scalando.com

Misioneros Redentoristas de la Provincia de San Juan

EN CAMINO

II Domingo -Ciclo C                 10 de diciembre de 2006

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                          Fuente: www.scalando.com

         1ra lect.: Bar 5,1-9   Sal 125, 1-6    2da lect.: Flp 1,4-6.8-11     Evangelio: Lc 3,1-6

La salvación de Dios

Baruc es un antiguo libro deuterocanónico[1] escrito probablemente por judíos que vivían en Alejandría entre los siglos II y I a.C. Para su elaboración  se valieron de algunos manuscritos hebreos originales. El libro hace referencia simbólica a los judíos exiliados en Babilonia y a Baruc, amigo y secretario del profeta Jeremías, quien es puesto como su autor.

El fragmento que leemos hoy es un bello poema que canta con júbilo la hora en la que Dios va a salvar a su pueblo y a transformar totalmente su historia, de tal manera que todos puedan ser testigos de su obra. Jerusalén es presentada como una Madre que viste de luto por sus hijos deportados. Realidad que cambia cuando Dios mete su mano y hace que sus hijos vuelvan libres y llenos de gloria.

En la tradición bíblica se ponían nombres no porque les pareciera sonoro o por hacer honor a algún personaje farandulero, como suelen hacerlo hoy algunos padres despistados. Lo hacían teniendo en cuenta una ocasión, un acontecimiento o una circunstancia. Para manifestar la esperanza en transformación de una realidad, o para darle identidad y misión a una persona o grupo social. Por eso Noemí que, significa bien amada de Dios, se cambió el nombre cuando había perdido la esperanza y veía que todo era amargura: entonces se llamó Mara que significa amargada (Rut 1,20-21). Isaac recibió su nombre como consecuencia de la risa de sus padres (Gn. 17.17; 18.12; 21.3–7). Samuel, como consecuencia de las oraciones de su madre (1 S. 1.20)… Hay muchísimos ejemplos.

Baruc (que significa bendito), dice que Dios le va a cambiar de nombre a esa madre enlutada y la llamará: “Paz en la justicia y gloria en la piedad.” Cambiar el nombre es cambiar la historia, es hacer posible una transformación integral de toda una situación vivida por una persona o por un pueblo. Por eso la invita a despojarse del luto y a vestirse de gala porque la gloria está cerca.

El evangelio de hoy empieza como suelen empezar los libros proféticos: con una ubicación socio – histórica. Se trata de una época dominada por el sanguinario imperio romano, con el emperador Tiberio a la cabeza y Poncio Pilato como gobernador de Judea. Contaban con la complicidad (pragmatismo dirían hoy para distraer la atención) de los tres hijos de Herodes: los reyezuelos Antipas, Filipo y Lisanias, arrodillados ante Roma y con el cuchillo en el cuello de los pobres. ¡Y claro! No podía faltar lo religioso vendido al poder, como elemento ideológico justificador. Allí estaban Anás y Caifás, como sumos sacerdotes; alta dignidad que vendía Roma al mejor postor y a quien más colaborara para sus intereses en mantener el poder. Como ha sucedido muchas veces, la religión estaba en manos de inescrupulosos que traficaban con lo sagrado y jugaban con la dignidad de todo un pueblo. ¿Dónde estaba Dios?

Juan, por ser hijo del sacerdote Zacarías, por ley debía ser sacerdote y trabajar en el templo de Jerusalén. Se suponía que los sacerdotes eran quienes vivían más cerca de Dios, ya que trabajaban en el templo. Pero Zacarías en cambio no creyó cuando el ángel del Señor le anunció que iba  a tener un hijo a pesar de su ancianidad y de la esterilidad de su esposa Isabel. Por no creer, quedó mudo. Así como Zacarías estaban los sacerdotes del templo de Jerusalén: mudos. No podían hablar con libertad; su alta dignidad y su pertenencia a una clase privilegiada los obligaba a mantenerse al margen de toda la problemática real del pueblo, para evitar que los romanos se metieran con ellos y destruyeran su negocio: el templo.

