PERMANECER
EN JESÚS
Según el contexto sociocultural en el que vive el ser humano, van
apareciendo las expresiones artísticas y religiosas. En el ambiente
pastoril y agrícola del antiguo oriente, encontramos una rica
manifestación religiosa y cultural impregnada de estos dos elementos.
Hace ocho días compartíamos la comparación de Jesús con el buen pastor
que daba la vida por sus ovejas (ambiente pastoril).
Hoy nos remitimos a los
cultivos de uvas y de higos propios de esta región (ambiente agrícola).
Se solía comparar al pueblo de Israel y su experiencia de Dios, con
estas dos plantaciones: "Como uvas en el desierto encontré a Israel,
como breva en la higuera descubrí a sus padres" (Os 9,10). La vid y
la higuera representan al pueblo y el cultivador a Dios.
El viñador se esforzaba por
plantar, cercar y cuidar la viña y esperaba buenos frutos. Pero con
mucha frecuencia los frutos eran amargos. (Os 10,1; Sal 79,9.12; Jer
2,21; Ez 17,1-10; Cant 6,11; 7,13; 19,10; Is 5,1-8;). Lo mismo sucedía
con la higuera (Jer 8,13; Jl 1,7; Mt 21,19-21), o con la oliva, (Sal
52,10; Os 14,5-8, Jue 9,7-16). "¡Ay de mí! Me sucede como al que
rebusca terminada la vendimia: no quedan uvas para comer, ni brevas que
tanto me gustan" (Miq 7,1). “El Señor me mostró dos cestas de
higos... una tenía higos exquisitos, es decir, brevas; otra tenía higos
muy pasados, que no se podían comer” (Jer 24,1-10) “Si intento
cosecharlos, oráculo del Señor, no hay racimos en la vid ni higos en la
higuera” (Jer 8,4-13). ¿Qué frutos esperaba el viñador? Frutos de
amor, justicia y derecho. “La viña de Yahvé Shebaot es el pueblo de
Israel, y los hombres de Judá su cepa escogida. Él esperaba rectitud, y
va creciendo el mal; esperaba justicia, y sólo oye el grito de los
oprimidos” (Is 5,7)
El evangelio de hoy nos presenta la comparación con la vid. La comunidad
del Cuarto Evangelista (Juan), presenta a Jesús como la vid verdadera.
Hemos dicho muchas veces, y lo recordamos de nuevo, que los evangelios
son una confesión de fe de las primeras comunidades cristianas. Es
decir, estas palabras no fueron pronunciadas por el Jesús real e
histórico, sino por el Jesús resucitado y vivido realmente dentro de la
comunidad. Para la comunidad, la vid verdadera era Jesús que habitaba en
ella; ya no era el pueblo de Israel y las viciadas estructuras
religiosas manipuladas por sus autoridades.
En su viaje a Jerusalén,
Jesús y sus discípulos descubrieron una Higuera (entiéndase estructura
religiosa o pueblo de Israel en general), que aunque tenía una
frondosidad admirable no producía frutos (Mc 11,11-24). Este texto está
redactado y puesto dentro del Evangelio de Marcos de de tal manera, que
la higuera significa el templo de Jerusalén, es decir la institución
religiosa. Para Jesús el templo, y en general las estructuras religiosas
judías, no representaba la vid de Dios, sino el prototipo de la
degradación de lo sagrado. Dios no podía habitar en el templo, no en ese
templo: Dios no podía estar dentro de esa falacia. El pueblo de Israel,
así como estaba, no podía ser la vid del Señor.
Los líderes de Israel que se camuflaban bajo los títulos de doctores,
sacerdotes y maestros, y escondían bajo sus mantos “sagrados”, todo tipo
de crímenes, no podían así representar la voz de Dios. No eran los
viñadores de Dios sino los viñadores asesinos (Mt 21,33-41). El
verdadero viñador es el Padre, (Mt 20,1-16; 21,28-32).
La propuesta de Jesús y sus comunidades fue una nueva experiencia con lo
sagrado, ya no a partir de la vieja institución sino a partir de una
comunidad fraterna: “Este es el mandamiento nuevo: que se amen los
unos a los otros, como yo los he amando. En esto conocerán que son mis
discípulos: si se aman los unos a los otros” (Jn 13,34-35).
La expresión: Yo soy la vid
verdadera, es una conclusión a la que llegan las comunidades cristianas
después de experimentar a Jesús muerto y resucitado, en sus propias
vidas. La expresión: Yo soy la vid verdadera, indica a su vez, que hay
otras vides que no son verdaderas, porque no generan vida. Se trata del
oficialismo religioso judío que los marginaba, pisoteaba su dignidad y
era un impedimento para llegar a Dios y vivir como verdaderos hijos.
Jesucristo y su camino de salvación, los liberaba y era el medio para
encontrarse con el Dios vivo y verdadero. Jesús es la vid verdadera
porque fue fiel a Dios, porque durante toda su vida correspondió al Amor
del Padre y porque dio frutos de vida. Las obras de Jesús demostraron
que entre el Padre y Él había unidad perfecta. Como sugiere la segunda
lectura, Jesús no amó sólo con la lengua y de palabra sino con obras.
