Ya no será tu esclavo, será tu hermano
Onésimo
fue un esclavo que se le escapó a su “amo” Filemón, no sin antes tomar para
sí algunos recursos que le serían útiles en su aventura libertaria. (Lo
mismo hicieron los hijos de Israel cuando escaparon de Egipto - Ex 14). Hay
algunas pistas que nos dan a entender que Filemón y su familia vivían en
Colosas, ciudad frigia en la península de Anatolia que para entonces era
colonia romana.
Allí
había una comunidad cristiana a la cual posiblemente pertenecía Filemón,
amigo y dirigido espiritual de Pablo. Onésimo habría viajado desde Colosas
hasta Roma, donde pretendía dejar atrás su vida de esclavo y hacer una nueva
vida como hombre libre.
Por cosas de
la vida, en Roma se encontró con Pablo que para ese momento estaba anciano y
preso por defender la Causa de Jesús. Lo había visto cuando Filemón era su
“amo”, ya que Pablo era amigo y director espiritual de Filemón. No sabemos
si Pablo y Onésimo se reecontraron en la cárcel o en la calle. En aquella
época los presos que tenían ciudadanía romana, como era el caso de Pablo,
gozaban de algunos privilegios, como poder salir a la calle acompañados de
un guardia.
Los encuentros
con Pablo fueron tan fructíferos que Onésimo se convirtió al cristianismo y
se hizo bautizar. ¿A Quien debía Pablo más lealtad? ¿A su amigo Filemón, a
Onésimo, esclavo libertario recién convertido al cristianismo, a su propia
conveniencia o a Cristo?
Si Pablo
hubiera querido ser leal a su amigo Filemón, con esa lealtad ramplona que es
más bien una manipulación de la conciencia para favorecer intereses
egoístas, debía denunciar a Onésimo. Onésimo, por su parte, habría recibido
el castigo que estipulaba la ley por haber robado y huido de su “amo”: la
muerte. Habría podido favorecer a Onésimo y contactarlo con alguna comunidad
cristiana en Roma para que lo acogiera y le brindara un espacio para vivir
allí en la libertad de los hijos de Dios, de la que tanto habló él en sus
cartas. Si hubiera pensado nada más que en sí mismo, lo habría dejado
consigo, ya que Onésimo le era de gran ayuda en su ancianidad complicada con
la cárcel. ¿Qué debía hacer? Esta circunstancia un tanto embarazosa hizo que
Pablo madurara aún más las implicaciones de la opción por Cristo.
Fue entonces
cuando escribió una pequeña carta a su amigo Filemón y se la envió nada más
y nada menos que con el mismo Onésimo. Parte del contenido de esa pequeña
carta es la que leemos hoy en la segunda lectura.
No podemos
decir que Pablo fue un luchador por las causas libertarias porque sería
falso afirmarlo. En otras cartas pareciera que a Pablo no le interesara
mucho el tema de la lucha contra esclavitud, porque lo más importante según
él era ser libre para Cristo. En la Carta a los Colosenses invitó a los
siervos a que obedecieran en todo a sus amos de la tierra. (Col 3,22). En la
primera carta a los Corintios invitó a que nadie se hiciera esclavo de otro
hombre y a que si alguien podía conseguir la libertad debía hacerlo (1 Cor
20-24). Pero no fue muy insistente en ese tema como en otros, y jamás lideró
una campaña para liberar a los esclavos. En aquella época no era muy común
pensar en la posibilidad de un cambio de estructuras sociales. Era normal la
esclavitud. Dentro de las mismas comunidades cristianas había personas que
tenían esclavos a su servicio y otras que eran esclavos cristianos.
Sin decir que
la carta de Filemón sea un manifiesto anti esclavista, sí deja al
descubierto un avance bastante bueno en la conciencia de Pablo y en su
convicción para hacer más real la libertad que Cristo nos dio (v.6). Después
de los acostumbrados saludos de sus cartas (vv 1-7), Pablo se refiere a
Onésimo como al hijo engendrado en la cárcel (v.10). Este es el punto de
partida para las peticiones que vienen.
Ya que Onésimo
era un hijo y no un esclavo, debía ser tratado como hijo y no como esclavo.
Si antes le servía como un esclavo, ahora le sería más útil en sentido
humano, porque debía reconocer en él no a un ser inferior sino a un ser
humano con la misma dignidad (vv 11-12).
Por ser su
director espiritual, Pablo habría podido pedirle a Filemón que aceptara sus
designios por obediencia cristiana, pero no lo hizo. Quiso pedírselo desde
la libertad. Había que hacer un cambio radical de mentalidad y este vino
desde Pablo, primero al descubrir en Onésimo a un hijo de Dios, segundo al
pedirle el favor y no al ordenarle ni exigirle por el precepto de obediencia
(v.15). Aquí esta el favor, lo central de la carta:
“Ya no será esclavo, sino algo
mucho mejor, pues ha pasado a ser para mí un hermano muy querido, y lo será
mucho más todavía para ti. Por eso, en vista de la comunión que existe entre
tú y yo, recíbelo como si fuera yo”
(vv. 16-17).
