1ra
lect.:
Bar 5,1-9 Sal 125, 1-6
2da lect.: Flp 1,4-6.8-11 Evangelio: Lc
3,1-6
La salvación de Dios

Baruc es un antiguo
libro deuterocanónico
escrito probablemente por judíos que vivían en Alejandría entre los
siglos II y I a.C. Para su elaboración se valieron de algunos
manuscritos hebreos originales. El libro hace
referencia simbólica a los judíos exiliados en Babilonia y a Baruc,
amigo y secretario del profeta Jeremías, quien es puesto como su
autor.
El fragmento que leemos hoy es un bello poema que
canta con júbilo la hora en la que Dios va a salvar a su pueblo y a
transformar totalmente su historia, de tal manera que todos puedan
ser testigos de su obra. Jerusalén es presentada como una Madre que
viste de luto por sus hijos deportados. Realidad que cambia cuando
Dios mete su mano y hace que sus hijos vuelvan libres y llenos de
gloria.
En la tradición bíblica se ponían nombres no
porque les pareciera sonoro o por hacer honor a algún personaje
farandulero, como suelen hacerlo hoy algunos padres despistados. Lo
hacían teniendo en cuenta una ocasión, un acontecimiento o una
circunstancia. Para manifestar la esperanza en transformación de una
realidad, o para darle identidad y misión a una persona o grupo
social. Por eso Noemí que, significa bien amada de Dios, se cambió
el nombre cuando había perdido la esperanza y veía que todo era
amargura: entonces se llamó Mara que significa amargada (Rut
1,20-21). Isaac recibió su nombre como consecuencia de la risa de
sus padres (Gn. 17.17; 18.12; 21.3–7). Samuel, como consecuencia de
las oraciones de su madre (1 S. 1.20)… Hay muchísimos ejemplos.
Baruc
(que significa bendito), dice que
Dios le va a cambiar de nombre a esa madre enlutada y la llamará:
“Paz en la justicia y gloria en la piedad.” Cambiar el nombre es
cambiar la historia, es hacer posible una transformación integral de
toda una situación vivida por una persona o por un pueblo. Por eso
la invita a despojarse del luto y a vestirse de gala porque la
gloria está cerca.
El evangelio de hoy empieza como suelen empezar
los libros proféticos: con una ubicación socio – histórica. Se trata
de una época dominada por el sanguinario imperio romano, con el
emperador Tiberio a la cabeza y Poncio Pilato como gobernador de
Judea. Contaban con la complicidad (pragmatismo dirían hoy para
distraer la atención) de los tres hijos de Herodes: los reyezuelos
Antipas, Filipo y Lisanias, arrodillados ante Roma y con el cuchillo
en el cuello de los pobres. ¡Y claro! No podía faltar lo religioso
vendido al poder, como elemento ideológico justificador. Allí
estaban Anás y Caifás, como sumos sacerdotes; alta dignidad que
vendía Roma al mejor postor y a quien más colaborara para sus
intereses en mantener el poder. Como ha sucedido muchas veces, la
religión estaba en manos de inescrupulosos que traficaban con lo
sagrado y jugaban con la dignidad de todo un pueblo. ¿Dónde estaba
Dios?
Juan, por ser hijo del sacerdote Zacarías, por
ley debía ser sacerdote y trabajar en el templo de Jerusalén. Se
suponía que los sacerdotes eran quienes vivían más cerca de Dios, ya
que trabajaban en el templo. Pero Zacarías en cambio no creyó cuando
el ángel del Señor le anunció que iba a tener un hijo a pesar de su
ancianidad y de la esterilidad de su esposa Isabel. Por no creer,
quedó mudo. Así como Zacarías estaban los sacerdotes del templo de
Jerusalén: mudos. No podían hablar con libertad; su alta dignidad y
su pertenencia a una clase privilegiada los obligaba a mantenerse al
margen de toda la problemática real del pueblo, para evitar que los
romanos se metieran con ellos y destruyeran su negocio: el templo.
Juan renunció al privilegio de ser sacerdote del
templo de Jerusalén; lo cual había significado la posibilidad de
llevar una vida tranquila y con una economía medianamente estable.
¡Pero eso sí!, tenía que mantener “el pico” cerrado.
Pues no sabemos si fue porque a Juan le picaba la
lengua o porque de verdad hizo una opción radical motivado por el
Espíritu. Pero nuestro amigo Juan no aceptó vivir con “el pico”
cerrado. Se fue para el desierto. Y fue precisamente allí, en el
desierto, donde Dios se le manifestó. No fue en el templo de
Jerusalén. En el templo no creían en él, estaban muy ocupados en sus
negocios para escucharlo. Aplicaban muy el famoso adagio que dice:
“entre Dios y el dinero, el segundo va primero”.
En medio de esa humillación y del abandono que
padecía el pueblo, Dios se hizo presente y tomó parte en su historia
para transformarla y convertirla en historia de salvación. Dice el
texto: “Dirigió Dios su palabra a Juan hijo de Zacarías, en el
desierto.”
Baruc y Juan eran profetas del desierto. Es decir
profetas que hablaban desde la crisis que generaba un orden
“perfecto”. Una estructura de poder que empobrecía a mucha gente, y
la condena a sobrevivir en la miseria para satisfacer la insaciable
sed de lucro, poder, placer y lujos de los ciudadanos romanos y sus
más cercanos colaboradores en las diferentes colonias.
El pueblo vivía humillado, de luto, “adolorido de
tanto sufrir”, como dice la canción. En medio de esa crisis, una voz
gritó en el desierto: la voz de Dios que nunca abandona a sus hijos.
Esa voz hace una promesa: la salvación; y una propuesta: la
conversión.
Según lo anuncia Juan Bautista, la salvación es
universal y gratuita. Pero es necesario generar una dinámica de
reflexión y conversión, para permitir que llegue. La invitación de
Baruc y la del Bautista, quien se vale de Isaías (Is 40,3ss), son
similares: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Ábranle vías rectas!
Toda hondonada debe rellenarse, todo cerro y colina rebajarse. Que
lo torcido se enderece, que se allanen los senderos escabrosos. Y
verán todos los mortales la salvación que trae Dios.”
En este adviento vale la pena preguntarnos qué
opciones debemos tener como Iglesia. Qué cerros debemos rebajar, qué
caminos enderezar y qué hondonadas rellenar. Tal vez tengamos
orgullo, prepotencia, inconciencia, complejos, en fin… tantas
limitaciones humanas para transformar. Tanto desequilibrio que
genera muerte, tanta injusticia personal y estructural, tantas y tan
escandalosas desigualdades en nuestra sociedad.
Estamos urgidos de conversión hacia valores
distintos a los propuestos por el imperio. Estamos urgidos de
relaciones sociales e interpersonales dignas y justas. Ayer
dominaron Tiberio y Pilato, Antipas, Filipo y Lisanias, Anás y
Caifás. Hoy el puesto lo tienen otros.
Ayer el Bautista recorrió toda la región que está
a lado y lado del Jordán despertando la conciencia de la gente. Hoy
necesitamos profetas y el turno es para nosotros. Como Iglesia
tenemos que convertirnos en la voz que clama en el desierto. Si la
Iglesia se limita a celebrar misas y a excomulgar a quienes piensan
distinto; si no sale de los templos y se va al desierto donde el
pueblo sufre y clama justicia, se parecerá cada vez más a Anás y a
Caifás, o al mudo Zacarías.