¿Puede la familia de
Nazareth ser ejemplo para las familias de
hoy? Cuando,
desconociendo el evangelio, vemos la familia de
Nazareth a través de las gafas prestadas por las
escuelas filosóficas con visiones sesgadas del ser
humano, dudo mucho que sea un ejemplo para nuestras
familias.
Digo esto porque
durante los primeros siglos del cristianismo, y ante
las críticas displicentes por parte del mundo
intelectual, algunos cristianos: Clemente de
Alejandría, Gregorio Nacianceno, Dionisio
Areopagita, Orígenes, más tarde San Agustín, etc.,
se dieron a la tarea de buscar un fundamento
filosófico a la fe; para esto se echó mano de la
filosofía griega.
Con el peso filosófico
mucha gente reticente abrazó la fe, pues se presentó
al cristianismo como una religión que prometía
tomarse el mundo accidental y por lo tanto valía la
pena unirse a ella.
Los misterios órficos,
así como la filosofía de Plotino, Platón, Maniqueo,
Aristóteles y otros pensadores griegos, se
acomodaron de tal manera a la ya constituida
religión cristiana, que el evangelio pasó a un
segundo plano, siempre leído e interpretado a través
de los códigos filosóficos a los cuales tenían
acceso los clérigos, casta que surgió cubierta de un
aureola de santidad para darle más solemnidad a la
religión.
A estos padres de la
Iglesia no hay duda que debemos una gran admiración
y respeto, pues entregaron su vida por Cristo con
toda diligencia. Pero también la Iglesia, como un
organismo vivo, debe renovarse teniendo en cuenta
los signos de los tiempos y a la luz del evangelio.
Según la filosofía griega cristianizada, lo
fundamental en el ser humano era el alma; el cuerpo,
una cárcel de la que era preciso liberarse. La
materia y todo lo terreno, eran vistos como algo
negativo que perturbaba la mente y condenaba el
alma. El trabajo del hombre era mantener el alma
pura, incontaminada de la materia, buscando siempre
volver al jardín de los dioses, Zeus para los
griegos, el Paraíso del cual estaba desterrado a
causa del pecado de Adán, según la interpretación
cristiana.
Partiendo de esta
ideología se le acomodó a la familia de Nazareth un
halo de beatitudes celestiales, que la alejaban del
mundo: José su padre, adoptivo por supuesto, fue
además casto. María su madre tenía que ser
inmaculada, es decir, sin ninguna clase de pecado y
por supuesto, virgen antes, durante y después del
parto. ¡Claro! Porque se trataba del niño Dios y Él
no podía vivir en una familia cualquiera,
contaminada con las cosas mundanas.
No sé si una familia
tan desencarnada y con tantas cosas superficiales
que no pertenecen al núcleo de la fe, pueda ser un
testimonio para hoy. Pero cuando nos acercamos más
al evangelio y descubrimos la vida sencilla de estos
personajes normales, creo que podemos contemplar con
gozo la grandeza del Dios que nos salva, manifestado
en la familia de Nazareth.
En el evangelio de hoy se nos presenta a la familia
de Jesús viviendo la cotidianidad de cualquier
familia judía de su tiempo. Lucas 2,22s la muestra
cumpliendo con la purificación exigida en la ley de
Moisés (Lev 12,1s). Se trata de una familia pobre.
El evangelista no le acomodó grandes y pomposas
celebraciones, con sacrificios de novillos cebados
al mejor estilo de los acomodados de la época. Si se
trataba de la Sagrada Familia, podría decir una dama
distinguida de aquel entonces: “¡Por favor! Si es
el hijo de Dios, el salvador del mundo, qué cursi se
ven esas dos tórtolas y los dos pichones”. Pues
eso fue lo que ofrecieron; lo permitido por la ley
para las familias más sencillas (según Lev 12,8).
Visto desde un romanticismo bucólico, podríamos
expresar ante esta escena: “¡Qué linda la familia
de Nazareth llevando dos tortolitas y dos
pichoncitos ante el altar de Dios! Imagínense la
santidad con la que esta familia iría al templo,
¡que hermoso!” Pero si analizamos el contexto no
parece muy sencillo, pues eso significa que hacían
parte de la gran masa de pobres que vivía en Israel,
aunque la familia de Jesús no era de las más pobres
ya que José tenía trabajo y de ahí derivaba su
sustento.
Pasaron trabajos, llevaron una vida austera, pero
eso no significa que en el interior de la familia
existiera violencia, maltratos, injusticias,
abandono, infidelidad y todo ese tipo de conflictos
que viven muchas de nuestras familias. En esta
familia, no obstante las limitaciones y las
espadas de dolor de las que habla el evangelio,
se cumplía la Ley y por lo tanto vivían la alianza
con Dios; participaban en el culto y solucionaban
cariñosamente sus impaces.
Cuando infortunadamente vemos cómo muchas familias
por exceso o por defecto, son el semillero de
corruptos, delincuentes, antisociales “de ruana o de
corbata”, que destruyen la humanidad, se nos muestra
hoy el testimonio de la sencilla familia donde Jesús
“fue creciendo, robusteciéndose y llenándose de
sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba”
(Lc 2,40).
La familia de Nazareth fue el espacio propicio para
que Jesús se formara integralmente. Su familia le
ofreció la posibilidad de crecer, robustecerse y
llenarse de la sabiduría de Dios. ¿Nuestras familias
nos ofrecen esto? ¿Estamos formando hijos capaces de
amar y servir generosamente, alegres y con fe en la
vida? ¿Somos felices en nuestra familia, aunque a
veces no haya sino un par de tórtolas y dos pichones
para ofrecerle a Dios? En medio de nuestras
limitaciones económicas, ¿estamos dispuestos a dar
algo? Recordemos que nadie es tan pobre que no pueda
dar, ni tan rico, que no necesite recibir. Con
nuestro testimonio como padres y como hijos de
familia, ¿despertamos la esperanza de liberación en
nuestros pueblos, tal como la despertó la familia de
Jesús ante Simeón y Ana? ¿Cómo familias somos
levadura en la gran masa, generadores de una nueva
humanidad y los constructores de vida?