PASIÓN Y
CRUZ DE CRISTO
1. El secreto de la cruz es el amor.
El viernes santo es un día polarizado litúrgicamente en
torno a la pasión del Señor y su muerte en la cruz. Hoy
se cumple el repetido anuncio de Jesús en los evangelios
sobre su muerte violenta en Jerusalén. La pregunta es
obvia: ¿Por qué tenía que ser así? La respuesta más
profunda y válida solamente Dios puede darla, pues
pisamos el terreno insondable de la voluntad divina y su
proyecto eterno de redención realizado en Cristo.
Ni Dios
Padre ni Jesús mismo quisieron el sufrimiento, la pasión
dolorosa y la muerte violenta por sí mismas, pues son
realidades negativas sin valor autónomo. La valía del
dolor, pasión y muerte de Cristo radica en el
significado que reciben desde una finalidad superior: la
salvación del hombre, a quien Dios ama. Verdad central
de nuestra fe: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a
su propio Hijo.
Nos consta sobradamente la repugnancia
natural de Jesús, como hombre que era, ante los
sufrimientos de su pasión, tanto físicos: tortura,
flagelación, coronación de espinas, crucifixión, como
psíquicos: traición de Judas, precio de esclavo a su
persona, negación de Pedro, deserción general de los
discípulos, ingratitud del pueblo judío, odio de sus
jefes religiosos. La “agonía” de Getsemaní es un prólogo
suficientemente elocuente a este respecto.
Jesús, no obstante, acepta el plan del
Padre: No se haga mi voluntad, sino la tuya. Éste es el
motivo y la razón de la obediencia de Cristo: el querer
del Padre, que es la salvación del hombre por el amor
que le tiene. Jesús carga con la cruz de su pasión por
fidelidad al Padre y por amor al hombre, es decir, por
solidaridad con sus hermanos. El motivo parece doble,
pero en el fondo es único, porque la voluntad del Padre
es el amor y la salvación del hombre.
“Por nosotros y por nuestra salvación”,
como decimos en el credo, es la razón teológica que
nuestra fe nos descubre para explicar y en-tender toda
la vida de Jesús desde la encarnación a su pasión,
muerte y resurrección. La segunda lectura de hoy afirma:
“Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a
obedecer. Y llevado a la consumación, se ha convertido
para todos los que le obedecen en autor de salvación
eterna” (Heb 5,8s).
2. Amor con amor se paga.
El misterio de la cruz en la vida de Jesús – y, por
tanto, también en la nuestra – es revelación cumbre de
amor, pues no hay modo más verídico de expresar amor que
dar la vida por aquellos a quienes se ama. Pues bien, el
poema sublime de amor que es la vida, pasión y muerte de
Cristo pide de nosotros una respuesta también de amor.
“Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Pero
si alguno dice: 'Yo amo a Dios', y aborrece a su
hermano, es un mentiroso. Pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”
(1Jn 4,19s).
Creemos y decimos que la cruz es la
señal del cristiano no por masoquismo espiritual, sino
porque la cruz es fuente de vida y de liberación total,
como signo que es del amor de Dios al hombre por medio
de Jesucristo. El amor que testimonia su cruz es la
única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos
decimos sus discípulos seguimos su ejemplo.
Jesús pudo habernos salvado desde el
triunfo, el poder y la gloria; es decir, desde fuera,
como un superhombre. Pero prefirió hacerlo desde dentro
de nuestra condición humana; ser uno más, demostrándolo
a base de humildad, servicio, obediencia y renuncia, en
vez de imponerse desde la categoría y el poder. Este
segundo es nuestro estilo. Pero Cristo no vino para que
le sirvieran, sino para servir; por eso, renunciando al
gozo inmediato, soportó la cruz y la ignominia.
El Señor nos invita a seguirlo en la
autonegación que nos libera, abrazando con amor la cruz
de cada día, siempre presente de una u otra forma, y de
la que inútilmente intentaremos escapar. Saber sufrir
por amor es gran sabiduría. El que quiera salvar su
vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi
causa, la salvará, dijo Cristo. El secreto de la cruz de
Jesús es el amor, y la única manera de entenderla y
convertirla en fuente de vida es amar generosamente a
Dios y a los hermanos.
¡Victoria! ¡Tú
reinarás! ¡Oh cruz, tú nos salvarás!
El Verbo en ti
clavado, muriendo nos rescató;
de ti, madero
santo, nos viene la redención.
Extiende por el
mundo tu reino de salvación;
oh cruz, fecunda
fuente de vida y bendición.
Impere sobre el
odio tu reino de caridad;
alcancen las
naciones el gozo de la unidad.
Aumenta en
nuestras almas tu reino de santidad;
el río de la
gracia apague la iniquidad.
La gloria por
los siglos a Cristo libertador;
su cruz nos
lleve al cielo, la tierra de promisión.
(E. Malvido-D.
Julien)
(Tomado de
B. Caballero: La Palabra cada día, San Pablo,
España, 1995, p. 169)