Un sólo Señor
Por
naturaleza todos queremos sentirnos seguros. Por eso el negocio de
aseguradoras es tan lucrativo. Hoy hay seguros para todo: seguro para los
ojos, para las manos, para las piernas, para la vida en general. Seguro
contra accidentes, contra incendio, contra terremoto, contra robo, en fin…
Seguros para el carro, para la casa, para los cultivos, para la fábrica,
para lo que usted quiera, hasta para las mascotas.
Hoy queremos tenerlo todo asegurado. El ancestral miedo a la indigencia nos
hace buscar seguridades. Y en parte eso es necesario porque necesitamos ser,
como dijo Jesús, “prudentotes como serpientes…” (Mt 10,16). La
irresponsabilidad con la que mucha gente ha manejado su vida, la ha
condenado a engrosar los cinturones de miseria. Muchos han tenido que pasar
su vejez recostados en la casa de algún familiar, en un ancianato de
caridad, o en la calle a merced de lo que le den los transeúntes. Es triste
ver cómo mucha gente malogra su vida. “Cada cual labra su propio destino”,
decía Cervantes.
Una persona relativamente cuerda busca procurarse una vida saludable,
holgada y placentera. Y tal como está organizada nuestra sociedad, lo que
garantiza esas seguridades que tanto anhelamos es el dinero, hay que
reconocerlo. El problema no es que queramos asegurar nuestra vida y vivir
bueno, y que para lograr esto queramos tener una economía sólida. El
problema surge cuando convertimos el dinero en un Señor y en vez de tenerlo,
él nos tiene a nosotros. Entonces nos convertimos en sus esclavos y en
adelante tendremos que vivir siempre a su servicio. Cuando permitimos que el
dinero se convierta en Señor de nuestra vida, tenemos que sacrificarlo todo,
hasta la vida misma, para dar culto a este poderoso Señor. Cuando permitimos
que el dinero se convierta en el Señor de nuestra vida, todo lo medimos por
ese rasero: las personas, los animales, las cosas, las instituciones, todo,
lo valoramos en la medida que nos produzcan dinero. Entonces nos convertimos
en explotadores y desechamos todo aquello que no produzca dinero.
Esa fue la denuncia del profeta Amós (Am 8,4-7 – 1ra lect.). Amós denunció
cómo los terratenientes y comerciantes sacrificaban a los pobres para
engrosar cada vez más sus arcas. La riqueza de los terratenientes y
comerciantes representaba la miseria para los pobres.
El sistema que domina nuestro mundo, genera cada vez más riqueza para los
poderosos y miseria para los débiles. Ahora con gran explosión del gigante
asiático, ¿nos hemos preguntado qué hay detrás de los productos chinos? ¿Por
qué son tan baratos? ¿Sabemos cómo tratan los obreros de las fábricas
chinas, con jornadas de 16 o más horas de trabajo al día? ¿Sabemos que
muchas fábricas parecen campos de concentración, donde los obreros viven
prácticamente como esclavos de un inversionista extranjero o nacional?
Mueren 120 mineros sepultados en una mina de carbón y son rápidamente
reemplazados por otros obreros: hay miles haciendo fila. Un país pobre, con
1300 millones de habitantes, ofrece muchas garantías para los inversionistas
adoradores del poderoso caballero: Don dinero.
¿Nos hemos preguntado qué hay detrás de cada producto que compramos en los
supermercados? ¿Sabíamos que a muchos campesinos que cultivan las naranjas,
las papayas, las guayabas y otros productos que nos gustan, les prohíben
tomarlos de los árboles y comerlos? ¿Sabíamos que muchos pequeños
propietarios de tierras se ven obligados a vender sus cosechas a precios
insultantes, para que luego los compremos cinco o más veces más caros en las
alacenas de los supermercados?
¿Nos hemos preguntado qué hay detrás del buen tiempo por el que pasan los
bancos y corporaciones financieras en muchos de nuestros países? Hay
personas que sacaron créditos por 50.000 dólares, han pagado 40.000 y deben
60.000. El precio de la sonrisa de los banqueros, es la miseria de muchos
pobres que hoy han quedado sin casa porque estos miserables traficantes,
vendedores de ilusiones, se la quitaron. Todo en medio de la más completa
impunidad porque la explotación está legítimamente organizada.
“El Señor, que es la gloria de Israel, lo jura: Jamás olvidaré todo lo que
han hecho”.
(Am 8,7 – 1ra lect.). ¿Nosotros hemos sido indiferentes o hemos olvidado de
esa realidad?
Por haberse comportado irresponsablemente, el administrador del que nos
habla el evangelio de hoy, había sido depuesto por su jefe. Pero antes de
salir de su trabajo este hombre astuto, hizo una buena jugada. Realizó una
gran inversión, no en términos bursátiles sino en términos humanos y
evangélicos. Según los historiadores de la Palestina del siglo I, los
administradores no devengaban sueldo sino que recibían comisiones por lo que
cobraban. Por tal motivo muchos ponían intereses desorbitados a los
acreedores para procurarse una buena ganancia. Con su manera de proceder,
este administrador astuto no lesionaba los intereses de su jefe, sino que
renunciaba a la comisión y así ganaba amigos para el futuro que no pintaba
muy claro.
Para garantizar el futuro no sólo hay que pensar en términos económicos,
sino en términos humanos y evangélicos. Normalmente medimos el éxito en
términos financieros. Pero los bienes no garantizan la felicidad.
“Eviten con
gran cuidado todo tipo de codicia, porque la vida no está garantizada por
los bienes, por abundantes que éstos sean”
(Lc 12,15). He conocido personas, hombres y mujeres, muy exitosas
financieramente, pero fracasadas como padres, como amigos, como amantes,
como seres humanos. Personas incapaces de sonreír, de “perder” el tiempo con
sus hijos, de compartir un momento de su vida con los demás. Incapaces de
perder un poco para ganar mucho.
Este evangelio invita a comportarnos no como Señores del mundo y esclavos
del dinero, sino como buenos administradores. Este evangelio invita a tener
como único Señor a Dios Padre de nuestro hermano Jesucristo, el único
absoluto que no es absolutista. El único Señor que no esclaviza sino que
libera, y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad
(1Tim 2,4 – 2da lect.).
Este evangelio invita a tomar conciencia de que todo lo que tenemos es
prestado y algún día debemos devolverlo; hasta el último soplo de vida. Con
el pasar de los años, la salud, las posesiones, el poder, la fama, el
dinero, la vida misma se irán esfumando. Poco a poco tendremos que dejar
todo lo que tengamos acumulado y nos quedaremos con lo que hayamos entregado
generosamente.
La persona que como Jesús, tiene al Reino de Dios como el centro de su
existencia, asume la vida con alegría y esperanza, y obra en todo con
absoluta transparencia. El verdadero discípulo de Jesús administra bien todo
lo que tiene: talentos, posesiones, dinero, amor, alegría, conocimiento,
sabiduría, ¡todo! Comprende que no es posible servir a Dios y al dinero. Por
eso opta decididamente por Dios y no acepta ningún otro Señor. Trabaja para
procurarse una vida tranquila, pero comprende que su felicidad no depende de
los bienes, sino del amor de Dios manifestado en las relaciones justas y
fraternas con el prójimo.
La persona
que como Jesús, tiene al Reino de Dios como centro de su vida, ora con fe y
trabaja con esperanza para hacer posible que los seres humanos nos liberemos
de todo tipo de esclavitud y alcemos las manos puras, libres de iras y de
disensiones (1Tim 2,8 – 1ra lect.).