LA CASA
La casa representa la
cercanía familiar y la intimidad del hogar (del
latín fogar, fuego, calor). Aunque
algunas veces nuestras casas se convierten en
hoteles, donde habitan unas cuantas soledades
que viven su propio mundo y sufren su propio
drama, normalmente en casa nos sentimos seguros
y dueños de nosotros mismos. En casa manejamos
nuestro espacio y nuestro tiempo; podemos
recibir a nuestros amigos, compartir una comida
y escuchar una canción, leer un poema, contar
una historia y tomar una copa de vino. En casa,
bajo el mismo techo, vivimos con los nuestros
más cercanos: pareja, hijos, hermanos, padres, u
otras personas, a las que amamos, con las
cuales, reímos y cantamos, peleamos, sufrimos y
lloramos, jugamos, crecemos y resolvemos los
problemas juntos.
Antes de que el rey David
centralizara el culto, se llevara el Arca de la
Alianza para Jerusalén y nombrara a Sadoq como
sumo sacerdote para tener en sus manos el poder
político y religioso de Israel, el culto se
hacía primordialmente en las casas. El proyecto
de Israel fue el proyecto de la casa, es decir,
el proyecto familiar. Totalmente distinto al
proyecto del palacio impuesto por el imperio
egipcio y las ciudades estado Cananeas. Israel
empezó como pueblo, agrupando familias: la
familia de Abrahan, la familia de Isaac, la
Familia de Jacob, etc., que se unieron para
construir una historia distinta, un proyecto
alternativo: la confederación de tribus; el
proyecto de la casa.
Jesús predicó algunas veces
en las sinagogas y, muy pocas veces, en el
templo, a donde básicamente fue a protestar
contra la corrupción oficial. Casi siempre lo
encontramos en las plazas, en la playa, en los
caminos y por supuesto: en la casa. Hizo de la
casa de Cafarnaum, en la costa noroeste del Mar
de Galilea o Lago de Tiberíades, un lugar de
encuentro, de amistad, de intimidad y de
acogida, donde mostró el rostro misericordioso
de Dios.
No sabemos con certeza de
quién era esa casa. Algunos suponen que era de
su propiedad (Mt 4,13; Mc 2,1ss; 9,33) otros,
que era de su amigo Simón, o de alguna otra
persona que se la había prestado. Lo que sí
vemos con claridad es que la casa estaba puesta
al servicio de la Causa. Allí se reunían para
enseñar, para celebrar, para curar a la gente y
descansar después de largas jornadas. Fuera
ajena, de alguna familia o del mismo Jesús no es
lo más importante, sino el hecho de que prestara
un servicio comunitario.
El evangelio de hoy nos
presenta a Jesús en casa. Había mucha gente
agrupada que escuchaba su predicación. Había
también un hombre paralítico que como tal, no
podía valerse por sí mismo; iba donde lo
llevaran. Más que un hombre es el mismo hombre,
o sea, la humanidad caída que, dominada por
tantos males, no puede vivir en libertad debido
a las fuerzas que la aplastan. Cuatro hombres
querían propiciar el encuentro con Jesús, pero
no podían a causa del gentío. Preguntémonos
cuándo el gentío y el bullicio de la gente, las
distracciones de nuestra sociedad, las
ideologías y la influencia de los medios de
comunicación (convertidos a veces en medios de
distracción o de distorsión), nos impiden
encontrarnos con los de nuestra casa y con
Jesús.
En todo momento,
particularmente en los difíciles, qué bueno
tener y ser buenos amigos. Qué bueno estar
siempre dispuestos a dar lo mejor, a apoyar en
todo, a hacer todo lo posible para que los
problemas se solucionen y para propiciar el
encuentro con aquel que tiene la capacidad para
levantarnos de nuestras postraciones. Como
personas somos limitados pero tenemos la gran
oportunidad de conducirnos hacia Jesús, que
puede transformar nuestra vida y hacer de
nosotros personas nuevas, libres y seguras.
Estos cuatro amigos del paralítico, hicieron
todo lo posible, hasta desbaratar el techo de la
casa, para llevarlo hacia Jesús. La curación se
dio en este caso no solo por la fe del
paralítico sino también por la de sus amigos.
¿Qué clase de amigos somos? ¿Qué clase de amigos
tenemos?
