1ra
lect:
Dn 12, 1-13 Salmo responsorial: 15, 5.8-11
2da lect.: Heb 10,11 -14, 18
Evangelio: Mc 13,24-32
El
hijo del hombre
Nos volvemos a encontrar hoy, como hace ocho días, con un fragmento
del libro de Daniel. Un texto que pertenece a la literatura
apocalíptica y que es preciso leer desde esta perspectiva.
Recordemos que se trata de un texto opuesto a las pretensiones de
divinidad y dominio absolutos, típicos de los dominadores helénicos,
que para la época de la elaboración del texto, sometían Palestina.
La escuela apocalíptica que escribió el libro de Daniel tenía como
objetivo animar a sus fieles a una resistencia contra la ideología
dominante, que pretendía suplantar el poder y señorío del Dios en
el cual ellos siempre habían creído.
Este fragmento nos presenta como protagonista central al Hijo del
Hombre, que recibe el poder y el señorío para siempre. El Hijo del
Hombre representa todo lo bueno que hay en la humanidad. Esa
humanidad buena que procede de Dios (las nubes significan la morada
de Dios) y hace su voluntad, vencerá la maldad que parece dominar.
Aunque los poderosos pretendan eternizarse en el poder y acabar con
todo aquel que cuestione su actitud arrogante y su falso sentido de
humanidad, la historia nos demuestra que todos los reyes con sus
reinados son efímeros. Que sólo es eterno el poder de Dios y su mano
salvadora a favor del necesitado.
¿Cristo Rey?
Algunos predicadores dicen que Jesús se
proclamó rey, aunque Él no hablaba del reino de este mundo sino de
un reino espiritual, más allá de este. La cosa parece muy clara:
“No es el mundo el que me ha hecho rey. Si el título de rey me
viniera de este mundo, tendría gente a mi servicio que peleara para
que yo no cayera en manos de las autoridades judías. Pero mi título
de rey no viene de aquí abajo.”
Aquí, como en otros textos de la Biblia,
nos encontramos con un problema de traducción. Sucede
que Jesús no habló del título de rey, sino del reino.
Parece una tontería, pero no lo es. El texto griego dice:
“E basileia e emé ouk estin ek ton kósmon tóuton”, lo cual
significa literalmente: “El reino mío no es del mundo este”.
Rey en griego es: “Basileús”, mientras que reino o reinado es: “Basileia”,
tal como está en el texto. De tal manera que Jesús no habló de sí
mismo como rey, ni de la supuesta procedencia de su título real,
sino del reinado por el cual él siempre había luchado: el Reinado de
Dios.
La traducción literal completa del párrafo es esta: “El reino mío
no es del mundo este; si del mundo este fuese el reino mío, los
servidores míos lucharían para que no fuese entregado a los judíos;
pero ahora el reino mío no es de aquí.”
Pilato era quien insistía en preguntar si Jesús era rey:
“oukoun basileus ei su” lo que significa: “¿Luego rey eres
tú?”. Aquí sí se utiliza el término basileus, o sea rey. Pilato
estaba interesado en saber si Jesús de verdad se había declarado rey
tal como lo acusaban sus enemigos judíos. Jesús le respondió: “Tú
dices que rey soy.” Aquí tampoco podemos decir que Jesús haya
aceptado el título de rey. “Tu dices que rey soy” no es una
respuesta afirmativa. Podría
traducirse también: “Eres tú quien lo dices”. Algunas Biblias
traducen: “Sí, como tu lo dices: soy Rey”. Es una traducción
totalmente errada. Él nunca habló de sí mismo como rey. Es más,
cuando después del signo de la multiplicación de los panes
quisieron hacerlo rey, se escapó al monte (Jn 6,15).
Las palabras que siguen: “Yo
para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar
testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye de mi la
voz”,
tampoco significan que Jesús haya venido a este mundo para ser rey.
Revelan la verdadera misión de Jesús: dar testimonio de la verdad.
Podemos decirlo directamente: Jesús no vino para ser rey de nada,
sino para dar testimonio de la verdad.
¿Entonces por qué la causa de condenación fue precisamente por
haberse declarado rey, tal como se escribió en la tablilla:
“Jesús el nazareno, Rey de los judíos”? (Jn 19,19). Quienes acusaron a Jesús de haberse declarado rey
fueron los interesados en deshacerse de él: sumos sacerdotes,
escribas, doctores de la ley, saduceos, entre otros. Como en aquella
época los dirigentes judíos no tenían la “ius gladi” o facultad para
condenar a muerte, entonces acudieron a quien sí la tenía: Pilato.
