La Ley de Dios
A finales del siglo V
a.C., a los judíos que vivían el exilio de Babilonia se les
permitió volver a su tierra, gracias a los buenos oficios de los
líderes judíos, quienes lograron el acuerdo con Ciro, rey de
Persia, que había sometido Babilonia. Tomaron el camino hacia
Israel llenos de alegría y cargados de ilusiones y esperanzas;
pero encontraron un país en ruinas.
Animados por sus
líderes político – religiosos, empezaron a transformar esa
realidad. Trabajaron fuerte para reconstruir el templo, las
murallas de la ciudad, las casas, los cultivos, etc. Se
enfrentaron a los judíos que no fueron al exilio y habían
empezado la reconstrucción por sus propias manos, así como con
otros pueblos que ocuparon los territorios despoblados. Se
enfrentaron a la envidia y la hostilidad de algunos vecinos y a
todo el desorden que se generó con la llegada de los antiguos
habitantes, quienes reclamaban el derecho sobre los bienes y
sobre todo el sistema político – religioso.
En medio de todo ese
desorden necesitaban una norma de vida que facilitara la
convivencia pacífica y la reconstrucción de ciudades y campos,
así como del tejido social. Esdras era un líder que había
llegado con los exiliados y era respetado por todos, en su
calidad de sacerdote y maestro. Él fue quien se encargó de
proclamar en nombre de Dios, la normatividad necesaria para ese
momento histórico: La Santa ley de Dios (qué aún hoy, es la
constitución política del estado de Israel).
La Ley de Dios busca
facilitar la realización de su Proyecto para el pueblo. Pretende
generar el espacio necesario para vivir en libertad e implantar
la justicia y el derecho de todos. Promueve la verdad, el
respeto a la dignidad humana, la solidaridad de las personas que
la integran y la prevalencia del interés general. La Ley de Dios
es una normatividad dinámica, actualizada y actualizable, pero
no manipulable. Una ley es de Dios cuando busca el bien común,
defiende la vida, la verdad y la realización plena del ser
humano y de todos los seres humanos.
Teófilo
A Teófilo, del griego
Theos (Dios) y Filos (amor o amigo), o sea, el amado de Dios o
el amigo de Dios, dedicó Lucas el Evangelio. ¿Quién fue Teófilo?
Es posible que haya sido alguna figura conocida como Tito Flavio
Clemente, sobrino del emperador Vespasiano, según lo dice B. H.
Streeter, (en The Four Gospels, 1924, pp. 534ss). Por el título
de excelentísimo (Lc 1,3), puede que se trate de alguien que
ocupara alguna posición oficial, o tal vez se trate de algún
título de cortesía. Es posible que se trate de algún personaje
ilustre de la sociedad romana que había adquirido alguna
información acerca del cristianismo, a quien Lucas decidió
proporcionarle un relato más organizado y fidedigno. Como el
cristianismo empezaba a ser mal visto por el imperio, tal vez se
trate de algún romano sobre el cual Lucas buscara ejercer
influencia y ganarlo para la causa del Evangelio.
Algunos biblistas
piensan que tal vez se trate de un pseudónimo para indicar al
lector cristiano en general. Algo así como el “discípulo amado”
del Cuarto evangelio, o Evangelio de Juan, que se refiere a la
comunidad que escribió ese evangelio: La comunidad del Discípulo
Amado. Sea un personaje real o un pseudónimo, hoy el Evangelio
es para todos. Todos los Teófilos, es decir, los amados de Dios,
estamos invitados a leer, escuchar, meditar, orar y caminar
animados por el testimonio de Lucas.
El proyecto de Jesús
Habría muchas razones
para ser ateo. Muchas maldades hacemos los seres humanos en el
nombre de Dios, dignas de optar por el ateísmo. Pero cuando
leemos un texto bíblico como el que leemos hoy en Lucas, seguro
tendremos muy buenas razonas para creer en el Dios de
Jesucristo.
