Amor
y Perdón
Cuando una persona no tiene poder, se muestra más crítica ante los poderosos.
Y más cuando ese
poderoso utiliza su situación para explotar, matar y satisfacer sus perores
instintos rastreros. Pero cuando por alguna circunstancia esa misma persona
crítica llega al poder, muchas veces cae en eso mismo que tanto criticaba. El
poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. David tuvo un
origen pobre. De simple cuidador de vacas pasó a ser monarca de un pueblo que
alcanzó con él, el máximo de su esplendor. Tuvo un poderoso ejército y dominó
otros pueblos vecinos a los que cobró tributo y con los que se comportó como
un tirano.
Borracho con el poder y enceguecido por su instinto sexual no controlado hacia
la esposa de uno de sus amigos y generales más leales, hizo que éste muriera
en una batalla contra los amonitas, para tapar su culpa y quedarse con la
mujer de su amigo que ya estaba embarazada.
En medio de su tiranía mostraba una aparente justicia. La parábola que
antecede al fragmento que leemos del segundo libro de Samuel, lo deja ver
claramente: "`Había en una ciudad dos hombres: uno era rico y el otro,
pobre. El rico tenía mucho ganado mayor y menor; el pobre, en cambio, sólo
tenía una oveja que había comprado. La alimentaba, crecía a su lado junto con
sus hijos, comía de su pan, tomaba de su copa y dormía en su regazo; era para
él como una hija. Un día el rico recibió a una visita. Como no quería
sacrificar ningún animal de su ganado para preparar una cena al que acababa de
llegar, robó la oveja del pobre y se la preparó a su visita´. David se enojó
mucho con ese hombre y dijo a Natán: `Por Yahvé que vive, el hombre que hizo
éso merece la muerte. Devolverá cuatro veces más por la oveja, por haber
actuado así sin ninguna compasión´". (2Sam 12,1b-6)
Pero Cuando Natán le dijo: “Tú eres ese hombre rico”, le recordó su origen y
todo el proceso para llegar a ser rey, entones no se aplicó a sí mismo el
castigo severo que había pedido para el hombre rico de la parábola.
Nos corresponde a nosotros hoy, revisar si también juzgamos con mucha
facilidad a los demás, pero con nosotros mismos y con nuestros propios
intereses nos mostramos benévolos. Esto no es sólo en cuestiones de poder sino
en la vida práctica con nuestro trabajo, en nuestras relaciones
interpersonales, en todo.
Necesitamos hacer el esfuerzo para ser muy coherentes y orar mucho para que el
Padre Dios nos dé la gracia de obrar con justicia y amor misericordioso.
En la evangelización, Pablo hizo un gran esfuerzo para hacer creíble a los
judíos el camino de Jesús. Algunos aceptaron y la mayoría se quedó en el
judaísmo. Amplió el horizonte y se fue a los no judíos, a quienes de igual
manera les comunicó la Buena Noticia de Jesús el Cristo, y algunos abrazaron
la fe.
Ya dentro de las comunidades, como sucedió en el contexto de la segunda
lectura de hoy, se enfrentó a los de mentalidad judaizante que seguían pegados
a la Ley como exigencia para participar en la comunidad cristiana. El
cumplimiento estricto de la Ley no tiene la capacidad para transformar al ser
humano. La propuesta de Jesús que tanto anuncia Pablo es obrar, no a partir
del miedo al castigo de Dios (en el caso de los judíos) o de los dioses (en el
caso de los no judíos), sino a partir del Amor misericordioso del Padre.
Camino que nos enseñó Jesús con su palabra y con su obra.
Quienes seguían los preceptos de la Ley judía con suma estrictez (los
fariseos), así como quienes intentamos seguir a Jesús más de cerca, corremos
el riesgo de caer en uno de los pecados más sutiles y más graves: creernos
santos y con la autoridad para juzgar y rechazar a aquellos que consideramos
pecadores. Lo mismo que le sucedió a David (2Sam 12,1ss).
El fariseo Simón había invitado al maestro Jesús, aunque no fue muy cortés,
según la tradición judía y las costumbres romanas introducidas con la
colonización (como era la de comer recostados). Todo marchaba con suma
rigidez; no había espacio para la espontaneidad y el compartir fraterno del
que tanto disfrutaba Jesús.