Una razón poderosa, que seguramente conllevaría a la condenación
inmediata, era decir que se había declarado rey, porque Pilato lo
relacionaría con un desconocimiento del emperador romano y por tanto
con una sublevación al imperio.
“Que Jesús sí es rey pero no
de este mundo, sino de la otra vida, la vida del cielo, en la cual
reina con todos sus ángeles”, dicen otros despistados.
Otra afirmación igualmente errada.
“El reino mío no es del mundo este”,
no significa que Jesús sea rey de
otra parte, de un mundo extrasensorial y supraterrenal más allá de
la historia humana. Significa que el reinado por el cual luchó Jesús
no era como el reinado del mundo romano, o “el orbe romano”, como le
llamaban. Un reinado esclavizador, generador de terror, miseria,
dolor y muerte. El reinado propuesto por Jesús era el reinado de
Dios el cual implicaba un proyecto de justicia y verdad. Para esto
vino al mundo: para dar testimonio de la verdad.
Es bueno saber que “mundo”, para los escritos de la tradición de
Juan, tiene dos significados que se entienden según el contexto. Por
una parte está el mundo como universo, incluido el ser humano:
“El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo”
(Jn 6,51b), “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al
mundo sino para que se salve por medio de él” (Jn 3,17).
Otro significado de mundo es todo aquello que esté contra la
voluntad de Dios: la maldad en contra de la bondad, la mentira como
contraria a la verdad, el poder que oprime contrario al amor que
sirve, las tinieblas como contraposición a la luz, etc.: “Ustedes
encontrarán la persecución del mundo. Pero ánimo, yo he vencido al
mundo” (Jn 16,33) “No amen al mundo ni lo que hay en el
mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Pues
toda corriente del mundo – la codicia del hombre carnal, los ojos
siempre ávidos, y la arrogancia de los ricos – nada viene del Padre,
sino del mundo” (1Jn 2,15-16)
Algunas veces los dos conceptos de mundo de mezclan en un párrafo,
pero se pueden diferenciar: “Yo les he dado tu mensaje y el mundo
los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas
del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”
(Jn 17,14-15)
Esto es bueno aclararlo porque, si el reinado que anunció Jesús es
de otro mundo diferente a este de los mortales, el cristiano no debe
meterse en cuestiones temporales. Por eso a muchos no les interesa
la situación de los pueblos, la riqueza o la pobreza, la miseria y
la injusticia de nuestro mundo. Por eso mismo muchos monjes
medievales “dejaron el mundo” y se encerraron en las celdas
conventuales para hacerse santos. Pero Jesús no fue un hombre
autista desconectado de la realidad, no fue anacoreta, ni un monje
conventual. Esa es una visión peligrosa que enceguece al creyente y
convierte la religión en un opio adormecedor de las conciencias. Un
Jesús que proclama el reinado de un mundo espiritual y extramundo,
desencarnado y alejado de todo compromiso de orden temporal con la
realidad concreta que vive el ser humano, es un Jesús falseado.
En este evangelio lo vemos compartiendo la tragedia humana, vivida
por muchos hombres de las colonias romanas que se atrevían a
levantar la cabeza. Éste es el típico juicio de un inocente
procesado como si fuera un peligroso criminal. No precisamente por
huir del “mundo, el demonio y la carne”, sino como consecuencia de
su compromiso con la historia, por su manera como enfrentó y se
opuso a todo lo que disminuía la dignidad humana.
Pilato representaba a Tiberio, emperador romano, quien tenía el
poder en su mano. Los romanos controlaban todo, absorbían como una
aspiradora los bienes del pueblo de Dios y lo dejaban en la miseria.
Sin ser los únicos, eran la cara más visible del mundo en cuanto que
se oponían a los planes de Dios. Según la religiosidad romana, el
emperador era el hijo del altísimo y el absoluto de todo el orbe.
Esa era la “verdad”: todo lo que dijera el emperador era palabra de
Dios. La voluntad del emperador era la voluntad de Dios y debían
hacerla cumplir a la fuerza.
