El
libro de la consolación
Jeremías ejerció su ministerio por un periodo
aproximado de 40 años, desde su llamamiento en el decimotercer año del
reinado de Josías (626 a.C.) hasta la caída de Jerusalén en el 587 a.C. En
esas cuatro décadas profetizó bajo los cinco últimos reyes de Judá: Josías,
Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías. Fue uno de los períodos más cruciales
del pueblo.
El imperio dominante era Babilonia. Cuando el rey Joaquín
llevaba sólo tres meses de mandato, por iniciativa de su padre incumplió
algunos acuerdos con los babilonios y no aceptó someterse en todo al poder
imperial. Esto desató la ira de Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien
invadió Jerusalén y la destruyó con todo lo que tenía dentro, incluido el
templo, por supuesto. Al verse perdido, Joaquín se entregó y fue encarcelado
durante 36 años. Nabucodonosor buscó un lacayo fiel y lo encontró en
Sedequías, hijo menor de Josías a quien nombró como rey de Judá.
Un gran número de personas, las más competentes y
productivas en sentido económico, fueron desarraigadas de su patria y
llevadas a Babilonia. Otras tantas, las menos competentes, las dejaron en
Israel.
En todo este proceso, el profeta Jeremías fue siempre fiel a
su pueblo. No hizo parte de los exiliados sino del resto de Israel que se
quedó en Judea. Por enfrentarse a los reyes, fue procesado en varias
oportunidades, encarcelado y maltratado. Aunque tuvo contacto constante con
el poder, no fue un “lagarto”, ni un “camaleón”
que buscara quedar bien librado sin que le importara la suerte de su gente,
ni un anárquico que sistemáticamente rechazara todo lo que viniera del
gobierno. Apoyó a algunos reyes cuando sus políticas buscaban el bienestar
del pueblo. Sintió profundamente su dolor y buscó darle un mensaje de
consolación y ánimo, tanto a los que se quedaron como a los exiliados.
Los expatriados vivieron el desarraigo de su tierra, la
separación de sus familias, el sentimiento de abandono y la imposición de
una nueva cultura dominante. Muchas personas que en Jerusalén pertenecían a
la élite, en Babilonia fueron obreros rasos. Allí su nombre y tradición
familiar no contaba; se veía qué sabían y cómo podían explotar su
conocimiento para hacer más grande y poderoso el imperio.
Quienes se quedaron en Israel se encontraron sin gente
preparada ya que a los más destacados se los habían llevado. Por ese motivo
fueron apareciendo nuevos “gallitos” que asumían el poder con muy poca
preparación, pocos deseos de servir y muchas ganas de mandar. Esto
profundizó más la crisis. Los que se fueron y los que se quedaron se vieron
sin templo y sin instituciones que garantizaran su sostenimiento como
pueblo. Todo era un completo desorden.
En ese momento la experiencia de Dios no se podía basar en
el templo ni en las demás instituciones, porque no existían. La gente
conservaba la costumbre de ir a Jerusalén, pero sólo veía ruinas. En Judea
quedó el pueblo ignorante; los sacerdotes, letrados y maestros de la ley no
estaban. Pero esto, en vez de ser un impedimento para encontrarse con Dios,
se convirtió en una oportunidad para experimentarlo de otra manera, más
cercano y más asequible.
Jeremías les propuso una nueva alianza grabada no tanto en
las tablas de la Ley como en el interior mismo de cada ser humano. De esta
manera, para encontrarse con Dios no era necesario el templo de piedras sino
la persona humana. Para conocerlo ya no eran esenciales los maestros que no
estaban, sino abrir la mente y el corazón para recibir el perdón: “Porque
todos me conocerán desde el mayor hasta el menor, cuando perdone sus culpas
y olvide sus pecados”. (Jer 31,34).
Jeremías, como persona, nos enseña a ser fieles a Dios, al
pueblo, y a buscar siempre el bien común, a descubrir la voz de Dios que
supera nuestras estructuras religiosas, destruidas por los hombres o
envejecidas por el tiempo. A estar siempre con la mente y el corazón
abiertos para encontrarnos con Dios en la prosperidad o en la adversidad, en
compañía o en soledad. Su experiencia nos muestra que para llegar a Dios no
es esencial obedecer leyes porque están escritas, sino madurar nuestra
conciencia y descubrir ahí su voz que nos cuestiona, nos transforma y nos
anima a ser verdaderos hijos. Sin ser anarquistas podemos madurar como seres
humanos y actuar, no porque existan leyes prohibitorias ni mandatos
externos, sino por convicciones profundas que nos hagan abundar en bienes
para todos los seres humanos, y siempre en favor de la vida. En palabras de
Pablo Freire: “madurar hacia una concientización que no significa
imposición de ninguna ideología, sino simplemente, ayudar a descubrir y a
entender los mecanismos internos de la realidad”.
