EL
DECÁLOGO
“Las
armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad”
(Francisco de Paula Santander, llamado el Hombre de las leyes). Dentro del grupo
de Hapirú y Shasú (mercenarios, cabreros, campesinos, esclavos, etc.) que
se agruparon en las montañas de Judea, el más paradigmático fue el liderado por
Moisés y Aarón, que llegaba huyendo de la esclavitud en Egipto. Su testimonio de
lucha para escapar y para pasar por un inmenso y peligroso desierto, lo
convirtió en un ejemplo a seguir.
En
las montañas de Judea estaban alejados de las ciudades estado cananeas y del
poderoso imperio Egipcio, pero allí mismo aparecían nuevos amos que intentaban
tomarse el poder. Por eso se dieron muchos conflictos entre ellos. Aunque no
estaban bajo el dominio de algún imperio, todavía no se podían considerar pueblo
propiamente dicho, hasta que se organizaran con una ley que garantizara la
justicia y el derecho para todos, y funcionara debidamente.
Poner
de acuerdo a estos grupos tan diferentes y siempre dispuestos a defenderse de
los demás, no debió ser tarea fácil. Sin duda allí la mano de Dios tuvo que
actuar.
Todo
gobierno en el mundo antiguo actuaba en nombre de los dioses. Israel no fue la
excepción; por eso la Ley se promulgó en nombre del Dios en el cual ellos
creían. Los dioses representaban la identidad de un pueblo. Encerraban su
historia, sus costumbres, su concepción de mundo, y demarcaban su proyecto.
El
decálogo quiso ser la hoja de ruta para garantizar que el pueblo en formación
viviera independiente de los demás pueblos que intentaban esclavizarlo (los
ídolos), y construyera la libertad. El decálogo quiso garantizar un orden
generador de libertad y bienestar para todos, empezando por reconocer y seguir
el nombre de Dios y por respetar a los demás seres humanos.
El
Decálogo no es la novedad cristiana, pero sin lugar a dudas es un gran
testimonio de organización a partir de una experiencia profunda con el Dios que
salva, y sigue teniendo validez ética-moral, aunque sabemos que para nosotros
los cristianos nuestra máxima ley es Cristo, y más que la ley escrita debemos
descubrir el espíritu de la ley, reinterpretarla a la luz del evangelio y de los
acontecimientos, y vivir lo más honestamente posible de cara a Dios y de cara al
ser humano.
LA TOMA
El
Cuarto Evangelio (Juan) nos presenta el relato de la purificación del templo al
principio del ministerio público de Jesús, para darle realce a tal
acontecimiento y para presentar con Jesús, el nacimiento de una nueva forma de
vivir la experiencia de Dios.
El
templo era el centro de las instituciones y el vano orgullo del pueblo dada la
fastuosidad de su construcción. Quería ser el símbolo de la unidad nacional, de
la gloria y del poder de Dios. Pero se había convertido en un centro de
corrupción y en un elemento justificador de la explotación a la gente.
Todos
en Israel tenían algo que ver con el templo. Desde los 21 años cada persona
debía pagar el tributo al templo, aún aquellos judíos de la diáspora, o sea, los
que vivían fuera de Palestina en diferentes partes del imperio romano, los
cuales canalizaban grandes cantidades de dinero. El templo se había convertido
en un gran negocio, en una especie de banco antiguo con gran poder. Debido a que
la moneda imperial se consideraba sacrílega y con ella no se podía pagar el
“sagrado” tributo, el templo imprimía su propia moneda para el cambio, trabajo
que unos comisionistas hacían con buenos dividendos para ellos.
Había
sacrificios de primera, de segunda y de tercera. Los principales sacrificios se
hacían con toros y ovejas. Algo a lo cual no todos podían acceder debido a los
costos. El toro era el símbolo del poder, de los hacendados y ganaderos que
habían impuesto al primer rey de la historia del pueblo (Saúl) y seguían
dominando y excluyendo a los empobrecidos por ellos mismos. Los más pobres
mandaban ofrecer su sacrificio con palomas.
Todo
judío llegaba a Jerusalén con una profunda fe y con la esperanza de encontrarse
con Dios. Jerusalén era la ciudad Santa, donde estaba el Santo templo del
Altísimo atendido por los santos sacerdotes y levitas. El lugar donde se hacían
los santos sacrificios y donde se pagaba el sagrado tributo. El lugar del
encuentro con Dios.
Jesús
llegó, sin duda, con esta idea. Como sabemos, él era de Nazareth, a varios días
de camino, que recorrían los creyentes con fe y con ánimo de encontrarse con el
Señor. Pero todas sus esperanzas fueron frustradas al conocer la cruda realidad,
la gran traición a la gente y a Dios. “El celo por tu casa me devora, los
insultos que te hacen recaen sobre mí” (Sal 69,10). Sabiendo cómo era Jesús,
su reacción no podía ser otra que manifestarse y denunciar, tomándose el templo
pacíficamente. No se trató de una acción impulsiva y motivada por la rabia. Fue
un acto reflexionado y bien planeado, en respuesta al grave insulto a Dios y a
su proyecto salvador para el pueblo.