¡Así se ama!
Las comunidades cristianas
en su anhelo de construir su propia historia de salvación, impulsadas
por la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado, se encontraron con un
fuerte obstáculo. Las tradiciones, que por más anacrónicas y nocivas que
sean, no son fáciles de superar. Los tabúes de los que se valen los
reaccionarios defensores del viejo orden son difíciles de romper, entre
otros motivos, por el peso de la conciencia, más cuando de por medio
está el nombre de Dios. “Dios lo quiso así, así ha sido y ha de ser
siempre”, suelen decir los reaccionarios. En la conciencia
personal y colectiva se graba un deber ser y obedecer a esas directrices
les da tranquilidad a las personas. Y eso no está mal, es necesario que
una conciencia recta y bien formada oriente la vida de las personas.
Pero una conciencia recta bien formada debe estar abierta a lo nuevo,
cuando lo novedoso dignifica la vida.
Por eso la Primera Carta de
Juan se da al trabajo de ayudar en la formación de la conciencia de sus
lectores con los nuevos paradigmas religiosos propuestos por el
movimiento de Jesús: El amor verdadero: “Hijitos
míos, no amemos sólo con la lengua y de palabra, sino con obras y de
verdad. Amando así, sabremos que somos de la verdad”
(1Jn 3,18-19ª). Y si el peso
de las tradiciones hace que la conciencia de los neófitos le reproche
dejar atrás elementos considerados sagrados, los autores de la carta
invitan a estar tranquilos porque Dios es más grande que la conciencia:
“… y cuando la conciencia nos reproche algo, delante de Dios la
convenceremos de que Dios es más grande que la conciencia porque lo sabe
todo. Queridos míos, si la conciencia no nos reprocha nada, podemos
acercarnos a Dios con más confianza; guardando nosotros sus mandamientos
y haciendo lo que le agrada, él nos concederá todo cuanto le pidamos”
(1Jn 3,19b-22). No se trata de manipular la conciencia, sino de ayudar a
formarla para el progreso integral del creyente.
Si queremos dar frutos de
vida como los dio Jesús, es preciso estar unidos a él.
Hoy nos queda fácil criticar la institución judía y decir que ellos no
eran la vid de Dios porque daban malos frutos. Pero nos toca evaluarnos
a nosotros mismos como discípulos y discípulas, y como institución.
Entiéndase institución familiar, comunitaria o eclesial.
No se trata de criticar por criticar, ni de reformar por reformar.
Podemos quedarnos criticando toda la vida y hacer de la crítica una
excusa para justificar nuestras propias fallas. Cuántos reformadores han
aparecido y escudan su afán de protagonismo y de sectarismo en un “santo
celo” por la obra de Jesús. “En este mundo hay más religiones que niños
felices”, dijo Ricardo Arjona. ¡Claro que necesitamos una reforma a
nivel institucional! Pero sobre todo necesitamos una reforma del corazón
y de la mente, es decir de nuestras motivaciones, de todo aquello que
nos impulsa a actuar: sentimientos, pensamientos, impulsos, efectos,
etc.
La invitación central de
este día es a unirnos a Jesús y permanecer unidos a Él. “Esto es lo
que Dios nos manda: que creamos que Jesucristo es su Hijo y nos amemos
los unos a los otros, como él nos lo ordenó. El que guarda sus
mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que él
permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (2da lect.).
“El que
permanece en mí, y yo en él, da fruto abundante, porque separados de mí,
nada pueden hacer”
(Ev.). Unirnos y
permanecer en Jesús no se entiende aquí en sentido espiritualista e
intimista, alejados de la realidad y de los hermanos. No nos unimos a
Jesús únicamente motivados por un momento de efervescencia, calor y
éxtasis. Nos unimos y permanecemos en él, en la medida en que nos
acojamos a su misericordia, aceptemos su gracia salvadora y caminemos
como auténticos discípulos en medio de nuestras falencias humanas.
Miremos hoy a aquel que ha tomado la iniciativa y nos ha llamado a
seguir sus caminos. Veamos si estamos unidos verdaderamente a Él, no
sólo porque pertenezcamos oficialmente a una institución o porque
tengamos la partida de bautismo, confirmación y matrimonio. Así como el
sarmiento (ramas) no puede dar fruto si no permanece unido a la vid
(tronco), nosotros no damos frutos si no permanecemos unidos a Jesús,
vid verdadera.
¿Qué frutos estamos dando?
¿Los frutos que damos glorifican al Padre? ¿Qué elementos de nuestras
vidas necesitamos podar o dejar que el Padre pode, para dar los frutos
de la Vid verdadera?. ¿Estoy cerrado, totalmente seco y el único remedio
es que me corten y me echen al fuego? O ¿Soy una rama que acepta ser
podada y siempre dispuesta a recibir la savia de la Vid?