NO SUFRAS POR ESO, TEN PACIENCIA
Cuando estamos bien es muy
fácil decirle a la gente que sufre, palabras o
frases de cajón, a veces frías e indiferentes
como: “tranquilízate”, “ten paciencia”,
“cálmate, no sufras por eso”, “nada ganas con
exaltarte...” Cuando hemos comido nos queda
fácil juzgar a alguien porque roba algún
producto del supermercado respondiendo a su
instinto de conservación. Cuando sufrimos,
entonces podemos entender el sufrimiento ajeno;
por qué los demás lloraban, por qué decían malas
palabras, por qué se deprimían y por qué
blasfemaban…
La historia de Job nos narra
el drama de un hombre y en él, el de la
humanidad caída, que, como decía Jean Paul
Sartre, sufre y no es feliz, porque está
condenada al fracaso y la angustia de existir es
inevitable. ¿La vida? Una pasión inútil. ¿La
libertad? Me condena a vivir una angustia
aplastante ante el proyecto que constituye mi
ser. ¿Los demás? Son el infierno. ¿Y el amor?
“Por el amor, me entrego al otro, busco captar
su atención para que me dedique su libertad y
así le dé sentido a mi vida” (Sartre – El
ser y la nada). Entonces me convierto en objeto
y termino queriendo y amando mi vergüenza como
signo profundo de mi objetividad.
A los amigos de Job, que no
comprendían su dolor, les quedaba fácil juzgarlo
y acusarlo de pecador, pues, según la mentalidad
de aquel tiempo, las desgracias venían porque se
cometía algún pecado. Así nos puede suceder
cuando, sin conocer el dolor humano y careciendo
de la más mínima empatía, nos atrevemos a juzgar
las diferentes manifestaciones de una persona
adolorida. Cuando seamos testigos en carne
propia del sufrimiento extremo comprenderemos el
porqué para Sartre la vida no era más que una
pasión inútil, el porqué Job sentía que su vida
era un suspiro y que sus ojos no volverían a ver
la dicha. Porqué maldijo el día en que nació
(3,3) y porqué se sintió condenado por el mismo
Dios (10,1ss).
En Job está plasmado el dolor
humano. Realidad tan atacada por todos y en
todos los tiempos, pero tan arraigada y tan
difícil de erradicar. Las ciencias, las
comunicaciones, las filosofías, el arte, la
música y hasta las mismas religiones, muchas
veces han prometido erradicar el dolor del
planeta. Pero, aunque tenemos muy buenos logros,
todavía contemplamos los rostros de Job en la
humanidad entera y muchas veces en nuestra
propia carne.
Como cristianos no podemos
ser indiferentes ante el sufrimiento humano.
Ante el sufrimiento tal vez, de nuestros propios
familiares, amigos o compañeros de trabajo, que
soportan en silencio su propio drama pues caras
vemos, corazones no. Ante el sufrimiento de
aquella persona que me cae mal, porque con sus
palabras o con sus actitudes desagradables,
despierta mis oscuros sentimientos y toca mi
propia inseguridad, cuando, muy en el fondo, lo
que buscaba desesperadamente era que alguien la
amara y la comprendiera.
No podemos desconocer, como
nos lo dice el documento de Puebla (31-39), los
rostros de niños golpeados por la pobreza desde
antes de nacer, los rostros de jóvenes
desorientados por no encontrar su lugar en la
sociedad. Los rostros de indígenas y, con
frecuencia, de afroamericanos, que viven
marginados y en situaciones inhumanas. Los
rostros de campesinos privados y desplazados de
sus tierras, de los obreros mal retribuidos,
subempleados y los de tantos marginados de
nuestras urbes o de los territorios ignorados.
Los rostros de ancianos, cada día más numerosos
y también frecuentemente marginados… en fin, los
rostros muy concretos en los que deberíamos
reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el
Señor, que nos cuestiona e interpela.
Ante el dolor humano es
preciso quitarnos las sandalias y acercarnos con
cuidado, con mucho respeto y, sobre todo, con el
amor misericordioso que nos enseñó Jesús con su
palabra y su obra.
¿FUE JESUS UN EXORCISTA?
Algunos grupos de corte
neopentecostal, dentro o fuera de la Iglesia
Católica, enfatizan tanto en esta faceta de
Jesús, que llegan muchas veces a exageraciones
enfermizas. Como obsesivamente ven el demonio
por todos lados, consideran cualquier
manifestación atípica de la psiquis humana como
una posesión demoníaca digna de un exorcismo. En
esos ambientes abundan los exorcistas y también
los posesos. Allí los amantes del espectáculo y
de los aplausos del “respetable público”,
encuentran la oportunidad apropiada para saciar
su sed de ovaciones y de admiración, y para
llenar de una manera mediocre su vacío humano.
Por otra parte, hay un grupo
que siguiendo a Rudof Bulman, quiere
desmitologizar totalmente el Nuevo Testamento,
trata de quitar todo viso mágico a la figura de
Jesús y niega su relación con estas prácticas
mencionadas. Esta visión desconoce la ubicación
histórica de Jesús en su tiempo y su espacio, ya
que él vivió una época con mentalidad mágica,
que, como todo el mundo antiguo, veía en las
manifestaciones de la naturaleza la acción de
espíritus buenos o malos. En aquel entonces era
natural la interpretación de algunas
enfermedades físicas o psicológicas, como
posesiones demoníacas. No había una frontera
definida entre enfermedad, pecado y posesión
diabólica. Por lo tanto eran comunes los
exorcistas (Mt 12, 27; Lc 11,19; Hch 19,11; Mc
9,38-40).
