Ser misericordioso
En
nuestro proyecto de vida corremos el riesgo de confundirnos y dejarnos
deslumbrar por aquello que más brilla, aunque no sea más que una ilusión. La
experiencia del Éxodo (1ra lect.) siempre será un referente para quienes
luchan por la libertad.
El texto que hoy leemos nos
presenta al pueblo de Israel en camino hacia la tierra prometida. Los
israelitas seguían su camino en medio de tantas dificultades, con el
liderazgo de Moisés y Aarón. Muchas veces habían protestado porque tenían
sed, hambre, desaliento, desencanto… en fin, porque querían llegar pronto a
la tan anhelada tierra prometida, pero la espera se hacía eterna.
En ese momento, Moisés había
subido al monte Sinaí donde el Señor le daría las tablas de la Ley. Pero
Moisés tardaba mucho en llegar y los israelitas querían ver la presencia de
Dios. Así que le pidieron a Aarón que hiciera dioses para que los guiaran, y
él, con el oro de la misma gente, fundió un becerro. Una vez fundido
presentó al Baal (Toro) a los israelitas, quienes lo reconocieron como autor
de su liberación: “Israel, éste es tu Dios que te
sacó del país de Egipto”
(Ex 32,4b). En realidad el Baal era una deidad pagana, que encarnaba
precisamente todo lo contrario a sus sueños de independencia y libertad. El
Baal era el Dios de los ganaderos y representaba un proyecto monárquico,
totalitarista y piramidal, medido por la fuerza y el poder que se imponía
sobre los débiles.
El Dios de Abraham, Isaac y
Jacob, encarnaba un proyecto igualitario y circular, cuya organización
tribal buscaba garantizar los derechos para todos, la participación en el
trabajo y la distribución de lo necesario para vivir dignamente. ¡Mucho
cuidado porque los modernos sacerdotes de Baal andan sueltos y conquistan
cada vez más adeptos! Tengamos cuidado y no nos dejemos deslumbrar por los
baales contemporáneos…
Moisés es presentado en este
texto como un modelo de líder pues fue fiel a su gente. En vista de la
infidelidad de los israelitas, la furia de Dios quiso exterminarlos y hacer
con Moisés un nuevo pueblo. Moisés intercedió para que no los destruyera y
le recordó al Señor la promesa que le había hecho a Abraham e Isaac: hacer
de ellos una gran nación. ¡Esos son los líderes que necesitamos!
Este texto termina afirmando:
“Entonces el Señor se conmovió y no le aplicó a su pueblo el castigo
anunciado”. Con esto se
quiere superar la idea de Dios como un ser castigador y vengador, y mostrar
a un Dios que se conmueve y perdona, cuya característica fundamental es la
misericordia.
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En la mentalidad judía,
invitar a comer o aceptar la invitación de una persona es abrirle las
puertas para que entre en la vida. Compartir la mesa es un signo de
confianza y aceptación de los pensamientos, sentimientos y amistad de la
otra persona. Compañero es el que comparte el pan (com panis). Comer y beber
juntos evoca y convoca a vivir, a caminar y a luchar juntos. Por eso a Jesús
lo criticaron por su gesto de aceptar y comer con publicanos y pecadores:
“Este hombre acepta a los pecadores y hasta come con
ellos.” (Lc 15,2b).
En medio de esta crítica hay
una paradoja: Mientras los publicanos (recaudadores de impuestos) y
pecadores se acercaban a Jesús, los fariseos y escribas lo criticaban.
Pecadora se le llamaba a la gente que, según las normas, llevaba una vida
inmoral. Entre ellos encontramos a los adúlteros, los tramposos (Lc 18,11) y
a aquellos que ejercían una profesión deshonrosa, que conducía notoriamente
a la fraudulencia o a la inmoralidad. Dicha profesión deshonrosa los privaba
de los derechos civiles, como el ingreso en la administración y el
testimonio en los tribunales. Dentro de este último estaban los publicanos,
es decir, lo recaudadores de impuestos. Los pastores sospechosos de
apacentar sus rebaños en campos ajenos y de robar los productos de las casas
aledañas, los borriqueros, vendedores ambulantes, curtidores, entre otros,
también eran considerados profesionales deshonestos.
