Vanidad
de vanidades
El estrés y la
depresión se han vuelto el pan de cada día para un gran número de personas
de nuestro tiempo. “¡Qué estrés!”, “¡estoy con la `depre´!”, escuchamos con
mucha frecuencia.
Claro que estar con la “depre” y sufrir de depresión son dos cosas muy
distintas. La depresión es un síndrome caracterizado por una tristeza
profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con
trastornos neurovegetativos. Para estos casos es necesario el tratamiento
con un psiquiatra. La “depre”, en el argot popular, es más una tristeza
pasajera, una crisis existencial o un sentimiento de frustración por algo o
por alguien…
Por el contenido general del libro Eclesiastés, pareciera que su autor
hubiera estado con la “depre” cuando lo escribió. En la literatura bíblica
normalmente encontramos palabras de aliento, de ánimo y de fuerza en medio
de la lucha. Pero este es un libro profundamente escéptico y crítico de las
luchas humanas. Cuestiona fuertemente la doctrina de la retribución, según
la cual el hombre bueno recibe bienes y el malo recibe males. La sabiduría,
tan elogiada e impulsada en otros libros sapienciales, aquí se interroga y
es puesta en entredicho. Este libro no deja títere con cabeza. Todas las
realidades humanas son vistas en este libro, con el lente del escepticismo,
como cuando tenemos la “depre”. Lo único que le hace falta es cantar el
popular canto infantil:
“nadie me
quiere, todos me odian, me voy a comer un gusano. Le quito la cabeza, le
quito las patitas y uhm, ¡qué rico gusano!... ”
El libro de Cohelet o Eclesiatés, muestra la realidad de un hombre
decepcionado y cansado de luchar. Un hombre que ha sido testigo de la
explotación y la frustración. Él sabe lo que significa trabajar y fatigarse
para que otros disfruten. Ha visto cómo muchas personas justas no encuentran
descanso y alegría plena, y otras personas injustas terminan dominando,
explotando y disfrutando aquello que no se merecen por sus actos. ¿Dónde
queda la doctrina de la retribución? ¿Será verdad aquello de que, “el que la
hace la paga”?
Esa realidad de frustración hace que el autor reflexione, generalice y
descubra lo superfluo de las cosas, aún en aquellas cosas consideradas más
sublimes, como la sabiduría. Ante todo el panorama el autor se pregunta:
“¿Qué
provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?”
(1,3). De la misma realidad saca su respuesta:
“vanidad de
vanidades, todo es vanidad”
(1,2). Con este lente recorre todas las esferas de la vida humana: trabajo,
riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría,
ignorancia, el tiempo, la muerte… ¡todo! En todo busca una respuesta a su
pregunta y siempre llega a la misma conclusión: “Todo es vanidad”. (1,17;
2,1.11.17.20.23. 6; 12,8).
¿Qué podemos aprender de este libro? Podríamos pensar que no debería estar
en la Biblia por su voz disidente, escéptica y crítica, no sólo frente a
toda la tradición sapiencial sino ante toda la vida. Podríamos pensar que no
es recomendable, sobre todo para aquellos creyentes que sólo piensan en el
éxito porque el Dios de la vida está con ellos. Podríamos pensar que es poco
religioso porque invita no más a comer y a beber, porque eso es lo único que
le queda al hombre. Como decimos popularmente: “comamos y bebamos que mañana
moriremos”.
Pero vale la pena rescatar varias cosas. Es admirable que un libro
totalmente diferente a los demás, se encuentre en la Biblia. No vamos a
encontrar en este libro frases célebres para recordarlas y hacerlas vida
todos los días. No vemos consejos sabios y prácticos. Éste es un libro que
nos lleva sobre todo a pensar y a cuestionarnos sobre lo que estamos
haciendo y el para qué de cada cosa, inclusive de la fe, de la religión, de
Dios, de los hijos, de la bondad, de unos mismo, de todo.
¿Realmente es bueno ser “tan bueno” o “tan bondadoso”? ¿Cuándo pasamos de la
bondad a la “pendejada”? ¿Es realmente buena aquella madre que se desvela
toda la noche esperando a que su hijo irresponsable llegue borracho y
drogado a las 3 o 4 de la mañana, para abrirle la puerta y darle de comer?
