JESÚS,
EL HIJO MUY AMADO
“Graduarse” en la escuela
del Bautista, fue para Jesús el punto de partida
para su ministerio. Podríamos decir que allí terminó
su formación pre-ministerial, ya que fue después del
bautismo cuando Jesús inició su vida pública. (Vale
esto también, para recordar que en el trabajo
evangelizador, además de fe y entrega por la obra
del Señor, se necesita una formación sólida en
distintas disciplinas).
Los evangelistas
presentan al Bautista en el desierto y en el río
Jordán, aludiendo a Elías, el precursor de los
profetas (2Re 1,6-7). Con una vida muy austera,
propia de los verdaderos profetas, vestido con un
manto hecho de piel de camello, y alimentado con
langostas y miel silvestre. Muy ubicado en su
historia; con una madurez humana digna de admirar y
una humildad tal, que le permitió reconocer en
Jesús, algo más grande que él, indigno de desatarle
las sandalias.
El Bautista no compitió
con Jesús, comprendió que los dos eran parte del
gran proyecto de salvación para el ser humano y no
desperdició su vida creyéndose el protagonista
central. (No pensó, como piensan algunos personajes
de nuestro panorama mundial con delirios mesiánicos,
que son el ombligo del mundo, que con ellos empieza
la historia y sin ellos estaríamos perdidos). Supo
cuándo actuar y cuándo retirarse para darle campo a
otro, sin esa competencia desleal que se ve en
nuestro mundo y algunas veces también en nuestras
comunidades cristianas, animadas por deseos de
sobresalir por encima de los demás.
Reconocer en Jesús a
alguien más grande que él no lo llevó a infravalorar
lo propio. Supo que su bautismo tenía sentido porque
era de conversión, pero el de Jesús iba más allá
porque era del Espíritu Santo. (El Evangelio de
Mateo – 28,19 – complementa y dice que es en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tal
como lo tenemos ahora en la Iglesia).
Desde Nazaret fue
Jesús en busca del Bautista. Hizo fila entre los que
buscaban el perdón de los pecados, un alivio a sus
dolores y salidas para sus muchos problemas. El
nazareno hizo parte de los que estaban ansiosos por
la liberación de su pueblo, con la esperanza de un
Mesías que los salvara de todo tipo de esclavitud.
La escuela del Bautista y su bautismo fueron las
pinceladas finales en la formación de Jesús, para
descubrir que tenía una misión especial en el mundo.
El bautismo no es punto de llegada, como muchos en
la actualidad lo ven, llevando una religiosidad
mediocre, cumplidora y conformista; el bautismo es
punto de partida para todo un camino con un
compromiso a realizar.
En el bautismo de
Jesús se hizo presente el Espíritu que lo acompañó
toda su vida y fue el móvil de todos sus actos. Allí
el Padre lo declaró su Hijo muy amado en el que se
complacía.
Jesús fue un Hijo
que experimentó el amor. El Amor del Padre Dios
manifestado primero en sus padres y luego de todas
las personas con las que creció y compartió su vida,
le permitió como dice Lucas, crecer en sabiduría
y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc
2,52). El amor es más importante de lo que
nosotros pensamos. La falta de afecto sobre todo en
las primeras facetas del ser humano, trae
consecuencias desastrosas para el ser humano. Muchas
personas viven llenas de frustraciones, odios,
rencores, etc., por su fría formación o en el
extremo, porque durante sus primeros años de vida
sufrieron y agresividad.
John Watson,
un reconocido investigador del siglo pasado,
aseguraba que el afecto paternal debía ser
dosificado para no maleducar a los hijos: “nunca
los abrace ni los bese y tampoco los deje sentar en
su regazo”. Hoy sabemos que eso no es cierto y
que, por el contrario, por la frialdad en las
relaciones familiares muchas personas cargan una
pesada cruz que no les permite desarrollarse
plenamente.
Un estudio
publicado en la revista Proceedings of the national
academies encontró que en los primeros años de vida
el contacto de los bebes con sus padres es vital
para su desarrollo afectivo posterior y carecer de
él trae consecuencia muy negativas. Esto no quiere
decir que en una persona maltratada o con una
infancia dolorosa, todo esté perdido. Estas personas
pueden recibir tratamiento y recuperarse, aunque el
tiempo perdido nunca se pueda recuperar.
Jesús fue antes
que todo, el Hijo muy Amado. La vivencia del amor
fue lo que le permitió a Jesús adquirir su capacidad
de Amar, de perdonar, de sanar, de reclamar y de
enfrentar la injusticia, de construir comunidad de
discípulos y discípulas con una única norma suprema:
el amor. En toda la vida y obra de Jesús, en su
compromiso con el ser humano, especialmente con los
pobres y excluidos de la sociedad transparentó el
amor de Dios. Todo fue motivado por el Espíritu
Santo que es el amor de complacencia.
Jesús, y ahora la
ciencia lo confirma, nos ayuda a reconocer que el
mejor estímulo, la mejor medicina y el mejor impulso
para vivir es el amor. Que el mejor sentimiento por
el que vale la pena luchar y entregarse, es el amor.
Que sin amor nada somos y con amor todo se puede aún
cosas inalcanzables para la razón, porque como dijo
Anthony de Saint Exupery: “el corazón tiene razones
que la razón no alcanza”.
Nosotros tenemos la oportunidad
de abrirnos al amor de Dios manifestado en las
personas y en la intimidad con Él. No dejemos pasar
la oportunidad para brindar amor a nuestros hijos, a
nuestros familiares, a los hermanos en la fe y a
toda la humanidad. Dejémonos amar y demos amor, que
en últimas ahí encontraremos el sentido de la vida.
Si el amor es el motor de toda nuestra vida lo demás
vendrá como consecuencia de ello. Entonces
agradaremos al Padre tal como lo hizo Jesús, el Hijo
muy amado en el que el Padre Dios encuentra toda su
complacencia, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8).