La
acción se cumplió en el atrio del templo, en el llamado atrio de los gentiles,
donde se daba todo el comercio. Fue un mal día para los empleados oficiales y
rebuscadores que se ganaban la vida vendiendo una palomita para el sacrificio,
algo de comer o de tomar para satisfacer las necesidades primarias o algún
producto para llevar de recuerdo. Pero la toma no fue tanto contra los pequeños
vendedores que se ganaban la vida rebuscándose unas monedas para comer, sino
contra toda la estructura económica e ideológica que sostenía semejante monstruo
con piel de oveja.
Si
era el templo de Dios debía mostrar su rostro misericordioso y generar libertad,
pero lo habían convertido en un elemento de opresión y de engaño. Si era la casa
del Padre debería continuar con el proyecto salvador de Dios, debía ser un lugar
de encuentro y de acceso libre, donde el pueblo sintiera la presencia de Dios
que camina con él en las luchas de cada día. Pero las autoridades lo tenían
secuestrado y extorsionaban al pueblo; lo habían aislado y convertido en amenaza
mortal, en instrumento que fundamentaba el orden discriminatorio y en el medio
perfecto para acrecentar las arcas de los comerciantes y de los principales
sacerdotes. Además, por orden del imperio, se ofrecían sacrificios por el
bienestar del emperador romano. Estaba convertido en una cueva de bandidos, de
asaltantes bien organizados, con licencia para robar; en un templo de adoración
a Mamón (término con el que designaban el dinero personificado/endiosado).
La
manifestación de Jesús y sus acompañantes provocó una parálisis en las
actividades del templo. Algunos estudiosos ven aquí una toma armada del poder al
estilo celota (guerrilleros de la época). Pero Jesús no actuó de forma violenta;
si hubiera sido violenta habrían intervenido los soldados romanos, pero no fue
así. Fue una manifestación pacífica, de rechazo a la opresión, que permitió
desenmascarar la estructura excluyente y marginadora del centro judío, que había
retenido para sí la alianza y el acceso a ella.
¿Quería Jesús acabar con el templo? o ¿Quería que el templo fuera un medio para
salvar al pueblo? Sobre esto hay opiniones encontradas. Lo que sí es claro es
que la toma del templo buscaba rechazar toda forma de esclavitud y la
justificación de la opresión en nombre de Dios, para mostrar a un Dios cercano
que acompaña al pueblo en sus procesos de salvación. Toda institución religiosa
cristiana, toda acción, toda estructura y todo proyecto, debe generar vida. De
lo contrario, pierde sentido y entonces es mejor acabarlo y construir algo
nuevo.
En la
redacción final del evangelio, esto es muy claro. El templo ya no era lugar de
encuentro con Dios. Cuarenta y seis años habían durado construyéndolo y
restaurándolo, y no habían terminado. Jugando con los números podríamos decir
que era la perfección de la imperfección. Una falacia escondida bajo un manto
sagrado.
Las
autoridades que le reclamaron a Jesús, mantenían semejante mentira, mientras
destruían el templo vivo, el ser humano, como hicieron con él. Pero a partir de
esa experiencia extrema y dolorosa surgió algo nuevo. “Destruyan este templo
y en tres días lo reconstruiré”. (Es una clara alusión a la muerte y
resurrección de Jesús). Tres significa el tiempo en que Dios actúa y lo nuevo
que surge a partir de la experiencia con Jesús.
Nos
corresponde hoy revisar si estamos siendo fieles al Espíritu del Señor. Nos
corresponde estar muy vigilantes, como dice el evangelio, porque en no pocas
ocasiones los templos se convierten en cuevas de bandidos y los lobos se visten
con pieles de ovejas. Nos corresponde estar vigilantes porque nuestra debilidad
humana nos puede hacer utilizar el camino de Jesús, como excusa para satisfacer
mezquinos intereses latentes en el interior de todo ser humano, y que en
cualquier momento se pueden manifestar.
Oración
Bendito seas, Dios Padre y Madre de bondad. En ti nos refugiamos con la total
certeza de encontrar el alivio, el consuelo, la alegría y la fuerza para seguir
construyendo nuestra propia realización como seres humanos. Bendito seas por la
maravillosa experiencia de Israel como pueblo y su proceso de libertad, su ley a
favor de la vida y su búsqueda constante de dignificación humana. Gracias por el
hermoso testimonio de verdad y de amor, que nos diste en Jesús, tu Hijo muy
amado. Gracias por toda su entrega, por su generosidad, por su decisión firme de
defender la vida.
Padre, tú que tienes palabras de vida eterna y penetras el interior de cada uno,
arranca de nuestros corazones todo interés mezquino y egoísta. No permitas que
con nuestro apoyo ideológico o con nuestra indiferencia, nos convirtamos en
legitimadores de la insultante concentración de riqueza de nuestro mundo que
condena a la marginalidad a tantos seres humanos.
Ayúdanos a ser justos y veraces. Ayúdanos a estar vigilantes ante cualquier
desviación de tu proyecto y confiados en tu gracia salvadora que supera nuestras
limitaciones humanas. Ayúdanos a construir iglesias renovadas con tu amor
misericordioso, templos vivos
donde sobreabunde la gracia y familias gestoras de un nuevo mundo donde podamos
sonreír. Amén.