YO SOY
La experiencia del éxodo siempre fue
referente en la vida del pueblo de Israel. El fragmento del
Éxodo que leemos hoy en la primera lectura nos presenta uno de
los aportes más ricos de la cultura judía a la humanidad: la
experiencia religiosa con un Dios liberador.
El texto sigue un esquema común en los
relatos de vocación: Dios se manifiesta de alguna manera y llama
a la persona. La persona responde, Dios promete la salvación y
le da un encargo al elegido. El elegido objeta la elección por
algún motivo y Dios le da alguna explicación o le muestra algún
signo y, tras una nueva objeción, viene la respuesta final de
Dios.
En este caso se trata del llamado de Dios a
Moisés para una misión muy concreta: liderar al pueblo en su
camino hacia la libertad. Moisés cuidaba las ovejas de su suegro
Jetró, sacerdote de Madian. Había huido de Egipto, pues allí lo
querían matar después de haber dado muerte a un egipcio que
golpeaba a un israelita.
Dentro de su vida cotidiana como pastor de
ovejas, un día decidió ir más lejos y descubrió el llamado de
Dios. Con el fuerte sol del medio día, una zarza ardía sin
consumirse, así como con el peso de la más dura esclavitud, un
pueblo sobrevivía y clamaba a Dios una respuesta. El sufrimiento
de los esclavos no dejó indiferente a Dios quien escuchaba sus
gritos y buscaba la forma de liberarlos.
Ante el misterio de la zarza ardiendo y
ante la situación del pueblo, Moisés debía quitarse las
sandalias. Primero porque se trataba de una presencia muy
sagrada y segundo porque al pisar las piedras calientes por el
sol, podría acercarse más al sufrimiento de los esclavos. Allí
descubrió la manifestación, el llamado y el envío de Dios a
liberar a su pueblo.
Moisés se encontraba en tierra extranjera y
su suegro era un sacerdote de otra confesión religiosa, pero
quien llamaba era el mismo Dios que había llamado a Abraham de
Ur de los Caldeos y le había hecho la promesa de un pueblo
grande y libre. Del mismo Dios de Isaac y Jacob, en quienes se
empezaba a cumplir la promesa. Se trataba de dar continuidad a
esa promesa truncada por la esclavitud a manos de los egipcios.
Esta experiencia religiosa no habla de un
Dios encumbrado en las alturas, motor inmóvil, fuerza creadora y
ordenador del mundo, como lo concebía la filosofía griega. En la
cultura semita el nombre le da sentido, identidad y misión a la
existencia. Dios se llama así mismo: “YO SOY EL QUE SOY”. El
verbo ser-estar quiere indicar una dinámica real e histórica. Se
trata de un Dios se manifiesta en la acción a favor de aquellos
a quienes se les ha lesionado su dignidad: “la sangre de tu
hermano clama a mi” (Gen 4,10). “He visto la humillación
de mi pueblo, he escuchado sus clamores” (Ex 3,7). Un Dios
que escucha el clamor de los pobres, se conmueve y se indigna
ante el dolor humano y toma partido a favor de los maltratados.
Un Dios que se compromete con la liberación de los esclavos y
con todo el proceso de lucha para consolidarse como pueblo en
una tierra que mana leche y miel. Es decir con un pueblo con
condiciones de vida digna de seres humanos.
Conversión
En el tiempo de Jesús se daban muchas
revueltas. La presencia del imperio y su política opresora
afectaba la calidad de vida y en particular la sensibilidad
religiosa del pueblo. Las revueltas se presentaban especialmente
durante la celebración de la pascua, cuando conmemoraban la
comida previa de sus antepasados antes de lanzarse a la aventura
de salir de Egipto y recorrer el largo camino para llegar a la
tierra prometida. Proceso que estuvo iluminado y conducido por
la acción de Dios.
Los galileos (paisanos de Jesús) tenían fama
de revoltosos. A Galilea la llamaban despectivamente “cueva de
bandidos” pues de allí eran los guerrilleros celotes, quienes
luchaban a muerte para liberar a los judíos de la bota romana y
de los demás poderes cómplices de los romanos, quienes
lesionaban su dignidad y su fe.
La celebración de la Pascua enardecía los
ánimos de los galileos y los sacrificios eran una forma de
reafirmar su fe en el único Dios Señor y salvador. Por eso no es
de extrañar que los galileos de los que habla el evangelio de
hoy, animados por el ofrecimiento de algún sacrificio al único
Dios, hayan formado revuelta contra la estructura de poder
romano y judío que manejaba al pueblo a su antojo. Revuelta que
debió reprimir Pilato de manera cruel, propio de su estilo y el
de los personajes de la historia encarnecidos con el poder y
miedosos de perderlo. Mezcló la sangre de los galileos
revoltosos con la sangre de los sacrificios.
