Propuesta de vida
En
muchas ocasiones los evangelistas nos presentan a Jesús en camino. El tema del
camino es central en los evangelios, pues éste es precisamente un camino que
conduce a una vida plena y feliz; es una propuesta para realizar y realizarse
como ser humano. El mismo Jesús es presentado por el Cuarto Evangelista como
el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).
Según el relato de Lucas, que leemos hoy, Jesús iba camino de Jerusalén. Para
ir desde Galiea (en el norte de Palestina) a Judea (en el sur de Palestina),
era necesario pasar por Samaría. Es bien sabido que samaritanos y judíos eran
enemigos.
El cisma samaritano había tenido su origen en la recolonización de Samaría
(Según 2Re 17), cuando fueron reemplazados los israelitas de Efraín, por los
persas. “Estos nuevos habitantes tenían sus propias religiones que mezclaron
luego con el judaísmo a la vuelta del destierro, en la época de Zorobabel y de
Nehemías, o en el momento de la conquista de Alejandro. Fue entonces, según el
historiador judío Flavio Josefo, cuando los samaritanos construyeron un templo
en el monte Garizín”.
El libro de Nehemías (4,1ss) y el segundo libro de Esdras (4,1ss) muestran
algunas dificultades y riñas entre los samaritanos y los judíos.
Por ser una mezcla entre judíos y no judíos, los samaritanos eran rechazados
por los judíos tradicionales. Los samaritanos no constituyeron una secta judía
sino un grupo de oposición al judaísmo. Aceptaban el Pentateuco y seguían
prescripciones como la circuncisión, el Sábado y las demás fiestas. Creían en
un solo Dios, cuyo intérprete Moisés, había liderado el proceso de liberación
de Egipto y la revelación del Sinaí. Se consideran los continuadores de la fe
legítima de Israel y tildaban a los judíos como cismáticos. No aceptan los
demás libros del A.T. y se oponían rotundamente a Jerusalén como capital
religiosa y al templo como santuario central.
Las agresiones iban y venían. Por eso, para evitar problemas, muchos judíos
que debían pasar de Galilea a Judea o viceversa, preferían rodear por la costa
o por la cuenca del Jordán, lo cual representaba unas horas más de camino.
El judío Jesús, en un primer momento tuvo una actitud de recelo para con los
samaritanos y los gentiles (Mt 10,5). Pero después maduró como persona y como
creyente. Abandonó el sectarismo y el fundamentalismo propio de los judíos
ortodoxos y asumió una postura más abierta e incluyente. Por eso en su camino
hacia Jerusalén, quiso compartir su propuesta de salvación con los samaritanos
para involucrarlos en su proyecto. Para esto envió a unos mensajeros con el
fin de preparar hospedaje, pero los samaritanos no lo aceptaron porque se
dirigía hacia Jerusalén, mostrando así el rechazo que había hacia los judíos,
especialmente hacia Jerusalén y su templo.
Dos de sus discípulos reaccionaron de manera violenta. Ellos fueron Santiago y
Juan, (llamados por Jesús hijos del trueno – Mc 3,17), por su mentalidad judía
cerrada, con características propias de los celotes
y además con la idea de un Mesías todopoderoso. Pensaban que el Mesías se iba
a tomar el poder y a establecer el reinado de Dios gustárale a quien le
gustare, y que nadie podría oponerse porque Dios estaba de su parte. Por eso
se les hizo fácil sugerirle a Jesús que oraran todos para que el todopoderoso
mandara fuego del cielo y acabara con ellos, como lo había hecho Elías (2Re
1,10ss).
Pero Jesús los reprendió porque estaba muy convencido de la validez de su
evangelio, como para desestabilizarse porque un grupo no lo aceptaba. Porque
su camino era una propuesta de vida y no una imposición colectiva. Cada vez
que en la historia se ha tratado de imponer el camino de Jesús, éste ha dejado
de ser buena noticia y se ha convertido en un recurso más para justificar los
afanes totalitaristas de algunos fanáticos. Los reprendió además, porque la
oración es para entrar en comunión con Dios y su plan de salvación, y no para
exigir que él haga lo que nuestros caprichos e inmadureces humanas le
sugieran.
Como no lo aceptaron en Samaría, entonces respetó las diferencias y se fue
para otra parte. “De mejores fiestas me han sacado”, dice el adagio popular.
En otro momento pudo entrar, según lo testimonia el cuarto evangelista: (Jn
4,1ss).
Cuando el Evangelio se acepta, se asume y se vive en libertad, genera
plenitud, alegría y felicidad. Cuando se impone genera rechazo, resentimientos
y odios justificados. Es necesario seguir anunciado el evangelio en muchas
partes del mundo donde no lo conocen porque nadie les ha hablado de él, o
donde lo conocen a medias, porque se ha presentado como una religión y no como
una propuesta vital para ser mejores seres humanos.
Afortunadamente ya no es el tiempo para imponer la cristiandad como se hizo
otrora, con pésimos resultados para la vivencia de una fe auténticamente
cristiana. Ahora, en un ambiente de libertad, tenemos el desafío de
testimoniar la validez del camino de Jesús para todo ser humano que quiera
seguirlo. Ahora podemos mostrar el camino de Jesús como una vía segura para
ser mejores seres humanos y para logar una humanidad más fraterna, justa y
feliz. Para que cada ser humano le encuentre sentido pleno a su vida en el
encuentro respetuoso y amoroso con el Otro (Dios) y con los otros.
La libertad peligrosa y fecunda
Que el camino de Jesús sea una opción libre no significa que sea fácil y se
pueda tomar deportiva e irresponsablemente. Las exigencias de Jesús para con
los tres personajes que quisieron seguirlo, son un signo de la seriedad con la
que hay que asumir su camino y de la supremacía del Reino sobre los demás
intereses de tipo personal.
San Pablo, en la Carta a los Gálatas, exhorta a su comunidad a tener cuidado
con el manejo de la libertad. La libertad es un medio absolutamente necesario
para la realización humana; pero a su vez es un medio que mal manejado puede
conducir a esclavitudes y frustraciones inmensas.
Por lo tanto, la libertad se nos presenta como un desafío que trae consigo una
oportunidad y un riesgo. Por ese motivo, dice Erik From,
muchos le tienen
miedo a la libertad. Pero
suprimir
la libertad no deja de ser un atentado; un absurdo renunciar a ella y un acto
frustrante, abusar de ella.
La verdadera libertad, dice Pablo, es para amar. Ama
y haz lo que quieras,
concluye S. Agustín.