Ser o parecer
Las
comidas de Jesús son especialmente significativas. En ellas compartió con
todo tipo de personas: de derecha o de izquierda, ricos o pobres, “puros” o
“impuros”, “santos” o “pecadores”. Durante las comidas se vieron signos muy
valiosos como el de aquella mujer cariñosa que le lavó los pies con sus
lágrimas y se los secó con sus cabellos (Lc 7,36-50), o el de la mujer que
derramó un costoso perfume de nardo sobre sus pies (Jn 12,1-11).
En las comidas
compartió con sus amigos y hasta con sus enemigos. Según el relato de Juan,
durante la comida del lavatorio de los pies, cuando Judas ya tenía en mente
venderle por 30 monedas de plata, Jesús le ofreció un último signo de amor
fraterno al darle un pedazo de pan mojado en vino (Jn 13,21-30). Pero en la
vida de Judas todo estaba oscuro; por eso no pudo descubrir la grandeza de
la amistad de Jesús y su camino. Prefirió las 30 monedas.
En las comidas, Jesús aprendía y enseñaba, amaba y se dejaba amar, servía y
se dejaba servir. Sin duda, supo compartir con grandeza las cosas pequeñas
de la vida.
Cuando era
niño escuché de mis padres una frase cuya veracidad he comprobado durante la
vida. “En la mesa y en el
juego se conoce al caballero”.
Ciertamente,
en el juego se puede ver la baja calidad humana de quien hace trampa para
ganar, de aquel que mete la zancadilla porque quiere quitarle la pelota a su
contendor, o la de aquel que simula una falta para cobrar la pena máxima. Ni
hablar del deporte profesional, como por ejemplo en el último Tour de
Francia, donde más de uno fue expulsado por doping. El deporte se ha
convertido, muchas veces, en un elemento mercantilista, economicista y
deshumanizante. En el juego también se puede descubrir la buena calidad
humana de quien sencillamente sabe jugar y divertirse, de aquel que se exige
para lograr resultados, pero tiene siempre presente que lo más importante
somos las personas y no el marcador que, en últimas, puede ser una
apariencia.
En la mesa se
puede ver la poca la calidad humana de quien coge una gran porción de comida
sin pensar que alguien puede quedarse sin comer. El vacío existencial de
aquella persona que come compulsivamente, el egoísmo de quien se niega a
compartir con los más necesitados y la prepotencia de quien desprecia las
cosas pequeñas que ofrecen los pobres. En la mesa se puede ver también la
alta calidad humana de quien comparte solidariamente el pan material que
quita el hambre y fortalece el cuerpo, y el pan espiritual de la amistad que
quita el tedio y le da sentido a la vida. Eso fue lo que hizo Jesús en sus
comidas.
Esta vez la
comida era en la casa de un jefe de los fariseos, aunque la relación de
Jesús con este grupo político religioso en ese momento no era la mejor.
Había tenido varios enfrentamientos con ellos debido a que su total
libertad, con la cual manifestaba el amor del Padre, chocaba con la
mentalidad cuadriculada de los fariseos y su estricto cumplimiento de la
ley. Las predicaciones, las cuantas curaciones en días Sábados, las
parábolas y, en general, todo el ministerio de Jesús, los había molestado
sobremanera.
Antes del
relato de Lucas que leemos hoy, los fariseos le habían sugerido a Jesús que
se marchara porque Herodes lo buscaba para matarlo. No sabemos si lo
hicieron porque de verdad el Rey Herodes quería matarlo en ese momento,
porque los fariseos querían que se fuera o por las dos anteriores.
Durante la
cena los fariseos lo observaban. Muchas veces los evangelistas nos dicen que
los fariseos y otras autoridades religiosas estaban pendientes de sus actos
o de sus palabras para tener de qué acusarlo. Jesús también observaba, no
para hacerles luego una mala jugada y acabar con ellos. Siempre fue un buen
observador. Durante esa comida observó cómo unos personajes sedientos de
distinción, escogían los primeros puestos para presumir de hombres
importantes. Querían cultivar la atención ajena y así colmar el vacío de su
propia insignificancia. Les gustaba que los valoraran más que a los demás y
que notaran su importancia, aunque en esencia carecieran de ella, porque
toda su vida giraba más en el aparecer que en el ser.
Jesús fue un
hombre sincero y frentero. Su observación no se la guardó para después
hablar mal de ellos o para desprestigiarlos a tal punto de acabarlos, como
sí lo hacían los fariseos. Su observación la dijo en ese momento gustara a
quien le gustara y molestara a quien molestara. No la hizo para acabar con
alguien, ni porque buscara el conflicto. La hizo como un acto de honestidad
con quienes compartía el pan; porque la arrogancia y la vanidad de estos
hombres destacados, no les permitía ser verdaderos seres humanos. Su
observación no fue un ataque mordaz y devastador, sino una crítica
constructiva que buscaba que todos fueran más auténticos, libres y felices.
“El que se enaltece será
humillado, el que se humilla será enaltecido”.
(v. 11). Contra la arrogancia, la humildad. Decía Santa Teresa de Ávila:
“estaba yo considerando por
qué razón Nuestro Señor es tan amigo de la humildad y me dije: es porque
Dios es suma Verdad y la humildad es andar en la verdad”.