SENTIDO DE LA MUERTE
DE JESÚS
Como sabemos, los evangelios no son una biografía de Jesús,
sino una confesión de fe en Jesús, el Mesías. Es decir, las comunidades
cristianas que creían en Jesús, lo confesaron como su Salvador. Su vida, su
muerte y resurrección, fueron salvadoras, así como la presencia de su
Espíritu en medio de la comunidad.
A la luz de la resurrección y con la fuerza del Espíritu,
las comunidades elaboran el Evangelio para animar la vivencia auténtica de
la fe. El evangelio de hoy es una interpretación de las comunidades que
elaboraron el Cuarto Evangelio (o evangelio según san Juan) sobre la muerte
de Jesús. No es la dulcificación de la muerte ni el ocultamiento de toda su
realidad existencial, con todo el dolor que produce. Como dijo el poeta
Antonio Machado: “un golpe de ataúd, es algo perfectamente serio”.
Jesús vivió el dolor serio y espantoso de la muerte, como
bien lo dice la segunda lectura: “Con gritos y lágrimas presentó
oraciones y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte” (Hb 5,7).
La muerte de Jesús no fue un designio de Dios como si se
tratara de un Padre sádico que se complace al ver morir a propio su Hijo.
Jesús no buscó su muerte; buscó una vida digna, que se hacía posible con el
Reinado de Dios y su justicia. Su compromiso por la justicia del Reino hizo
que quienes manejaban las estructuras destructoras de la dignidad humana, lo
vieran como enemigo y lo condenaran a muerte. Él no buscó la muerte, pero la
asumió como consecuencia de su lucha por la vida y como paso para la
victoria final.
La cruz y la muerte, como dijo Leonardo Boff: “fueron
consecuencia de un anuncio cuestionador y de una práctica liberadora. Él no
huyó, no dejó de anunciar y atestiguar, aunque esto lo llevara a tener que
ser crucificado. Continuó amando a pesar del odio. Asumió la cruz en señal
de fidelidad para con Dios y para con los seres humanos”.
Por eso la muerte de Jesús genera vida, como el grano de trigo que da fruto
cuando cae en tierra y muere. Toda la vida de Jesús fue un constante
entregarse, un constante “perder” la vida para ganarla.
Jesús pasó de la simple animalidad cerrada y centrada sobre
sí misma, a la humanidad abierta al amor de Dios y a los hermanos. Del mero
instinto de autoconservación al amor que entrega la vida. Estamos hablando
del centro del mensaje de Jesús: entregar la vida por amor, ser capaz de
negarse a sí mismo, a los intereses personales, no pocas veces egoístas de
todo ser humano, para pensar en plural.
Morir, en este sentido, no es solamente el último suspiro.
Es toda la vida entregada por causa del Reino, que enfrenta los riesgos del
compromiso y que se va desgastando hasta sucumbir en un límite último. Por
esto decimos que la muerte de Jesús no fue una hecatombe total o un triunfo
definitivo del mal; no fue derrota, fue triunfo sobre las fuerzas
desintegradoras de la humanidad.
¿Dios se glorifica con la muerte de Jesús? SÍ. Pero no
porque necesite ver sangre para calmar su ira. No porque el sacrificio del
hijo sea el único capaz de calmar la enorme ira de Dios causada por el
pecado de los hombres, como muchas veces se ha interpretado y aún se sigue
interpretando en algunas sectores de la Iglesia. ¡Dios no envió a su hijo
para que lo mataran! ¿Acaso creemos en un Dios sádico? Dios envió a su hijo
al mundo para dar testimonio de la verdad, para llevarnos a la verdadera
vida en el amor, para que fuéramos capaces de amar y servir, y de construir
nuevas relaciones entre personas y grupos. Dios se glorifica en la muerte de
Jesús porque su muerte fue consecuencia lógica de su entrega por una
humanidad libre y digna, porque no renunció a la verdad a pesar de correr
peligro y porque fue fiel a su proyecto de salvación en defensa de los más
pobres. Jesús glorificó al Padre con su muerte porque amó hasta el final,
porque aún en la más cruel humillación no dejó de amar y de comprender a los
seres humanos que, sin superar su animalidad no sabían lo que hacían:
“Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús glorificó a
Dios porque vivió como vivió y murió como murió, por su fidelidad, por su
entrega, por su amor.
