La justicia de Dios
La
imparcialidad es una actitud esencial para el desarrollo de nuestra
justicia civil con bases grecolatinas. Según el derecho romano, justicia
es emitir un juicio imparcial y según la filosofía griega es dar a cada
cual lo que le corresponde. Para la literatura bíblica la justicia de Dios
va más allá de los anteriores cánones: “El Señor es un Dios justo y no
hace discriminaciones. No favorece a nadie con perjuicio del débil sino
que escucha las súplicas de quien es agraviado. No desatiende el gemido de
un huérfano, ni el continuo lamento de una viuda” (Ecl 35,12-14). La
frase que repetimos en el salmo va este mismo camino: “Si el afligido
invoca al Señor, él lo escucha.” (Sal 34 [33]).
Dios es justo no tanto porque le dé a cada uno lo que le corresponde ni
porque emita un juicio imparcial sino, sobre todo, porque defiende al
pobre, al huérfano, a la viuda y en general al débil que no tiene quién lo
defienda. Pablo en la segunda lectura (2Tim
4,6-8.16-18), testimonia cómo, cuando era acusado en el tribunal (puesto
para ejercer en el nombre del monarca romano de turno) y todos lo
abandonaron, Dios se puso de su parte, le dio fuerzas y lo ayudó.
Siempre que estemos en circunstancias difíciles de
debilidad, maltrato, marginación o abandono, cuando suframos persecución
por alguna circunstancia, especialmente por causa del evangelio, sepamos
que no estamos solos. Contamos con la fuerza de Dios Padre y de su enviado
Jesucristo que por medio de su Espíritu Santo, se pone de nuestra parte,
nos fortalece y nos ayuda a superar esta situación, hasta que seamos
llevados sanos y salvos a su Reino del cielo (2da lect.)
Nosotros creemos que somos imagen de Dios y seguimos el camino de Jesús,
la Palabra de Dios hecha carne. Por eso no podemos mantenernos totalmente
al margen de realidades que afectan negativamente la humanidad, en
especial a la humanidad caída. Podemos ser imparciales, más no utilizar
una supuesta imparcialidad para esconder actitudes de indiferencia ante el
atropello que día a día hacen a tantos débiles, sobre todo en estos
tiempos cuando el darwinismo social (ley del más fuerte) impera en nuestro
pueblo con licencia para delinquir, aún con máscaras de redentores
sacrificados.
El fariseo y el publicano
La participación en los actos cultuales de la fe y la observancia regular
los respectivos mandamientos y preceptos de cada religión, hace que muchas
personas se llenen de orgullo y de prepotencia. Ese es un peligro que
nosotros, seguidores de Jesús, debemos tener muy presente porque es tan
antiguo como nuevo, y tan sutil como peligroso.
Por la enseñanza del Evangelio, alimentado con el imaginario cultural de
nuestros pueblos cristianos, cuando hablamos de fariseos nos pensamos en
personas de muy baja calaña, que estaban siempre al acecho de Jesús. Para
nosotros la palabra fariseo es sinónimo de hipocresía. Pero históricamente
los fariseos eran consideradas personas justas, correctas y cumplidoras de
sus deberes, que formaban un grupo élite muy respetable dentro la
comunidad judía. En otras palabras, los fariseos eran hombres de leyes,
fieles cumplidores y observantes por excelencia. Su comunidad era llamada
la comunidad de los puros. Fariseo significa puro.
Los publicanos por su parte tenían todos los ojos encima, los
señalamientos y el desprecio de la gente por su colaboracionismo con el
imperio romano, pues eran cobradores de impuestos. Como hemos dicho en
otras oportunidades, Roma no cobraba directamente los impuestos; los
cobraban personas de la aristocracia judía, que recibían ese contrato en
concesión dado al mejor postor. A su vez, estos tenían sus empleados,
quienes ante la imperiosa necesidad de trabajo, y muchos en contra de sus
convicciones, aceptaban cobrar impuestos por un salario de subsistencia.
Este caso es parecido al de una persona que haces unos días me comentaba
muy acongojada: “Me siento muy mal, acabo de llevar un soborno a un
funcionario público. Fui enviado por la empresa para la cual trajo.
Corresponde al 10% del contrato que nos dio hace un tiempo. Nosotros no
perdemos nada, eso sale del mismo contrato y en últimas del pueblo que
paga impuestos. Sé que eso no está bien… he tenido un formación católica
y… me siento como un traidor… pero ¿qué puedo hacer? Si no lo hago me
echan del trabajo, tengo tres hijos, mi esposa está sin trabajo y no
quiero que ellos pasen necesidades. Y lo que es peor… hemos “ayudado” a
financiar las campañas políticas. Las cartas están echadas y cualquiera
que gane nos conviene. Nos aseguramos de financiar a los más opcionados.
Los demás no tienen posibilidad alguna”. ¿El publicano del que hablaba
el evangelio era un contratista o un empleado raso? No sabemos. Pero
estaba igualmente acongojado y arrepentido.