El valor real
del ser humano está en su ser, no en su tener ni en su apariencia. Es un
gran engaño sentir que somos más o menos que otros. Podemos tener más o
menos, saber sobre algunas cosas más o menos sobre algún tema, pero
esencialmente todos somos iguales y tenemos la misma dignidad, aunque muchas
veces sea pisoteada por otros o por nosotros mismos.
Permítanme
citar una hermosa canción de Los Aterciopelados:
“Es un mandamiento ser la diva del
momento, ¿para qué trabajar por un cuerpo escultural? ¿Acaso deseas sentir
en ti todos los ojos y desencadenar silbidos al pasar?
/Mira la esencia no las
apariencias/
El cuerpo es sólo un estuche y los
ojos la ventana de nuestra alma apensionada.
Oye,
Mira la esencia no las apariencias
Que todo entra por los ojos, dicen
los superficiales, lo que hay adentro es lo que vale.
Suelta en el aire un aroma
espiritual, mensajeros a la dos, intentando aterrizar.
Si abres el estuche lo que debes
encontrar es una joya que te deslumbrará. Ay pero /Mira la esencia no las
apariencias/
90-60-90 suman 240, cifras que no
hay que, tener en cuenta.
/Mira la esencia no las
apariencias/
No te dejes medir, no te dejes
confundir
///Agúzate, hazte valer///”
En un reciente
libro el teólogo José María Castillo afirma:
“El asombroso baile de disfraces
al que asistimos cada día, a todas horas y en todas partes, es una de las
cosas que más daño hacen a todos. En un sentido concreto: eso es lo que más
destruye nuestra propia humanidad. Disfrazarse es aparecer ante los demás,
no como uno es, sino como cada cual quiere que los demás lo vean. Eso
exactamente es lo que hace trizas mi humanidad. Porque mi humanidad es lo
que soy. Mi disfraz es lo que oculta lo que soy y muestra lo que se me
antoja parecer que soy. He ahí la raíz de la deshumanización. Nos
deshumanizamos porque aparentamos ser ricos, poderosos, importantes,
notables en la vida y en la sociedad. Pero como ocurre que, normalmente no
somos ni lo ricos que queremos ser, ni tenemos el poder que nos gustaría
tener, ni gozamos de la importancia con la que soñamos, y así sucesivamente,
entonces lo que hacemos es que, en lugar de aceptar nuestra propia humanidad
y ser lo que realmente somos, cada cual se dedica a endosarse todos los días
el disfraz que oculta su ser, su humanidad, y exhibe ridículas apetencias
que nos deshumanizan.”
Las
apariencias engañan, cuidado con las apariencias.
“El hombre es, la sombra parece;
el que aspira a parecer renuncia al ser. Cuando el afán de parecer arrastra
a cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad. El
vanidoso vive comparándose con los que le rodean, envidiando toda excelencia
ajena y carcomiendo toda reputación que no puede igualar”.
Al
respecto afirmó Albert Einstein:
“estaríamos en una situación lamentable si el envoltorio fuera mejor que la
carne que envuelve”.
Normalmente
muchas veces los invitados devuelven la invitación. Jesús hizo una
exhortación final: Invitar a aquellos que no pueden devolver la invitación.
Pobres, lisiados, cojos y ciegos. A aquellos que no tienen con qué pagar
pues el mismo Dios será el que pague.
Jesús invita, finalmente, a la
generosidad sincera que no busca recompensa. A celebrar desinteresadamente
la fiesta de la vida con quienes nadie celebra y con aquellos de los cuales
nada se espera. A compartir nuestra vida con los
marginados de la sociedad, a quienes les pasa normalmente lo que le pasó a
Jesús en Belén, que le tocó nacer en un establo porque no hubo para él un
lugar en el mesón. En otras palabras, a encaminar
nuestra vida no sólo a buscar la satisfacción personal sino el bien común.
Pues como dijo Einstein: “una vida encaminada
fundamentalmente a la satisfacción de anhelos personales, tarde o temprano,
conduce a una amarga desilusión. La vida de un individuo sólo tiene sentido
en tanto contribuya a que la vida de todo lo que vive sea más noble y
hermosa”.
Judas actuó como suelen actuar muchos hombres prácticos. Seguir a Jesús
implicaba un riesgo tremendo. Las 30 monedas podían ser muy utilizadas
para una buena causa.
“El hombre honesto y sensato
dice lo que siente y el hombre práctico le escucha y luego se lo come”
(DOSTOIEVSKI Fedor, Crimen y Castigo I. Oveja Negra, Bogotá 1982, p.131)
“Una institución que no admite ni tolera disenso y crítica está, por eso
mismo, condenada a perpetuar sus miserias y contradicciones. De ahí que
los inconformistas y los críticos son enteramente necesarios para que
cualquier institución o sociedad tome conciencia de sus patologías y, a
partir de esa toma de conciencia, pueda vencer y desterrar sus
incongruencias y sus posibles miserias”
(CASTILLO José María,
El disfraz de carnaval.
Desclée de Brouwer, Bilbao 2006. p. 18).
CASTILLO José María,
El disfraz de carnaval.
Desclée de Brouwer, Bilbao 2006. p. 14.
INGENIEROS José,
El hombre mediocre.
Panamericana, Bogotá 1999. 135 – 139.
Einstein Albert,
Einstein entre comillas,
selección y edición de Alice Calaprice, Norma, Bogotá 1997. 165 -166