¿Qué logra con eso? ¿No es mejor ser sencillos como palomas y prudentes como
serpientes? (Mt 10,16) ¿Realmente somos lo que creemos ser, o nos hemos
dedicado a bailar todo el tiempo el baile de las máscaras? ¿Realmente es
mejor ser creyente que ateo? ¿Para qué me ha servido creer? ¿Qué le aporta
la fe en Jesús a mi humanización?
En medio de tanta vanidad, el autor rescata un detalle: el sabor de las
cosas sencillas y el disfrute de la vida ordinaria:
“… lo que uno
puede esperar es comer y beber, y gozar del fruto de su trabajo, durante los
contados días de su vida… todo esto es don de Dios”
(5,17.19).
Cuidado con la codicia
Este evangelio no es una defensa de la irresponsabilidad, del descuido de
las cosas, ni de la mediocridad con la que muchas personas administran los
bienes materiales y la vida misma. Jesús reprochó la actitud del hombre
holgazán que no hizo producir su talento sino que lo enterró, y además
intentó justificar su desidia con la dureza de su patrón (Mt 25,14-30). Por
supuesto que es necesario aprovechar al máximo los recursos para hacer
realidad nuestras empresas. Pero la utilización de los talentos de manera
egoísta, avara y codiciosa, es una de las cosas que más destruyen al ser
humano. Y fue de lo que Jesús quiso prevenir a sus discípulos y a toda la
humanidad, con ésta y otras parábolas.
Un hombre acudió a Jesús para que le dijera a su hermano que debía compartir
la herencia con él. Un caso que infortunadamente se sigue repitiendo entre
nosotros, porque muchas veces ponemos nuestra confianza en el dinero y
hacemos de él nuestro más preciado bien. Peleas, discordias, injusticias y
hasta muertos entre hermanos, ha ocasionado tal señorío del dinero.
Jesús no se detuvo en detalles, pero tampoco evitó intervenir en situaciones
reales. No pretendió saberlo todo y solucionar todos los problemas de los
demás con una varita mágica, pero tampoco invitó a la resignación ante las
injusticias. No desencarnó ni espiritualizó la fe. No fue un doctor en la
Ley que supiera todos sus vericuetos, ni un charlatán, demagogo, sabelotodo
como aquellos que abundan en las esquinas, en los corrillos y hasta en las
altas esferas del poder. Con seguridad ignoraba muchas cosas, pero aprovechó
la situación de estos dos hermanos para descubrir el núcleo del problema: la
codicia. Cuando ésta se apodera del corazón humano, lo hace desconocer a
Dios y lo obliga a vender todo, hasta lo más valioso: la familia, los
amigos, la naturaleza, la humanidad en general, la vida misma.
En el monólogo del granjero exitoso y necio, podemos ver claramente la
autosuficiencia y el egoísmo que generó en él la prosperidad. Jesús hizo ver
la incapacidad que tiene la riqueza para hacer realmente feliz al ser
humano.
En el Evangelio está claro que Jesús no estuvo contra la riqueza. Con el
dinero se puede ayudar a aquellos necesitados
(Mt 6,3-4), compartir con los más pobres (Mt 19,20-21) y pagar para que
sigan atendiendo a un convaleciente (10,33-36). Con abundancia de dinero se
puede pagar lo correcto a los trabajadores y además ser generosos con ellos
(Mt 20,1-16). Inclusive, algo aparentemente banal: con dinero María, la
hermana de Lázaro, pudo comprar el costoso perfume para manifestar su amor
por el Maestro (Mc 14,4-5).
¡El problema no es el dinero! El problema nace cuando se dedican todas las
energías, todo el tiempo, todos los talentos y toda la vida a la acumulación
de éste, y se descuidan la familia, la salud, el amor, la amistad, la vida
misma. El problema surge cuando se desconocen las necesidades de los que más
sufren; cuando se participa todos los días en suculentos banquetes y se
ignoran totalmente a los pobres que se mueren de hambre, como en el caso del
rico Epulón (Lc 16,19-31). Cuando se hacen grandes planes de crecimiento
económico únicamente con un fin materialista, egoísta, y hedonista, que nos
hace ciegos o indiferentes ante las necesidades de los demás, como ocurre
con el necio granjero exitoso de la parábola de hoy (Lc 12,13-21). Hay
problema cuando se roba y vende al amigo y al maestro, como lo hizo Judas
(Mc 14,10-11; Jn 12,6). Cuando el dinero se usa para la ostentación y para
ganar la fama de bondadosos (Mc 12,41-44). En últimas, el problema existe
cuando se pone toda la confianza en él y se tiene como valor supremo, por
encima de la vida. Cuando esto pasa, el dinero se convierte en un Señor que
compite con Dios. Y nadie puede servir a dos señores (Lc 16,13).
