Levántate
El
texto evangélico de hoy lo ubicamos en el ministerio de Jesús en Galilea.
Estaba en marcha la acción misericordiosa y salvífica de Dios y se cumplía su
promesa de salvación a Israel. Los evangelistas presentan a Jesús con un
ministerio similar, pero superior al de los grandes profetas y taumaturgos:
Elías y Eliseo.
Este evangelio fue elaborado por Lucas paralelamente con el texto de la
resurrección de la hija de Sarepta por parte de Elías, que leímos en la
primera lectura (1Re 17,17-24). Elías encuentra una viuda angustiada a la
entrada de la ciudad de Sarepta. Similarmente, Jesús encuentra a una viuda
angustiada a la puerta de la ciudad de Naím. La viuda de Sarepta tiene un
hijo, aparentemente único. Habiendo muerto ese hijo único, Elías lo resucitó
“y se lo entregó a la madre”. Exactamente las mismas palabras y exactamente en
el mismo orden figuran en el relato de Lucas. Jesús, tras resucitar a un
muchacho, se lo entrega a su madre, la viuda de Naím. El relato de 1Re 17
termina con la viuda alabando a Elías como un hombre de Dios que tiene la
verdadera palabra de Dios en sus labios. El milagro lleva a reconocer a Elías
como un profeta auténtico, al igual que el milagro de Jesús induce a la
multitud a aclamarlo como un gran profeta. Hay otros paralelos de los cuales
se sirve Lucas para apoyar este relato como el caso de la mujer casada de de
la ciudad de Sunam, en el sur de Galilea, que se convierte en bienhechora del
profeta Eliseo (2Re 4,8-37). El texto de la resurrección de la hija de Jairo
(Mc 5,41 // Lc 8,40-42.49-56). En este texto utiliza las mismas palabras
vivificadoras dirigidas por Jesús: “niña, a ti te digo: levántate” (Mc 5,41)
// “Muchacho, a ti te digo: levántate.”
Que haya sido una elaboración del evangelista no significa que no sea cierto
lo que dice el texto. Con este relato Lucas quiere presentar no tanto un
acontecimiento aislado sino la globalidad del ministerio de Jesús a favor de
condenados a muerte. Eso que narra Lucas en este evangelio fue lo que hizo
Jesús durante todo su ministerio: detener a quienes condenan y arrastran al
ser humano hacia fosa y dar vida a los caídos. Iluminar con su luz a quienes
viven en tinieblas y en sombra de muerte, y conducir sus pasos por el camino
de la paz (Lc 1,79)
Hoy como ayer vemos muchas escenas de este tipo. Muchos jóvenes son
arrastrados y condenados a morir en el sinsentido de una vida vacía, en la
drogadicción, la prostitución, la delincuencia y la falta de oportunidades
para crecer como seres humanos libres. Muchos hogares destruidos, proyectos
abandonados y pueblos arrasados. Por muchas calles de nuestras ciudades
latinoamericanas de pasea el hambre, la delincuencia y la indiferencia
homicida de los buenos que no quieres meterse en problemas. Hoy como ayer
mucha gente acompaña silenciosa la carroza fúnebre del montón de ilusiones
olvidadas, promesas incumplidas y personas destruidas.
Hoy como ayer necesitamos otros Cristos, llenos de la misericordia de Dios
para que se acerquen a las madres, las consuelen y les demuestren que es
posible cambiar el ritmo de la historia. Que es posible detener el espiral que
envuelve nuestro mundo y lo condena a morir eternamente. Necesitamos profetas
llenos del amor de Dios para hablarles con autoridad a los condenados a
muerte, levantarlos y generar el especio para que se comuniquen con libertad y
manifiesten sin violencia su protesta y su propuesta.
Es tarea nuestra identificar todo aquello que condena a muerte a los niños, a
los jóvenes, a los hogares, a los pueblos, a la Iglesia, a la humanidad en
general. Hoy como ayer tenemos la oportunidad de permitir que Jesucristo nos
levante y reconstruya. Con la fuerza del resucitado podemos enfrentar todas
las estructuras de muerte y experimentar una nueva vida en Cristo.