El mensaje es muy concreto: Onésimo no debía ser tratado como esclavo sino
como hermano. ¡Debía ser realmente un hermano! No solamente un hermano
durante los ritos y en la vida real el mismo esclavo de siempre, porque
entonces los ritos y el cristianismo en general no dejarían de ser un engaño
más.
Preguntémonos:
¿Somos hermanos sólo durante las celebraciones, o de verdad en el día a día
nos tratamos como hermanos? ¿Qué cambios debemos asumir los creyentes de hoy
a la luz del testimonio de Jesús y de las primitivas comunidades cristianas?
Ser
cristiano
En el despacho
parroquial, una señora muy encopetada montó en cólera porque le pedíamos un
sencillo curso a los padres y padrinos de su nieto que ella quería hacer
bautizar. Afirmaba con cierto toque dramático:
“Ahora lo complican todo para ser
cristiano. Que para bautizarse tienes que hacer unos cursillos, para
confirmarse otros y otros cuantos… preparaciones, preparaciones y más
preparaciones. Multiplican las preparaciones… ahora todo es más complicado.
Por eso es que la gente se está alejando de la religión y se está yendo
(sic) a otras iglesias. Antes era todo era más sencillo. Bautizos,
matrimonios, confirmaciones, grandes procesiones… era muy bonito… ya nada
volverá a ser como antes, con estos curitas de medio pelo… ”
Como dialogar
con ella resultó una tarea imposible, ahora me pregunto: ¿Acaso ser
cristiano es tener en regla todos los sacramentos y realizar en cada uno de
ellos solemnes procesiones que muchas veces no pasan de ser teatro popular
barato? ¿Acaso una sociedad es cristiana porque declarare fiestas de guarda
nacional y sus ciudades estén consagradas a San Pepito, Santa Tecla o a
cuando santo resulte por ahí en el rincón de San Alejo? ¿Acaso ser cristiano
es, como canta Arjona: “persignarse, hincarse y hacer de esto alarde”? ¿Eso
es ser cristiano?
Para iniciar
la vida cristiana la Iglesia católica exige en realidad muy poco. Algún
cursillo prebautismal para los padres y padrinos de los bautizados en el
cual se les exhorta a un compromiso de vida según el evangelio. Para los
demás sacramentos por lo general se pide un pequeño curso previo. Los niños
son quienes menos se quejan del asunto con los cursos para hacer la primera
comunión y la confirmación. Quienes quieren contraer matrimonio preguntan
muchas veces cómo pueden conseguir el papel de la confirmación. A estas
personas no les interesa hacer una opción por Cristo y confirmar la fe en
él, sino ese papel que piden en el despacho parroquial.
“¡Porque sólo nos hace falta ese
papel!”
¡Algunos tienen el descaro de ofrecer dinero para agilizar los trámites del
certificado de confirmación! Y se escandalizan cuando se enteran del
cursillo prematrimonial, que se reduce a un fin de semana o a lo sumo a unos
cuantos. Y otro escándalo les representa el aporte económico para los
certificados que deben ser cuidadosamente guardados en el despacho, cuando
eso no representa muchas veces ni el 5% del total de gastos. Les cuesta dar
100 dólares para la Iglesia y no se sonrojan al gastar 10.000 o más en una
pomposa fiesta. Afortunadamente no todos son de este estilo.
Jesús era
muchos más exigente cuando se trataba de poner exigencia para el
seguimiento. El evangelio que hoy leemos nos presenta tres exigencias
extremas que deben ser entendidas en su contexto, y vistas como una meta
utópica, es decir, como un deber ser que no podemos perder de vista. 1)
Odiar a padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas e incluso a sí
mismo. 2) Llevar la cruz. 3) Renunciar a los bienes.
Odiar
(misei -
miseí) es un
término griego escrito con mentalidad semita que no debe ser tomado
literalmente. Por eso la mayoría de biblias no traducen odiar sino posponer,
es decir, preferir una cosa a la otra. Porque ese es el sentido.
Para entender
esto debemos ubicarnos en el seno de las primeras comunidades cristianas en
las cuales nacieron los evangelios, después del año 66 d.C. En aquella
época, si una persona se declaraba seguidora de Jesús, era expulsada
inmediatamente de la comunidad judía y, si quería reintegrarse, debía
renunciar a Cristo y a su proyecto. Por eso algunos lo seguían a escondidas,
como le pasó a Nicodemo (Jn 3,1ss).