Por esto, tratando de ser
fieles al Jesús histórico, podemos decir con
John Meier que Jesús sí practicó el exorcismo,
pero no fue eso lo que hizo de él un personaje
insólito, por no decir único. Lo fue el hecho de
unir en su persona las funciones de exorcista,
maestro de la moral, captador de discípulos y
profeta que anunciaba el Reino futuro pero
presente desde ahora.
Negar esta actividad de Jesús
sería desconocer su mundo. Pero realizar esta
práctica en la actualidad, cuando los avances de
la ciencia, específicamente a nivel médico y
psicológico, nos ayudan a descubrir el origen de
las enfermedades y el tratamiento adecuado,
representa un desfase tremendo. Aunque, como en
todo, sobre esto no se ha dicho la última
palabra y es posible que haya algún caso
especial, casi todos los “exorcismos” actuales
representan una práctica irracional y un desvío
del proyecto de Jesús. Zapatero a sus zapatos.
Además, Jesús tuvo su propio
estilo e intencionalidad para los exorcismos y
sanaciones. Los exorcistas y curanderos de la
época echaban mano y atribuían su éxito, a la
observancia de ciertas fórmulas rituales, como
palabras, acciones simbólicas, empleo de ciertas
sustancias, invocación de espíritus o personajes
antiguos. Jesús hablaba de una relación muy
profunda entre milagro y fe. Para que se diera
el milagro era necesaria la fe, el deseo de
curarse y la confianza en que el poder de Dios
era más fuerte que el poder del mal.
Él supo combinar
perfectamente su calidad humana con su relación
y confianza en Dios. A la suegra de Pedro, “se
acercó, la tomó de la mano y la levantó”. La
presencia de Jesús, la relación con él y su
cercanía, generaba en la gente confianza, deseos
de vivir, de luchar por la vida, de crecer y de
levantarse.
Sanó a los enfermos, no para
hacer creer su ego (Mt. 4,3-6), sino al
contrario, se negó a realizar una señal en el
cielo como requisito para que creyeran en él (Mc
8, 11). Sanó para que la persona atacada por el
mal viviera, fuera feliz y se integrara a la
comunidad en el amor y el servicio, como pasó
con la suegra de Pedro. Los milagros de Jesús
eran el anuncio de algo más grande: “el Reino
de Dios está cerca” (Mt 12,28). No se limitó
a la parte corporal, sino que se trató de una
sanación integral desde lo profundo del ser
humano: sus motivaciones, su razón de vivir, sus
convicciones, su mente, su cuerpo y su espíritu.
Le devolvió al ser humano atacado por el mal, su
plena integridad y su capacidad de ser él mismo
en relación con los demás y con Dios. No fue
magia, fue calidad y trabajo humano
complementado perfectamente con la gracia de
Dios.
En nuestra aldea global
estructuralmente enferma, el testimonio de
Jesús, su lucha contra el mal y su entrega
generosa por la liberación del ser humano,
representa para nosotros, sus seguidores, un
reto y una Buena Noticia que no podemos ocultar.
El mal personal, comunitario y social, sigue
haciendo su mella y sigue condenando a mucha
gente a llevar la vida como una pasión inútil,
paralizada por las estructuras internas o
externas. Es necesario hacer el bien y luchar
contra el mal para devolver la salud, la paz, el
bienestar, a todos aquellos poseídos por “los
demonios” que azotan nuestra humanidad.
Esto debe constituirse para
nosotros, más que en un gesto admirablemente
raro, en un imperativo ético para ser
auténticamente humanos. Como decía Pablo (2da
Lect.) “Anunciar el evangelio no es para mí
motivo de gloria; es obligación que Dios me ha
impuesto. ¡Ay de mí, si no anuncio el
evangelio!”. ¡Ay de nosotros si somos
indiferentes ante el dolor humano! ¡Ay de
nosotros si pensamos egoístamente en nuestro
propio bienestar y no más! ¡Ay de nosotros si no
escuchamos el clamor de los empobrecidos,
marginados y condenados a vivir su drama en la
más profunda soledad!
“Él se acercó, la tomó de
la mano y la levantó. Y le pasó la fiebre y se
puso a servirles”.
Oración
Jesús, hermano, amigo,
compañero de camino. Gracias por todo tu
ministerio a favor de nuestro bienestar como
seres humanos. Gracias por tu constante lucha
contra las fuerzas que desintegran la vida, por
tu disponibilidad para estar cerca del que sufre
y aliviar su dolor, como manifestación de la
presencia del Reino.
Danos un corazón
misericordioso para comprender al que sufre,
para acercarnos a él y ser buena noticia con
nuestra acción solidaria, nuestra presencia,
nuestra palabra o nuestro silencio.
Te pedimos que nos liberes de
todas las ataduras y nos ayudes a vivir en
completa libertad de mente, de cuerpo, de
espíritu. Que en nuestras familias y comunidades
creemos el espacio propicio para vivir en
libertad, para servir con amor y experimentar tu
presencia sanadora. Que nuestras relaciones
interpersonales se tejan con el hilo conductor
de tu amor misericordioso para vencer los
“espíritus malignos” y permitir que tu Espíritu
Santo conduzca nuestra vida hacia la plenitud.
Amén.