Hablamos del Espíritu
como una energía que fortalece, mueve, da sentido, empuja y
arrastra hacia algo. Podemos hablar del espíritu del mal y de
espíritus malignos que arrastran la vida del ser humano hacia la
maldad, la destrucción, la muerte y, finalmente, hacia la
frustración total de su existencia. Hablamos también del
Espíritu de Dios como una fuerza que impulsa a la plenitud de su
vida, a la bienaventuranza eterna.
Hoy leemos en el
Evangelio de Lucas, la lectura del profeta Isaías por parte de
Jesús y su opción profética por la causa de los pobres con la
fuerza del Espíritu del Señor. Fue el Espíritu del Señor quien
lo acompañó y lo fortaleció, durante todo su ministerio. Fue el
Espíritu del Señor quien lo animó para optar por la causa de
Dios. Para tomar como bandera de su vida el compromiso de los
profetas de Israel que reclamaban la justicia y el derecho de
los pobres. Él permitió que el Espíritu del Señor lo cubriera,
lo inundara totalmente y condujera su vida.
Todos los seres humanos
tenemos sueños e ideales para realizar en nuestra vida. Casi
todos referentes a lo personal: estudio, éxito profesional,
económico y afectivo, viajes, goce, etc. ¡Y no es que eso esté
mal! Es natural que todos queramos bienestar. Son admirables las
personas que logran salir del fango y alcanzar el éxito a fuerza
de trabajo inteligente, metódicamente organizado, con fe y amor
por la vida.
Jesús pudo ser una
persona de éxito y obtener los logros personales nunca antes
vistos. Pero hizo una opción distinta: la causa de los pobres,
de los cautivos, de los ciegos, de los oprimidos… en fin, la
causa de Dios. “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el
Señor me ungió. Él me envió a llevar una buena noticia a los
pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y dar vista a
los ciegos; a dar libertad a los oprimidos y a proclamar el año
de gracia del Señor.”
En este texto Jesús nos
presenta su proyecto vital, rescatar la humanidad caída a causa
de tantas realidades que la oprimen: pobreza, esclavitud,
enfermedades, ignorancia, maltrato, injusticias, etc.
Como Iglesia, cuerpo de
Cristo (2dal lect.), comunidad de discípulos y discípulas de
Jesús, tenemos que asumir su Proyecto y hacerlo vida en
nosotros. Llamarse cristiano y hacerse sordo al clamor de los
pobres, llamarse cristiano y no asumir El Proyecto de Jesús, es
una gran mentira, sería mejor ser un ateo comprometido con la
causa humana y no un cristiano mediocre que ignora o traiciona
la causa de Jesús.
El cristiano debe asumir
la misión de Jesús, así como Jesús asumió la misión de los
profetas. Ser cristiano es vivir y luchar por la causa de Jesús.
Es proclamar la Buena Noticia, especialmente a quienes están
cansados de recibir malas noticias. El cristiano no puede ser
ciego, sordo y mudo, es decir, indiferente ante la problemática
de tantos seres humanos que sobreviven día a día.
El cristiano es una
persona poseída por el Espíritu del Señor y comprometida con la
causa humana. Vive con la mirada puesta en Dios, con el corazón
en los hermanos y con los pies sobre la tierra. El cristiano no
es tanto el que hace “obras de caridad”, sino el que dedica su
vida a la búsqueda eficiente de un nuevo orden que permita a
todos vivir a plenitud. La espiritualidad cristiana debe
impulsar procesos para rescatar la humanidad arrastrada por el
mal. Una espiritualidad desencarnada de la realidad, una
espiritualidad que sólo se preocupa de “lo espiritual” y olvida
la realidad humana concreta, es un espiritualismo barato que
falsea a Jesús y engaña a los creyentes incautos.
¿Podemos decir hoy como
Jesús: hoy se cumplen en nosotros estas palabras que acabamos de
oír? ¿Me siento ungido por el Señor? ¿Siento que el Espíritu del
Señor está sobre mí, y me envía a anunciar la Buena Noticia?
¿Estamos, como Iglesia, comprometidos a anunciar la Buena
Noticia a pobres, ciegos, enfermos y encarcelados?