El fariseo tenía no sólo buenas acciones sino que se pasaba de calidad,
pues hacía más de lo que mandaba la Torá (Ley). Pagaba el diezmo de todas
sus pertenencias y ayunaba dos veces por semana. Sin embargo su actitud de
desprecio a los demás y su arrogancia, demostraban que su vida religiosa
no estaba haciendo de él una mejor persona. La oración del fariseo deja
ver en él a una persona centrada en sí misma que, aunque no sabe lo que
es, sí sabe o cree saber lo que no es. “Oh Dios, te doy gracias de que
no soy como los demás, ladrones, desleales, adúlteros”. Y sobre todo:
“no soy como ese recaudador”. La parábola no critica el fariseo
porque la observancia de sus actos, sino por lo que deja de hacer:
relacionarse con los demás. Las tres clases de pecadores que menciona el
fariseo, se puede traducir en tres tipos de discriminaciones.
El publicano, por el contrario, cometía actos malos, pero reconoció sus
fallas y se arrepintió. Éste es el primer paso para el cambio.
He aquí otra paradoja del evangelio: hay personas que, como el fariseo,
creen estar justificados y en paz con Dios, pero en el fondo están fuera
del amor de Dios y hay quienes, como el publicano, se sienten excluídos,
pero en el fondo están dentro porque reconocen sus errores humanos y
buscan la oportunidad para ser mejores.
La reflexión no la podemos terminar aquí porque el fariseismo no es
historia sino que sigue vivo en medio de nuestra sociedad y de nuestras
iglesias. Como vemos, “los fariseos fueron y siguen siendo los
representantes más puros de un tipo de un tipo irreductible de experiencia
moral, en el que cualquier hombre puede reconocer una de las posibilidades
fundamentales de su propia humanidad”
El problema se agrava cuando la persona aumenta su convicción de que está
dentro del amor de Dios porque actúa como Él manda. Esto hace la persona
viva muy segura de sí misma, se vea como intachable y desprecie a quienes
no son como él, es decir a quienes no viven como Dios manda. Y, ¿cómo no
despreciar a quienes no viven según la voluntad divina? En el fondo la
mayor característica del fariseo de ayer y de hoy, no es tanto la práctica
estricta de la ley, sino el desprecio hacia los demás. Podemos decir con
las palabras de José María Castillo, que el fariseo en un despreciador
profesional. “Es la persona que se pasa la vida enjuiciando a los que no
piensan ni viven como él, condenando a los demás, despreciando a todo el
que se le pone por delante”.
¡Y ojo que no hablamos exclusivamente de las personas conservadoras!
Porque los despreciadores profesionales abundan en todo lado. Los hay de
derecha y de izquierda, ateos o creyentes, agnósticos, gnósticos,
nadaistas, civiles, militares… en fin, están en todas partes. Claro que
abundan entre las nuevas generaciones de observantes, aquellos que no
quieren meterse en líos con los poderosos y aceptan acríticamente el
sistema. Aquellos que celebran con Fukuyama, el fin de la historia, miran
con desprecio a todo aquel que sigue creyendo en las utopías y a quienes
no son como ellos. También existen entre quienes critican mordazmente a
los anteriores y quisieran descabezarlos a todos porque, según ellos, son
el problema número uno para una transformación radical de las
instituciones políticas, religiosas, intelectuales y en general en la vida
humana.
Y no miremos tanto a nuestro lado porque de una u otra manera todos
podemos tener un fariseo dentro. Es más fácil mirar a nuestro alrededor y
descubrir actitudes farisáicas en los demás, que mirar a nuestro
interior, revisar nuestros pensamientos y acciones, y reconocer que en
ellas también hay manifestaciones farisáicas muy difíciles de eliminar.
No podemos quedarnos ahí. Como una alternativa, el evangelio propone la
actitud del publicano. No las obras del publicano, sino su oración
humilde. Reconocer que somos humanos, que no tenemos total claridad sobre
nuestros actos y que en cualquier momento podemos caer. Y en el fariseísmo
podemos caer mucho más rápido cuando más seguros nos sintamos. Decía San
Agustín: “Muchos dejaron de ser fuertes porque confiaron demasiado en
su fortaleza. Nadie logra ser más fuerte que quien desconfía de su fuerza
y pone toda su confianza en la ayuda que viene de Dios. Si alguien dice
que no tienen temor a caer en fallas porque ha hecho buenos propósitos y
confía en sus propias fuerzas, se engaña, porque entonces dejará de
invocar a Dios y su ruina espiritual es inevitable”.
“Un corazón humilde y arrepentido tú no lo desprecias, Señor”
(Sal 50,17). Escribía Pablo a la comunidad de Corinto: “Que nadie se
engañe: si alguno de ustedes se cree sabio según la sabiduría del mundo,
vuélvase como un ignorante, par así llegar a ser verdaderamente sabio”.
Por eso Jesús termina su parábola con la siguiente afirmación:
“Pues bien, les digo que al volver a su casa, el que estaba en paz y salvo
con Dios era el recaudador y no el fariseo. Porque todo el que se enaltece
será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
Nota:
San Alfonso de Liguori tiene un pequeño libro llamado
“El gran medio de la oración”. En capítulo 10: “Importantísima
condición: orar con humildad”, encontramos una reflexión muy apropiada
para profundizar este tema.