ser feliz. Un hombre con
profundos complejos de inferioridad, que pretendía ocultar con la
acumulación de riqueza, para sentirse importante. Un hombre pequeño que se
subía a los árboles para estar por encima de los demás, sentirse
importante y colmar el vacío de su propia insignificancia. No obstante era
un hombre que no había aplastado totalmente su conciencia humana y que,
hastiado de su vaciedad, buscaba tímidamente al maestro de Nazareth, en
quien veía una luz de esperanza para su vida.
Zaqueo no lograba ver a Jesús a causa del gentío, porque una comunidad que
sigue a Jesús es un medio eficaz para encontrarse con él, pero una
muchedumbre de gente que camina como borregos tras el espectáculo
religioso del momento, oculta su figura y su propuesta de salvación. Jesús
se acercó al árbol donde se había subido Zaqueo, lo invitó a bajarse y se
hizo el invitado. Lo aceptó como persona y se atrevió a creer en lo bueno
que podía dar este hombre rico e injusto, menospreciado por todos. No lo
rechazó como ser humano ni le reprochó su actitud injusta, sino que le
brindó su amistad y le manifestó su deseo de quedarse en su casa, es
decir, de entrar en su mundo, en su vida y hacerse su amigo.
Zaqueo comprendió que ante sus ojos había una oportunidad única que tal
vez nunca volvería a tener. Por eso sin pensarlo dos veces bajó rápido, y
recibió a Jesús en su casa con alegría. Se trató de un acto de fe y de un
voto de confianza en Jesús. Zaqueo le creyó a Jesús, y le abrió las
puertas de su corazón para que entrara y transformara su vida. Fue un acto
espontáneo en el que dejó a un lado la voluntad de poder y el delirio de
grandeza, y se dejó conducir por su sed humana de una amistad sincera,
realidad que difícilmente se encuentra en el oscuro mundo de los negocios
sucios. La alegría de Zaqueo es manifestación de que el Reino de Dios se
empezaba a gestar en él. Se trataba de la misma alegría del hombre que
encontró un tesoro en el campo y lleno de alegría lo escondió, vendió todo
lo que tenía para comprar el campo y así quedarse con el tesoro (Mt
13,44). Se trataba de la misma alegría del pastor que encontró a su oveja
extraviada, o de la alegría de aquella mujer que encontró su dracma
perdida (Lc 15,1ss).
Las críticas no se hicieron esperar, esta vez no sólo de la élite
religiosa, sino de todo el pueblo. Las personas que se atreven a
cuestionar lo incuestionable, a “irrespetar” lo más respetable y a romper
los tabúes de las sociedades, suelen ser vistas como peligrosas. Con su
actitud para con los pecadores ponía en peligro el sistema religioso:
“Nada
especial en esta historia, puesto que si Dios ama por igual a buenos y
malos, entonces el sistema se viene abajo; la enseñanza tradicional no
tiene más fundamento, los guías del pueblo ya dejan de serlo, la
organización de la sinagoga y del templo está minada por la base. Si las
prostitutas y los publicanos tienen los primeros puestos en el reino de
los cielos, ¿de qué sirve ser escriba, pastor, sacerdote?
Mientras unos criticaban a Jesús y veían un
peligro en él, Zaqueo aprovechaba el paso de Dios por su vida, se dejaba
transformar por su amor incondicional, generoso y compasivo; daba muestras
concretas de su transformación y de su sí al Reino de Dios:
“Mira, Señor:
voy a dar a los pobres la mitad de lo que tengo, y si a alguien le cobré
más de lo debido, le voy a devolver cuatro veces más.”
(Lc 19,8).
Aquí vemos claramente que
“lo redentor
en Jesús no es propiamente la cruz, la sangre, ni la muerte, tomados en sí
mismos. Sino su actitud de entrega y de perdón”
Lo que no habían logrado las autoridades y todo el pueblo religioso con su
actitud condenatoria, lo hizo Jesús al mostrar el rostro misericordioso de
Dios. Como personas religiosas, miembros de una comunidad cristiana,
podríamos preguntarnos cuál es nuestra actitud ante estas personas que,
como Zaqueo, viven en un mundo tan lleno de privilegios como tan efímero,
engañoso y deshumanizante.
Ahora pongámonos en el sitio de Zaqueo. La posibilidad del encuentro con
Jesús vivo la tenemos nosotros cada día. La invitación a bajarnos de todos
los falsos pedestales y encontrarnos con él, es para nosotros. Su
invitación generosa a comer con nosotros y a entrar en nuestra vida, trae
consigo una invitación a despojarnos de todo aquello que nos impida vivir
como hermanos. A reparar el daño que hayamos cometido y a comprometernos
con la construcción del Reino.
“Nadie está
excluido de la llamada a participar en el Reino. Pero la llamada de Jesús
al rico es la invitación a dejar de acaparar para sí. Es la invitación a
abrirse a los pobres y a compartir con ellos”.
El Reino
de Dios propuesto por Jesús no ataca alguien en particular, sino que
combate todo tipo de injusticia y favorece a toda la humanidad.
“Si
Jesús, el Mesías del reino de justicia viene a los injustos, pecadores y
publicanos, quiere indicarnos con esto que también es indigno del hombre
ser esclavo de la injusticia. Con estos hombres injustos celebra el
banquete futuro de los justos”.