Todavía cantamos
Israel
continuamente hacía memoria de los grandes acontecimientos de su historia
como pueblo y de la intervención maravillosa de Dios en él. La memoria de
las situaciones adversas, superadas con el trabajo humano y con la fuerza de
Dios, lo ayudaban a seguir creyendo y trabajando por su humanización.
Nuestra
historia sagrada latinoamericana también está llena de testimonios valerosos
de lucha, fe, esperanza, entrega y fuerza del amor, en medio de las
situaciones más adversas. Viene a mi memoria por ejemplo la canción de
Víctor Heredia en la Argentina de la dictadura militar:
“todavía cantamos, todavía
pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos; a pesar de los golpes
que asestó en nuestras vidas, el ingenio del odio desterrando al olvido a
nuestros seres queridos; todavía cantamos…”
O esta otra
de Chico Buarque en el Brasil de los 70, durante otra dictadura militar:
“a pesar tuyo mañana será
otro día; aún pago por ver el jardín florecer como tu no lo querías”.
Los himnos
nacionales de nuestros pueblos, muchas canciones populares y poemas de
escritores reconocidos como la utopía de la unidad latinoamericana de Pablo
Neruda: “… todas las voces
todas, todas las manos todas, toda la sangre puede ser canción en el viento,
canta conmigo, canta, hermano americano, libera tu esperanza con un grito en
la voz”.
Cada pueblo,
cada país tiene sus expresiones artísticas que alimentan su esperanza. En
medio de la horrible noche por la que todavía pasamos en muchos pueblos,
esperamos cantar algún día a pleno pulmón:
“Oh Gloria inmarcesible, oh júbilo
inmortal, en surco de dolores, el bien germina ya”.
La fiesta
nacional y religiosa de Israel era la Pascua, la gran noche que todos
pasaban en vela (Ex 12), para hacer memoria de la salida de Egipto. Los
acontecimientos del Éxodo eran conmemorados con especial énfasis. Su lucha
por la libertad, el paso del mar rojo, los cuarenta años de desierto y todas
las situaciones adversas, superadas gracias a la mano de Dios que los
condujo hasta la tierra prometida.
En otros
momentos de su historia, figuraban la dura situación del pueblo con la
imagen de una mujer estéril, anciana y frustrada por no haber tenido hijos.
Aquí hay muchos ejemplos: Sara, esposa de Abrahan y madre de Isaac. La
esposa de Manoaj y madre de Salomón. Ana, la madre de Samuel. Isabel, la
madre de Juan el Bautista. Mujeres estériles que tuvieron hijos gracias a la
intervención de Dios, porque él tiene la capacidad de hacer brotar vida de
un vientre estéril. Para él no hay nada imposible.
La segunda
lectura hace memoria de la experiencia de fe de Abrahan, Sara y sus primeros
descendientes,
quienes se sometieron a la emigración, a la ruptura del medio familiar,
motivados por la fe en Dios y por el deseo de tener una tierra propia. Éstos
personajes pasaron por momentos muy dramáticos en los cuales probaron su fe,
su esperanza y su capacidad de lucha. La muerte amenazaba no sólo la
pervivencia como personas sino el cumplimiento del sueño que tenían como
pueblo. Pero Abraham creyó por encima de las situaciones de muerte y de la
muerte misma, como consumación del ser. Y aunque murieron sin haber hecho
realidad su utopía, la vislumbraban desde lejos y sembraron en sus
generaciones la esperanza de hacerla realidad:
“La fe es seguridad de lo que
se espera y prueba de lo no se ve… Con fe murieron todos éstos, sin haber
recibido la tierra prometida; pero viéndola y saludándola de lejos,
confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra”
(Heb
11,1.13)
La
primera lectura hace memoria de la comida Pascual, cuando los israelitas
experimentaron que el Señor era su salvador. La participación de los
sacrificios les servía además, para entrar en comunión personal y
comunitaria con el Dios de la vida, y para renovar la alianza con Él. Para
reafirmar que eran un pueblo libre y consagrado a Dios, y recordar que
debían vivir la solidaridad propia de los miembros de ese pueblo elegido.
“Los hijos piadosos de
un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y de común acuerdo se
imponían esta ley sagrada; que todos los santos serían solidarios en los
peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales”.
(Sab 1,9)
Compartir
solidario
La cara dura
que en ocasiones nos muestra la vida, nos lleva a que muchas veces vivamos
con miedo a perder y a ser derrotados. A que nos convirtamos en seres
individualistas, mezquinos y egoístas, lobos los unos para los otros. La
situación de la gente en el tiempo de Jesús y la de las primeras comunidades
cristianas, específicamente la situación de las comunidades para las cuales
Lucas escribió su Evangelio, era muy difícil. La dureza se había concretado
en la pobreza extrema, con todo lo que ello encierra.
El Evangelio
que hoy leemos empieza con una invitación de Jesús a derrotar el miedo que
no nos deja crecer y a enfrentar la vida con la confianza puesta en el Dios
que nos ama y nos da su Reino.
“No temas, rebañito mío, porque su
Padre tuvo a bien darles parte de su Reino.”
Estas palabras
tiernas de Jesús son preferidas de Lucas quien escribió para una comunidad
de pobres, conciente de su pequeñez e impotencia frente a los poderosos de
su tiempo, pero fortalecida con el amor de Dios que la conducía hacia la
dignificación de su humanidad maltratada.
En medio de la
más dura crisis por la que pasaban, el evangelio los invitó a vencer el
miedo a perder, y a compartir solidariamente con los demás. Recordemos que
fue precisamente el compartir solidario y organizado, lo que hizo posible el
milagro de la multiplicación de los panes (Lc 9,12-17). Cuando se trabaja
comunitariamente y se comparte solidariamente, alcanza para todos y sobra.
El hombre
postmoderno, capitalista e individualista, es víctima de su propio invento.
Su afán de lucro y acumulación de bienes no se ha traducido en felicidad;
por el contrario, ha aumentado más su sed insaciable de tener más y más. Con
este fin ha sacrificado todos los valores y hasta su misma vida, en el altar
de los templos postmodernos: los centros comerciales. Con este fin muchos
hombres explotan, invaden, declaran guerras, trafican y desplazan personas,
destruyen la vida. Se adueñan de grandes extensiones de tierra, logran
grandes y envidiables capitales, construyen imperios económicos, pero no son
felices. Porque el poseer y el consumir egoísta no da la felicidad. Por el
contrario, produce ansiedad, depresión, neurosis, vacío existencial,
injusticias, terrorismo, más miedo y más dolor para todos.
Necesitamos
mantener la cintura ceñida y las lámparas encendidas. (v. 35). Este es un
hermoso signo de fe y esperanza en medio de la lucha por una vida digna.
Este versículo también hace referencia simbólica a la celebración de la
pascua judía, cuando los israelitas salieron de Egipto y emprendieron la
gran aventura utópica de conseguir la libertad:
“Y comerán así: `Con el traje puesto, las sandalias en los pies y el bastón
en la mano. Ustedes no se demorarán en comerlo: es una pascua en honor a
Yahvé´”
(Ex 12,11).
Enfrentar la
vida con la serenidad de un rebaño cuidado por un buen pastor y de un hijo
en los brazos de su madre. Pero con la cintura ceñida y las lámparas
encendidas, con el compromiso siempre firme de trabajar decididamente por el
Reino de Dios y su justicia y de administrar fielmente los dones que Dios
nos dio y nos sigue dando cada día.