EL VERBO SE HIZO CARNE
Francis Fukuyama, “anunció” hace más de 20 años el
fin de la historia. (Entiéndase aquí por historia,
la dinámica que desarrolla el ser humano para
construirse como tal, para hacer historia y ser
protagonista de ella).
Parece que Fukuyama tenía razón si tenemos en cuenta
que, infortunadamente, gran parte de la sociedad
actual camina idiotizada por donde le dice el
sistema y no se interesa en construir historia, ni
en dejar a su paso un mundo mejor. Muchos van como
por entre un túnel sin saber por qué, para qué, ni
para dónde van, simplemente van, viven, o
sobreviven. A los grandes ideales, a los grandes
sueños: al amor, la justicia, la verdad, la
fraternidad, etc., por los que tantas personas
lucharon y dedicaron todas sus energías,
sacrificando hasta su propia vida, les quieren dar
hoy un entierro de quinta categoría. A nuestro mundo
le gusta más el “rosario” enseñado por el dios
consumo que habita por excelencia el los centros
comerciales, nuevos templos postmodernos.
¿Para qué te metes en problemas? No hagas la guerra,
haz el amor, vive el presente pues es el único que
existe. ¿Para qué ves el pasado, para lamentarte?
¿Para qué el futuro, para preocuparte? Disfruta,
vive el hoy y no más,
(apoyados a veces con una interpretación sesgada de
Mt 6,25-34). ¿Para qué pensar en los otros, en
los pobres, en los miserables? Tu y yo no podemos
hacer algo por ellos pues nacieron pobres, ese fue
su destino, además no quieren trabajar, son unos
vagos. ¿No ves que el mismo Jesús dijo que a los
pobres siempre los tendremos? (Se hace una
interpretación torcida de Mc 14,7). Vive tu vida
y deja vivir. Té salvas o te condenas solo; así que
sálvese quien pueda porque camarón que se duerme se
lo lleva la corriente; no te metas en mi vida y no
me meto en la tuya...
Claro que este ambiente de apatía no se lo
inventaron unos cuantos aburridos sentados en una
esquina. En parte es consecuencia del fracaso de
muchos que quisieron construir historia, así como
del fanatismo con el que otros asumieron esta tarea.
Y parece que es más fácil despertar de la apatía que
cambiar la mentalidad de un fanático.
Hoy algunos dicen que Dios está por encima de la
historia y que no le afectan el tiempo ni el
espacio, porque para él todo es un eterno presente.
Pero en medio de todo ese maremágnum, quienes
seguimos a Jesús hacemos memoria y presencia, de un
acontecimiento que para nosotros es definitivo: Dios
irrumpe cada día en nuestra historia, como dice Juan
Árias: toma asiento en nuestras fiestas humanas.
Desde siempre Dios se le ha manifestado a la
humanidad por diferentes medios. Pero como dice la
Carta a los Hebreos, llegada la plenitud de los
tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo. Y continúa
haciendo historia con el ser humano, ahora de manera
más directa, pues el Verbo se hizo carne y puso
su morada entre nosotros.
Ésta es una bella confesión de fe de la comunidad
cristiana que ve en Jesús la manifestación más
patente del amor de Dios. La comunidad cristiana ve
en Jesús la plenitud de la revelación, en tanto que
él, con su manera de vivir y de hablar, con sus
pensamientos, sus sentimientos, sus actitudes, sus
opciones vitales y con todo su acontecer histórico
nos mostró cómo ser auténticamente humanos e hijos
de Dios.
Jesús dejó que Dios aconteciera en su vida, se
hiciera carne y moldeara toda su historia. Por eso
es la vida que da luz a la humanidad (Jn 1,4b). La
vida de Jesús, y todo aquello que genere vida en
plenitud, se convierte en criterio para juzgar lo
bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo noble y
lo ruin, lo bello y lo feo. Así como fue Jesús, debe
ser todo aquel que quiera ser auténticamente humano:
“he aquí el hombre” (Jn 19,5); he ahí el
modelo de ser humano, el paradigma de vida. En Jesús
se cumple a plenitud el plan de Dios; él es la
culminación de un largo proceso de comunicación de
Dios al mundo. En él Dios ha manifestado su gloria,
su gracia, su luz de manera plena.