La antigua doctrina de la retribución, muy
difundida entre las corrientes rabínicas en el tiempo de Jesús,
enseñaba que las desgracias eran consecuencia de actos
pecaminosos. De tal manera que a los galileos asesinados por
Herodes y los accidentados en la torre de Siloé, habrían muerto
como castigo de Dios por algún pecado. Es más, la ortodoxia
judía culpaba a la gente pobre e ignorante que no conocía la
ley, de las desgracias que vivían. Según ellos, “el pueblo de la
tierra”, como despectivamente llamaban a los pobres, ofendían al
Altísimo con su ignorancia, su poca observancia de la ley y su
rechazo al sagrado orden establecido por Dios.
Cuando se viven momentos críticos a nivel
personal o colectivo, se suele tirar flechas para todo los lados
y buscar culpables en todos, menos en nosotros mismos, porque
nos cuesta asumir responsabilidades. Es más fácil tener chivos
expiatorios. Jesús rechazó severamente ese juicio contra la
gente y la visión de un Dios cruel y vengador. Las tragedias son
ocasionadas por fenómenos naturales, irresponsabilidades o
injusticias humanas y no como castigo de Dios. A cambio, propuso
la conversión para todos, pues si no cambiamos y trabajamos
unidos, pereceremos, no por castigo de Dios, sino como
consecuencia lógica de nuestros actos humanos.
En muchos textos se compara el pueblo de
Israel con una vid o con una higuera (Is 5,1; Jer 8,13. 24,1-10;
Os 9,10; Mi 7,1). La parábola de la higuera quiere mostrar la
ausencia de frutos en el pueblo de Israel. La gran cantidad de
empobrecidos y marginados a quienes se les desconocían sus
derechos, la explotación, el despojo de los pequeños
propietarios y la acumulación de tierras por parte de los
terratenientes, amigos del sistema y todo el orden establecido,
tenía al pueblo sofocado y sufriendo. Israel no daba los frutos
que Dios quería: justicia y derecho. Ese era un reclamo propio
del movimiento profético del cual Jesús fue un buen heredero. El
problema de esta higuera no era su follaje sino la ausencia de
frutos. Ocupaba un gran espacio dentro de la viña pero no
producía.
La institución judía (sanedrín, sacerdocio,
templo), estaba muy bien organizada y las estructuras
arquitectónicas del templo eran dignas de admiración, pero todo
eso no servía para que el Israel diera los frutos que Dios
esperaba. Por el contrario, eran un elemento más para engañar al
pueblo y mantenerlo subyugado.
Por eso el dueño de la viña quería eliminar
la higuera. Un el empleado fue quien salió en defensa de ésta y
prometió dedicarle un cuidado especial para ver si producía
frutos. No sabemos si al cabo de un año y con los cuidados
especiales del empleado intercesor, la higuera haya dado frutos
o no. Algunas veces los evangelios dejan las cosas sin terminar
para suscitar a que la comunidad le ponga el final con su propia
vida.
Nos corresponde a nosotros, los cristianos de
hoy, analizar nuestras instituciones religiosas y nuestra
vivencia de la fe. Aunque ya las constituciones políticas de
nuestros países no tienen el catolicismo como religión oficial,
vivimos en sociedades cristianizadas y la gran mayoría de
personas dicen creer en Dios y hacer parte de alguna iglesia
cristiana.
Pero, ¿dónde están los frutos? Por qué
seguimos viendo cuadros tan dramáticos de hambre, miseria,
analfabetismo, asesinatos, desplazamientos, secuestros, miedo,
desesperanza… ¿esos son los frutos de nuestro árbol social
cristiano? ¿No son cristianos casi en su totalidad quienes
cometen robos, asesinatos, secuestros, engaños, traiciones y
todo tipo de malas obras? ¿No son en su mayoría cristianos
quienes se benefician de la tiranía del mercado, pagan malos
sueldos, están afiliados a partidos políticos de dudosa
reputación, hacen acuerdos con delincuentes con licencia para
matar y se reparten miserablemente la torta del erario público?
¿Tienes asegurada bien tu casa? Porque mientras estás leyendo
esta reflexión, puede que haya algún “bautizado” con deseos de
entrar a tu casa para atracarla…
¿Después del año dio o no dio fruto la
higuera? Nosotros somos la higuera y la respuesta la tenemos en
nuestras manos. ¿Qué frutos tenemos en nuestras manos? ¿Qué tal
si aprovechamos este tiempo de cuaresma para reflexionar
seriamente sobre los frutos que damos como creyentes a nivel
personal y eclesial? ¿Qué tal si aprovechamos la cuaresma para
comprometernos con Jesús y su proyecto de salvación? ¿Qué tal si
nos lanzamos a la aventura de construir una sociedad en la cual
todos tengamos derecho a disfrutar de “la leche y la miel” que
hoy sólo disfrutan unos pocos, mientras otros están condenamos a
sobrevivir?