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Misioneros Redentoristas de la Provincia de San Juan

EN CAMINO

Tiempo Ordinario

Ciclo C

XXVI Domingo

 30 de septiembre de 2007      Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                   Fuente: www.scalando.com 

1ra lect.: Am 6, 1-7        Sal 145        2da lect.: 1Tim 6, 11-16      Evangelio: Lc 16, 19-31

Epulón y Lázaro

www.scalando.com/XXIVI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo CEn el tiempo de Amós (1ra lect.), en el de Jesús como en el nuestro, frente a un montón de empobrecidos y marginados, obligados a vivir en una miseria vergonzosa, viven otros en una opulencia escandalosa.

Digamos de antemano que aquí no se critica el goce de la vida ni los placeres del cuerpo. La misma literatura bíblica invita a disfrutar: “… lo que uno puede esperar es comer y beber, y gozar del fruto de su trabajo, durante los contados días de su vida… todo esto es don de Dios” (Ecl 5,17.19). Jesús no fue un asceta que promoviera una vida antihedonista y represiva de los sentidos. Fue un hombre que banqueteó con todo tipo de personas, hasta con aquellas consideradas de mala vida: prostitutas, publicanos, pecadores, etc. Tanto que sus enemigos dijeron que él era un comelón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34). Aunque a nuestro amigo Jesús le gustaba banquetear, Él nunca se cerró al clamor de los pobres. Por el contrario, convirtió sus comidas en un espacio para compartir y hacer que las personas se sintieran respetadas, aceptadas y amadas en lo profundo de su ser.

En otros textos  bíblicos se critican la explotación y el engaño de quienes se aprovechan de los débiles para enriquecerse. Los textos de hoy ponen su énfasis en la falta de solidaridad y en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Esta actitud ante la vida, en el fondo condena no sólo a los pobres y marginados sino también a los ricos e indiferentes, porque no es posible ser verdaderamente humanos, cuando delante de nosotros se muere otro humano sin que ni siquiera nos inquietemos. La realización plena de nuestra propia humanidad está ligada a la defensa y promoción de toda la humanidad. La felicidad nuestra está ligada a la promoción de la felicidad de los demás seres humanos.

Por eso el profeta Amós criticó a quienes gustaban de una vida fácil, despilfarraban su riqueza en cosas innecesarias para aparentar grandeza y se daban la gran vida a espaldas de quienes sufrían la ruina. Divanes con adornos de marfil, la ternera escogida del establo, los mejores vinos y perfumes, el descanso permanente, en fin… Cualquier parecido con la realidad de hoy no es sólo coincidencia.

Asimismo, el epulón que nos presenta el Evangelio refleja nuestra sociedad que le da culto al consumo. Los templos de hoy son los centros comerciales, alrededor de los cuales se construyen los grandes complejos urbanísticos, como otrora se hicieron nuestros pueblos alrededor de las ermitas o de las catedrales. El paradigma del hombre feliz es el “homo consumus”. Aquel que tiene los medios para consumir, consumir y consumir. La radio, la televisión y los medios impresos siempre presentan felices a quienes consumen: ropa, vehículos, comidas, viajes o aparatos cada día más novedosos. Los “grandes diálogos” de muchos de nuestros jóvenes, son sobre la nueva marca de celular y sus ventajas y desventajas con respecto al anterior. Los zapatos, el carro, el centro comercial… muchas veces viven totalmente vacíos de humanidad, de amor y de sentido de la vida.

Estamos ante una nueva religión: la religión del mercado, que promueve el consumo y “salva” únicamente a quienes tienen capacidad para hacerlo hasta hartarse. Esta religión aparentemente dice buscar la salvación del mundo entero a partir de la creencia del crecimiento económico afanosamente buscado, sin restricciones y sin interferencia de los gobernantes públicos. Esta religión tiene a sus pontífices que gozan de infalibilidad cuando hablan desde sus catedrales. Esta religión cuenta con misioneros que andan por el mundo dando conferencias en las universidades de los diferentes países. Cuenta con grandes templos que, además de los centros comerciales, son los bancos, las bolsas de valores y las empresas financieras. Sus teólogos son los economistas que siguen fielmente los dogmas de los ayatolas, pontífices o sumos sacerdotes. Tiene también un gran mandamiento: “El Libre Mercado es el Señor tu Dios, no tendrás otros dioses extraños fuera de él”. Tiene sus centros de formación donde se adoctrinan los teólogos y misioneros: Las grandes universidades de las capitales financieras del mundo que dominan el mercado. Y por último, tiene también sus consignas excluyentes: “Fuera del mercado no hay salvación” [1]. “Quien no tiene para consumir, no sirve para vivir”.