Los pecadores eran
marginados por la estructura religiosa de la época. En cambio, los fariseos
y escribas hacían parte de los puritanos que se encargaban de decir quien
era o no digno de Dios. Fariseos, escribas y demás autoridades religiosas,
habían convertido la fe en una especie de club elitista y excluyente que
favorecía a unos pocos. Jesús vivía su fe como una relación profunda y
liberadora con el Dios a quien de manera autónoma llamaba Padre. Las
autoridades religiosas judías, cuidaban celosamente su pedacito de poder y
excluían a todo aquel que se saliera de sus normas. Jesús, con una libertad
que ofendía las buenas costumbres de la sociedad judía, no tenía problema en
hacerse amigo de publicanos y pecadores, con el fin de mostrarles el rostro
misericordioso del Padre, opacado por la excluyente normatividad fariseica.
Las tres parábolas que
leemos hoy, le dan la razón a la actitud de Jesús para con los pecadores.
Ellas muestran el porqué de la actitud de Jesús y el corazón mismo del Padre
Dios, según la experiencia del Maestro de Nazaret. Para las autoridades
religiosas, los pecadores eran sencillamente seres despreciables que no
merecían acercarse a lo sagrado. Para el Padre Dios eran sus hijos y su
complacencia consistía en que ninguno de ellos se perdiera. Como el pastor
se alegra por haber recogido a la oveja y la mujer por haber encontrado su
dracma, así se alegra Dios cuando uno de estos pequeños vuelve a Él. Como el
Padre corre para encontrar, abrazar y besar (es decir perdonar) a su hijo
pródigo, así el Padre Dios recibe a los hijos que retornan a su casa, es
decir a su amor original, desvirtuado por conductas deshumanizantes. Como el
hijo mayor se excluía a sí mismo del amor del Padre al no entrar a la fiesta
del perdón, así nosotros, si nos creemos superiores, limpios y con la
autoridad para condenar, nos autoexcluimos de la salvación que Dios ofrece a
todos sus hijos.
Jesús conocía el amor del
Padre y la debilidad humana. Sabía que somos débiles y que tendemos a la
corrupción, y que nos dejamos deslumbrar y engañar por las apariencias. Por
eso no condenó a los pecadores sino que los acogió y les brindó su amistad.
Sabía además que la presión y el miedo a la condenación, hacían más
desgraciada la vida de estos seres humanos y que sólo el verdadero amor,
podía conquistarlos y convertirlos al amor del Padre. Por eso les brindó su
amistad: porque quería, como Dios quería, que todos se salvaran y llegaran
al conocimiento de la verdad.
El testimonio de Pablo
(1Tim 1,12-17 - 2da
lect.), es uno entre
tantos de personas que han conocido el amor del Padre por medio de
Jesucristo, y se han dejado transformar por él. En nuestras Iglesias y
comunidades, muchas personas viven día a día, un proceso de conversión y ven
los frutos del amor en sus vidas.
Infortunadamente otras personas encuentran rechazo en nuestras iglesias, por
parte de los pastores o del mismo pueblo que, como los fariseos, buscan
convertir la Iglesia en una comunidad de puros y cuidarla como una pieza de
museo. Pero los cristianos no estamos para cuidar museos, sino para
construir una iglesia comunidad de amor, carismática y fraterna, que se
manifieste no en la exclusión sino en la inclusión, no en condenación sino
en el perdón. En últimas, una Iglesia, que como Jesús, muestre el amor
misericordioso del Padre en la acogida, la reconciliación y la generación de
vida abundante para todos los que se acerquen a ella con sincero corazón.