Al anunciar el perdón de Dios
para el paralítico, excluido por ser considerado
pecador, Jesús liberó al hombre de su culpa, le
quitó un peso psicológico y lo reintegró a la
comunidad. Lo aceptó como hermano y le dio la
oportunidad de levantarse. Pero aquí surgió un
problema delicado porque estaba pisando muchos
callos. Si este hombre de Galilea, sin
autorización oficial, anunciaba el perdón de los
pecados, sin ritos de purificación, sin tributos
y dejando a un lado la pomposa y engañadora
liturgia oficial, entonces estaba tumbando por
la base las estructuras sobre las cuales se
sostenía la religión judía. Además, les quitaba
un negocio muy jugoso para los sacerdotes,
levitas, escribas, doctores de la Ley y toda esa
burocracia ‘sagrada’, que había convertido el
templo en una cueva de bandidos, la fe en un
mecanismo de exclusión y en una escalera para
alcanzar títulos honoríficos, con los cuales
pretendían llenar su vacío existencial y su
bajeza humana. Ellos tuvieron ‘razones
suficientes’ para perseguirlo hasta la muerte:
“Poderoso caballero es Don Dinero”
(Francisco de Quevedo y Villegas).
A pesar de lo peligroso para
su seguridad, Jesús siguió adelante con su
ministerio en defensa de la vida, especialmente
de los excluidos, y ayudó a aquel hombre a
descubrir su dignidad y el lugar donde debía
estar. Le comunicó la gracia y el amor de Dios
que lo reconstruía como ser humano y lo
reconocía como hijo. Le brindó la confianza, la
seguridad para levantarse y la alegría de vivir.
Y ¿saben a dónde lo envió? A su casa. A sentir
el calor del fogar y el amor de la
familia, a construir el proyecto del Padre. El
proyecto de la casa, el proyecto familiar.
¿Sobre qué base está
sostenida nuestra fe? ¿Qué cuestionamientos
haría Jesús de Nazaret a nuestras estructuras
religiosas si viniera hoy? ¿Estamos construyendo
el Proyecto de la Casa (familiar, cercano e
incluyente) o el Proyecto del Palacio (imperial,
lejano y excluyente)? ¿Nuestras Iglesias se
parecen a las frías sinagogas y al templo de
Jerusalén convertido en cueva de bandidos o se
parecen a la casa de Jesús, en la cual recibía a
todo aquel que lo buscaba con sinceridad?
Nuestras familias, iglesias y comunidades, en
medio de sus limitaciones humanas, ¿son
realmente un espacio que posibilita el encuentro
con Jesús, la vida en el espíritu y la
comunicación del amor?
Oración
Bendito sea Jesús, alabado,
glorificado y enaltecido, por tu infinito amor,
por tu generosidad y entrega total comunicando
la vida abundante que proviene de Dios, Padre y
Madre. Gracias por las personas que nos acercan
a ti, que nos animan, nos invitan, nos llevan a
tu casa, nos trasmiten tu palabra y la
experiencia maravillosa de la salvación.
Reconocemos que dentro de
nosotros habitan realidades que nos detienen,
nos limitan, nos paralizan y no nos dejan
avanzar. Te pedimos que la gracia de tu Espíritu
nos reconcilie, nos purifique, nos dé la paz y
el perdón. Te abrimos totalmente las puertas de
nuestros corazones para que nos renueves, nos
transformes y nos des la capacidad de tomar en
nuestras manos nuestras camillas, caminar y ser
dueños de nuestra propia vida, del desarrollo de
nuestra propia historia de salvación.
Danos la fuerza para renovar nuestras casas,
nuestros hogares, nuestras familias, nuestras
iglesias y comunidades. Que purifiquemos
nuestros ritos, nuestros cultos, nuestras
celebraciones, nuestras tradiciones de todo
anacronismo, de todo recelo, de toda rigidez, de
toda frialdad. Que nuestras casas familiares y
eclesiales estén siempre abiertas para amar,
para acoger, para celebrar con gozo la fiesta de
la reconciliación, del encuentro contigo y con
los hermanos, la fiesta de la vida. Que en
nuestras casas familiares y eclesiales nos
sintamos personas, nos sintamos amados, nos
sintamos valorados, nos sintamos hermanos, hijos
amados del Padre y madre Dios. Amén.