Que según el datos del Banco Mundial más de 1000 millones de personas vivan por debajo del umbral absoluto de la pobreza (o sea que viven con menos de 1 dólar diario) y que 840 millones de seres humanos que padezcan hambre, desnutrición y todas sus consecuencias, no parece importarle mucho al homo consumus, seguidor de esta nueva religión. Preguntémonos seriamente: ¿Hemos participado en los cultos de esta nueva religión?

En los libros de historia, los protagonistas son aquellos que lograron el poder y la riqueza, aún aplastando a los demás seres humanos y a su propia humanidad. Como la Biblia es una historia escrita desde el reverso, o sea desde los pobres que quieren vivir con dignidad, el evangelio de hoy nos presenta a otros protagonistas. En el evangelio de hoy el rico no tiene nombre propio. Epulón significa sencillamente banqueteador o comelón. El pobre sí tiene nombre propio: Lázaro, que significa, Dios ayuda. (Aunque pareciera que a ese hombre no lo ayudó ni Dios).

Aquí nos puede venir otro problema, pués esta parábola se ha utilizado como un arma en contra de los mismos pobres que quiso defender. Muchas veces  se han engañado a los pobres diciéndoles que deben sufrir con paciencia y cargar la cruz porque de esa manera tendrán el cielo asegurado. Hoy sabemos que este tipo de enseñanzas son totalmente contrarias al evangelio. Lo que busca el evangelio es despertar las conciencias e invitarnos a abrirnos a Dios y a los demás, porque cuando nos cerramos al sufrimiento humano, nos cerramos a Dios, generamos miseria y frustramos nuestra propia vida.

El evangelio no invita a empobrecerse, no condena los bienes como tal ni el disfrute de la vida. El epulón no se condena por rico ni por disfrutar la vida. Se condena a sí mismo porque no logró superar su propia mediocridad humana, porque limitó su vida a ser un epulón, es decir un consumidor egoísta y narcisista. Porque se cerró a los demás seres humanos y por lo tanto también a Dios y a su amor misericordioso.

Hoy, en el mundo, hay muchas personas que sobreviven condenadas porque hicieron girar toda su vida alrededor de sus sentimientos más rastreros y egoístas. Porque no se preocuparon por otra cosa más que por tener para consumir y consumir, y fueron indiferentes ante el dolor humano, aplastando así su propia humanidad. Hoy hay personas que abundan en dinero y poder, tanto como en tratamientos psiquiátricos para llenar un vacío de sentido que nunca llenarán si no se abren al amor misericordioso.

El epulón se condena y condena a los empobrecidos a sobrevivir en la miseria. Hoy sabemos que la incompetencia y la corrupción de nuestros gobernantes epulones, matan a más personas que las mismas catástrofes o enfermedades. Y, conociendo eso, muchas veces los seguimos eligiendo o nos acomodamos al sistema. Hoy sabemos que con un pequeño porcentaje del PIB de las naciones más desarrolladas, bastaría para cubrir las necesidades básicas de los millones de seres humanos que se mueren como el pobre Lázaro. Pero éstos seres humanos están condenados a sobrevivir hasta que la muerte se apiade de ellos. Por eso Latinoamérica está muy lejos del desarrollo y África con toda su riqueza es hoy un continente condenado a morir de hambre y de pandemias que podrían resolverse en poco tiempo.

Como seguidores de Jesús, ¿cuál es nuestro aporte para mejorar la situación de tantas personas que viven en el umbral de la miseria? ¿Se puede ser cristiano y ser indiferente ante el dolor humano? ¿Consumo alimentos algunas veces sin necesidad? ¿Tengo objetos que realmente no necesito y sólo manifiestan mi falta de caridad, mi indiferencia, mi poca humanidad y mi vacío de Dios? ¿A qué me invita Jesucristo? ¿Escucho su grito a través de los lázaros que sobreviven en nuestras calles?

[1] CASTILLO José María, El disfraz de carnaval. Desclée de Brouwer. Bilbao 2006. Pag. 49-55

Moniciones y Oración Universal

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