María modelo
En nuestro mundo contemporáneo, muchas
mujeres han salido del encerramiento y el anonimato en el que las
tenía la sociedad androcéntrica (centrada en el varón), que poco a
poco vamos superando. Hoy vemos mujeres participando activamente
en la política, en la economía, en la educación, etc. Hoy hay
mayor conciencia de la responsabilidad que tenemos todos los seres
humanos, varones y mujeres, en la construcción de una humanidad
nueva.
Hace unos años, cuando pasaba por la ciudad
de Mocoa,
fui testigo de una marcha de mujeres que protestaban contra las
políticas de guerra impuestas por el gobierno nacional. Se habían
reunido varios movimientos de mujeres para analizar la situación
de sus regiones y para buscar salidas a la crisis. Sus gritos
suenan hoy en mis oídos: “no queremos parir más hijos para la
guerra… rechazamos las fumigaciones que deterioran la salud, la
vida y acaban con el medio ambiente. Ni un peso más para la
guerra, queremos escuelas... Rechazamos todo tipo de violencia,
venga de donde venga… ”
He visto muchas de estas mujeres. Sobre todo
en la periferia de los campos y en los asentamientos urbanos.
Protestan, gritan y hacen oír su voz. Sueñan, se esfuerzan,
trabajan unidas, y son capaces de convertir la trágica historia
en una historia de salvación. Dan verdaderos signos de entrega
generosa e inyectan la fuerza liberadora y transformadora del amor
femenino. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, en sus páginas
también hallamos el testimonio de mujeres, como Rut, Agar, Judit,
Esther, Ana, y porsupuesto: el de María de Nazaret, cuyo
testimonio encontramos en el evangelio de hoy.
Lucas nos presenta a dos mujeres cuyos
vientres gestaron vidas que, así como ellas, fueron ofrecidas para
la salvación de la humanidad. Desde el lejano y desconocido
Nazareth una mujer se negó a quedarse en su casa convertida en
esclava, para realizar los oficios que los varones no hacían y
para satisfacerlos en todas sus apetencias.
María la esposa del justo José, se declaró la
sierva del Señor, más no la sierva de su esposo, como era usual en
la época en la cual se consideraba a la mujer como una posesión
más del marido. Se encaminó hacia las montañas, que simbolizan el
lugar del encuentro con Dios. Allí se encontró con el Dios vivo,
representado en la humanidad necesitada de Isabel, quien, ya en la
vejez y en su vientre estéril, gestaba la vida del Bautista, pues
para Dios no hay nada imposible.
María, portadora del Verbo encarnado y del
Espíritu Santo, entró en la casa de Zacarías. Su presencia, sus
palabras, su sencilla humanidad, hicieron que Isabel se llenara
del Espíritu y que su criatura saltara de gozo. Lo que busca la fe
cristiana no es precisamente, hacer que los seres humanos
convirtamos nuestra vida terrenal en un infierno, para después
gozar de un cielo supraterrenal. Nos acercamos al Dios no tanto
mortificando nuestro cuerpo y convirtiéndolo en una cosa
despreciable para parecernos más a Jesús crucificado, sino
generando entre nosotros relaciones de amistad, justicia y
fraternidad. Nos acercamos al Dios de Jesús cuando servimos a los
demás y trabajamos unidos; cuando sonreímos, disfrutamos la vida y
saltamos de gozo.
Ben-decir es, decir bien. Toda la vida de
María habló bien de Dios porque transparentó su amor y su
misericordia. El gozo de Isabel por la presencia de María, la
impulsó a decir una frase valiosísima:
“¡Bendita eres entre las mujeres, y bendito el
fruto de tu vientre!” Jesús y María
hablaron bien de Dios porque durante toda su vida
comprometieron y cumplieron a cabalidad su
obra salvadora.
Con ésto podemos entender mejor la segunda
lectura, cuando nos dice que a Dios no le agradan los holocaustos
ni los sacrificios expiatorios, sino que acepta como ofrenda única
y definitiva, la del cuerpo de Jesucristo. El cuerpo de Cristo
como ofrenda única y definitiva no equivale a su sangre derramada
y a su ignominiosa muerte en la cruz, supuestamente para calmar la
ira de un dios justiciero. Es la entrega de Jesús como persona; su
cuerpo y su sangre, es decir: todo su ser al plan de Dios para el
ser humano. La voluntad salvífica de Dios no fue la muerte de su
hijo, sino hacerlo partícipe de nuestra naturaleza humana con un
amor grande capaz de transformarlo todo. A Dios se agrada no tanto
con el ofrecimiento de sacrificios externos que para nada nos
comprometen como personas, sino
entrando en comunión con el Padre, con nosotros mismos, con el
mundo y con los demás seres humanos, como lo hizo Jesús.
El evangelio cierra con una bienaventuranza:
“¡Bienaventurada eres tú, que
creíste que se cumpliría lo que el Señor te anunció!”.
Las bienaventuranzas constituyen el mensaje central del nuevo
testamento y sintetizan el plan de Dios para el ser humano: una
humanidad plena y feliz. Después de ésto no viene nada más. Todos
los dogmas de los padres de la iglesia sobre María se quedan
pequeños ante las palabras de la “estéril” anciana que resaltó lo
verdaderamente importante de aquella mujer sencilla de Nazareth.
María es la mujer Bienaventurada porque le
creyó a Dios, y porque Dios creyó en ella para encomendarle una
obra del tal magnitud que ella realizó a plenitud. La fe de María
no fue una fe ciega de levitaciones y beatitudes celestiales que
rayan con la tontería. La oración y la fe de María no tienen nada
que ver con aquellos cuadros que representan a María como una
mujer embobada, envuelta en un nirvana celeste y alejada de todo
lo terreno.
La fe de María es la fuerza interior, el
impulso vital para ponerse en camino hacia el prójimo necesitado,
aún arriesgando la seguridad personal. Es el impulso vital para
realizar la obra de Dios, para cambiar la historia de una forma
sencilla, muchas veces silenciosa, pero siempre con decisión,
entrega y amor puro, puestos al servicio de los necesitados. Por
eso ella es la mujer feliz por excelencia; un modelo de mujer y de
discípula para las mujeres y para toda la humanidad.
¡Ya se acerca el niño! “¡Despierta,
despierta, levántate, Sión! Vístete de fiesta Jerusalén, ciudad
santa… ¡Sacúdete el polvo! ¡Levántate, Jerusalén, tú que estabas
cautiva, y desata las ligaduras de tu cuello, Hija de Sión!”
(Is 52,1ª.2) ¡Ya se acerca el niño!, el fruto del vientre de una
mujer aldeana que fue capaz de ponerse en camino para seguir la
voz de Dios y para ir al encuentro del prójimo. ¡Ya se acerca el
niño!, tejido del vientre puro de una mujer pobre y buena, que le
creyó a Dios y se entregó con alma, vida y corazón, a su obra
salvadora. ¡Ya se acerca el niño!. Lo encontraremos en la medida
que, como María, nos pongamos en camino hacia los más débiles. Lo
encontraremos especialmente en el rostro de aquellos que hoy, como
le pasó al niño Jesús, no tienen espacio en el mesón. Lo
encontramos en aquellos que sobran, que estorban, que ensucian las
calles con sus ropas raídas, que no caben en nuestros colegios, en
nuestras universidades y en nuestras reuniones sociales o
religiosas. ¡Ya se acerca el niño!