La maquinaria judía, que servía a los romanos y traicionaba a su
propio pueblo para defender sus privilegios, le había vendido una
idea a la masa de gente: “Jesús es un peligro y debe morir”.
Aquí vemos una vez que la voluntad popular no siempre representa la
autonomía de un pueblo. Que no siempre la voz del pueblo es la voz
de Dios y con mucha frecuencia la voz del pueblo no es más que una
soberana gritería, fruto del engaño de las maquinarias corruptas que
se alimentan de la desgracia de los inocentes.
Esa era la “verdad” oficial: la persona más importante era el
emperador, seguidos por sus ministros y demás ciudadanos romanos.
Los demás individuos no contaban. “El bien del pueblo romano era
la suprema ley”. Los demás pueblos podían ser colonizados,
explotados con cargas tributarias y pisoteados con todo tipo de
vejámenes, si ponían resistencia.
Esa era la “verdad” oficial: Jesús era un nativo de una colonia del
imperio, un hombre grosero que se había atrevido a cuestionar esa
verdad, un peligro que debía ser eliminado. Un pobre reo con quien
podían jugar los soldados, pues una vez condenado a muerte quedaban
derogados todos sus derechos como ser humano.
Pero esa era una “verdad” impuesta. Una falsa “verdad”, como tantas
versiones oficiales de gobiernos totalitarios y de ideologías
dominantes.
La verdad – verdad, estaba en la persona de Jesús. En su calidad
humana, en su testimonio de vida y en su entrega generosa al reinado
de Dios. Él no vino para usurparle el reinado a nadie y tomar su
puesto como otro monarca. Vino para ser testimonio de la verdad y
para mostrarnos un camino que lleva a la plenitud a todos los seres
humanos.
Aunque su vida estaba en manos del poder judío y del poder romano,
aunque era un perdedor que no valía, la verdad – verdad, es que nada
era tan valioso como su testimonio de amor y su entrega por una
humanidad realmente libre y feliz. Su vida, su palabra y su proyecto
eran generadores de amor, fraternidad, justicia y verdad.
Los poderosos lo vencieron, pero en el fondo fue él quien venció. El
poder judío buscó que Pilato lo condenara a muerte. Pilato lo
condenó no sólo para responder a la presión judía sino porque
también tenía razones poderosas para quitárselo de encima. Jesús
podía renunciar a su proyecto para evitar que lo mataran, pero no lo
hizo. Pagó el precio de la cruz como expresión de su fidelidad a
Dios y a los demás seres humanos, como manifestación de su
solidaridad con todos los crucificados de la historia que, como él,
eran víctimas de quienes prefieren excluir y matar en vez de
cambiarse a sí mismos y cambiar las relaciones para sean más
humanas. Si realmente quería afirmar la fidelidad de Dios con el ser
humano, la validez de su proyecto y la supremacía del reinado de
Dios sobre los reinados temporales que se erigían para aplastar a
los débiles, tenía que morir. Si se retractaba y renunciaba a su
causa, salvaba su pellejo y lo dejaban libre, pero todo se habría
perdido. Sólo asumiendo las consecuencias de su compromiso, sólo
asumiendo la cruz, impediría que la injusticia y la frustración
tuvieran la última palabra; sólo así se reafirmaría como el hijo de
Dios, el hijo del hombre y el hermano de todos. Y así fue como
venció al mundo
(Jn 16,33),
porque sólo así, la última palabra la tuvieron el amor incondicional
y el perdón.
Hoy celebramos la fiesta de Cristo rey. Pero más que proclamar a
Jesús como el rey del universo, Dios y hombre, señor y Mesías, a
quien deben consagrarse las archicofradías, las parroquias, o los
estados, podemos anunciarlo como Buena Noticia, como un camino, un
modelo para ser plenamente humanos y un proyecto para construir una
vida justa y digna. Buena Noticia que se vive y se anuncia, y utopía
que se construye en medio de las duras realidades y de los poderes
que se oponen a su realización.
“Para mí, lo más importante que se dijo
de Jesús en el Nuevo Testamento no es tanto que él es Dios, Hijo de
Dios, Mesías, sino que pasó por el mundo haciendo el bien (Hch
10,38), curando a unos y consolando a otros. Cómo me gustaría que se
dijera éso de todos y también de mí”
Boff Leonardo, Una espiritualidad liberadora, Estella
1992, 15.