Juan renunció al privilegio de ser sacerdote del templo de Jerusalén; lo cual había significado la posibilidad de llevar una vida tranquila y con una economía medianamente estable. ¡Pero eso sí!, tenía que mantener “el pico” cerrado.

Pues no sabemos si fue porque a Juan le picaba la lengua o porque de verdad hizo una opción radical motivado por el Espíritu. Pero nuestro amigo Juan no aceptó vivir con “el pico” cerrado. Se fue para el desierto. Y fue precisamente allí, en el desierto, donde Dios se le manifestó. No fue en el templo de Jerusalén. En el templo no creían en él, estaban muy ocupados en sus negocios para escucharlo. Aplicaban muy el famoso adagio que dice: “entre Dios y el dinero, el segundo va primero”.

En medio de esa humillación y del abandono que padecía el pueblo, Dios se hizo presente y tomó parte en su historia para transformarla y convertirla en historia de salvación. Dice el texto: “Dirigió Dios su palabra a Juan hijo de Zacarías, en el desierto.” 

Baruc y Juan eran profetas del desierto. Es decir profetas que hablaban desde la crisis que generaba un orden “perfecto”. Una estructura de poder que empobrecía a mucha gente, y la condena a sobrevivir en la miseria para satisfacer la insaciable sed de lucro, poder, placer y lujos de los ciudadanos romanos y sus más cercanos colaboradores en las diferentes colonias.

El pueblo vivía humillado, de luto, “adolorido de tanto sufrir”, como dice la canción. En medio de esa crisis, una voz gritó en el desierto: la voz de Dios que nunca abandona a sus hijos. Esa voz hace una promesa: la salvación; y una propuesta: la conversión.

Según lo anuncia Juan Bautista, la salvación es universal y gratuita. Pero es necesario generar una dinámica de reflexión y conversión, para permitir que llegue. La invitación de Baruc y la del Bautista, quien se vale de Isaías (Is 40,3ss), son similares: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Ábranle vías rectas! Toda hondonada debe rellenarse, todo cerro y colina rebajarse. Que lo torcido se enderece, que se allanen los senderos escabrosos. Y verán todos los mortales la salvación que trae Dios.”

En este adviento vale la pena preguntarnos qué opciones debemos tener como Iglesia. Qué cerros debemos rebajar, qué caminos enderezar y qué hondonadas rellenar. Tal vez tengamos orgullo, prepotencia, inconciencia, complejos, en fin… tantas limitaciones humanas para transformar. Tanto desequilibrio que genera muerte, tanta injusticia personal y estructural, tantas y tan escandalosas desigualdades en nuestra sociedad.

Estamos urgidos de conversión hacia valores distintos a los propuestos por el imperio. Estamos urgidos de relaciones sociales e interpersonales dignas y justas. Ayer dominaron Tiberio y Pilato, Antipas, Filipo y Lisanias, Anás y Caifás. Hoy el puesto lo tienen otros.

Ayer el Bautista recorrió toda la región que está a lado y lado del Jordán despertando la conciencia de la gente. Hoy necesitamos profetas y el turno es para nosotros. Como Iglesia tenemos que convertirnos en la voz que clama en el desierto. Si la Iglesia se limita a celebrar misas y a excomulgar a quienes piensan distinto; si no sale de los templos y se va al desierto donde el pueblo sufre y clama justicia, se parecerá cada vez más a Anás y a Caifás, o al mudo Zacarías.


[1] Los libros deuterocanónicos fueron escritos por judíos fuera de Palestina, normalmente en lengua griega. No son aceptados por la tradición judía ni por las iglesias cristianas protestantes, quienes los consideran apócrifos. Las iglesias cristianas de tradición ortodoxa y católica, los tienen dentro del canon oficial.

Moniciones y Oración Universal

Regresar

Preguntas, comentarios y agradecimiento a: Neptalí Díaz Villán CSsR

CopyRight © Misioners Redentoristas 2006