El fariseo estaba muy seguro de sí mismo y de su dignidad, fruto de su
cumplimento estricto de la Ley. Había invitado a Jesús a su casa, pero su
orgullo religioso no le permitía reconocer la nueva forma de vivir la relación
con Dios, que proponía el hombre de Nazaret. Estaba muy prevenido y pendiente
de cualquier caída para refutarle. Con mucha frecuencia los más difíciles para
convertir son los convertidos.
De pronto una mujer rompió el protocolo. No se dice su nombre; sólo se dice
que era conocida como pecadora. Esta atrevida mujer pecadora no sólo quebrantó
las tradiciones del glamour judío-romano, sino que infringió la ley de lo puro
y lo impuro al entrar a la casa de un fariseo (fariseo significa puro). Para
el arrogante fariseo las cosas estaban muy claras: Jesús no era un maestro
respetable y menos un profeta:
“Si éste fuera profeta,
sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”.
(Lc 7,39b)
El maestro Jesús utilizó un recurso propio de los sabios orientales, conocido
como la mayéutica socrática, la cual busca inducir al discípulo por medio de
preguntas para que este saque por sí mismo su propia conclusión y enseñanza.
Le contó la parábola de los dos personajes endeudados con un prestamista, para
ayudarle a comprender que el más pecador era él que se creía puro y no la
mujer que sufría su propia vida y la discriminación de la religión.
Con seguridad la mujer no se hubiera acercado a Jesús como lo hizo, si no
hubiera visto en él a una persona distinta. El miedo que le inspiraba el
correcto fariseo se opacó ante la confianza, el respeto y el amor de Dios que
reflejaba Jesús. No se acercó con la galantería y sensualidad como solía
hacerlo con sus clientes, para darles un poco de su amor y mucho de su
amargura, y así recibir unas cuantas monedas para sobrevivir. Ese hombre la
atraía poderosamente, no precisamente para hacer lo que hacía con todos los
hombres que la buscaban y con los cuales su vida se tornaba cada día más vacía
de sentido, sino porque él podía darle lo que nadie le podía ofrecer: El Amor
misericordioso del Padre Dios y el perdón generoso, que brotaban de su
corazón.
En un impulso de amor, libertad y generosidad fue y compró un perfume con sus
ahorros, producto de su “trabajo pecaminoso”. Adiós Ley religiosa y adiós
fríos protocolos. Sin pensarlo dos veces entró a la sala, se postró a los pies
de Jesús y lloró para sacar toda la amargura que carcomía su corazón y el
rechazo que recibía de los hombres puros. En Jesús no buscó su genitalidad,
buscó sus pies como signo de humildad, deseo de cambiar su vida y seguir sus
pasos.
Una vez más vemos que la Ley no tiene la capacidad para transformar y salvar a
las personas. Que sólo el amor de Dios Padre revelado en Jesús, nos da la
verdadera libertad y la vida eterna. Que las personas, aunque muchas veces
vivamos en la oscuridad, en la fe de Jesús encontramos una nueva y definitiva
oportunidad para salvarnos: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.
Jesús le devolvió la paz y la dignidad humana perdida, no sólo por su forma de
vida sino por la manera inhumana como la trataban quienes se jactaban de ser
justos. Jesús le regaló la alegría, las ganas de vivir y la capacidad de amar
con verdadera libertad, es decir, la perdonó. Eso es perdonar: donar paz,
donar vida, alegría, amor y esperanza. Eso no lo comprendieron los “puros” que
cuestionaron la capacidad de Jesús para perdonar. Lo comprendieron mejor las
mujeres que se convirtieron en sus discípulas: “María Magdalena, de la que
habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cuza, administrador de Herodes;
Susana, y varias otras que lo atendían con sus propios recursos” (Lc
8,2b-3).
¿En qué Dios creemos nosotros? ¿En el Dios que da una Ley a los hombres para
que la cumplan al pie de la letra o en el Dios Padre de misericordia que se
reveló en Jesús de Nazaret? ¿Nuestro camino de fe se reduce a cumplir unas
normas? o ¿de verdad hemos experimentado el amor y perdón de Dios ofrecido por
Jesús? ¿Vivimos el sacramento del perdón como un momento temible y
condenatorio o como una experiencia renovadora, amable y gozosa que nos
devuelve la paz, la alegría y las ganas vivir y de amar con libertad?