Según el Antiguo Testamento, a quien colgaban de un madero
lo consideraban maldito (Dt 21,22-23). Jesús crucificado era un maldito,
pero en verdad era un bendito. Era un derrotado por el poder, pero en el
fondo él lo derrotó en su propio interior. Era un perdedor, pero en el fondo
era un ganador porque le ganó la batalla a la mentira, porque vivió
plenamente su condición de hijo. Era una miseria, pero en verdad, nos mostró
lo que significaba la verdadera dignidad humana.
¿Dónde está, Pilatos, tu poder? ¿Dónde quedó, Anás, tu
“dignidad” sacerdotal? ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está,
muerte, tu aguijón? Aparentemente, lo vencieron, pero fue él quien venció
porque vivió sin codiciar, amó sin reservas y murió sin odiar. Padeció la
muerte que únicamente daban a los esclavos y bandidos, pero ¿acaso ha
existido sobre la faz de la tierra un hombre tan libre como él?
“¡Padre, glorifica tu nombre”. Entonces se oyó una voz
del cielo: “Ya lo he glorificado, y lo volveré a glorificar”.
Oración
Oh Dios, Padre y Madre, fuente de vida, de amor, de libertad
y dignidad. Te bendecimos por el testimonio profético de Jeremías a favor
del pueblo, de los pobres, de los más necesitados. Gracias por su
experiencia de fe que abre nuevos caminos, siempre a favor de la vida. Te
glorificamos, te bendecimos, te damos gracias por Jesús, Hijo tuyo y hermano
mayor de nuestra familia. Gracias por su entrega total, con su palabra, con
su trabajo, con su testimonio, con su exposición al peligro defendiendo la
justicia y, finalmente, con su muerte como expresión máxima del amor por una
vida digna para todos.
Te pedimos Padre y Madre, que grabes tu Ley en nuestros
corazones, en nuestras conciencias, para que comprendamos cada día nuestro
ser y quehacer, según tu plan de salvación, para que descubramos cómo ser
fieles a ti, a nosotros mismos, a nuestro mundo, a nuestro anhelo de
plenitud, de vida, de alegría, de felicidad, en armonía contigo que eres
fuente y culmen de todo bien.
Manifestamos nuestro anhelo de adherirnos totalmente a Jesús, a su Palabra,
a su Causa, a su lucha, a su proyecto salvífico. Queremos vivir, compartir
cada día, trabajar, luchar y vencer, inspirados y conducidos por la fuerza
del Espíritu. Queremos glorificarte con nuestras palabras y acciones, con
una vida recta, digna y libre, siempre dispuesta a servir y a amar. Te
entregamos nuestra vida, todos nuestros anhelos y proyectos, todo lo que
pensamos y hacemos cada día. En todo queremos glorificarte, bendecirte,
experimentar tu gracia y tu bendición y ser testigos ante el mundo de tu
acción salvífica. Bendito seas Dios, Padre y Madre… bendito seas Jesús…
bendito seas Espíritu Santo… Amén, Amén, Amén…
El
lagarto es un reptil que se arrastra y el camaleón es el que sabe
camuflarse según el medio para no ser atacado y así sobrevivir. El
lagarto político es el que asume posiciones rastreras, bajas: se
humilla ante los poderosos, humilla a sus subalternos y no tiene
escrúpulos en el momento de traicionar, de robar, de lo que sea para
defender sus mezquinos intereses. Pro su parte, el camaleón se viste
del color del que está en el poder para favorecer sus intereses. Son
muy abundantes en nuestro medio estos especímenes. Decía Adorno:
“La disposición a ponerse de parte del poder y a inclinarse, como
norma, ante el más fuerte constituye la idiosincrasia típica de los
torturadores”. (ADORNO
Theodor,
Conferencia
propalada por la Radio de Hesse el 18 de abril de 1996; se publicó
en Zum Bildungsbegrif des Gegenwart, Francfort, 1967. pág 111 y
sig.)
La
realización de esta propuesta la podemos ver palpable en una mamá
que renuncia a retener a su hijo para que continúe su vida, y en un
hijo que renuncia a retener sólo para sí mismo a su mamá viuda o
separada para que reconstruya su vida en pareja. En un amigo que
renuncia a un paseo por ir a cuidar a su amigo que está en una
clínica, y un trabajador que prefiere perder su empleo antes de
apoyar causas deshonestas… Muchos ejemplos podríamos citar. Todos
estamos invitados a pasar del mero instinto animal al amor donativo,
a ser personas capaces de servir, de renunciar a nuestros deseos
meramente personales y de entregar hasta nuestra propia vida por
amor.