Entre nosotros
no sucede lo mismo. Cualquiera puede declararse cristiano, judío, gnóstico,
agnóstico, ateo, animista, etc, y no le pasa nada. A nadie excluyen o
persiguen por declararse cristiano. Pero cuando una persona asume de verdad
el compromiso de Jesús y su causa, con seguridad vienen los conflictos,
inclusive con la misma familia. Todo porque seguir a Jesús exige preferir la
verdad, la justicia, el amor solidario y los demás valores del reino, a los
intereses de los amigos o familiares, cuando éstos son injustos y van contra
la ética y el bien común. Como bien dijo Aristóteles:
“amigo de Platón, pero más amigo
de la verdad”.
¿Qué siempre
hay que defender la sangre? ¿Qué primero está la familia y luego el resto
del mundo? ¿Qué las mamás nunca se equivocan y se deben escuchar y obedecer
como a Dios? Jesús fue contundente: primero está el Reino de Dios y su
justicia; lo demás vendrá por añadidura (Lc 12,31).
“Y mirando a los que estaban
sentados a su alrededor, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque
todo el que hace la voluntad de mi Padre es mi hermano, mi hermana y mi
madre”. ( Mc 3,34-35).
Llevar la cruz
no significa procurarme sufrimiento ni castigar mi cuerpo para salvar el
alma, como erróneamente se pensaba en la edad media. ¡Eso es totalmente
anticristiano! Llevar la cruz es asumir la vida con toda su realidad,
inclusive con la realidad del dolor. Es tomar conciencia de mis errores,
traumas, vacíos, incoherencias y de tantas realidades que no me permiten ser
feliz, y optar decididamente por una vida más auténtica. Porque no puedo
trabajar por la justicia si soy un hombre injusto. No puedo trabajar por la
paz si soy un hombre con profundos conflictos internos de identidad y de
personalidad. No puedo construir un mundo mejor si primero no arreglo mi
mundo interior, si mi vida está llena de miedos y de grandes vacíos
existenciales que pretendo llenar con un desbordado anhelo de aparecer como
protagonista de la historia.
Eso no
significa que el cristianismo se limite a la vida individual. Tomar la cruz
es asumir como propio el proyecto de Jesús a nivel personal y comunitario.
“No es pasividad ante el
dolor ni magnificación de lo negativo. Es anuncio de la realidad, del
compromiso para hacer cada vez más imposible que unos seres humanos
continúen crucificando a otros seres humanos. Esta lucha implica asumir la
cruz y cargarla con valor y también ser crucificado con valor. Vivir así es
vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una vida que la cruz no puede
crucificar. Predicar la cruz significa: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es
per-seguir su camino, pro-seguir su causa y con-seguir su victoria”.
Renunciar a
los bienes no significa regalarlo todo para andar como mendigos y engrosar
aún más las cadenas de miseria.
Es poner
nuestro corazón en el Reino y no en los bienes materiales, que dejan de ser
bienes cuando se acaparan injustamente y se ignora a la gran multitud de
miserables que a duras penas sobrevive. Como dijo Jesús: “donde está tu
tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12,34). Se trata de Renunciar a todo lo
que se tiene si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad legalmente
injusta como la que tenemos hoy, porque si nuestro tesoro es el Reino, en él
pondremos nuestro corazón y todas nuestras energías. Renunciar a los bienes
materiales es saber que todo lo que tenemos, poco o mucho es de Dios y que,
si somos de verdad sus hijos, no nos queda otra sino la de ser buenos
administradores a favor de todos los seres humanos.
Claro que
necesitamos ser “prudentes como serpientes” (Mt 10,16). Prudentes en el
ahorro y creativos en al trabajo para alcanzar una economía sólida y ver
colmadas nuestras necesidades básicas: salud, educación, techo, vestido,
etc. Prudentes y organizados en los proyectos comunitarios hacia un mejor
bienestar social. Pero también prudentes para no caer en la tentación de
poner nuestro corazón y nuestra confianza en las riquezas porque estaríamos
perdidos.
En otras
palabras, renunciar a los bienes es poner en el centro a las personas en vez
de todo lo demás: cosas, instituciones, dinero, honores, poder, etc. Si
miramos nuestra realidad mundial nos daremos cuenta de que el origen de toda
desigualdad social es la codicia. El afán de lucro desmedido que hace que
unas personas aumenten cada vez más su capital a expensas de la miseria de
tantos otros, pues como dijo Quino:
“nadie amasa una gran fortuna, sin
hacer papilla a otros”.
Evaluemos honestamente si de
verdad somos cristianos. ¿Somos parte activa de la edificación de la Iglesia
de Jesús o nos pasa como al que quiso construir un gran edificio y, por no
calcular bien su capital, sólo pudo echar los cimientos y no más? ¿Soy capaz
de enfrentarme a mí mismo y de enfrentar con mi manera de vivir a un mundo
estructuralmente injusto? ¿Hasta dónde llega nuestra fe cristiana? ¿Soy
capaz de “posponer a mi familia”, de “cargar con la cruz” y de “despojarme
de los bienes”?
La carta a los Colosenses (4,2ss) la envió Pablo con Tíquico y Onésimo,
y en ella se refiere a él como un hermano fiel muy querido.