El problema no fue la buena cosecha del granjero. El problema no fue ni
siquiera haber derribado los graneros pequeños para construir otros más
grandes y almacenar la cosecha. Al principio pareciera que este hombre
actuara con sensatez y prudencia, pues pensaba en su futuro.
Pero luego la parábola da un giro extremo:
“Luego
podré decirme: `Amigo, tienes muchas provisiones en reserva para muchos
años: descansa, come, bebe y date a la buena vida`”
(v.19). Aquí desaparecen todos, hasta el mismo narrador de la parábola. El
mismo rico se convierte en narrador.
El problema fue el individualismo extremo con el que planeó su vida,
sostenido únicamente por su riqueza y totalmente de espaldas a los demás
seres humanos. Todo lo que no fuera él mismo, quedaba excluido de su futuro,
de sus planes, de su vida. No pensaba en nadie más que en sí mismo. Para él
la cosecha no era el fruto del trabajo de sus trabajadores, ni un don de
Dios que es preciso compartir con los demás, sino un producto que le
permitía llevar una vida tan placentera como vacía de sentido humano. Él
sólo pensaba en satisfacer sus instintos primarios:
“descansa,
come, bebe y date a la buena vida”.
Ahí intervino Dios:
“Pero
Dios le dijo: `Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida. Lo que
tienes preparado, ¿para quién va a ser?´”
(v.20).
Él mismo se felicita y se llama amigo. ¿Amigo de quién? ¡De nadie! Por eso
Dios lo llama insensato. La cosecha en esa cultura, más cuando era
abundante, era considerada un don de Dios. Él la veía sólo para sí mismo:
“tienes muchas provisiones para muchos años”.
Dios le advirtió:
“Esta
misma noche te van a reclamar la vida”.
Y termina diciendo:
“Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico para Dios”.
La propuesta de Jesús no es una vida
miserable en la que todos sufran, ni una vida espiritualista, ascética y
antihedonista. Él mismo participó muchas veces de banquetes y fiestas,
inclusive, hasta fue criticado por su supuesta vida licenciosa
(Mt 11,18-19). Su gran utopía es que la abundancia de los
bienes sea tomada como una gran bendición para beneficio de todos. Por
supuesto que el trabajador merece su salario y el buen administrador de los
dones de Dios debe ser premiado. Su gran utopía invita a que del
individualismo rastrero y egoísta se pase a una vida comunitaria y abierta a
los demás. A que el dinero deje de ser el centro hacía el cual gira toda la
vida y en él se ponga al ser humano y a todos los seres humanos. Su gran
utopía invita a que del hedonismo narcisista y egoísta, se pase la vivencia
de un amor solidario y servicial, a un disfrute de la vida y de los placeres
de la naturaleza, sin desconocer ni anular a los demás seres humanos.
Vale la pena que le echemos una mirada a
nuestro mundo y a nuestros intereses personales, a la luz de este evangelio…
Vale la pena destacar también la experiencia
de muchas personas, que utilizan su abundante cosecha no sólo como una
manera de crecer como empresarios sino con un gran sentido social. Conozco
por boca de otros y en persona, algunos empresarios y microempresarios,
industriales y microindustriales que tienen un gran sentido humano,
comunitario y social. Animados por una gran experiencia de fe, algunos de
ellos, ven su buena cosecha como un don de Dios que debe ser bien
administrado. Esos son, entre otros, los administradores buenos y fieles (Mt
25-14-30)
Para hacer realidad este evangelio, es necesario primero hacer realidad la
invitación de Pablo a la comunidad de Colosas: morir al hombre viejo y nacer
al hombre nuevo. (2da lect.
Col 3,1-5.9-11). El hombre viejo es
el que está cargado de egoísmo, desorden sexual, impureza de corazón,
codicia y avaricia. El hombre nuevo nacido, en Cristo, configura su vida a
imagen de Jesús, el hombre perfecto. Por eso es capaz de amar, de servir, de
construir y de disfrutar la vida en plural.