Jesús asumió su condición humana y permitió que Dios
se revelara en él, que por medio de él el Verbo se
hiciera carne. Y hacerse carne es asumir la
humanidad con todo lo que tiene: tristezas,
alegrías, preocupaciones, trabajos, sueños,
ilusiones, miedos, traumas, esperanzas, deseos,
pensamientos, sentimientos, impulsos y, por
supuesto, los grandes sueños que la postmodernidad
declaró muertos.
La realidad no se puede ocultar, hay que reconocerla
sin miedo. La maldad, los peligros, la oscuridad, la
frustración y la muerte, están presentes en el mundo
y muchas veces las sufrimos. Y tenemos el riesgo de
sucumbir, de ir tras caminos equivocados que
conducirán a la perdición. Tenemos el riesgo de
llevar una vida vacía de sentido, tibia y mediocre.
Pero en medio de todo hoy la Palabra nos da un
mensaje de esperanza: la luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no pueden ocultarla; aunque no la
acojan, ahí esta la luz para todo aquel que la
acepte.
Dios sigue hablando, se sigue revelando, quiere
seguir encarnándose en nuestra historia, en nuestra
vida, en nuestra humanidad. Muchos rechazan esa
oferta gratuita. Vino a los suyos y los suyos no
la recibieron (Jn 1,11). Nosotros estamos
invitados a aceptar esa luz maravillosa en nuestra
vida, a creer en el Verbo que se hizo y se hace
carne; que puso y pone su morada entre nosotros.
Estamos invitados a asumir el hoy de nuestra
historia, con sus luces y sus sombras, con las cosas
bellas y con la corrupción, con los peligros y las
oportunidades, con la fuerza del Verbo encarnado que
nos da valor para vencer el desencanto, la
desesperanza, la mediocridad, la vida vacía, que nos
hace ver todo con nuevos ojos, que nos ayuda a
encontrar cada día el sentido de la vida y nos
conduce irreversiblemente hacia la plenitud.
Estamos invitados a creer en Jesús, es decir, a
vivir en comunión con él, a seguir sus pasos y a
configurar nuestra vida según el paradigma propuesto
por su palabra y su persona. A partir del
seguimiento de Jesús y de la apertura a la gracia,
llegaremos ser hijos de Dios, creaturas nuevas
nacidas del agua y del Espíritu, y participaremos de
su vida, de su gloria, de su luz. Con la gracia del
Verbo encarnado escribiremos una historia de
salvación en la cual seamos protagonistas, en los
sueños, en la planeación, en el trabajo, en lucha,
en la victoria.
Oración
Señor Jesús, hermano, amigo, compañero de camino, de
sueños, de luchas, de fracasos, de esperanzas… te
bendecimos porque eres el mejor don para la
humanidad, la revelación más patente del amor
misericordioso de Dios, Padre y Madre común.
Creemos en ti, en tu camino, en tu causa, en tu
proyecto. Nos unimos a ti, queremos configurar
nuestra vida contigo, vivir en comunión contigo,
seguirte de todo corazón y realizar a plenitud el
plan de salvación. Reconocemos que muchas veces le
hemos dado la espalda a la luz, hemos tomado caminos
equivocados y hemos vivido las consecuencias.
Reconocemos que a veces la oscuridad pareciera
reinar en nuestro mundo y nos dejamos inundar por
ella y en medio de ella nos sabemos para dónde
coger, damos pasos torpes y ponemos en peligro
nuestra vida.
Te pedimos que vivas, reines y conduzcas nuestra
vida. Creemos firmemente que la luz brilla en las
tinieblas, que la vida vence la muerte, que contigo
siempre hay una luz de esperanza. Creemos en ti,
acogemos tu luz, seguimos tus pasos y estamos
seguros de que viviremos a plenitud y seremos
conducidos irreversiblemente por sendas de vida
eterna. Amén.